Lo bueno y lo malo

Que no vayan los alcaldes a los Parlamentos es lo que el PSOE defiende en Andalucía pero niega en España: no podrán ir al de las Cinco Llagas los grandes alcaldes andaluces, por decisión de la Ejecutiva regional, pero sí acudir al Congreso los de cualquier parte de la nación, incluida Andalucía, por orden de Madrid. Es decir, que lo que es bueno para España es malo para Andalucía o viceversa, con tal de preservar la jerarquía secreta y efectiva de un partido en el que, por ejemplo, Chaves pinta todavía bastante mientras Griñán no pinta nada. Es lo que explica que en Cádiz éste último –¡el primer mandatario andaluz!– haya de tragarse el sapo sin rechistar. Lo de Escuredo y Borbolla no fueron sendos accidentes circunstanciales sino el simple efecto de una norma centralista que sigue en pleno vigor.

Gloria del olivo

El papa Ratzinguer es el penúltimo pontífice en la lista profética del arzobispo Malaquías. Detrás de él no queda sitio más que para un “Petrus Romanus” que pastoreará su grey, parece ser que sin gran éxito, hasta ver destruida la Ciudad Eterna. Sobre la causa de semejante desastre se ha discutido mucho. Mi llorado amigo Vidal Beneyto solía decirme que esa causa sería, sin duda posible, esta galopante secularización de la vida que estamos viviendo en el universo tecnificado a tope de la sociedad postindustrial, cosa que ya habían pronosticado los funcionalistas siguiendo a Weber. Ahora bien, Ratzinger, el combatido Ratziger, no parece dispuesto a tirar la toalla así como así, y acaba de sorprender a extraños (y compruebo que también a propios) con esos discursos alemanes –sobre todo los pronunciados en el Bundestag y en Friburgo—en que, aparte de descalificar con dureza inaudita al nazismo, ha constatado la crisis de la fe, la deserción progresiva de los fieles y la necesidad urgente de un cambio, no de estructuras, sino de fondo, que permita entender a esa grey y a sus rabadanes la necesidad de abrirse a las preocupaciones del mundo sin sucumbir a la “lluvia ácida” del relativismo que lo obsesiona, pero decididos a “desmundanizar” una Iglesia que “debe separarse de todo lo mundano” y –traduzco literalmente—“abrazar en su totalidad la pobreza terrenal”. Malaquías llamó al papa Ratzinger “Gloria Olivae”, la gloria del olivo”, mote de resonancias áticas que, eso sí, parece inducir al optimismo. Si en los años 60 y hasta 70 nos llegan a hablar de Ratzinger como papa, el clamor de la inteligentsia progresista hubiera sido la exacta contrapartida de lo que está siendo su actual rechazo. Pero siendo cierto que aquel teólogo que aquí traducía con esmero Jesús Aguirre ha involucionado no poco, no lo es menos que estas cosas que ha dicho en Alemania bien pueden marcar un antes y un después en medio de este batiburrillo universal en que nos ha sumido una crisis que, de no remediarlo Dios, le va a poner la cosa cruda al tal “Petrus Romanus”.

No sé cómo habrán resonado esos trallazos en el laberinto vaticano aunque es de suponer que más de un Marcinkus, y ustedes me entienden, habrá dado un considerable respingo en su mullido solio. ¡La pobreza, la Iglesia de los pobres, el Evangelio de los últimos! Tendría su guasa que fuera un papa anciano y retranqueado ideológicamente el que pusiera patas arriba un tinglado que, ciertamente, ve desmoronarse día tras día sus altas torres. Ya hay quien recuerda por ahí la negra leyenda de Juan Pablo I. El resto del planeta apenas se ha enterado del terremoto.

El tacto judicial

Sería temeraria la tesis de que los asuntos judiciales investigados en España, cuando afectan a la política y, en especial, al poder, se “sacan” cuando más interesa a estos o aquellos. Pero hay hechos que, desde luego, resultan sugeridores de esa incómoda tesis, tales como el destape final del saqueo de Marbella, la aparatosa detención nocturna de la Pantoja, el zambombazo del alcalde de Alhaurín, los manejos del “caso Astapa” y tantos otros. No deja de ser curioso que, tras un año de investigaciones, la autoridad no haya decidido destapar el “caso Ronda” y meter preso a su alcalde y ediles del PSOE hasta que las municipales han pasado, por ejemplo. ¿Casualidad, simple coincidencia? Pues puede, no seré yo quien diga lo contrario, pero la rareza sigue estando ahí.

Malos y peores

No dudo de que el propósito de Rajoy de sancionar en el futuro a los despilfarradores, y no sólo a los “que metan la mano” sino también a aquellos que “dejen facturas en los cajones” para que las encuentre el sucesor y las pague el maestro armero, debe de haber sorprendido a la mayoría contribuyente. “No se pueden dejar facturas en los cajones sin que nadie responda por ellas”, ha proclamado el líder conservata, descubriendo a la masa ignara que hasta ahora, al parecer, eso de pasarse por el arco la deuda contraída habría sido lícito; y añade que, cuando él gobierne, “nadie podrá gastar sin el respaldo presupuestario”, lo que parece sugerir que, hasta ahora, sí se podía, cosas ambas bien contrarias a las que nos ensañaban en tiempos a quienes aspirábamos a ingresar en la Administración por el ojo de aguja de las oposiciones. Quienes acaban de llegar al poder municipal y autonómico no saben qué hacer con la deuda heredada ni cómo acometer la tarea de hacerle frente dentro de la ley, sobre todo si el propio Gobierno les niega todo tipo de ayuda, y por eso ha podido hasta parecerles normal el anuncio de que, en adelante –sólo en adelante claro está– los despilfarradores y tramposos pagarán sus culpas, aunque no en la cárcel como ha solicitado, con tan buen criterio, la Defensora del Pueblo. Rajoy, como Salomón, sueña con una clase política honrada y prestigiosa –¡ahí es nada!—pero no sé si se percata de que al anunciar sus imprescindibles medidas pone en evidencia que la gestión pública ha estado hasta el momento exenta de normas tan elementales que hacían inevitable no sólo el despilfarro sino la corrupción.

En Baena se ha probado que los mandamases municipales pagaban con la visa pública los gastos ocasionados en algún puticlub marbellí, en Valverde del Camino se ha impedido con uñas y dientes investigar si el pago de una mariscada que se zamparon varios ediles con sus señoras las pagó un industrial con una factura falsa, en Sevilla esas facturas falsas echaban la pata a las obras pagadas aunque inexistentes. ¡Mira que decidir, con la que está cayendo, que la ocultación de facturas ha de ser sancionada o que gastar sin presupuesto contraviene el más elemental sentido común! La inmensa mayoría ciudadana debe de estar tentándose la ropa, trémula al descubrir lo tontos que hemos venido siendo y hasta qué punto la “omertá” entre los partidos ha funcionado como en reloj contando con la general ignorancia de la norma. Porque ahora resulta que el saqueo padecido era lícito, los presupuestos papel mojado e inobjetable la ruina. A los españoles la enhorabuena, incluso cuando nos llega, suele llegarnos tarde.

Familias unidas

No es por machacar la herradura, pero la verdad es que no hay modo de evitar el escándalo que supone el continuo descubrimiento de casos de nepotismo en la vida pública andaluza, casos que llegan –por no citar más que los recientes– desde la hija, el hijo y los hermanos de Chaves a la hija de Viera, a la mujer de Velasco, al hermano de Cabañas, al cuñado de Jiménez, a la hija de tal candidata, el novio de cual alcaldesa, al marido de la concejala y hasta al vecino de debajo de algún un director general. La familia es un sub-elemento de la clientela y ésta el sostén del partido. Los paganos del tinglado completo, ni que decir tiene, somos los dóciles contribuyentes que formamos la muchedumbre silenciosa.

Marcas registradas

En una tertulia de la tele en la que he coincidido con el coordinador regional de IU, Diego Valderas, he debido escucharle algunas proclamas con las que he coincidido o discrepado de modo variable. De plano asumo su sugerencia sobre la utilidad que reportaría a nuestra vida pública aplicarle el polígrafo o máquina de la verdad a los políticos a fin de determinar, con rigor científico, cuánto hay de verdad y cuánto de camelo en sus asertos, e incluso me he mostrado partidario –sujeto siempre al consentimiento del paciente—del uso del pentotal o suero de la verdad que, por lo que tengo entendido, es mucho más eficaz a esos efectos. Luego me llamado la atención que defendiera el principio “un político, un cargo”, auténtica retaguardia ideológica del plan de exclusión parlamentaria de los alcaldes que andan muñendo entre él y Griñán, ¡él que ha llegado a compatibilizar en su día tres cargos públicos, incluidas precisamente su alcaldía bollullera y la presidencia de la Cámara! Y en fin, el colmo ha sido cuando, para justificar un argumento que creo recordar que no exigía grandes razones, le ha espetado a la conductora del programa que IU defiende lo que tiene que defender porque “para eso somos marxistas”. Hombre, don Diego, eso de marxistas lo que se dice marxistas, va a permitirme que lo ponga en cuarentena, a estas alturas, y sin pedirle siquiera que concrete el alcance de ese término, pues no sé yo si ustedes, de paso que acompañan en su periplo a los neoliberales, se identificarán ahora con la doctrina del viejo o del joven Marx, con las incisivas soflamas de los “Grundisse”, con “Das Kapital”, con “El Manifiesto”, con las revisiones althusserianas o las previsiones de Gorz, Mandel, Kolakowski y compañía. No me imagino yo a Marx aplaudiendo el carpetazo al “caso Faisán”, por poner ejemplo, u ofreciéndose como “marca blanca” a una socialdemocracia que acaba de perpetrar lo que ninguna derecha española había osado hasta la fecha: eternizar los contratos en práctica o convertir en indefinidos los precarios. Ni al joven ni al viejo.

La tragedia de IU es que no consigue desligarse de la crisis de la izquierda en general, reducida como está su ideología visible a cuatro tópicos más o menos oportunistas del radicalismo más enranciado, aunque sin perderle nunca del todo la cara al PSOE, por la que pueda caer. ¡Pues no denuncia Valderas ahora la “pinza” famosa entre PP e IU cuando él, como presidente del Parlamento, fue su máximo beneficiario! El marxismo es marca muy socorrida y de ella ha vivido casi tanta gente como ahora vive de la socialdemocracia. Incluso sin conocerlo ni por el forro, que es lo más extraordinario del caso.