Buenas y malas

Conociendo los antecedentes y la actual debilidad del Presidente de la Junta, a más de uno habrá dejado patidifuso una frase deslizada por Griñán para calmar a los trabajadores de Visteon, la multinacional eléctrica de El Puerto amenazados por el cierre patronal, que antier lo abucheaban. “Lo que no se haga por las buenas se hará por la malas”, les espetó el mandatario a los currelantes como si él, ellos y cualquiera no tuviera en la cabeza la comedia de Delphi que ha terminado en lágrimas y tomatina. Pero aparte de todo, se puede entender los de “las buenas”, pero ¿en qué consistirán esas “malas” que Griñán esgrime ahora con acentos de Pancho Villa? El tiempo lo dirá, aunque lo más probable es que lo que diga se lo lleve el viento.

La dieta cultural

Cada día está más claro que no se quiere leer. Adelgazan los libros , proliferan los resúmenes, Internet abastece unan cultura de solapilla y síntesis que está poniendo a dieta a una sociedad claramente decantada por la apuesta audiovisual. Queremos ver a la Karenina o a la Bovary, no perseguirlas por los renglones, nos quema en las manos una prosa que con facilidad puede sustituirse aquí y allá engañando el hambre de saber con canapés y piscolabis. Ahí tienen el éxito de época de Stéphane Hessel, que ha vendido creo que un millón de ejemplares de su primer panfleto, “¡Indignaos!” (31 páginas en mi edición), y se propone ahora ampliar el negocio con uno segundo, “¡Comprometeos!” (que ya tiene 131 páginas, por lo que no le auguro nada bueno). El brevete incendiario es un viejo invento que en Roma se llamaba “pasquín” en recuerdo de su creador y en la Francia ilustrada alcanzó gran prestigio traduciendo (mal) el término inglés “pamphlet”, es pariente del libelo casi siempre y primo hermano de la sátira política de tan acrisolada tradición española. Pero, en cualquier caso, es un atajo, un ejercicio de denuncia más que de reflexión, un sartenazo dialéctico que va al grano sin detenerse en la espiga y mucho menos en el sembrado. En el XVII ese género dio todo lo que podía dar de sí, por más que Trosky, que tenía un paladar exquisito, proclamara que el mejor de la historia no era otro que el “Manifiesto Comunista” y la generación de nuestros abuelos reservara ese honor para el “J’acusse” de Zola. Y hoy anda reviviendo, en razón de que su cintura noológica se ajusta a la pereza mental y al pragmatismo culturaloide propios de esta sociedad. Hessel triunfa predicando la rebeldía entre una muchedumbre abrumada, ciertamente, pero que, ay, que no ha leído un jodido libro en su vida. Librillo incendiario, brillante, breve y barato. En la Europa de los Sartre o los Pavese, de los Heidegger o los Primo Levi se ha puesto el sol. La de Hessel es una cómoda calita para cabreados.

Es lo que explica que estos revolucionarios televisados se consideren sus hijos incluso cuando él ha cantado ya la gallina aclarando que de rechazo frontal del Sistema, nada, sino que se trata de apoyar al PSOE y combatir al PP. ¿Quién dijo que ésta era la generación mejor formada de nuestra Historia? Pues confieso que yo mismo alguna vez, mea culpa, pero la boga del panfleto junto a la crisis de libro es un hecho que nos desmiente sin remedio. Me cae bien Hessel, el resistente, el preso de Buchenwald, el escritor brillante aunque no poco obvio. Pero me inquieta su modelo. Con el panfleto se puede armar la de Dios una temporada. Pensar es otra cosa.

El lío de agricultura

Llevan razón los funcionarios cuando dicen que si la Junta amenaza al TSJA con el argumento de que si suspende la integración de sus “enchufados” se paralizaría la tramitación de ayudas agrarias, está reconociendo que son esos trabajadores no funcionarios quienes, contra la reiterada doctrina de los tribunales, llevan a cabo esas tareas en lugar de hacerlas los funcionarios. ¿Tanto se juega Griñán y su partido con esa integración masiva como para poner en riesgo las milmillonarias ayudas europeas a nuestra precita agricultura? En todo caso, si el actual esfuerzo por “legalizar” esas intervenciones demuestra que la Junta sabe perfectamente dónde está la trampa, lo lógico es concluir que también conoce de sobra los motivos del lío.

Audiencia pública

Las últimas noticias sobre el juicio que va a celebrarse en París contra el ex-presidente Chirac dan por seguro que el acusado no asistirá a las sesiones. Lejos de la culta Francia el espectáculo egipcio de la jaula procesal en que han encerrado a Mubarak durante el suyo, incluso la severidad, siquiera aparente, con que en Túnez tratan al depuesto Ben Alí. Juzgar a un prócer de Estado no debería ser ya cosa del otro mundo, habida cuenta de que hemos visto con anterioridad en el banquillo (o huidos de la Justicia) a más de uno, como en Italia, a Craxi, a Andreotti o a Berlusconi. En España ardió Troya porque el presidente Glz. compareciera como simple testigo a pesar de que el juez Garzón le había adjudicado la equis de su pirámide criminal, y hasta se persiguió al pobre fotógrafo que tomó a hurtadillas la famosa instantánea que publicó este periódico. Varios genocidas han pasado por la barra de La Haya, en un ejercicio de justicia tardía que pretende borrar los colores del rostro de este mundo civilizado. Durante el juicio a los “milicos” argentinos a más de uno se le escapó dirigirse a Videla y otros que tal aplicándoles el tratamiento debido –“mi General”—privilegio que no pudieron catar ni Sadan Husein ni Milosevic, sobre cuyas respectivas tumbas se renuevan a diario los ramos de flores. Como no van a catarlo Gadafi ni Asad, cuando los pillen, si es que los pillan y no los dejan escapar para simplificar las cosas. Es difícil sentar en el banquillo a quien ha dirigido un Estado. Chirac, desde luego, no lo hará sino lo imprescindible y parece que una mayoría de franceses ve bien esa providencia como ve bien la absolución de Strauss-Kahn. Fue horrible, desde luego, la secuencia del fusilamiento de Ceausescu y señora o la ejecución de Sadam, pero hay quien piensa que un juicio es como una ejecución a cámara lenta. Cuando se trata de un prócer, se entiende, faltaría más.

Claro que si hubiera que juzgar en España a los políticos por el mismo delito del que se acusa a Chirac –consentir la contratación ilegal de unos cuantos partidarios cuando era alcalde de París–, no quiero ni pensar la que se organizaría en ministerios, juntas, diputaciones, ayuntamientos, mancomunidades y demás abrevaderos de clientes. La democracia tiene estas contradicciones que traslucen su grandeza por el envés sus miserias. No olvidemos el rollo del “honor del César”, fundamento de la teoría de la estigmatización improvisada a favor de Glz. por Conde Pumpido para librarlo de aquella comparecencia. Nada nuevo, pues, en el caso Chirac. Después de todo, puestos a comprar presuntos delitos, es evidente que sus cargos no tienen color.

La ley, por el forro

Un ex-concejal de Sevilla, un tal Fernández, le ha explicado al juez, tan pancho, que en su día compró sin papeles material de bomberos por valor de 644.000 euros, debido a la “presión mediática” que sufría el Ayuntamiento en aquellos momentos. Sin papeles quiere decir sin resolución previa del gobierno, sin pliego de condiciones y sin dar entrada en el concurso a nadie más que a quien, por los motivos que fueran, se le antojó al edil. Bien, esperemos a ver qué sucede porque eso antes se llamaba prevaricación y era algo que, sin necesidad de intérpretes leguleyos, entendían hasta los bedeles. Se pasan la Ley por el forro. Esta enorme crisis que atravesamos debe tener mucho que ver con semejantes procedimientos.

Un ritual perdido

En mis apuntes de clase del maestro Valdeavellano me detengo a menudo en el cuento de los “juicios de residencia” que en el derecho castellano, heredero del de Roma, obligaba a rendir cuentas, tras su mandato, a todo funcionario público para averiguar sus méritos y deméritos y, en consecuencia, abrir perspectivas a su carrera o bien limitarla por inhabilitación aparte de imponerle multas con frecuencia confiscatorias. Ya sé que lo que alguna vez he llamado “la nostalgia por Zalamea” hace imaginar a algunos un atractivo universo bajo la monarquía absoluta, cosa tan improbable como significativa, pues es verdad que no todo nuestro teatro áureo carecía de fundamento ni mucho menos. Tal vez no resulten verosímil odiseas como las inmortalizadas por Lope, Calderón o Rojas Zorrilla, pero no se puede dudar de que sobre nuestras instancias político-administrativas planeó durante siglos –de modo especial en la América virreinal, pero ésa es otra historia—la sombra de una autoridad real que constituía, aunque fuera en términos sublimatorios, una suerte de instancia protectora para el español peatonal. Todo alto cargo, como ahora diríamos, debía rendir cuentas al final de su mandato ante un juez especial que, en público y en privado, interrogaba testigos, requería documentos y, en definitiva, escudriñaba el ejercicio político en nombre del rey y de aquella institución olvidada de fue el “concilium vecinorum”, o sea, Fuenteovejuna para entendernos. Valdeavellano nos contaba esta historia como quien habla de alguna feria en algún paraíso perdido que para él era, ni que decir tiene, la Edad Media y su prolongación durante el Antiguo Régimen, pero para nosotros, los estudiantes de la dictadura, todo aquello trasminaba ese aroma de leyenda que desprenden hasta los historiadores más rigurosos. Un juicio de residencia hemos escuchado alguna vez pedir en asamblea estudiantil para depurar responsabilidades y escudriñar las fortunas de los próceres franquistas a los mismos que luego ni se les ha ocurrido recordar esa institución durante la democracia.

Mucha gente se pregunta hoy en España cómo es posible que, si existía ya en las Siete Partidas, no exista hoy algún procedimiento similar para aplicarlo a la manta de sinvergüenzas que se van de las instituciones dejando arruinados al común pero con los bolsillos llenos. ¿Por qué un alcalde despilfarrador o un presidente pródigo no han de rendir hoy cuentas de sus actos y pechar con sus responsabilidades como antaño hacían corregidores y virreyes? Comprendo cada día más la nostalgia de Valdeavellano, aquel viejo maestro colgado de unas ensoñaciones que entonces no podíamos ni imaginar que algún día acabarían resultándonos tan actuales.