No enmendalla

El director del Instituto de Alcalá de Guadaíra, en cuya sala de profesores estuvo colgada durante un mes la foto del ministro de Educación tiroteada y ensangrentada, se ha venido arriba para proclamar que esa broma terrorista no fue más que “un incidente aislado, puntual, descontextualizado y absolutamente magnificado”. No estoy seguro de que hubiera mantenido esas calificaciones de tratarse en la foto de un prócer de su partido, el PSOE, pero sí de que defender ese gesto miserable es impropio de alguien en cuyas manos muchos padres depositan la educación de sus hijos. Sostenella y no endendalla, dijo el valentón. Que la Junta no haya censurado siquiera algo semejante habla con claridad sobre su entreguismo moral.

El demonio amarillo

Es muy viejo el recelo occidental frente al poderío de ese enigmático Oriente que nuestros viajeros comienzan a descubrir, entre leyendas y fabulaciones, en plena Edad Media, y acaso ninguna ilustración tan elocuente de ese fenómeno como la figura de Fu Manchú, el personaje ideado por Sax Rohmer y al que puso cara, entre otros, el inefable Boris Karloff allá por los felices años 20. Fu era un emblema palmario del poder oscuro, una síntesis de la maldad que le atribuía al enemigo imaginario una civilización ensimismada como la nuestra, una figura genuina del poder del Mal, el hombre perverso al que sobraba fortuna, sicarios y hasta avanzadas tecnologías diseñadas para combatir esta parte del planeta. Pero ese producto del miedo no era del todo ilusorio, como hemos venido creyendo, sino una amenaza real que acaba de desvelarse como un casi inevitable enemigo mortal a quien todo indica que sonríe el futuro en la misma medida que se ensombrece el occidental. Los yanquis acaban de muñir con urgencia una ley que da poderes al Presidente para defender al país del enemigo cibernético y, ciertamente, no cabe hablar en esta ocasión de paranoias heredadas, sino de la realidad de ese peligro recién confirmado que es el espionaje informático con que el propio ejército chino ha logrado controlar la información de numerosas empresas en USA, Francia, Inglaterra, Bélgica, Suiza o Noruega. En manos de Fu Manchú está realmente, en esta ocasión, controlar desde dentro nuestras vidas y haciendas, cada día más dependientes de nuestros ordenadores. “No podemos mirar hacia atrás dentro de unos años y preguntarnos por qué no hicimos nada frente a esas amenazas reales”, ha argumentado el propio Obama para apuntalar su nueva ley. Fu ha vuelto para quitarnos el sueño y esta vez no sólo en el cine de las sábanas blancas.

Cobra vida, pues, la antigua sospecha, y vuelve el demonio amarillo a rondar nuestro imaginario, confirmando aquella vieja idea conspirativa de que todo mal imaginable es, en realidad, posible. Y China, que ya posee inversiones temerosas en el Tesoro americano y controla a galope tendido nuestro comercio al tiempo que deslocaliza nuestra industria, aparece esta vez no revestida de míticos ropajes sino mostrando su realidad de carne y hueso. No habrá antivirus, probablemente, contra esta invasión silenciosa que acaba de poner contra las cuerdas la seguridad de un Occidente que hasta ahora le ha tendido la mano.

Embudo sindical

Menos mal que Méndez, el piloto de UGT, reconoce los hechos, porque aquí, en Andalucía, todavía insiste el “aparato” en negar la evidencia de que se ha despedido a 200 trabajadores contratados por el sindicato aplicándoles la ley de Reforma Laboral del PP, tan vituperada por estos despedidores cuando se aplica fuera de casa. Dice un dirigente regional que si el sindicato ha despedido ha sido por necesidad, como si el resto de la patronal despidiera por capricho, y alega que la causa es la pérdida de algunos cometidos que antes desempeñaban, ya que “nosotros –dice—nos dimensionamos (sic) en función al volumen de trabajo”. La doble moral queda a la vista, incluso para sus propios trabajadores.

Nuestros bonzos

La imagen de los suicidas de la crisis del 29 nos la ha trasmitido el cine. Cuerpos como peleles cayendo a plomo desde los rascacielos de Wall Street, corrillos enloquecidos y parias vagando alobados por los barrios de la ciudad. En la actual, esas imágenes de la desesperación se han hecho esperar pero, finalmente, han llegado. Desde Grecia, desde Italia, desde Francia, desde la propia España, menudea el noticiero de suicidios provocado por la situación crítica, deudores que se lanzan al vacío por la ventana, parejas que se inmolan juntos, la madre que se inmola, aquel otro que se ahorca antes de que lleguen los desahuciadores: “Antes de que me echen, me cuelgo”. En Nantes, un agobiado por las deudas se ha inmolado a lo bonzo delante de las oficinas de empleo provocando una fuerte conmoción nacional casi al tiempo que en Alicante un cuarentón culto y buen ciudadano, se colgaba de una soga logrando, miren ustedes por dónde, quebrar las duras posiciones partidistas mantenidas hasta ahora en el debate sobre los desahucios. Esta crisis es tan profunda que está logrando que se cuestione el derecho hipotecario, acaso una de las ramas más concretas y terminantes del pensamiento jurídico, al que se le proponen alternativas nunca contempladas, a veces con voz cuerda pero en otras ocasiones en clave desentonada. Una mujer se ha lanzado a la popularidad estos días defendiendo, en plan ménade, unos derechos que lo suyo sería reconsiderar con cordura, y a ella la he visto y oído amenazar con lanzarle no sé qué a no sé cuál presunto responsable, además de llamar “criminal” a quien ha querido en pleno Congreso. La crisis es esa realidad clamorosa y no un soportable clima de opinión, siendo de esperar que, por desgracia, tengamos que conocer todavía más decisiones fatales.

 

No es tan fácil como lo pintan el problema de la dación en pago ni el de la suspensión de los desahucios, ni para los políticos ni para los jueces, y están de más las reclamaciones asamblearias y las voces desatentadas que pretenden zanjar de un machetazo demagógico una situación demasiado compleja. Hemos de ver, pues, otros suicidas, nuevos bonzos que quiera Dios que no logren su propósito, antes de que se pase esta página desencuadernada de nuestro guión de vida y vuelva por sus fueros la normalidad. Entre tanto, siquiera por respeto a las víctimas, sería bueno acercar los políticos a la realidad y alejar del contencioso el radicalismo de los espontáneos.

Política y basuras

Todos nos hemos hecho cruces por las inciviles huelgas de recogida de basuras a que los sindicatos han sometidos a nuestras grandes capitales. De El Coronil, que lleva ¡44 días! con la basura acumulada, poco se habla. No se ponen de acuerdo el alcalde del PSOE y el jefe del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) y, mientras los vecinos se ven amenazados en su salud y privados de su vida normal, ellos discuten si los servicios mínimos deben ser así o asao, un día cada dos con tres operarios, o bien reducir la limpieza a cinco puntos especialmente delicados. Una vergüenza. La consejería de Empleo, hasta el cuello de basura ella misma, debería zanjarla de una vez y devolver a los vecinos-contribuyentes su elemental derecho a la normalidad.

La gran higa

Una de las fotos de este “annus horribilis” va a ser, sin duda, la del tesorero Bárcenas al volver de su viaje cinco estrellas a las nieves del Canadá. Me refiero a ésa tomada en Barajas en la que el presunto imparte al pueblo soberano la gran higa levantando la mano derecha con el dedo corazón asomando impertinente entre el índice y el anular, que viene a ser lo mismo que mandar a tomar viento fresco a la opinión pública pero con pésimos modales. Seguro que ese “self made man” repite el gesto aprendido en la calle, por completo ignorante del significado simbólico que a la higa atribuyen los psicólogos como remedio genérico contra las fuerzas enemigas, y seguro también que su grosera intención se agota en el obvio sentido sexual de un gesto que viene a ser como una abreviatura del corte de mangas “urbi et orbi” con que el presunto trata de distanciarse de su propia imagen reflejada en el espejo del descrédito público. Lo cual no deja de resultar lógico dada la suave lenidad que gasta la Justicia con estos grandes presuntos, en negocios como el suyo que, de ser obra de un pringao, hubiera conllevado, pueden estar seguros, la trena cerrada a cal y canto. ¿Qué hace vagando por los paraísos de este mundo ese presunto gran evasor que ha puesto contra las cuerdas al propio partido del Gobierno; de verdad se hubiera tratado de igual manera a un apoderado modesto al que se hubiera sorprendido emboscado en una caja suiza? El pueblo está convencido de que no, como lo está de que, a pesar del repugnante chantaje a la Corona, debe de haber responsabilidades al menos en un miembro de la casa Real, y ésa es una doble razón que aconsejaría cortar de raíz esa higa. El tal Bárcenas ha dado la talla levantado la suya; la Justicia da la suya con sus incomprensibles maneras al tratarlo con guante de seda.

 

No recuerdo un momento más chusco y desabrido que el presente en la vida nacional, ni una actitud más impertinente que la de ese ganapán en el que ha confiado su partido hasta el punto de entregarle las llaves del tesoro. La foto en cuestión vale más que cualquier psicosociología para ilustrar el actual momento de una clase política apalancada en el alfoz de la vida pública y dispuesta a llevarse de matute hasta el polvo de la caja fuerte mientras responde a la lógica inquisición de las gentes con una higa monumental. Los ladrones somos gente honrada, ya saben. Ante las dificultades, el granuja no tiene más que crecerse.