Ir por libre

A nadie puede extrañar que el diputado y alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, no sólo se niegue a responder al juez y al fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), sino que anuncie sin cortarse un pelo que se propone repetir la jugada e invadir nuevamente la finca en cuestión. ¿Cómo extrañarse si ese mismo Tribunal ha estimado que esas ocupaciones y uso de fincas de las que Gordillo ha hecho una profesión no constituyen delito ni mucho menos? Gordillo vive de esa impunidad que le hemos dado entre todos –unos más y otros menos—y aprovecha, como es natural, las ventajas que la Justicia le proporciona. Mi única curiosidad consiste en saber qué ocurriría si alguna vez se le ocurre “okupar” el propio TSJA.

Perdones tardíos

Al contemplar de gesto del presidente serbio, Tomislav Nikolic, arrodillado siquiera retóricamente para pedir perdón por la masacre perpetrada por su ejército en Bosnia, me he acordado de la trifulca en tono menor que tuve que sufrir hace años en una tertulia de la radio por haber afirmado yo que los yugoeslavos, en general, iban a echar mucho de menos a Josip Broz, aquel mariscal Tito que se las tuvo tiesas con Stalin sin dar su brazo a torcer. Las peticiones de perdón han proliferado en Europa, al menos desde que Billy Brandt se arrodilló en Varsovia para suplicarlo a las víctimas del genocidio nazi y después de que algunos papas hayan repetido el gesto, lo mismo en la sagrada cátedra que en el campo de concentración, todo lo cual está muy bien y resulta incluso inobjetable, pero no deja de dar la impresión de gestos tardíos y en no pocas ocasiones inútiles considerado desde el lado de las víctimas. Todo el mundo sabe, por lo demás, que lo que motiva al presidente Nikolic, ante todo, es forzar la reconciliación del puzzle ex-yugoeslavo, condición imprescindible para que la Unión Europea le tienda una mano que, en sus circunstancias actuales, le resulta imprescindible.

Hay que olvidar las cestas de ojos, las fosas comunes y la ignominia de los francotiradores que resumen aquella tragedia intestina si se quiere ingresar en la cofradía del euro y rescatar a una sociedad rota en pedazos en la que el paro aplasta toda iniciativa de restauración y la memoria obstaculiza cualquier proyecto de concordia. Una situación no tan sangrante como la bélica ni tan sugestiva como pudo ser aquella aventura de la “autogestión” yugoeslava que Tito propuso como “tercera vía” a una generación europea incapaz de librarse del grillete ideológico bipolar, y cuyo éxito intelectual y político apenas pueden imaginar hoy las nuevas generaciones. Cuando yo lancé mi idea tertuliana creo recordar que mis colegas no entendieron ni mucho ni poco ni su contenido ni mi intención porque, entre otras cosas, no habíamos asistido todavía al prolongado infierno que había de martirizar, una vez más, el paisaje balcánico, y por tanto no habíamos podido contemplar el desmembramiento de un país no poco artificial pero que había resistido, entrillado entre dos malquerencias, las duras condiciones de la Guerra Fría. No es la herencia de Tito sino la ambición de sus albaceas la responsable de que estos tengan que andar pidiéndose mutuamente perdones con tal de les abran la puerta de este crítico paraíso.

El PSOE visto por IU

Fíjense qué cosa más rara: Valderas, el coordinador de IU, sale voluntario a la palestra para defender a la consejera de Hacienda de uno de los tocomochos más descarados entre cuantos ya conocemos, pero al mismo tiempo afirma en un documento político destinado a la próxima Asamblea de junio, que el pacto que mantiene a Griñán y al PSOE en el poder andaluz no es más que una “alianza táctica y defensiva” dado que el PSOE “es un partido viciado por treinta años de poder absoluto”. ¿O sea que usted se alía con los viciados a cambio de cuatro despachos y otros tantos coches oficiales? Me temo que los votantes de IU descubran los trucos radicales de la coalición antes de que concluya la legislatura. Desde luego, menos vergüenza no se había visto aquí ni en tantos años de descaro.

Plagios a gogó

Nunca resultó fácil de contradecir la persuasiva propuesta de D’Ors de que lo que no es tradición es plagio. Escribimos sobre un viejo palimpsesto en el que, bajo el borrón, late sugerente la caligrafía antigua y con ella el pensamiento que otros tuvieron ya antes, confirmando con ello la unidad esencial de la Cultura, esa patria común y sin fronteras de la que todos, pero en especial los que escribimos, somos anónimos ciudadanos. Hace poco acaba de dimitir el Gran Rabino de París, Gilles Bernheim, tras reconocer que había utilizado como propios textos ajenos, aunque en un principio se negó a aceptar su responsabilidad replegado sobre el “dictum” del Digesto “Ubi meam rem invenio, ibi vindico”, es decir, cuando encuentro lo que es mío lo reivindico. Pero lo que ha prosperado en los últimos años no ha sido esta idea, algo delirante que tiende a reconocer como propio lo que otros aportan, sino el plagio puro y duro, ese “plagio con asesinato”, como decían los barrocos, que le lleva costado el puesto a un ministro tan destacado como el alemán de Defensa o su colega de Educación, últimos de una larga relación que incluye a un presidente y un ministro de Hungría, a un par de ellos rumanos, a uno surcoreano y a la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Silvana Koch-Mehrin, entre otros que dejo en el tintero. Se ve que los currículos que acreditan a nuestra dirigencia no son difíciles de conseguir, cosa que no puede extrañarnos en un país en el que el mismísimo director general de la Guardia Civil resultó ser un falsario que empapelaba su despacho con diplomas falsos.

Es muy conocida la frase de Giradoux que sostenía que el plagio es la base de todas las literaturas salvo de la primera… que, por lo demás, nos es desconocida. Pensamos trenzando pensamientos, escribimos encajando teselas usadas en un mosaico nuevo, porque otra cosa sería tal vez un adanismo impensable, sin que esto quiera decir que nos sea lícito expropiar la letra ajena. Para mí Avellaneda no es un plagiario ni mucho menos, como no lo es Borges cuando duplica sabiamente frases de nuestros escritores barrocos. Lo son, eso sí, esos ladrones de letras que se cubren con birretes mangados a sabiendas de lo que hacen. Lo que resulta preocupante es esa deshonestidad en nuestros grandes dirigentes a quienes forzoso es exigirles responsabilidades con un rigor especial.

Censura e intimidad

Amaina el debate el provocado por la decisión de una juez de prohibirle a unos cuantos periódicos la difusión de informaciones u opiniones sobre la vida íntima del yerno del Rey. No quería la jueza que se diera pábulo al secreto más privado ni siquiera en medio de una tormenta judicial en la que un ex-socio sin escrúpulos va desojando la pestilente margarita pétalo a pétalo para defenderse a base de destrozar la reputación, realmente vulnerable, del otro acusado. ¿Es eso censura? Pues claro que lo es, censura pura y dura, lo que no quita que tenga también su sentido pues nadie tiene derecho a poner en el candelero la intimidad de un rival que ni siquiera supo guardar su teléfono. Lo que no se entiende es cómo el juez instructor ha tragado con este goteo mediático de correos usurpados y menos que, siguiendo esa estrategia se lleguen a difundir aquellos que nada tienen que ver con el negocio enjuiciado. La intimidad es siempre y obligadamente un terreno vedado, y más la sentimental, por más que en España, en los últimos tiempos, del Rey abajo ninguno se libra ya del estigma que produce sin remedio la publicidad de sus interioridades, razón por la que es el propio medio –como fue este mismo diario—el que debe excluir esa bazofia lo mismo si afecta a Agamenón que si concierne a su porquero. Tiene un interés máximo descubrir hasta el fondo el montaje presuntamente delictivo que se investiga, pero nada justifica –porque nada aportaría a la indagatoria—si un imputado es fiel a su esposa o deja de serlo. La juez se equivoca, a mi juicio, porque supongo que un juez no tiene en su mano censurar a la prensa. Acierta, en cambio, al considerar injusta la invasión de la privacidad. Eso de que los personajes públicos no tienen vida privada es una monserga de los alcahuetes y de la prensa amarilla.

No entiendo, por poner un caso, el súbito y exacerbado interés de los españoles por la historia de la llamada princesa Corina fuera de lo que esa dama tiene de trajinante y estoy seguro, además, de que la inmensa mayoría de los curiosos le pediría a la juez idéntica providencia si el escándalo les afectara a ellos. Mal momento vive la estimativa pública, siempre tan gustosa de la caza mayor. Y mal paso para la democracia esa censura judicial que entiendo que no le compete. La corrupción nos está convirtiendo en un país de porteras, dicho sea, por supuesto, salvando a las porteras discretas, que seguro que las hay.

Contratos basura

Sabíamos que en el Servicio Andaluz de Salud (SAS) no son nuevos los contratos de facultativos por un día, lo cual es ya bastante escandaloso, pero ignorábamos hasta ahora que se pudiera contratar a médicos hospitalarios ¡por una hora! ¿El truco? Pues el truco está en que coticen sólo un día y pagarles sus largas jornadas como guardias realizadas que abarcan desde las 8 de la mañana del día del contrato a la misma hora del día siguiente. Los “recortes” de la Junta en Sanidad no sólo desprecian la dignidad del médico sino que cuestionan seriamente el servicio sanitario prestado.