Cómo se lo montan

Leo el libro que recoge las cartas de amor escritas por François Mitterrand a su amante, Anne Pingeot, que acaba de publicar Gallimard, todo un “remake” de Pablo y Virginia o, si lo prefieren, de Abelardo y Eloísa. Es la cara oculta del ogro, la enjundia amable del hombre fuerte que supo columpiarse en la política desde cierto conservatismo juvenil al socialismo que liquidó a De Gaulle pasando, ay, por las complicidades con Vichy. Dudo que exista mandatario al que la opinión pública haya absuelto empáticamente no sólo de la errabundia política sino del escándalo ejemplar de aquella doble vida que ilustró la fotografía funeral de su entierro con las dos viudas y sus respectivos hijos. Una impensable tendresse, puro almíbar, acaso cierta cursilería de trasfondo posiblemente narcisista, que no me inquietan tanto como el alarde irresponsable de escribir una de esas misivas, según él, durante una sesión del Consejo Europeo, en la mesa redonda  en la que  se supone que discutían nuestros graves problemas la señora Thatcher, Chirac, González –él escribe “Gonzales”—y en cuya presidencia, de creer en su palabra, suspiraba Kohl. ¡Qué les parece!

Cuando el enredo de la Lewinski unos pocos nos quedamos solos defendiendo que lo intolerable no eran los escarceos libidinales del Presidente sino el hecho de que se produjeran en los entreactos del espinoso diálogo que Clinton y Netenyahu estaban manteniendo sobre el polvorín de Oriente Medio, en plan aquí te cojo aquí te pillo antes de volver a la mesa de negociaciones. ¡Que haga lo que quiera de cintura para abajo –decíamos aislados–, a nosotros qué más nos da, pero no mientras esté negociando la vida y la muerte de dos pueblos! No se trataba, a nuestro entender, de censurar algo que competía en exclusiva a su cónyuge, ni de arrastrar la osadía de la becaria, al menos hasta que se transformó en chantajista. El toque estaba en la irresponsabilidad que suponía el hecho de andar jugando a los médicos con la becaria mientras Netanyahu afilaba sus armas en el ala este de la Casa Blanca. El resto, para los pacatos. Lo que nos interesaba a algunos no eran los juegos del erotómano sino la impropiedad del momento. Se dice que Napoleón controlaba sus encuentros furtivos con un despertador. Ése al menos tenía en cuenta de que quien pagaba era el contribuyente.

La “blanquiverde”

¡Hay que ver la multitud de gente que ha vivido y sigue viviendo de la “blanquiverde”! No incluyo, por supuesto, a los que creyeron en ella con sinceridad sino a los que no, que son, pues eso, multitud. Un viejo emblema islámico, adoptado por un duque rebelde y desempolvado por algunos soñadores rodeados de Judas. Ha servido lo mismo para un fregado que para un barrido y ahora es reutilizado de nuevo por los antisistema de Podemos acaso fieles a lo que fue en su origen: la bandera de una taifa. Aquí el más tonto hace un reloj y todo el mundo reclama un “poder andaluz”… para uso propio. Veo a esa podemita envuelta en la “blanquiverde” y se me viene a la mente el mantón rojigualda de Marujita Díaz. Esa bandera ha dado de comer a más andaluces que el olivar.

¡Colócanos a tos!

Desvelaba ayer este periódico la red de “enchufes” que electrifica a la Agencia Ideas (de soltera, Instituto Andaluz de Fomento, IFA), convertida en refugio laboral de parientes y amigos en medio de este agujero negro del 30 por ciento de parados. Nada nuevo: al cacique granadino don Natalio Rivas le gritó un espontáneo en un mitin de su pueblo “¡Natalio, colócanos a tos!”, una plegaria política que el “régimen” andaluz del PSOE ha sabido aplicar durante más de tres decenios. Sería estupendo hacer públicas las nóminas de “asesores” de la Junta, de las Diputaciones y de tantos organismos autónomos que compiten en nuestra ruina para comprobar que hasta en provincias donde no existe aeropuerto hay un asesor del ramo. Un “régimen” presupone un rebaño dócil. La autonomía andaluza es el mejor ejemplo de ello.

¿No habrá caso?

Si con el “caso ERE” se están haciendo encajes de bolillos, el que afecta al saqueo de los fondos de Formación acumula denuncias y sospechas cada día más inquietantes para quienes esperan justicia. Se afirma que la juez- sustituta de Alaya no tiene en cuenta las claves sobre el funcionamiento del clientelismo que le dan los investigadores policiales; la UCO acusa a la Junta de estar boicoteando sus intentos de investigar al que fuera número 2 de doña Susana, el cordobés Rafael Velasco; y los abogados de la acusación particular no se cortan un pelo al decir públicamente que la Junta no tiene más interés que “tapar el caso Formación”. Esto funciona ya, según  parece, como Cataluña: a cencerros tapados. No me dirán que no está justificado el escepticismo público ni a la vista el control político de la Justicia.

La memoria terrible

Con motivo del homenaje de su pueblo –Valverde del Camino— releo la obra, que yo mismo prologué en el año 92, “Miguel Hernández en el recuerdo”, escrita por el notario Diego Romero, testigo fidedigno de la Sevilla de la primera postguerra. Romero fue el primer defensor del desdichado poeta por recomendación de Llosent, compañero en aquel sector “benéfico” del Movimiento que comandaba don Carlos Ollero, y al que pertenecían Mercedes Fórmica, Romero Murube, el gobernador Gamero del Castillo, aparte de jóvenes como Fernández Ortiz o Díez Crespo.

Para uso de los profesionales de la “media memoria histórica” recomendaría este libro que permite entrever la tensión vivida en aquella sociedad en la que, junto al terror, se erguían también voluntades empeñadas en salvar lo salvable. Contemplen la inquietud de Jorge Guillén, a quien, a cambio del inevitable tributo de “adhesión” cultural, facilitaron su marcha al extranjero. O la odisea de Miguel rebotando en Sevilla entre Mercedes Fórmica y Romero Murube, para acabar en Valverde en busca de Diego Romero, quien, huyendo de la ominosa retaguardia,  acababa de incorporarse al frente. ¡Hasta la leyenda tan poco verosímil del encuentro de Miguel con Franco en el Alcázar dio de sí este trágico enredo!

Gran mosaico el que ofrece esta obra, que incluye teselas como la relación de Miguel con Juan Ramón; o con Lorca a quien, según nos contaba el pintor Pepe Caballero, rechinaban las “asperezas aldeanas” del poeta de Orihuela; la imagen humillada de Guillén perorando ante el Gran Visir y el general Queipo; la entrevista en la temible cárcel madrileña de Torrijos mantenida con el poeta por Romero y Llosent; el ambiente madrileño que en torno a Zubiri reunía al autor con Díez del Corral, Díez Cañabate o Rodríguez Huéscar; la visita curiosa de Miguel a Romero en Madrid tras su primera liberación, atribuida sin fundamento a la intercesión del cardenal Baudrillart; la odisea portuguesa de Miguel tras el desencuentro con Diego Romero en Valverde…

La Sevilla trágica, todavía desgarrada y convulsa, escondía en su interior estos afanes nobles que cuestionan la hipótesis maniquea de un cainismo cuyas excepciones convendría no olvidar. Hubo, entre tantos judas, sus buenos samaritanos. Y me temo que en los meritorios esfuerzos actuales por repintar aquel cuadro falten y sobre ciertos colores. Ninguna memoria es cierta si no es completa. Ni cierta ni justa.

 

La fosa abierta

¿No acabará nunca el culebrón de las fosas de la guerra civil, una de las medidas más banderizas que puso en marcha el populismo de ZP? ¿No han tenido ya bastantes fracasos y gastado un dineral esos apasionados fosores que, en efecto, tratan de mantener abierta la fosa que cavó el conflicto fratricida? La alcaldesa de Alfacar acaba de exigirle a esos “investigadores” que, una vez frustrada la costosa búsqueda de los restos de nuestro desdichado García Lorca, tapen “el hoyo inmenso” que han dejado abierto como un símbolo clamoroso de la “media memoria”, justo cuando, desde enfrente, se abre el proceso de beatificación de las víctimas de Paracuellos. Lleva razón la alcaldesa: ochenta años después de la tragedia lo único razonable es, sin duda posible, cerrar las fosas y no abrirlas.