El circo democrático

Los políticos italianos han recibido con una salva unánime la elección del Giorgio Napolitano como presidente de su ingobernable República. Elegir a un presidente casi nonogenario les parece un éxito en vista de los reiterados fracasos anteriores, lo que nos proporciona una idea cabal del caos en que anda sumida aquella vida pública, a la que no le queda otra que reelegir a un anciano aunque sea para rellenar el vacío que tanto se les critica desde Bruselas. Napolitano es un personaje íntegro, según todos los indicios, brigadista con la Resistencia y destacado miembro del PCI luego, lo que nos ofrece una idea de lo desesperados que deben andar lo mismo la derecha de Berlusconi que la amalgama progresista de Bersani, por una parte, y por otra, lo poco que aquella mítica izquierda ha llegado a representar hoy por hoy. Vamos a ver en muy poco tiempo la gravedad que supone el cáncer antisistema de un Beppo Grillo y la inviabilidad de la utopía autárquica en el marco de una democracia formal, aunque lo más probable es, que cuando lo veamos sea ya demasiado tarde para devolver al payaso al circo. Italia está en al borde de un precipicio en el que puede que se resuma, al fin, toda la miseria política acumulada a lo largo de la inacabable postguerra, y eso supone un riesgo de primer orden para toda la Unión Europea. Y encima le ha tocado a un gerente en retirada la ardua tardea de intentar el milagro.

Frente a quienes ven en el fenómeno Beppo una opción novedosa para el futuro, estamos los convencidos de que desde fuera del Sistema nada puede hacerse por su restauración y menos por su progreso, es decir, que no era ninguna broma aquella advertencia de Bourdieu cuando dijo que la democracia, el sistema de representación genuino, era una cosa demasiado seria para andarse con experimentos y mucho menos con bromas. Napolitano es un precario parche sobre la enorme brecha abierta en Italia por la acción combinada de los fanatismos y los volatines ideológicos y no llegará, probablemente, más que a unas nuevas elecciones. No se puede hacer de la ingobernabilidad un sistema y en ello están especializados los italianos hace más de medio siglo. Beppo no me pare peor que Andreotti o Craxi, sólo me parece diferente en su ganga populista y en su deliberada degradación de la política. No me den a elegir, por favor, entre un payaso y un criminal porque por ambos camino se va a Roma.

Belmonte

Desde la presidencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía se ha lanzado la especie de que los funcionarios judiciales no currelan como si en ello residiera el fracaso rotundo de una Justicia lentísima y manga por hombro. Era lo más fácil, y los sindicatos, todos a una, ha protestado desmintiendo al Presidente, exhortándolo a apretar las tuercas por arriba, si es que se atreve. Al mismo tiempo el presidente del Parlamento anuncia que se acabó lo que se daba y que desde ahora se controlará a los diputados tanto como a los bedeles. Visto desde la cola del paro, estos espectáculos deben de resultar desoladores.

Techos de cristal

La reacción de la clase política ante el rechazo de la ciudadanía está girando alrededor de un viejo y, probablemente, inútil concepto, el de “transparencia”. En España se insiste en que ese techo de cristal se va a instalar desde la última pedanía al palacio de la Zarzuela, de manera que la gente tenga presente, siquiera a vista de pájaro, el trajín económico de todo ese vasto gremio. También en Francia –forzadas las cosas por el enredo del ministro de Presupuesto y sus cuentas suizas– se ocupará la Asamblea Nacional de vidriar esos techos pero no sin el propio presidente de la Asamblea se haya despachado a gusto, previniendo contra “toda iniciativa que pueda favorecer el populismo”, en términos que no dejan lugar a dudas: las declaraciones de patrimonios serán “perfectamente ineficaces para prevenir el fraude”, no debe confundirse “el control de la probidad de los parlamentarios con la intrusión en sus vidas privadas” y, en fin, “la transparencia absoluta es un mito” que no restaurará la confianza rota sino que podría contribuir a debilitar la legitimidad de los electos”. Tremendo, el señor Presidente, pero peor, si me apuran, la actitud de la dama encargada de la deontología parlamentaria, convencida de que hoy no es necesario ya probar un conflicto sino que la mentira misma se erigirá en incumplimiento: “La transparencia no es, probablemente, deseable”, sugiere. Como para fiarse de los buenos propósitos.

Poca confianza merecen desde luego, estos ensayos de control mil veces propuestos, como se ve, desde el escepticismo más granado. No se los creen ni ellos porque parten de la obviedad de que cualquier declaración de patrimonio la adecenta en un pis pas hasta un mal abogado y también porque saben que el número de las trampas –como el de los tontos que señala la apócrifa paremia bíblica que aún resuena en el Quijote– es infinito. La “clase” se opone al techo de cristal bajo el que la vida pública sería, sin duda posible, otra muy diferente a la actual. “La transparencia, Dios la transparencia” se desgañitaba Juan Ramón hace mucho en un poema memorable que hoy nos hace sonreír si pensamos en la que está cayendo. Los franceses declaran las actividades profesionales, el patrimonio y los intereses, y ya ven: ni el presidente de la Asamblea traga. Estos días precisamente viven sobre ascuas porque el ministro de Presupuesto ha resultado un mangante una vez violada su intimidad.

El pelele de IU

Se extraña el PP de que la Junta, callada como una muerta mientras el PSOE gobernó y respaldó el proyecto de oleoducto en Doñana, se levante ahora de manos para enfrentarse al Gobierno del PP. Pero, hombre, no me sean ustedes ingenuos, porque oponerse al Gobierno es lo que toca ahora en la Junta aparte de que Griñán se haya convertido –a la vista está—en un pelele en manos de Valderas. Mientras era el PP el que se oponía, el PSOE apoyaba y, por cierto, el mismo PP opositor es hoy el padrino de semejante atentado ecológico. Estas políticas no hay quien las entienda del todo, es más, yo creo que no serían capaces de explicarlas ni ellos mismos.

Dos morales

Hubo una época en que la imaginación europea se dejó llevar por el invento aquel de las “étoiles filantes” al que Buñuel sacó todo su jugo en “Belle de jour”. La fantasía se basaba en la existencia de una prostitución sigilosa, exclusiva, practicada no por “profesionales” en el sentido corriente del término, sino por putas “amateurs”, como si dijéramos, que escondían entre los pliegues de su doble vida el secreto de un lenocinio entrillado entre la necesidad y la fantasía. Ni que decir tiene que se proponía como novedad algo que ha existido siempre, pues la prostitución no está, como bien sabemos, reservada a los burdeles sino que se mueve en todos los ambientes sociales adaptada en cada uno de ellos a sus circunstancias características. Me ha dado que pensar la lectura del triste reportaje sobre el porno casero aparecido en nuestra “Crónica” y en el que se constata el crecimiento de toda una pornoindustria doméstica surgida por imperativo de la crisis económica, y en el que no se esconden los actores convencidos de que lo suyo –la exhibición porno a través de Internet—no es propiamente lenocinio sino “un trabajo como cualquier otro” para remediar la necesidad impuesta por el paro. Ya, ¿y el de las “otras”, el de las “cualquieras” que se alquilan por horas en los hoteles de los nuevos proxenetas o deambulan por el arcén en busca de negocio carnal, qué pasa, que ése no es un “negocio como otro cualquiera” sino un recurso extremo que implica la exclusión social? Por supuesto que nada cabe objetar a la decisión de estos “exhibidores” pero no es justo presentar su actividad como un ejercicio diferente al que practican, desde que el mundo es mundo, quienes venden al mejor postor sus servicios sexuales: no cabe discusión sobre el hecho obvio de que todas las putas son putas, iguales de putas, quiero decir iguales de desdichadas.

Veo en esas historias, que no digo que no sean conmovedoras, una auténtica exhibición de hipocresía no sólo en los actores que montan sus números en el plató sino en el concepto público que trata de confundirnos con sus dos varas de medir. Y no les digo nada de los panolis pervertidos o viceversa que –también desde siempre—han pagado gustosos por esos vicios potenciados por su imaginaria exclusividad. Claro que llevan razón esas meretrices “pane lucrando” y sus consortes, pero ni más ni menos que las desgraciadas que, llueva o ventee, pechan con el sambenito a la intemperie del lupanar.

Ladrón en el paraíso

El fiscal de la Audiencia Nacional se ha opuesto, con un criterio que seguro que le aplaudirá el común de los mortales, a que el informático Hervé Falciani que debeló el infame secreto bancario suizo ayudando a España, Italia y Estados Unidos, sea extraditado a Suiza desde donde le reclama una Justicia plenamente concorde con su banca. Falciani se defiende con el argumento de que en 2008 él ya avisó a su gran banco de los fallos de seguridad que hacían posible desde el fraude a la financiación hasta el terrorismo, y que recibió lo mismo que de la propia Justicia: nada. Y fue entonces cuando el “secretario” sacó al exterior datos que, según el propio fiscal, “darían para llenar un tren” y que sólo en España permitió al Estado recuperar cientos de millones depositados en el paraíso por nuestros distinguidos evasores. Es curioso que los críticos de esos “paraísos” excluyan a Suiza, que es el mayor y el más clásico de todos ellos, como lo prueba que hasta nuestros reyes mantengan sus fortunas ocultas en aquellas cajas, lo que ha permitido a aquel pacífico país vivir de ese negocio que cuando se produce en las Caimán o en Gibraltar denostamos. Si España acaba extraditando a ese buen ladrón quedará definitivamente en claro la connivencia de los poderes –de los Gobiernos y de las Justicias—con los mercaderes y custodios del dinero negro, ese magma repugnante en el que la pasta evadida se confunde con la de los narcos, con la del negocio de las armas y con la de la prostitución. El secreto bancario suizo es un escándalo en este mundo globalizado y quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Ser fiel como empleado a esas empresas es ni más ni menos que ser cómplice.

El Sistema se hace trampas a sí mismo para sobrevivir y una de ellas es la de permitir que la rectitud del negocio se quiebre allí donde conviene a la rapacidad del evasor y de los delincuentes. Quien no tiene una cuenta secreta en Suiza no es nadie pero es obvio que mientras esa trampa exista no sólo los prófugos de Hacienda, sino los criminales más abyectos, tendrán refugio asegurado. Hasta en el Vaticano se blanqueaba dinero sin reparar en su inmundicia al menos hasta que el papa dimitido decidió cortar por lo sano. Reyes, políticos, mafiosos, proxenetas o mercaderes de guerra tienen sus alcancías a buen seguro. Denunciar eso no puede ser perseguido sino honrado en una democracia que se precie.