Condorcet en Arabia

Nunca se supo si la muerte de Condorcet en la prisión de Bourg-la Reine había sido natural o provocada. Había votado contra la ejecución del Rey aunque no absolviéndolo, pero también había perdido esa fulminante batalla contra los jacobinos que Pedro J. Ramírez acaba de contar tan sugestivamente en “El primer naufragio” que le han aplaudido a dos manos ZP y Rajoy, a ver quién explica eso. La odisea final de Condorcet ocurrió cuatro años después de que escribiera dos tratados en su tiempo desconcertantes, uno en el que se preguntaba desde la filosofía si estar equivocados podría resultar provechoso para los hombres, y otro en el que proponía la admisión de las mujeres a lo que –noten la ironía girondina—llamaba él “les droits de la cité”, los derechos de la ciudad. ¿Iban a quedar en sus fogones, como si nada hubiera ocurrido, aquellas ruidosas mujeres de París, las que en provincias habían lucido la escarapela o aquellas que habían animado los asaltos y jaleado la guillotina, o bien en el todavía vacilante “nuevo orden” las aguardaba un papel público más activo? Esas cosas nuca se saben, y lo único que cabe en su momento es echarles encima un montón de palabras, que es lo que antaño hizo nuestro sabio o lo que acaba de hacer, a sus casi 90 años, el rey árabe Abdallah al conceder el voto futuro (a partir de 2015, nunca antes) a esas mujeres saudíes que deben cubrirse hasta los ojos para salir a la calle, tienen prohibido conducir y carecen de derecho a ser intervenidas en un hospital si no las acompaña un varón. El Rey ha hablado primero con los ulamas y explicado luego que la novedad es necesaria en el marco de “una modernización equilibrada”, ya que “en este siglo no queda sitio para los recalcitrantes”. Es el eco de la rebelión en esa zona, la impronta revolucionaria que, como todas, trata de evitar un cambio mayor. En el país de Abdallah son frecuentes las ejecuciones que, como en las Mil y Una Noches, se llevan a cabo en la plaza pública y a filo de espada: un pinchazo en el costado para que se enderece el reo y, zas, vaya usted con Dios. No les digo más.

Está bien siempre el progreso, aunque avance piano piano. Está bien que el wahabismo alivie las ligaduras y acepte que el tiempo corre para todos, incluso para los que pretenden fundar su razón en su arcaísmo. Después de todo, no es cosa de aspirar a la modernidad reteniendo a la mujer en casa y con la pata quebrada. Aunque ya veremos que da de sí, de verdad, esta medida que, una vez en vigor, deberá mantenerse en el marco estricto de los principios del Islam, eso sí. De momento, ayer las mujeres no pudieron votar todavía. Todo se andará. La primavera árabe lleva trazas de cruzar varios inviernos.

Lo bueno y lo malo

Que no vayan los alcaldes a los Parlamentos es lo que el PSOE defiende en Andalucía pero niega en España: no podrán ir al de las Cinco Llagas los grandes alcaldes andaluces, por decisión de la Ejecutiva regional, pero sí acudir al Congreso los de cualquier parte de la nación, incluida Andalucía, por orden de Madrid. Es decir, que lo que es bueno para España es malo para Andalucía o viceversa, con tal de preservar la jerarquía secreta y efectiva de un partido en el que, por ejemplo, Chaves pinta todavía bastante mientras Griñán no pinta nada. Es lo que explica que en Cádiz éste último –¡el primer mandatario andaluz!– haya de tragarse el sapo sin rechistar. Lo de Escuredo y Borbolla no fueron sendos accidentes circunstanciales sino el simple efecto de una norma centralista que sigue en pleno vigor.

Gloria del olivo

El papa Ratzinguer es el penúltimo pontífice en la lista profética del arzobispo Malaquías. Detrás de él no queda sitio más que para un “Petrus Romanus” que pastoreará su grey, parece ser que sin gran éxito, hasta ver destruida la Ciudad Eterna. Sobre la causa de semejante desastre se ha discutido mucho. Mi llorado amigo Vidal Beneyto solía decirme que esa causa sería, sin duda posible, esta galopante secularización de la vida que estamos viviendo en el universo tecnificado a tope de la sociedad postindustrial, cosa que ya habían pronosticado los funcionalistas siguiendo a Weber. Ahora bien, Ratzinger, el combatido Ratziger, no parece dispuesto a tirar la toalla así como así, y acaba de sorprender a extraños (y compruebo que también a propios) con esos discursos alemanes –sobre todo los pronunciados en el Bundestag y en Friburgo—en que, aparte de descalificar con dureza inaudita al nazismo, ha constatado la crisis de la fe, la deserción progresiva de los fieles y la necesidad urgente de un cambio, no de estructuras, sino de fondo, que permita entender a esa grey y a sus rabadanes la necesidad de abrirse a las preocupaciones del mundo sin sucumbir a la “lluvia ácida” del relativismo que lo obsesiona, pero decididos a “desmundanizar” una Iglesia que “debe separarse de todo lo mundano” y –traduzco literalmente—“abrazar en su totalidad la pobreza terrenal”. Malaquías llamó al papa Ratzinger “Gloria Olivae”, la gloria del olivo”, mote de resonancias áticas que, eso sí, parece inducir al optimismo. Si en los años 60 y hasta 70 nos llegan a hablar de Ratzinger como papa, el clamor de la inteligentsia progresista hubiera sido la exacta contrapartida de lo que está siendo su actual rechazo. Pero siendo cierto que aquel teólogo que aquí traducía con esmero Jesús Aguirre ha involucionado no poco, no lo es menos que estas cosas que ha dicho en Alemania bien pueden marcar un antes y un después en medio de este batiburrillo universal en que nos ha sumido una crisis que, de no remediarlo Dios, le va a poner la cosa cruda al tal “Petrus Romanus”.

No sé cómo habrán resonado esos trallazos en el laberinto vaticano aunque es de suponer que más de un Marcinkus, y ustedes me entienden, habrá dado un considerable respingo en su mullido solio. ¡La pobreza, la Iglesia de los pobres, el Evangelio de los últimos! Tendría su guasa que fuera un papa anciano y retranqueado ideológicamente el que pusiera patas arriba un tinglado que, ciertamente, ve desmoronarse día tras día sus altas torres. Ya hay quien recuerda por ahí la negra leyenda de Juan Pablo I. El resto del planeta apenas se ha enterado del terremoto.

El tacto judicial

Sería temeraria la tesis de que los asuntos judiciales investigados en España, cuando afectan a la política y, en especial, al poder, se “sacan” cuando más interesa a estos o aquellos. Pero hay hechos que, desde luego, resultan sugeridores de esa incómoda tesis, tales como el destape final del saqueo de Marbella, la aparatosa detención nocturna de la Pantoja, el zambombazo del alcalde de Alhaurín, los manejos del “caso Astapa” y tantos otros. No deja de ser curioso que, tras un año de investigaciones, la autoridad no haya decidido destapar el “caso Ronda” y meter preso a su alcalde y ediles del PSOE hasta que las municipales han pasado, por ejemplo. ¿Casualidad, simple coincidencia? Pues puede, no seré yo quien diga lo contrario, pero la rareza sigue estando ahí.

Malos y peores

No dudo de que el propósito de Rajoy de sancionar en el futuro a los despilfarradores, y no sólo a los “que metan la mano” sino también a aquellos que “dejen facturas en los cajones” para que las encuentre el sucesor y las pague el maestro armero, debe de haber sorprendido a la mayoría contribuyente. “No se pueden dejar facturas en los cajones sin que nadie responda por ellas”, ha proclamado el líder conservata, descubriendo a la masa ignara que hasta ahora, al parecer, eso de pasarse por el arco la deuda contraída habría sido lícito; y añade que, cuando él gobierne, “nadie podrá gastar sin el respaldo presupuestario”, lo que parece sugerir que, hasta ahora, sí se podía, cosas ambas bien contrarias a las que nos ensañaban en tiempos a quienes aspirábamos a ingresar en la Administración por el ojo de aguja de las oposiciones. Quienes acaban de llegar al poder municipal y autonómico no saben qué hacer con la deuda heredada ni cómo acometer la tarea de hacerle frente dentro de la ley, sobre todo si el propio Gobierno les niega todo tipo de ayuda, y por eso ha podido hasta parecerles normal el anuncio de que, en adelante –sólo en adelante claro está– los despilfarradores y tramposos pagarán sus culpas, aunque no en la cárcel como ha solicitado, con tan buen criterio, la Defensora del Pueblo. Rajoy, como Salomón, sueña con una clase política honrada y prestigiosa –¡ahí es nada!—pero no sé si se percata de que al anunciar sus imprescindibles medidas pone en evidencia que la gestión pública ha estado hasta el momento exenta de normas tan elementales que hacían inevitable no sólo el despilfarro sino la corrupción.

En Baena se ha probado que los mandamases municipales pagaban con la visa pública los gastos ocasionados en algún puticlub marbellí, en Valverde del Camino se ha impedido con uñas y dientes investigar si el pago de una mariscada que se zamparon varios ediles con sus señoras las pagó un industrial con una factura falsa, en Sevilla esas facturas falsas echaban la pata a las obras pagadas aunque inexistentes. ¡Mira que decidir, con la que está cayendo, que la ocultación de facturas ha de ser sancionada o que gastar sin presupuesto contraviene el más elemental sentido común! La inmensa mayoría ciudadana debe de estar tentándose la ropa, trémula al descubrir lo tontos que hemos venido siendo y hasta qué punto la “omertá” entre los partidos ha funcionado como en reloj contando con la general ignorancia de la norma. Porque ahora resulta que el saqueo padecido era lícito, los presupuestos papel mojado e inobjetable la ruina. A los españoles la enhorabuena, incluso cuando nos llega, suele llegarnos tarde.

Familias unidas

No es por machacar la herradura, pero la verdad es que no hay modo de evitar el escándalo que supone el continuo descubrimiento de casos de nepotismo en la vida pública andaluza, casos que llegan –por no citar más que los recientes– desde la hija, el hijo y los hermanos de Chaves a la hija de Viera, a la mujer de Velasco, al hermano de Cabañas, al cuñado de Jiménez, a la hija de tal candidata, el novio de cual alcaldesa, al marido de la concejala y hasta al vecino de debajo de algún un director general. La familia es un sub-elemento de la clientela y ésta el sostén del partido. Los paganos del tinglado completo, ni que decir tiene, somos los dóciles contribuyentes que formamos la muchedumbre silenciosa.