Asesor de la nada

A uno de los arruinadores de su Ayuntamiento, la Diputación de Huelva acaba de “arrecogerlo” –en ella sabrán por qué—como bienpagado asesor de muchas cosas entre las cuales figura una que no existe: el aeropuerto. Si en biología es dogma que la función no crea el órgano, en política, por lo visto, ocurre lo contrario, de manera que, a la hora de taparle la boca a un descolgado, cualquier abstracción vale para entronizarlo. ¡Un asesor de “de aeropuerto” donde no hay aeropuerto ninguno ni motivos para creer que se le espera! Con las cuatro reglas le bastará a este bienpagao para “entender” en Carreteras, Grandes Infraestructuras, Aeropuerto, Vivienda y Mantenimiento (¿). El silencio es oro, dice el refrán. Y no me negarán que está más claro que el agua.

El mito catalán

La burrada del presidente Mas me pilla, casualmente, hojeando el libro que un profesor catalán, Javier Barraycoa, ha escrito para desmitificar el mitologema catalanista. No, por desgracia, como lo hiciera Jon Juaristi con el vasco en “El bucle melancólico”, sino a base de acumular referencias históricas que probarían el carácter improvisado de una simbología que no se tiene en pie. Sería estupendo que esta colección de zarpazos –que le van a costar al autor un ojo de la cara y parte del otro—viajara sobre una plantilla historiográfica más rigurosa, pero aún como simple colección de datos desmitificadores me parece que va a tener un valor considerable en medio de tanta confusión. Las tesis del libro, pueden imaginarlas: los grandes símbolos (incluidos la señera, la sardana y el himno) son inventos oportunistas y relativamente recientes; la filipina “guerra de Secesión” no fue, en realidad, obviamente, sino una “guerra de Sucesión”; el catalanismo no fue antiespañol hasta muy tarde; el conflicto de la lengua y la estrategia excluyente nada tienen que ver con la intención de los filólogos iniciadores del movimiento ni con sus seguidores que, en su inmensa mayoría, serán de extracción altoburguesa hasta el punto de constituir una oligarquía mixta que alcanza nuestros días; muchos líderes mitificados, incluyendo los más señeros, fueron españolistas antes de calarse la barretina; numerosos entre ellos se pasaron entusiastas al franquismo y ejercieron altos cargos en él; fue el clima romántico, en definitiva, el que en el XIX funciona como crisol propicio para la creación de esos símbolos que serán organizados en el imaginario por una casta nada popular. Ya digo que echo de menos en el intento un armazón historiográfico consistente, pero el libro no deja de ser divertido, y mucho, aparte de aleccionador en innumerables aseveraciones que molestarán tanto más en cuanto resultan evidentes.

 

Claro que no hay por qué pedirle a los mitos ni verdad ni razones de mayor calado: ellos cumplen inflamando sentimentalmente el magín popular (prefiero ese casticismo a lo de “imaginario” galo), logrando que los símbolos –verdaderos o falsos—arraiguen en la sentimentalidad colectiva y crezcan lo bastante como para dar sombra a sus beneficiarios. Lo del nogal y las nueces que decía Arzállus, vamos. Que la parla catalana era en principio el limosín, que los papeles históricos se escribieran en latín o en árabe y otras lenguas mientras el castellano avanzaba como “lengua franca”, que “Els Segadors” fuera una “canción tabernaria reletreada por un personaje pintoresco…? ¿Y qué más da? La fe no precisa razones. Si tras ella bulle un negocio redondo, mucho menos.

Lo del juez Serrano

El juicio del juez Serrano tenía que convertirse en un circo de varias pistas. Y se ha convertido, claro. Desconcierta escuchar el alegato de la Fiscalía, los enredos de los abogados, las circunstancias del caso y, sobre todo, comparar la gravedad de esta acción contra un juez por un auténtico quítame allá esas pajas con las anchas tragaderas demostradas tantas veces –alguna bien reciente—en casos que implicaban a personajes que, en la vida política y profesional, significaban lo contrario que Serrano. Es de suponer que el montaje quedará en agua de borrajas. Si así no ocurriera y el juez llegara a ser condenado, una seria amenaza se habría logrado colocar por encima de los que tienen que juzgar. Y la Justicia –la Fiscalía sobre todo—uba a verse a los pies de los caballos.

Filmar los sueños

Esta vez la sorpresa científica nos llega desde la universidad de Berkeley, en la que, según leo en la revista Current Biology, unos neurólogos han logrado filmar en imágenes los flujos sanguíneos registrados en el cortex visual de tres sujetos hasta permitir relacionar los espectros recogidos de la actividad cerebral, con el fin de reconstruir en imágenes los extractos visionados. Los sueños ya no son lo que eran, ni en la preocupación de Filón sobre la proximidad de los nuestros con el éxtasis, ni en la posterior de Artemidoro que veía en ellos una suerte de retranqueo del alma sobre sí misma, como no darían pie hoy al juego que con el concepto se trajo un Shakespeaere, con sus elfos y filtros de por medio, o un Calderón a la hora de popularizar ese tópico reaccionario o integrador que sugiere la condición onírica de la vida real. En mi juventud he leído yo a una eminencia española explicar en su manual que soñar con la apertura de un paraguas equivalía a vivir subliminalmente la erección, por no hablar de la ortodoxia freudiana, que la mayoría de los espíritus inquietos de mi generación vivimos con devota simpatía, aunque luego, ya más que miteado el sigo anterior, hayamos asistido a la secularización de unos sueños que conservaban en ellos mucha materia mítica, mucho Zeus transformado en cisne o en lluvia de oro para seducir la inocencia de las doncellas. La Ciencia ha materializado, como si dijéramos, esa materia sutil con que el poeta decía que estaba urdido y bien trabado el tejido de nuestra vida, hasta reducirla a ondas registrables en el escáner como quien captura los espasmos geotectónicos hasta reducirlos a la clave elocuente de una curva o de una imagen. La distancia entre ensueño –el “enypnio” griego—y la visión onírica es hoy ya una dimensión meramente física, sin prodigios misteriosos ni dioses de por medio: somos “física”, es decir, “biología”, que tanto monta, de modo que hasta lo más sublime de nuestra actividad resulta tan prosaico como maravilloso lo que creímos durante siglos que era nuestra marca divina. Con un simple encefalograma, Nabuco habría mandado a Daniel a los albañiles.

 

Algunos encontramos en esta galopada materialista una esperanza y, al tiempo, una desilusión, algo así como el mismo chasco del despertar del sueño grato, que suele ser el más frágil. Pero hay en ella un anuncio seguro de progreso sobre la materia misma que ni los hipnólogos más entusiastas habrían podido imaginar. He cerrado el Curren Biology y abierto la Biblia por el episodio en que José, después de afeitarse, tradujo el sueño de Faraón. No hay color, palabra. Que perdonen los sabios, pero no hay color.

Imprescindible sanción

La historia documentada sobre el ex-alcalde de Valverde y actual delegado de Obras Públicas que nos ha contado nuestro corresponsal en Huelva disipa hasta la última duda posible sobre la necesidad de sancionar conductas tan lesivas para la sociedad: gastarse en 8 meses, tirando de Visa Platinum municipal, en comilonas, viajes y caros hospedajes, más dos millones de pesetas es algo más que una conducta indebida. Lleva razón la Defensora del Pueblo en funciones cuando reclama en el Congreso que se tipifique como delito el despilfarro, aunque en la actual normativa haya tipología sobrada para encuadrar estas auténticas malversaciones que ofenden más cuando ocurren en lugares –como ese pueblo—arruinados sin remedio. Perder las elecciones no enjuga una responsabilidad sobre la que me cuesta creer que no tenga nada que decir la Fiscalía.

El blindaje oral

Todos hemos padecido alguna vez el efecto de la jerga de nuestros profesionales. El mecánico del taller tiene mil palabros con que justificarte el sobreprecio de su obra. El médico, aun no sabiendo griego, que es lo normal, se sube por las paredes si le sugieres que crees que eso de tus parpados hinchados pudiera ser una blefaritis. Una vez en Buenos Aires, en compañía del gran Jesús Quintero, un juez cubierto de la ceniza que caía de su cigarro al que consultábamos cierto asunto, nos dejó secos cuando me miró fijamente y me dijo en lustroso porteño y con marcado acento lunfardo: “Mirá, pibe, lo primero que tenés que haser es acusar personería”. Pues ¿y los economistas que tienen sin resuello y en bragas al país por culpa de esa prima de un tal Riesgo de la que nadie tiene noticia ni sabe dar razón? La RAE separa hoy jerga de jerigonza pero a principios del XIX (en 1832 concretamente) aún sostenía que una cosa no era distinta de la otra, y cierto es que ella misma, o sea los filólogos, también se las gastan buenas para disfrazar lo obvio cuando nos abruman con sus epéntesis, diátesis y palíndromos, a pesar de tener claro que la jerga es habla de grupo diferenciado, como decía Lázaro Carreter, que incluye a médicos, filósofos y hasta tipógrafos, y cuya misión es, en definitiva, valorizar el saber o encubrir la ignorancia. Viene ello a cuento de la espléndida crítica que un joven y brillante juez acaba de publicar aquí mismo criticando como demagógica la instrucción del ministro del ramo que exige a los “operadores de la Justicia” que “hablen claro” porque “deben saber que ocultándose tras las palabras, lo único que se consigue es hacer daño a los propios justiciables”. Bueno, hombre, ni calvo no con dos pelucas. Un juez malagueño escribió hace años en una sentencia algo así como “que lo que le pedía el cuerpo era absolver” no sé qué y lo crujieron sus superiores. ¿Qué sufrido hipotecado sabe hoy, en este país deslatinizado, que “hipoteca” significa “colocar debajo”?

 

El ministro tiene una cara que se la pisa cuando, con la que tenemos encima, trata de distraernos con esa novela de la transparencia verbal mientras disimula la mayor crisis de la Justicia que hayamos vivido, mientras los juzgados rebosan de pilas de papel timbrado o sin timbrar, mientras se roban impunemente expedientes o pruebas de sus sedes, y mientras los grandes jueces representan su entremés dirigidos por un apuntador que ni siquiera se esconde bajo la concha. ¿No se inquieta ante el estropicio del Estatuto catalán que ha roto España y pretende preocuparnos con la jerigonza forense? Vamos que nos vamos, señor ministro, que bastante tenemos ya con soportar este teatro que usted dirige –esperemos que por poco tiempo– desde la platea principal.