Orgía millonaria

Lo asombroso de esta corrupción galopante no es sólo su generalización sino su intensidad, el baile de millones, la orgía que, como se está demostrando, ha vivido y sigue viviendo en este país un amplio sector de la clase política. No es extraño que los mindundis con vara hayan arramblado con las migajas (¡también millonarias, por lo demás!) que caían al suelo desde la mesa del gran festín, pero, insisto, lo que corta la respiración son las cifras millonarias mangadas en Valencia o en Marbella, en Lugo o en Cazalla, en Estepona, en El Pedroso, en Valverde o en Villamartín, es decir, por todas partes. ¡Y ni un mangante ha devuelto un euro, que se sepa, como no sea que se lo hayan pillado en la fraltriquera! Somos víctimas de una crisis global, por supuesto, pero está por determinar cuánto debe esa crisis al agujero político.

Vuelve Truman

Tras un largo periodo de penumbra en el que la figura del presidente Truman acabó encogida por la griseidad de su figura y el tremendo impacto emocional que supusieron Hiroshima y Nagasaki, tengo la impresión de que nos llega desde los propios Estados Unidos una campaña de represtigio de aquel mandatario “por accidente”. Se evoca en ella la personalidad íntima del líder, su conocida austeridad y la constancia de sus principios éticos, y suelen citarse para ilustrar tales aspectos diversas anécdotas que para mí, mirando hoy a nuestro alrededor, son algo más que tales. Para empezar el hecho cierto de que, al terminar su mandato, tenía exactamente el mismo patrimonio que cuando llegó al poder: una casa que su mujer había heredado en Missouri. Luego el hecho –que hoy también resultaría fascinante—de que tuvo que ser el mismo Congreso el que, enterado de su modesta situación (no percibía más que una pensión de mil dólares al mes) y de que ¡debía pagar de su bolsillo el franqueo! de las numerosas cartas que diariamente enviaba– decidiera dignificarla concediéndole otra retroactiva, aparte de la famosa leyenda de que, tras intercambiar poderes con Eisenhower, renunció a todo protocolo y se fue de vuelta a casa conduciendo su propio vehículo y sin escolta alguna. Y sobre todo, su decidida renuncia a aceptar cargos de influencia, que le fueron ofrecidos a granel, como es natural, con el nobilísimo argumento de que lo que buscaban los oferentes no era sino su “figura pública” y que ésta –nada menos que la de todo un Presidente—no le pertenecía a él sino al pueblo americano. Una divulgada anécdota de Truman, ahora reproducida por sus vindicadores, cuenta que contestó a una entrevistadora que, convencida tal vez por su mediocridad aparente, quería indagar cuál había sido su auténtica vocación: “Si le digo la verdad, he tenido dos vocaciones desde siempre: ser pianista en una casa de putas y ser político. Y debo decirle que no encuentro gran diferencia entre una y otra”. ¡Sabría él de qué hablaba!

Harry Truman fue el presidente que logró la menor adhesión popular en su país. Había ganado la guerra con dos inhumanos bombazos, creado la ONU y la OTAN, inventado la Guerra Fría, reconstruido Europa con el Plan Marshall y salvado a Berlín con el famoso “puente aéreo” aparte de empatar la guerra de Corea, sobrevivió a un intento de magnicidio y se dice que durmió como un lirón la noche en que frieron a los esposos Rosenberg. Una guía me mostró en Potsdam, en el palacio de Cecilienhof, la pluma con que se había negado a firmar porque antes la usara Stalin. No me lo creí ni loco, pero comprenderán que por unas monedas tampoco era cosa de discutir.

El pimpampum andaluz

Nos toman por el pito del sereno no se puede decirse, la verdad, que la autonomía haya supuesto una defensa práctica para romper ese antiguo ultraje. El presidente catalán dijo hace poco que a los escolares andaluces “no se les entendía” cuando hablaban su lengua, es decir, el español o castellano y ahora ese trujimán que ha hecho de sus pactos de estabilidad el negocio más redondo, Durán y Lleida, insulta a los jornaleros andaluces a los que él ve, como en un fotograma demagógico, engolfados en la taberna a costa de la “aportación” de los catalanes. ¡Para que hablen luego de “campaña anticatalana! Y mientras, y aparte del paripé parlamentario, la Junta sin mover un músculo y su Presidente más callado que en misa. Andalucía se ha convertido en el pimpampún que sirve a los logreros del negocio autonómico para afinar la puntería ante la humillación voluntaria de sus inútiles representantes.

Pasado y presente

Hacemos un alto académico en Itálica –mustio collado bajo el sol de otoño y el viento del norte–, como arrastrados por la vehemencia de Enriqueta Vila, la directora de la Real Sevillana de Buenas Letras, para atender absortos a la caudalosa sabiduría de Pilar León-Castro y a la voz de los poetas de la Academia vinculados a la ruina adrianea, Jacobo Cortines, Aquilino Duque y Joaquín Caro. ¡Qué cerca y qué lejos nos queda el pasado! ¡Y qué poco sabemos (y cuánto, algunos) de su imprescindible memoria! Discurrimos bajo los cipreses viendo junto a los mirtos las penúltimas rosas y quejándonos algunos, desde la nostalgia, de este presente tenso y, sobre todo, del futuro previsiblemente imperfecto de esos saberes clásicos. ¿Volveremos a tener alguna vez una pléyade de maestros como los D’Ors, los Adrados, los Gil (Luis y Juan), los Fernández-Galiano, los Blanco, los Lasso de la Vega, los Mariner, los García Gual, los García Calvo…? Le he dicho a mi amiga Teresa Vila, gran homerista, que a ver por qué no, quizá porque ando embalado desde hace poco con la colosal edición crítica de la “Eneida” que han elaborado, durante veinte años largos, unos novísimos que vienen empujando –en este caso conducidos por otro incansable, Ramírez de Verger–, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo, tan grande fue y es todavía, por fortuna, aquella cohorte irrepetible. O no tanto. Porque poco se sabe, pero por ahí anda, dejándose las pestañas sobre los viejos textos, una legión de azacanes que cualquiera puede conocer sólo con asomarse a los catálogos actuales de Gredos, de Alma Mater, de Akal o de Alianza, entre otras empeñadas en ese milagro que no deja de ser editar con tinta nueva a tanto olvidado. A todos cuantos han estudiado en España “lenguas muertas” –y repárese en el concepto—los han tratado de desconcertar nuestros sanchos con la consabida pregunta de que “para qué sirve eso”. Los airones alivian el recalmón esta mañana aunque no tanto como los versos viejos y nuevos paladeados junto a la alegoría del mosaico o el enigma de su laberinto.

Dwight McDonnald decía que la spengleriana “decadencia de Occidente” no habrían de provocarla ni las revoluciones ni las crisis ni siquiera las guerras sino la “mass cult”, ese engendro de mil caras que se multiplican, como en un juego de espejos, en la galería de esta perra modernidad. Lo recuerdo esta mañana mientras Pilar conjura diestramente la sombra de Adriano y los manes de aquellos patricios que labraron villas y termas, que aparejaron el hormigón con la sillería, que acarrearon el mármol, ay, ya del todo perdido. Se agradece el viento del norte, ya digo. La esperanza es lo último que se pierde.

El pimpampum andaluz

Nos toman por el pito del sereno, no se puede decir que la autonomía haya supuesto una defensa práctica para romper ese antiguo ultraje. El presidente catalán dijo hace poco que a los escolares andaluces “no se les entendía” cuando hablaban su lengua, es decir, el español o castellano y ahora ese trujimán que ha hecho de sus pactos de estabilidad el negocio más redondo, Durán y Lleida, va e insulta a los jornaleros andaluces a los que él ve, como en un fotograma demagógico, engolfados en la taberna a costa de la “aportación” de los catalanes. ¡Para que hablen luego de “campaña anticatalana! Y mientras, claro está, la Junta sin mover un músculo y su presidente más callado que en misa. Andalucía se ha convertido en el pimpampún que sirve a los logreros del negocio autonómico para afinar la puntería ante la humillación voluntaria de sus inútiles representantes.

La vida clasista

Hace mucho que sabemos que la esperanza de vida no se atiene al principio de igualdad. Las mujeres viven más tiempo que los hombres y así fue incluso mientras el trance de la natalidad las afligió tan gravemente, compensado su efecto por los riesgos (profesionales, militares y otros) que vivía el varón. Hoy también es así en todas partes y se cree que el motivo de esa supervivencia tiene que ver con la mayor precaución médica de las hembras así como de su menor relación con el alcohol y al tabaco, aunque algún estudio reciente apunte que esa esperanza de vida ha crecido más en los hombres que en las mujeres y por más que todavía prevalezca el de éstas. Las conclusiones del estudio que acaba de publica el Insee (Institut National des Statistiques et des Études Économiques) revelan, sin embargo, que las desigualdades sociales frente a la muerte se mantienen, gravando al macho en términos distintos en función de la clase a la que pertenece. Según ese estudio, y a pesar de las mejoras experimentadas por las condiciones de vida y de las introducidas por el progreso médico, los obreros la palman antes que los ejecutivos, en general, calculándose hoy en seis años esa diferencia, aunque la mujer trabajadora de base mantenga aún su ventaja sobre el hombre que desempeña tareas dirigentes, lo que dicho de otra forma significa que uno de cada dos obreros no tendría demasiadas esperanzas de cumplir los 80 años mientras que un tercio de los “cuadros” sí la tendría. No parece cierto, en resumen, eso de que la muerte todo lo iguala, pues empezando por el plazo que concede a cada individuo, a cada sexo y a cada clase, su criterio se confirma arbitrario, lo que en absoluto quiere decir caprichoso dado que cada uno de esos sujetos experimenta circunstancias vitales bien diferentes. Sobre datos como los comentados hacen sus cálculos ventajistas los seguros de todo tipo que no tiene más que ajustar sus tarifas al riesgo previsto. A los hombres y a las mujeres no les queda otra que asumir su suerte y confiar en que la propia vida sea menos drástica y utilitarista que la previsión.

 

Hay que tomarse estas cosas, en cualquier caso, a título de inventario dada la excepcionalidad de cada vida, y sin olvidar nunca esa condición paradójica del propio vivir que hacía decir a Sartre, más o menos, que la vida está hecha de futuro de la misma manera que los cuerpos que la encarnan están formados a partir del vacío. Los sociólogos, que se limitan a averiguar sus mecanismos y describirnos, quizá preventivamente, su naturaleza, no se meten en harinas más profundas. Los metafísicos sí, y así les va.