El hombre ancestral

La jefe del Gobierno de Australia parece decidida a abolir las normas racistas que, desde los comienzos de aquella federación, discriminan a los aborígenes. Antes de dos años, por lo visto, se celebrará un referéndum en el que aquella ancestral población –seguramente la que más tiempo ha vivido en un territorio entre todas las del planeta—se verá finalmente equiparada a la población blanca y hasta es probable que consiga el reconocimiento de su vieja lengua como primera lengua de país, ni que decir tiene que a título honorífico. Sabemos mucho de esos discriminados que en pleno siglo XXI van a librarse de sus cadenas, entre otras cosas porque sobre ellos ha planeado mucho el interés de la antropología, en especial desde la estancia de Malinowiski en Nueva Guinea durante la primera Guerra Mundial, incluyendo la teoría de que tal vez fueron ellos los primeros exploradores de la Tierra y que, cosa de 25.000 años antes de que las migraciones primitivas poblaran Eurasia, ya ellos habían logrado –ni sospechamos cómo—alcanzar el enorme territorio austral. En alguna parte leí alguna vez la hipótesis de que esos discriminados no fueran, en realidad, gente de nuestra especie sino supérstites del musteriense, pero recuerdo que la conclusión fue rechazada con vehemencia por varios especialistas, conformes todos en que esos trasabuelos de nuestros ancestros coincidían en lo fundamental con la estructura conocida de “sapiens”. Su aislamiento ha sido tan radical, en todo caso, que esa antropología ha podido compulsar su antiguo título conservado en bandas reducidas de cazadores nómadas que usan con destreza el boomerang y con frecuencia no asocian el papel de la paternidad al creerse engendrados por los tótemes. Un documental que nos acerque hoy a ellos en la tv digital se parecerá mucho a lo que vió Malinowiski con sus propios ojos o Marcel Maüss con ojos prestados, es decir, los famosos “salvajes” del cinturón vegetal y el estuche para el pene, pescando a mano o cazando con el propulsor, de los que se supone que susurran al hablar para no espantar a las piezas.

La jefa Gillard debe de haber comprendido que en una sociedad global no es posible mantener vivo el cuento de las “sociedades inferiores” y los “pueblos salvajes” de los que todavía hablaron Larock o Lévi-Strauss, Morgan, Taylor o Evans-Pritchard.  El “alma primitiva” que nos mostró Lévi-Bruhl tiene sus derechos que han de ir más allá de su singularidad floclórica, aunque me temo que su reconocimiento acabe reconvirtiendo a esas reliquias en un atractivo turístico. No hay quien se quite de encima 50.000 años así como así. Ni siquiera contando con un Gobierno amigo.

Cuentas sin fin

La noticia de que el Gobiernillo andaluz acaba de aprobar una subvención de 15 millones de euros para un instituto de investigación que no existe hace tiempo, puede informarnos pero no sorprendernos, después de lo que sabemos de facturas falsas, EREs y prejubilaciones fraudulentas o pago de obras inexistentes. Y justifica, además, sobradamente, el proyecto del Gobierno de la nación de responsabilizar penalmente a los políticos despilfarradores o que superen el techo de gasto legal establecido. Personalmente estimo insuficiente la inhabilitación que se anuncia para ellos, ya que cualquier empresario particular iría a la cárcel por hacer lo mismo. Pero menos da una piedra. Se ve que, en el fondo, siempre queda entre políticos aquello de “hoy por ti, mañana por mí”.

Apagón cultural

Como la cultura contemporánea parece apoyarse cada día más en el calambre informático, el anuncio de un “apagón” de veinticuatro horas por parte de Wikipedia ha levantado el vello de la muchedumbre estudiantil que ha hecho de ese almacén de saberes (la imagen es de un colega que enseña en la Complutense) lo que jamás hubiera llegado a ser, ni para sus propios usuarios, la Biblioteca de Alejandría. ¡Imagínense, queridos profs, un día y una noche libres de la trampa pero, sobre todo, imaginemos a la legión estudiantil privada de ese talismán omnisciente que con sólo teclear unas palabras sirve gratuitamente las respuestas requeridas! Por la prensa americana me entero del suceso y lo más pintoresco que en ella encuentro es el “aviso a los estudiantes” lanzado por Jimmy Wales, que fue quien parió ese invento tan útil, sin duda, para muchos menesteres como peligroso para la integridad de nuestra precita Cultura, aviso en el que se anuncia el “black-out” como respuesta de la casa –y en nombre de un importante grupo de pioneros de la Red—a una especia de “ley Sinde” que acaban de aprobar los legisladores americanos . Wales justifica la medida con el argumento de que semejante norma pondría en manos del Estado una capacidad de censura semejante a la que por las bravas ejercen dictaduras como la china o la de Irán, pero la realidad es que con lo que se juega es con el espíritu tramposo de más de uno y más de cien mil que se aprovechan constantemente de una Cultura tan asequible como insegura que consta nada menos que de veinte millones de artículos ofrecidos en casi trescientas lenguas (282 para ser exactos). Y eso que, por una parte, puede movernos a la solidaridad –“la libertad no se concede, se exige”, alega Wales, y podemos estar conformes con ello–, por otra no puede dejar de inquietarnos, en la medida en que la Cultura en píldoras y en régimen de autoservicio, no sólo no es un remedio, sino que constituye un agravante. Es muy bueno disponer de información instantánea sobre mil conceptos opinables, pero a mí me lo dice todo el hecho de que unos linces españoles hayan denominado a su chiringuito “El rincón del vago”.

No es que uno esté de parte de la Kultura con ka, ni siquiera de los rigores tudescos o anglosajones. Es, simplemente, que convencido de que no hay saber sin esfuerzo, la mera oferta de esa cultureta en régimen de “self service” le levanta la oreja al más pintado. ¿Para qué estudiar a Condorcet o empaparse en la obra de Bury si con teclear en el ordenata “progreso” nos va a salir en pantalla un inabarcable repertorio de respuestas? Es estupendo lo del “apagón” de la Wiki. Va a haber una semana catastrófica en la enseñanza de medio planeta.

El huevo frito

Yo debo de ser un paleto, no tiene más remedio. Me lo espetó el otro día refunfuñante un amigo pintor por comentar en público que, si bien adoro el impresionismo, pierdo pie por Monet, gusto del ingenio cubista y de la freudiana intuición del surrealismo, ante quienes de verdad me abro e hipoteco sin cláusulas ni letra pequeña es ante Velázquez, Vermeer, Rembrandt o Goya. Y me lo volverán a decir, seguro –desde mi compadre Arcadi Espada al híspido y vehemente Salvador Sostres– si me ven troncharme de risa ante esa perla que acaba de dejar caer Ferrán Adriá proclamando que “el huevo frito es la receta perfecta”.  ¡Él, el genio que inventó la “cocina molecular”, el mago del nitrógeno líquido, el alquimista de la técnica de la esterificación, posando ante el caballete velazqueño como quien de pronto se cae del caballo y renuncia a convertir la crema catalana en un flan aromatizado al estilo panacota o a apostar por el tartufo de grasa de oca con chistorra de dátiles! Estoy confuso aunque como reanimado, no porque reencuentre en esta confesión prodigiosa la razón del axioma, ni porque milite en el fundamentalismo de los duelos y quebrantos, sino más bien porque barrunto en esa paradoja un trasfondo de sinceridad que ha de devolver la paz a mucho espíritu acomplejado. Vean como esa vanguardia –ay, Apollinaire—tiene sus intervalos lúcidos y cómo no hay que perder la esperanza de reencontrar en ella la vieja sabiduría porque, ciertamente, es muy vieja: Apicio cebaba las truchas con higos y Macio los lirones con castañas para servirlos en mesas decadentes en las que no faltaban las lenguas de flamenco o las perlas en vinagre.
 
En Cataluña viene de lejos esa afición por la innovación gastronómica como lo demuestra que Ruperto de Nola, que era catalán de pura cepa, recogiera en su obra, no sólo los secretos internacionales a su alcance, sino el recetario medieval conservado en el Llibre de Sent Soví, un precedente que era una joya. Lo dicho, un paleto, qué voy a hacerle, pero eso sí, un paleto que no habría de comerse una fruslería espolvoreada con oro ni por todo el que atesoran nuestros próceres en los paraísos fiscales. La novedad resulta ser bien vieja, una vez más: lean a Petronio o a Tito Livio. Y como yo creo que estas delicatessen son síntoma de todo ocaso imperial he sentido un subidón oyendo a Ferrán Adriá esa patriótica confesión.  Ahora resulta que detrás de toda la lucrativa comedia de los nuevos fogones lo que había era un huevo frito. No sé a qué atenerme, pero a ver si al final va a resultar que aquí hay bastantes más paletos que los previstos en el libro de estilo de esta sociedad babieca.

Luz roja

No acabo de tragarme la encuesta granadina, que quieren que les diga, pero me alarma esa desafección frente a la democracia que dice haber detectado entre nuestros paisanos. ¿Que un 60’6 por ciento de los andaluces “suspenden” a la democracia? Bueno, eso no se compagina con los hechos electorales pero, en todo caso, ni que decir tiene que que la carga mayor de semejante responsabilidad corresponde a un “régimen”, el del PSOE, que ha ido permitiendo este deterioro durante más de tres decenios. Ya digo que no me cuadran las cuentas a la vista de la participación real de los ciudadanos, pero el aviso, en todo caso, debe servir para prevenirnos de los malos efectos de la actual política sobre lo que verdaderamente importa. Por otra parte, lo que sería raro es que tanto escándalo y tan poquísima vergüenza no hubieran calado en la conciencia pública.

Izquierda perdida

Al alcalde de Huelva le han inventado los sociatas, impotentes ante su popularidad pronto hará 20 años y al que barruntan ya encabezando la lista de las autonómicas, la miserable calumnia de que padece Alzheimer, y el alcalde ha replicado poniéndoles dos calles a sus dos antecesores del PSOE. Por su parte IU ha roto la tradición de unanimidad en las distinciones al votar en contra de la concesión de la medalla de la Ciudad a la ministra de Trabajo –mano de hierro en guante de seda, ay– olvidándose de que ese alcalde había rotulado una calle con el nombre de Marcelino Camacho y otra con el de Pasionaria, además de concederle la medalla a Valderas, que ya es conceder. La política se degrada a ojos vista, y de actividad noble va quedando reducida al manejo más rastrero.