Eufemismos políticos

Los sindicatos han rechazado unánimes la decisión el Servicio Andaluz de Salud de “recortar” recursos en sus hospitales, en este caso en la dotación de la sanidad almeriense que, según ellos, está cada día menos atendida, como demuestra la desgraciadamente ya clásica imagen de las hileras de camas en los pasillos de urgencia. Claro que la Junta no habla de “recortes” y ni siquiera de “ajustes” sino que define estos hachazos o los propinados a la contratación de personal sanitario como una simple “optimización de recursos”, mientras que cuando ocurre lo propio en autonomías rivales, la Junta habla de siniestros proyectos privatizadores y violación de derechos fundamentales.

Retiros dorados

Un banquero español, Alfredo Sáez, condenado por denuncia falsa y, en consecuencia, con antecedentes penales, ha cogido las de Villadiego y dejado voluntariamente su gran entidad para evitar que tuviera que echarlo por las bravas el Banco de España. No se va de vacío, eso no, sino que se lleva ¡ocho millones de euros”! de indemnización, despido o como ustedes prefieran llamarle a ese contradiós que no es el único ni mucho menos, dado que, sólo en los últimos tiempos, en España hay un buen puñado de ejecutivos del sector que andan pendientes de que los tribunales decidan rebajarles o confirmarles sus pelotazos trincados o por trincar. Tengo entendido que los despidos de la banca han encogido con motivo de la crisis pero no, por lo visto, los que afectan directamente a los mandamases de un sector al que ha habido que “rescatar” inyectándole una fabulosa fortuna. Y no es sólo en la banca, por supuesto, porque los retiros de los políticos –que en algunas partes llaman “cesantías”—permiten a sus beneficiarios vivir un par de años mano sobre mano y cobrando su antiguo sueldo. ¿Qué pensarán los pringaos de los ERE, los parados de larga duración o los jóvenes que suspiran por un “minijob” –400 euros o así: cuatro millones sólo en Alemania—al enterarse de estas fabulosas despedidas que se autoatribuyen los poderosos, hoy por ti mañana por mí, lo mismo en la antigua Cajamadrid que en la legendaria CAM?

La verdad es que cuando oímos a los optimistas de la “insumisión” gritar miméticamente en la calle eso de “Sí se puede” cuesta evitar que le entre a uno la risa floja. ¡Ocho millones a uno que podían echar gratis con sólo atender a su circunstancia penal! No cabe duda de que la Justicia ha decidido cerrar los ojos con fuerza lo mismo que las propias instancias gubernativas cuyos partidos han saqueado durante decenios la red de Cajas de Ahorro hasta dejarlas quebradas casi sin excepción, para no ver, de paso, casos como el de este convicto de oro que no es el primero ni será el último en llevarse como finiquito lo que jamás podría imaginar el Nobel más cualificado. Seis millones de parados, cuatro millones de padres de familia sin un solo jornal en casa, el ejército de jóvenes sin porvenir, protestarán, si es que no estallan, por estos atentados al más elemental sentido de la equidad. Todo parece posible en esta sociedad cada día más desigual cuya paciencia es, realmente, el milagro de lo que va de siglo.

Dante y Tomante

Tanto el Gobierno de la nación como la Junta autónoma andan reclamando sin el menor resultado a la Federación de Mujeres Progresistas de Andalucía que devuelva la fortuna recibida en subvenciones y ayudas públicas que no han sido justificadas. Hemos de condenar, sin duda, a esas “tomantes” –ya me dirán qué puede justificar que, arruinados como estamos, gastemos millones en un juguete como ése—pero ¿qué me dicen de los “dantes”, de esas instituciones nuestras que mantienen a tanto trincón /a y ni siquiera toman medidas para comprobar la correcta aplicación de los dineros públicos? ¿Hubieran dado ese pelotazo a una federación que se hiciera llamar “de mujeres conservadoras”? Esto último vamos a dejarlo para otro día.

Líneas rojas

Ya estamos otra vez como en los años 90, es decir, preguntándonos si es verdad o no lo es que un tirano anda empleando armas de destrucción masiva, para aniquilar masivamente a sus adversarios. Esta vez el tirano observado es el de Siria al que acusan algunos países, como Israel, Gran Bretaña o EEUU, aunque, de momento, no dispongan de evidencias rotundas, y no acabemos de comprender por qué situar las “líneas rojas” en esas jodidas armas como si los cañonazos, los misiles o las ejecuciones sumarias no constituyeran ya motivo bastante de ignominia, y conste que, según todos los cálculos, las víctimas de esta refriega que no cesa lleva costadas ya la vida a 70.000 criaturas. Al parecer nada se puede hacer si el matador utiliza el estoque reglamentario pero todo cambiaría si el alguacilillo averigua que ese estoque va impregnado de algún mortífero veneno, lo que no supone negar la dificultad de adoptar una respuesta adecuada a situaciones como la provocada en su día por Sadam o ahora por el Assad. Claro que hay un agravante en matar al personal con un gas neurotóxico pero yo, la verdad, no acabo de entender la razón última por la que los “buenos” ponen las “línea rojas” en el uso de unas armas de destrucción masiva que no lo son más que otras.

Ha habido conflictos africanos en los que a los bárbaros les ha bastado y sobrado con el machete para lograr muchos millones de cabelleras ante la pasividad culpable de Occidente cuando no contando con su complicidad. España, por poner un ejemplo, va en vanguardia de la lucha contra las minas unipersonales pero resulta que al mismo tiempo vende armas en casi todos los conflictos –“pecunia non olet”, el dinero no huele, decían los romanos—con frecuencia a tiranías comprobadas y siempre sin dejar de rasgarse las vestiduras porque nunca falta un casuismo cínico para justificar el negocio. Se prohíben ciertas armas, se trazan con sangre ajena “líneas rojas”, lo que no deja de suponer una absurda tolerancia con el crimen convencional. Ya veremos si el-Assad cruza esos límites pero la verdad es que, sin que conste que los pasara, a Sadam ya lo colgaron de una soga, que es el arma de destrucción más unipersonal, tras destruir un país por segunda vez e imponerle una democracia tal vez imposible. Mientras tanto, seguirá la matanza dentro del campo permitido y quién sabe si asistiremos a una nueva comedia como la que montaron entonces esos árbitros sin reglamento.

Ir por libre

A nadie puede extrañar que el diputado y alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, no sólo se niegue a responder al juez y al fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), sino que anuncie sin cortarse un pelo que se propone repetir la jugada e invadir nuevamente la finca en cuestión. ¿Cómo extrañarse si ese mismo Tribunal ha estimado que esas ocupaciones y uso de fincas de las que Gordillo ha hecho una profesión no constituyen delito ni mucho menos? Gordillo vive de esa impunidad que le hemos dado entre todos –unos más y otros menos—y aprovecha, como es natural, las ventajas que la Justicia le proporciona. Mi única curiosidad consiste en saber qué ocurriría si alguna vez se le ocurre “okupar” el propio TSJA.

Perdones tardíos

Al contemplar de gesto del presidente serbio, Tomislav Nikolic, arrodillado siquiera retóricamente para pedir perdón por la masacre perpetrada por su ejército en Bosnia, me he acordado de la trifulca en tono menor que tuve que sufrir hace años en una tertulia de la radio por haber afirmado yo que los yugoeslavos, en general, iban a echar mucho de menos a Josip Broz, aquel mariscal Tito que se las tuvo tiesas con Stalin sin dar su brazo a torcer. Las peticiones de perdón han proliferado en Europa, al menos desde que Billy Brandt se arrodilló en Varsovia para suplicarlo a las víctimas del genocidio nazi y después de que algunos papas hayan repetido el gesto, lo mismo en la sagrada cátedra que en el campo de concentración, todo lo cual está muy bien y resulta incluso inobjetable, pero no deja de dar la impresión de gestos tardíos y en no pocas ocasiones inútiles considerado desde el lado de las víctimas. Todo el mundo sabe, por lo demás, que lo que motiva al presidente Nikolic, ante todo, es forzar la reconciliación del puzzle ex-yugoeslavo, condición imprescindible para que la Unión Europea le tienda una mano que, en sus circunstancias actuales, le resulta imprescindible.

Hay que olvidar las cestas de ojos, las fosas comunes y la ignominia de los francotiradores que resumen aquella tragedia intestina si se quiere ingresar en la cofradía del euro y rescatar a una sociedad rota en pedazos en la que el paro aplasta toda iniciativa de restauración y la memoria obstaculiza cualquier proyecto de concordia. Una situación no tan sangrante como la bélica ni tan sugestiva como pudo ser aquella aventura de la “autogestión” yugoeslava que Tito propuso como “tercera vía” a una generación europea incapaz de librarse del grillete ideológico bipolar, y cuyo éxito intelectual y político apenas pueden imaginar hoy las nuevas generaciones. Cuando yo lancé mi idea tertuliana creo recordar que mis colegas no entendieron ni mucho ni poco ni su contenido ni mi intención porque, entre otras cosas, no habíamos asistido todavía al prolongado infierno que había de martirizar, una vez más, el paisaje balcánico, y por tanto no habíamos podido contemplar el desmembramiento de un país no poco artificial pero que había resistido, entrillado entre dos malquerencias, las duras condiciones de la Guerra Fría. No es la herencia de Tito sino la ambición de sus albaceas la responsable de que estos tengan que andar pidiéndose mutuamente perdones con tal de les abran la puerta de este crítico paraíso.