Debates a medida

La Junta no quiere que en el debate parlamentario sobre el Estado de la Comunidad se miente siquiera la corrupción. Alega que, estando ‘sub iudice’ muchos, demasiados “casos”, discutir sobre ellos en la Cámara supondría, a un tiempo, “obstrucción” a la Justicia y a la acción política. ¿Y de qué quieren que hablen los diputados sino de lo que no se le cae de la boca a la gente en la calle? ¿No se han enterado todavía de que los ciudadanos los ven como una casta mangante y ociosa? ¿O es que hay en Andalucía algo más grave que la corrupción generalizada que llega hasta la cúpula? Se hablará del mangui, de todas maneras, no se preocupen, porque si así no fuera sería para mandar a casa por inútiles a todas sus Señorías.

Un humor inglés

Desde hace bastantes años, las novelas de Tom Sharpe –que acaba de morir en su retiro catalán—me han servido de descansadero de otras lecturas más graves. Lo conocí gracias a mi amigo Ángel de Lucas, el gran sociólogo fallecido hace poco tiempo, que me recomendó “Exhibición tumultuosa”, una de las sátiras más eficaces que he leído en mi vida sobre la insensatez humana y, muy en especial, sobre la vida en la Sudáfrica del “apartheid” que Sharpe conoció tan a fondo como para tener que irse al destierro. José Antonio Gabriel y Galán, otro amigo perdido, decía que era una lástima que el desenfado de Sharpe lo situara en el extrarradio de lo que entendemos por “buena” literatura, allá en ese barrio divertido y promiscuo que es, según cierta crítica, la literatura de entretenimiento, ésa en la que un autor no recurriría nunca a un consultorio médico, como hacía Flaubert, para describir con precisión “científica”, el envenenamiento de una heroína, sino que se deja arrastrar por el turbión de su experiencia, ciertamente vasta y rica. Personalmente no creo mucho en estas distinciones –el Quijote me parece un libro soberano pero, además, hilarante—aunque comprendo el remilgo crítico que ve en estos “divulgadores” de la experiencia una suerte de escritores de segunda por más que, como en el caso de Sharpe, haya llegado a ser, en algún momento, el autor más vendido del mundo. Lean “Exhibición impúdica”, asistan a las locuras de “Wilt”, entréguense desarmados a la degustación de “Una dama en apuros”, la odisea en meandro de una panda de chiflados que constituyen, allá en el fondo de la intención, un mosaico hiperrealista de la irracionalidad con que una insospechada mayoría vive la vida. Para mí Sharpe no era un segundón, quizá porque nunca he tenido claro por dónde va la linde subliminal que separa la ironía de la seriedad.

No perderán el tiempo –ese tiempo que algunos escatiman reservándolo a las prosas severas—leyendo esta obra que es, en el fondo, un ejercicio magistral de costumbrismo contemporáneo y cosmopolita, al tiempo que una crítica feroz de la inhumanidad y la idiotez humana, tan frecuentes. De Sudáfrica a Cambridge pasaría Sharpe levantando caretas y exponiendo perfiles genuinos, políticos, policías, damas, clérigos, malevos, todo ese enjambre trágico y divertido que constituye la humanidad. El humor de Sharpe, cierto, es eso que suele entenderse por inglés. Les aseguro que leído en español se le entiende todo.

Repertorio estival

“Ya quisiera yo que el ‘caso Gürtel’ llevara la misma celeridad que el de los ERE”, Cayo Lara, coordinador general de IU. “Yo creo que la gestión del Guadalquivir es indelegable”, Alfonso Guerra, diputado. “El acuerdo del Ayuntamiento de Jerez para excluirme es ilegal e inconstitucional”, Pedro Pacheco, ex-alcalde de Jerez condenado e inhabilitado. “Si Guerrero pidió la cesantía y tenía derecho a ella, la cobraría”, portavoz del cogobierno andaluz. “Todos los que estaban por encima de mía (sic), saben lo que hay aquí (en Invercaria)”, ex –presidenta de esa empresa pública. “Si me comprometiera con le ética, no estaría trabajando en esta organización”, la misma.

Mandela

Hubo una larga temporada en Londres en que cada tarde noche se organizaba en Trafalgar Square la cita por la libertad de Mandela. Gente joven, turistas curiosos, muchachas cimbreantes mantenían encendida la lumbre de la esperanza al ritmo de bongos y voces invocando la libertad del viejo preso, dispersando por el ambiente una vaga sugestión de exotismo que los “bobies” se encargaban discretamente de mantener a raya. Bajo esa sugestión cobraba cuerpo en el imaginario aquel país lejano, con sus estepas inacabables y sus laberintos de manglares, sus colonos despóticos y el calvario de una negritud expoliada a la que encarnaba mejor que nada ni nadie un nombre ya por entonces mítico, Mandela, que había pasado entre rejas lo mejor de su vida, indesmayable en la demanda de libertad para su pueblo, de justicia para sus gentes, de igualdad de partida para todos los hombres al margen de su color. Un tertuliano –y bien inteligente—me pregunta en la radio, no sé si capciosa o ingenuamente, si no habremos sobrevalorado entre todos a Mandela, si no habremos hecho un mártir de quien tal vez, para defenderse, hubo de derramar o permitir que se derramara sangre, en una palabra, si fue o no fue terrorista en su día. Por toda respuesta, le he preguntado a mi vez si sería propio llamar terroristas a los héroes de la “Resistencia” francesa o a los españolitos guerrilleros que osaron enfrentarse a Napoleón, por poner dos ejemplos. ¿Acaso hay procesos de independencia legítima –la de los pueblos oprimidos y privados de sus derechos por gente extranjera—que no haya afilado alguna vez sus dagas o engrasado su fusil? Mandela podría alegar, en todo caso, que él sufrió dignamente en prisiones tratando siempre de poner paz en aquel matadero que simbolizaba el “apartheid” de los caballeros blancos y las damas con pamela, aquel idilio ya insostenible. Trafalgar era una fiesta entonces. Siempre lo acaban siendo los festivales por la libertad.

Ahora Mandela se muere, se acaba, habría que decir, doblada ya hace tiempo la curva de los 90, rodeado del fervor de su pueblo y del respeto de la inmensa mayoría, se va entre murmullos de rezos y ecos de sufragios, definitivamente consagrado como sólo logran serlo los héroes, y su mundo se deshace en lágrimas incoloras rodando por las negras mejillas. Hay vidas terribles que son casi perfectas. Aún resuenan en mi cerebro los bongos de Trafalgar Sq uare.

El paso cambiado

Frente al hostigamiento del copresidente Valderas y sus públicos comentarios sobre/contra la juez Alaya, ahora resulta que viene a Sevilla Cayo Lara, el coordinador general de IU, y hace un elogio de la acosada poniéndola por las nubes. En IU llevan el paso cambiado, como se ve, todo lo contrario que en la Junta, donde su fiscal/consejero de Justicia no desaprovecha ocasión para tirarle un puyazo a sus compañeros enfrentados jurídicamente a los intereses de la Junta. Dice Lara que ya le gustaría a él que el “caso Gürtel” fuera al mismo ritmo que los que lleva Alaya. A muchos ciudadanos, también.

La chispa de la vida

Los lobbies americanos son de una eficacia fuera de toda duda. Consiguen que se haga o deje de hacer lo que conviene a sus empresas, es decir, hacen lo mismo que aquí hacen otros que no son lobistas, pero a las claras. Hay muchos ejemplos, pero uno que me ronda por la cabeza desde que tuve noticia de él, es concretamente el logro de que el boicot impuesto por los EEUU a Sudán por promover ciertos terrorismos y haber dado asilo nada menos que al difunto Bin Laden, se haya aplicado con rigor sobre aquel país, en cualquier caso hambriento y martirizado, salvo en lo concerniente a la exportación de goma arábiga, una mercancía de la que son clientes supremos dos colosos de la economía yanqui: la Coca-Cola y la Pepsi-Cola. ¿La razón? Pues que esa sustancia, savia de una pseudoacacia indígena, resulta ser un emulsionante clave a la hora de fabricar esos refrescos, dado que sin ella el azúcar no se mezclaría con el agua sino que acabaría decantándose en el fondo de la botella o de la lata. ¡Como para prohibir su importación en EEUU por muy canalla que resulte ser el régimen sudanés y muy bárbara que sea su oposición rebelde! Cuando el embargo del petróleo a los árabes, un sobrino del secretario general de la ONU se puso las botas traficando con él, que el dinero no tiene patria, y, además, como decía el emperador romano que gravó las letrinas, “non olet” aunque de ellas provenga. A los sátrapas del Congo –incontables víctimas ya a sus espaldas—se les compra igualmente el coltán de nuestros juguetes electrónicos a pesar de que conste que su explotación es sencillamente inhumana. Los lobbies tienen mucha fuerza, la conciencia muy poca.

Ya no está de moda hablar de imperialismos ni colonialismos, tal vez porque esos conceptos, en un planeta globalizado, no respondan ya al diseño mental que popularizó Franz Fanon en los años 60, ni sean comprensibles más que en el ámbito conceptual sofisticadísimo de las nuevas relaciones internacionales. Pero, como se ve, no porque cerremos los ojos o la boca han dejado de funcionar esos sistemas, si me apuran, mucho más inhumanos ahora que entonces, lo mismo si pensamos en las industrias deslocalizadas con que se explota a la humanidad más desvalida, que si situamos la acción en los elegantes despachos de diseño desde los que actúan los lobbistas. No voy a poder beber una coca en adelante sin representarme a los sudanesitos que se dejan la vida recogiendo la goma en sus bosques de acacias.