Ensayo general

Jornada de agitación callejera a cargo del movimiento de los presuntos “indignados”, curiosa tribu que, al menos en España, sigue arremetiendo contra todo lo que se mueve en la vida pública menos contra el Gobierno. Ponen a punto sus armas para la guerra que comenzará puntual el 21-N, al día siguiente de las elecciones si es que se confirma, como parece más que probable, el triunfo del PP. Antier mismo, a juzgar por el tono y las consignas, quedó claro que siguen en el limbo ideológico como corsarios a merced de quien los arme: sin un ideas originales, sin plan alguno, pertrechados sólo de malhumorada protesta y tópicos encontrados en el desván de la vieja izquierda. Qué pena de ocasión perdida, porque la verdad es que motivos para la indignación con faltan.

Dos modelos

Se ha dicho y repetido por ahí que los socialistas franceses le acaban de dar una lección de órdago a sus homólogos españoles al organizar esas espectaculares “primarias” de las que ha surgido indiscutible, aunque deba esperar aún los resultados de una segunda vuelta, la figura de François Hollande y, ya retranqueada pero en posición respetable, la señora Aubry. Aquí, habrá que recordarlo, las prometidas “primarias” no pasaron de un ridículo paripé protagonizado por dos espontáneos, a cual más irrelevante, que fingieron disputarle la candidatura a quien, contra el designio del propio secretario general del partido, se había hecho ya con ella donde se hace uno con las candidaturas, es decir, en las alcantarillas de la organización. Allá se ha celebrado un referéndum con asistencia de millones de electores y hasta de simpatizantes que han debido abonar un euro en concepto de derechos de participación, y que incluso habrá de rematarse en una nueva cita. No ha querido la muy atomizada izquierda francesa (lo que queda de ella, porque el PCF es ya pura arqueología y los grupúsculos radicales mera prestidigitación) desaprovechar la ocasión que le brindaba el duro desgaste de una derecha personalista como la que con Sarkozy no cabe duda de que ha brillado en muchos momentos pero que ha acabado sepultada por los escombros del templo, como en todas partes han acabado los partidos gobernantes, tras el terremoto de la crisis. ¿Son concebibles siquiera aquí debates abiertos como los mantenidos allá entre los diversos aspirantes? Pues evidentemente no y ello quizá se deba, en muy buena medida, a que el partidismo español, a derecha e izquierda, y a diferencia de otros europeos, ha sido en esta etapa democrática especialmente dependiente del liderato personal, pero también a que la llamada socialdemocracia española ha llegado a esta curva de la crisis agotada como pocas veces en su historia. Un dirigente sevillano lo resumía hace poco en no sé qué comité director de su chiringuito: “No le demos más vueltas si no queremos perder el tiempo. Aquí lo único que ha ocurrido es que la gente se ha hartado de nosotros”. Más claro, ni el agua.

 

Ya es bastante sugerente el buen trato que los poderosos de la política le están dando a los “indignados”, un poco por todas partes, sin percatarse de que, dándoles la razón, están aceptando su propio y radical fracaso, que es lo que denuncian antes que nada, lo mismo aquí que en Washington, esos arcabuceros ciegos. Y esa ruina no se restaura más que con un vapuleo a fondo de las ideas y del modelo organizativo. “Refundación” creo que le llaman a eso, con más razón que un santo.

El trapecio judicial

Fascinante ejercicio de de funambulismo judicial el ofrecido por el TSJA en la sentencia que inhabilita al juez Serrano por la dichosa prórroga del niño cofrade. ¡Hasta en los “fundamentos de derecho” se incluyen citas de críticas aparecidas en medios de todos los colores! Pero esas críticas –unánimes, hay que repetirlo—han acertado, y el juez rebelde, el que censura a las claras la injusta Ley de Violencia de Género y se opone al abuso que de ella se viene haciendo, habrá de morder el polvo. ¿Dónde vivirán nuestros ropones, en el séptimo cielo? ¿No escucharán ellos la misma opinión pública que escuchamos los demás, en este caso abrumadoramente contraria al ejemplar que vemos? Aunque para papel, el que ha hecho la Fiscalía bailándole al Poder esa incomprensible yenka que hoy imputa y mañana descarga. Lean la sentencia y vean a esos decididos trapecistas, pero tengan cuidado porque, en efecto, peligra la vida del artista.

Recuerdo y olvido

A todos nos preocupa el deterioro de la memoria. Con la edad aumentan esos “despistes” en que, de pronto, te olvidas de un título memorable o del nombre de tu cuñada. Sabemos poco de la memoria a pesar de lo mucho que se lleva investigado, por más que repitamos la evidencia de que el olvido –esa higiene del conocimiento—resulta tan imprescindible como el recuerdo. A nuestro Cajal le gustaba hablar de la “plasticidad”, que es la capacidad que tiene nuestro aparejo neuronal de establecer nuevas conexiones autocompensándose con la pérdida de otras más viejas. El terror que nos inspira el limbo de la amnesia no tiene por qué ser menos que el que sugiere el averno de la hipermnesia o exceso de memoria, de la que hay casos tan célebres como el del ruso Solomon Shereshewskii que vivió hasta la locura la condena paradójica de no poder olvidar un solo detalle de su vida, malviviendo como espectáculo de sí mismo en tabernas y burdeles antes de meterse a taxista y morir solitario en una calle perdida de Moscú. Siempre he pensado que Borges pudo conocer el caso de Solomon antes de escribir su espléndida y aterradora fábula sobre “Funes, el memorioso”, aquel mozo que se desvivía en su insania tratando de inventar un vocabulario sin fin para sustituir a la numeración y un catálogo capaz de incluir a todas las imágenes del recuerdo, y que alguna vez le confesaría, supuestamente, que su memoria era “como un vaciadero de basuras”. Terencio sentenció en su fórmula “ne quid nimis”, que todo exceso es malo, incluso el de lo bueno, que en el justo medio reside siempre en el equilibrio que ni se pasa ni deja de llegar. Nada más cierto que la memoria es la vida. Ni que sin el olvido, divino bálsamo, vivir resultaría insoportable.

 

Nada menos que en el MIT y en el NIH hay grupos de estudiosos que esperan planificar y aumentar algún día la memoria activando eléctricamente la zona cerebral responsable de los recuerdos. Contra lo que parece que no hay remedio en contra de esa polución que abarrota la mente acumulando en ella esos residuos vitales en los que el moralismo de todas las épocas fundó su noción de “conciencia”. Entre la desmemoria y el recuerdo abrumador, la resignada razón de Cioran: sólo las deficiencias de la imaginación y la memoria hacen posible la vida. El problema está en que mañana no me acordaré acaso ni de dónde leí un día este concepto ni del nombre de quien lo acuñó, y me estallará en las manos la evidencia de que, en definitiva, vivir es recordar. “Ne quid nimis”. La monja Roswitha escribió teologías para que sus novicias no se engolfaran leyendo a Terencio. Me parece que no le faltaba alguna razón.

Tardío pero incierto

El grupo del PSOE acaba de hacer una pirueta estupenda en el Parlamento andaluz: presentar una proposición no de ley en la que “se insta al Gobierno a defender a los empleados públicos”, es decir, a ese colectivo funcionarial rebelado al que, tras la demolición sistemática de Chaves, el griñanato se esfuerza denodadamente por pulverizar con su “decretazo” famoso. Llega tarde el proyecto, me parece a mí, entre contradicciones judiciales y abucheos callejeros, después de haber mantenido en la angustia, durante tanto tiempo, a unos servidores públicos que se pretende sustituir por una clientela adicta. Porque si de verdad se pretende dignificar al funcionario, ha de empezarse por obedecer a la Justicia y separar sus funciones de las de los enchufados. Lo demás, con el apoyo de UGT y CCOO o sin él, no es sino puro teatro electoral.

Plumas precoces

Temo haber perdido un buen rato hojeando –sólo hojeando: apenas cien interminables páginas—una de esas novedades que revolucionan el mercado literario un año sí y el siguiente también. Se trataba en esta ocasión de una novela, “Du temps qu’on existait”, con la que su autor, Marien Defalvar, está barriendo en las librerías de media Europa echando por delante que la habría comenzado a escribir cuando aún no contaba ni con 16 años, es decir, nuevamente, chispa más o menos, el cuento del alfajor que vivimos el año pasado a propósito de la escrita por una erotóloga de apenas 15 abriles, una tal Carmen Bramly, que vista de cerca daba una imagen híbrida de Pedro Mata y Corín Tellado, a pesar de lo cual vendió lo indecible y, lo que ya es peor, obtuvo alguna que otra buena crítica. Francia cultivó siempre este negocio de la precocidad, cuyo símbolo máximo será siempre el gran Rimbaud que, antes de meterse en la trata de esclavos, escribió sus “Iluminaciones” entre los 16 y los 20 añitos, pero en los últimos años, por lo que se ve, sus editores funcionan con el modelo antiguo que les permitió enriquecerse con la Sagan y su “Bonjour, tristesse” o con aquel Radiguet al que Cocteau protegió tanto –él sabría por qué razones, que en eso no entro—con su precocísima “El diablo en el cuerpo” pronto olvidada a pesar de los guiños recibidos de monstruos hechos y derechos como Paul Moran y Tristan Tzara. El récord en la competición quizá se lo debamos reservar a aquella poetisa ¡de ocho años!, Minou Drouet, cuyos versos nadie duda a estas alturas que fueron escritos por mamá, pero lo interesante del negocio está en la curiosa atracción que ejerce sobre un amplio sector del público el señuelo de la precocidad. Porque ya sabemos que esa rareza existe –ahí está nuestro gran Lope, del que dice beatamente Montalbán que llegó a dictar sus buenas razones cuando aún no sabía escribir por sí solo, o el caso de las geometrías adolescentes de Pascal—pero quizá convenga mantenerse en la idea –seguro que anticomercial– de que toda obra de creación exige el prerrequisito de la madurez. Es la última vez que me la dan los críticos y las famas, palabra.

 

La precocidad suele ser un espejismo y un negocio, y más en una sociedad con tanta capacidad publicitaria como la nuestra, en la que penetra hasta en las Administraciones más serías la obsesión por una experiencia superdotada que bien sabemos que suele acabar en agua de borrajas. La imagen de Mozart al piano con los pies sin alcanzarle a los pedales subyace degradada en la explicable pero tal vez insana afición de tanta gente a zamparse precipitadamente la fruta antes de su sazón.