Tocar o no tocar

Una emotiva ovación de su grupo saludó antier a la presidenta Díaz en el Parlamento tras su tremenda derrota que, para qué engañarnos, es un poco la derrota de todos. Ella correspondió con sinceridad confesándoles por pasiva a sus compañeros que, una vez finalizada la batalla por el poder madrileño, “ahora toca” ocuparse de Andalucía. Si el autonomismo fuera riguroso esa declaración, a fuer de sincera, merecería una sanción fulminante y no una ovación, pero como todos sabemos que la “taifa” no es más que el trampolín para saltar hacia arriba, pues nos quedamos con las palmas. Ciudadanos (C’s) actuó diligente como mozo de espadas tras un breve episodio crítico –siempre hay un roto para un descosido— llevándole el acero, la toalla y el búcaro. Veremos que da de sí ese “ahora” partiendo como partimos del farolillo rojo.

Unidad de quemados

No le falta razón al presidente del PP, Juanma Moreno, al reprochar a doña Susana el tiempo perdido en este año y medio de ambiciones. Pedir su dimisión, sin embargo, como parece que hará hoy en el Parlamento, es ya otro cantar, porque si Díaz está “achicharrada” tras su espléndida derrota en su pelea con Sánchez, no está sola, desde luego, en la unidad de quemados. ¡Si nos pusiéramos a hablar de “achicharrados”, don Juanma, y a exigir sus dimisiones, no sólo el Parlamento, sino en nuestra política autonómica pleno, la vida pública andaluza se iba a quedar como un solar! Aquí entre nosotros costaría mucho encontrar a quien mereciera tirar la primera piedra. Aparte de que, ¿qué gana la democracia con contribuir a la debacle del PSOE? Algún día puede que tengamos juego limpio en nuestra política. ¿O no?

Los indios y el fuerte

Lo que parecía imposible hace unos años –una crisis interna del PSOE que acabara destruyéndolo— ha ocurrido, y la democracia española ha perdido su fórmula equilibradora. La izquierda delirante surgida de la crisis la deja inestable entre una derecha liberal arruinada por sus propios pecados, y una izquierda descerebrada que parece no ver en la política más que una profesión para mediocres. Andalucía podría ser el bastión resistente en espera de tiempos mejores pero no ha de serlo en manos de los mismos. Por lo demás, todos los dirigentes –los antiguos y los modernos— han fracasado  ante una militancia afectada por la “enfermedad infantil” de que habló Lenin. El llamado “socialismo andaluz” tendrá que encerrase en la “reserva”. El resto de la partida se jugará a los dados mientras llega y no llega el Séptimo de Caballería.

Lo malo y lo peor

Quien ha perdido el pulso en las “primarias” del PSOE no ha sido sólo doña Susana sino la democracia no populista, el proyecto hasta ahora mantenido mal que bien de excluir a los extremos. Derivará de ello una grave crisis nacional en la que Andalucía perderá tal vez más que nadie en manos de una lideresa rechazada por los militantes de su propio partido, extrañamente abducidos por la moda podemita. Y asistiremos –ya lo verán— a un disparate inviable y a una escabechina que no es improbable que relegue al PSOE a la marginalidad. No era lo malo; era lo peor lo que se nos venía encima: un proyecto vacío pero radical, subproducto rencoroso de la crisis, que nos alejará de Europa, la mejor garantía del fracaso. Tantos errores no podían sino llevarnos a mal puerto.

El jarrón roto

Es más fácil romper el jarrón, hacerlo añicos, que recomponerlo. Lo vamos a ver ahora, por desgracia, cuando quien ganó ayer en la trifulca del PSOE se percate de lo irremediable de la catástrofe. No errábamos del todo quienes desde hace mucho pronosticábamos la posibilidad de que ese centenario partido –pata todo lo circunstancial que se quiera, pero decisiva en esta etapa democrática—podría seguir la suerte de sus homólogos italiano, griego y ahora también del francés. El odio público entre vencedores y vencidos o esos retratos de Felipe González colgados del revés en las Casas del Pueblo son esquirlas de este estropicio que hablan por sí solas. El populismo ha obtenido su victoria pírrica con la fractura del PSOE. Habría que pedirle cuentas, en nombre de la democracia, a quien ganó y a los que perdieron ayer.

Doble gasto

Parece que la Junta no tiene bastante personal a pesar de los pesares. Y como no lo tiene, pues economiza esfuerzos –Parlamento incluido—contratando sin publicidad, por ejemplo, en miles de ocasiones o ampliando exponencialmente su “doble”, es decir, la llamada “Administración paralela”. Ahí tienen a Hacienda repartiendo encomiendas a sus fundaciones de confianza, la última nada menos que para controlar el objetivo de déficit. La “encomienda” es ya una norma como lo prueba el centenar y medio de ellas que la Junta tiene asignadas contra el criterio expreso de la Cámara de Cuentas. La paja y la viga: mucho criticar la “externalización” atribuida a la Derecha, pero sin dejar de aumentar desde la otra acera ese doble gasto –dudosamente legal—que supone mantener dos Administraciones en paralelo.