Dante y Tomante

Tanto el Gobierno de la nación como la Junta autónoma andan reclamando sin el menor resultado a la Federación de Mujeres Progresistas de Andalucía que devuelva la fortuna recibida en subvenciones y ayudas públicas que no han sido justificadas. Hemos de condenar, sin duda, a esas “tomantes” –ya me dirán qué puede justificar que, arruinados como estamos, gastemos millones en un juguete como ése—pero ¿qué me dicen de los “dantes”, de esas instituciones nuestras que mantienen a tanto trincón /a y ni siquiera toman medidas para comprobar la correcta aplicación de los dineros públicos? ¿Hubieran dado ese pelotazo a una federación que se hiciera llamar “de mujeres conservadoras”? Esto último vamos a dejarlo para otro día.

Líneas rojas

Ya estamos otra vez como en los años 90, es decir, preguntándonos si es verdad o no lo es que un tirano anda empleando armas de destrucción masiva, para aniquilar masivamente a sus adversarios. Esta vez el tirano observado es el de Siria al que acusan algunos países, como Israel, Gran Bretaña o EEUU, aunque, de momento, no dispongan de evidencias rotundas, y no acabemos de comprender por qué situar las “líneas rojas” en esas jodidas armas como si los cañonazos, los misiles o las ejecuciones sumarias no constituyeran ya motivo bastante de ignominia, y conste que, según todos los cálculos, las víctimas de esta refriega que no cesa lleva costadas ya la vida a 70.000 criaturas. Al parecer nada se puede hacer si el matador utiliza el estoque reglamentario pero todo cambiaría si el alguacilillo averigua que ese estoque va impregnado de algún mortífero veneno, lo que no supone negar la dificultad de adoptar una respuesta adecuada a situaciones como la provocada en su día por Sadam o ahora por el Assad. Claro que hay un agravante en matar al personal con un gas neurotóxico pero yo, la verdad, no acabo de entender la razón última por la que los “buenos” ponen las “línea rojas” en el uso de unas armas de destrucción masiva que no lo son más que otras.

Ha habido conflictos africanos en los que a los bárbaros les ha bastado y sobrado con el machete para lograr muchos millones de cabelleras ante la pasividad culpable de Occidente cuando no contando con su complicidad. España, por poner un ejemplo, va en vanguardia de la lucha contra las minas unipersonales pero resulta que al mismo tiempo vende armas en casi todos los conflictos –“pecunia non olet”, el dinero no huele, decían los romanos—con frecuencia a tiranías comprobadas y siempre sin dejar de rasgarse las vestiduras porque nunca falta un casuismo cínico para justificar el negocio. Se prohíben ciertas armas, se trazan con sangre ajena “líneas rojas”, lo que no deja de suponer una absurda tolerancia con el crimen convencional. Ya veremos si el-Assad cruza esos límites pero la verdad es que, sin que conste que los pasara, a Sadam ya lo colgaron de una soga, que es el arma de destrucción más unipersonal, tras destruir un país por segunda vez e imponerle una democracia tal vez imposible. Mientras tanto, seguirá la matanza dentro del campo permitido y quién sabe si asistiremos a una nueva comedia como la que montaron entonces esos árbitros sin reglamento.

Ir por libre

A nadie puede extrañar que el diputado y alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, no sólo se niegue a responder al juez y al fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), sino que anuncie sin cortarse un pelo que se propone repetir la jugada e invadir nuevamente la finca en cuestión. ¿Cómo extrañarse si ese mismo Tribunal ha estimado que esas ocupaciones y uso de fincas de las que Gordillo ha hecho una profesión no constituyen delito ni mucho menos? Gordillo vive de esa impunidad que le hemos dado entre todos –unos más y otros menos—y aprovecha, como es natural, las ventajas que la Justicia le proporciona. Mi única curiosidad consiste en saber qué ocurriría si alguna vez se le ocurre “okupar” el propio TSJA.

Perdones tardíos

Al contemplar de gesto del presidente serbio, Tomislav Nikolic, arrodillado siquiera retóricamente para pedir perdón por la masacre perpetrada por su ejército en Bosnia, me he acordado de la trifulca en tono menor que tuve que sufrir hace años en una tertulia de la radio por haber afirmado yo que los yugoeslavos, en general, iban a echar mucho de menos a Josip Broz, aquel mariscal Tito que se las tuvo tiesas con Stalin sin dar su brazo a torcer. Las peticiones de perdón han proliferado en Europa, al menos desde que Billy Brandt se arrodilló en Varsovia para suplicarlo a las víctimas del genocidio nazi y después de que algunos papas hayan repetido el gesto, lo mismo en la sagrada cátedra que en el campo de concentración, todo lo cual está muy bien y resulta incluso inobjetable, pero no deja de dar la impresión de gestos tardíos y en no pocas ocasiones inútiles considerado desde el lado de las víctimas. Todo el mundo sabe, por lo demás, que lo que motiva al presidente Nikolic, ante todo, es forzar la reconciliación del puzzle ex-yugoeslavo, condición imprescindible para que la Unión Europea le tienda una mano que, en sus circunstancias actuales, le resulta imprescindible.

Hay que olvidar las cestas de ojos, las fosas comunes y la ignominia de los francotiradores que resumen aquella tragedia intestina si se quiere ingresar en la cofradía del euro y rescatar a una sociedad rota en pedazos en la que el paro aplasta toda iniciativa de restauración y la memoria obstaculiza cualquier proyecto de concordia. Una situación no tan sangrante como la bélica ni tan sugestiva como pudo ser aquella aventura de la “autogestión” yugoeslava que Tito propuso como “tercera vía” a una generación europea incapaz de librarse del grillete ideológico bipolar, y cuyo éxito intelectual y político apenas pueden imaginar hoy las nuevas generaciones. Cuando yo lancé mi idea tertuliana creo recordar que mis colegas no entendieron ni mucho ni poco ni su contenido ni mi intención porque, entre otras cosas, no habíamos asistido todavía al prolongado infierno que había de martirizar, una vez más, el paisaje balcánico, y por tanto no habíamos podido contemplar el desmembramiento de un país no poco artificial pero que había resistido, entrillado entre dos malquerencias, las duras condiciones de la Guerra Fría. No es la herencia de Tito sino la ambición de sus albaceas la responsable de que estos tengan que andar pidiéndose mutuamente perdones con tal de les abran la puerta de este crítico paraíso.

El PSOE visto por IU

Fíjense qué cosa más rara: Valderas, el coordinador de IU, sale voluntario a la palestra para defender a la consejera de Hacienda de uno de los tocomochos más descarados entre cuantos ya conocemos, pero al mismo tiempo afirma en un documento político destinado a la próxima Asamblea de junio, que el pacto que mantiene a Griñán y al PSOE en el poder andaluz no es más que una “alianza táctica y defensiva” dado que el PSOE “es un partido viciado por treinta años de poder absoluto”. ¿O sea que usted se alía con los viciados a cambio de cuatro despachos y otros tantos coches oficiales? Me temo que los votantes de IU descubran los trucos radicales de la coalición antes de que concluya la legislatura. Desde luego, menos vergüenza no se había visto aquí ni en tantos años de descaro.

Plagios a gogó

Nunca resultó fácil de contradecir la persuasiva propuesta de D’Ors de que lo que no es tradición es plagio. Escribimos sobre un viejo palimpsesto en el que, bajo el borrón, late sugerente la caligrafía antigua y con ella el pensamiento que otros tuvieron ya antes, confirmando con ello la unidad esencial de la Cultura, esa patria común y sin fronteras de la que todos, pero en especial los que escribimos, somos anónimos ciudadanos. Hace poco acaba de dimitir el Gran Rabino de París, Gilles Bernheim, tras reconocer que había utilizado como propios textos ajenos, aunque en un principio se negó a aceptar su responsabilidad replegado sobre el “dictum” del Digesto “Ubi meam rem invenio, ibi vindico”, es decir, cuando encuentro lo que es mío lo reivindico. Pero lo que ha prosperado en los últimos años no ha sido esta idea, algo delirante que tiende a reconocer como propio lo que otros aportan, sino el plagio puro y duro, ese “plagio con asesinato”, como decían los barrocos, que le lleva costado el puesto a un ministro tan destacado como el alemán de Defensa o su colega de Educación, últimos de una larga relación que incluye a un presidente y un ministro de Hungría, a un par de ellos rumanos, a uno surcoreano y a la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Silvana Koch-Mehrin, entre otros que dejo en el tintero. Se ve que los currículos que acreditan a nuestra dirigencia no son difíciles de conseguir, cosa que no puede extrañarnos en un país en el que el mismísimo director general de la Guardia Civil resultó ser un falsario que empapelaba su despacho con diplomas falsos.

Es muy conocida la frase de Giradoux que sostenía que el plagio es la base de todas las literaturas salvo de la primera… que, por lo demás, nos es desconocida. Pensamos trenzando pensamientos, escribimos encajando teselas usadas en un mosaico nuevo, porque otra cosa sería tal vez un adanismo impensable, sin que esto quiera decir que nos sea lícito expropiar la letra ajena. Para mí Avellaneda no es un plagiario ni mucho menos, como no lo es Borges cuando duplica sabiamente frases de nuestros escritores barrocos. Lo son, eso sí, esos ladrones de letras que se cubren con birretes mangados a sabiendas de lo que hacen. Lo que resulta preocupante es esa deshonestidad en nuestros grandes dirigentes a quienes forzoso es exigirles responsabilidades con un rigor especial.