Al vuelo

Las pillan al vuelo. Fíjense en que nada más asomarse a una Ley de Transparencia ya se le han ocurrido a la Junta dos cosas: una, incrementar la burocracia –es decir, la clientela política—creando de la Nada , valga la redundancia, hasta 26 entes de nueva planta, que si una Agencia, que si un comité, que si una comisión, que si un organismo por consejería para gestionar esta nueva función; y segunda, nombrar sobre todo ese entramado, una autoridad que será la única de elección parlamentaria que no necesitará mayoría cualificada para su elección. Ya ven lo que se puede esperar de esa “transparencia” que comienza por dejar fuera a la minoría mayoritaria del Parlamento.

Una cena lejana

La plana mayor de la política francesa se ha volcado en elogio a la muerte de Pierre Mauroy. En el 84 fui con el presidente Borbolla desde Bonn a Lille para asistir a una reunión del comité de Regiones Europeas presidido por el viejo zorro Edgar Faure a la sombra del alcalde de la ciudad, Pierre Mauroy, aquel “toujours ouvrier” no poco idealizado pero rebosante de simpatía y talento político. Por allí nos encontramos –Borbolla y yo íbamos de dignos peatones pero nada más—con un Pujol que llegó en su comitiva escoltado por Maciá Alavedra y un enjambre de secretarios y cogecosas, flameante en la limusina el banderín cuatribarrado. La reunión era, por supuesto, una puesta en escena y de ella sólo recuerdo (y encuentro en mis notas) los brillantes comentarios de Mauroy sobre el difícil porvenir del socialismo y las pullas, brillantes y malévolas de un Edgar Faure empeñado, no sé por qué, en hablarnos de Racine. Mauroy nos invitó a una asfixiante cena en el Ayuntamiento y tuvo especial deferencia con Borbolla y hasta conmigo, una vez que pegamos la hebra del fracaso de las enérgica economía que él había vivido en su difícil mandato como primer ministro de Mitterrand y, en general, sobre el azaroso futuro que aguardaba al socialismo en la postmodernidad, que entonces aún no se llamaba así. Entre dientes despotricó fuerte y flojo de Faure quien le ponía los comentarios a huevo con sus observaciones sobre una Europa de la que el introductor del IVA en su país no creo que esperara demasiado. Recuerdo que Pujol no logró la atención en ningún momento a pesar de pasarse la cena braceando como un gnomo empeñado en pontificar.

¿Racine? Mauroy sacaba punta afilada al empeño literario de Faure, lo que no dejó de impresionarme puesto a considerar sobre la grave diferencia entre aquellas élites cultas y la tropa española, pero recuerdo que nosotros le devolvimos la pelota metiendo por medio las sombras de Sartre, de Camus, de Flaubert y hasta de Villon, lo que nos permitió mortificar algo al viejo Faure que había saltado de la IV a la V República y, de pasada, descubrir un insospechado fondo de lecturas en el “político obrero”. Todas las voces coinciden hoy, como digo, en elogiar a este hombre singular y cercano que ha sobrevolado ileso su selva partidista entre Mitterrand y Michel Rocard, que ya es sobrevolar. Nos confió su deseo de venir algún día a Ávila, ignoro por qué razón. Que yo sepa se ha ido sin celebrar esa visita.

Moro muerto

Al que podía haber sido presidente francés, Dominique Strauss-Kahn, liquidadas sus cuentas con la empleada del hotel que lo acusó de forzarla en su habitación, y sobreseído el caso de la denuncia de la periodista francesa que aprovechó la ola para surfear sobre un dudoso pasado, le queda aún abierta la investigación judicial de Lille acusado nada menos que de proxenetismo. Hace pocos días, sin embargo, el fogoso político reapareció en Cannes acompañado de su nueva pareja como si nada hubiera pasado, y sin sospechar siquiera que le aguardaba una nueva denuncia, esta vez la de una periodista italiana, Myrta Merlino, que afirma haber sido agredida –también en la habitación de hotel del prócer, ojo—a finales de los años 90, es decir, hace casi quince años, cuando trataba de hacerle una entrevista. Menos sumisa que la mucama negra de Nueva York, Merlino cuenta que se defendió del ogro a bofetadas logrando así escapar del asedio, pero, la verdad, este tipo de cosas no se pueden contar quince años después si se pretende ser creído. Es posible, desde luego, que la versión de Merlino sea cierta, pues todo permite suponer que un sujeto como ese juguete roto es capaz y capataz de acosar a cualquier cosa que se mueva, pero reconozcamos que cuando una periodista sufre un ataque semejante tiene en sus manos armas bastantes para hacer que el escándalo estalle. Quince, trece, once años después, francamente, no es que uno dude de la posible veracidad de los hechos denunciados, sino que no resulta fácil tragarse un silencio tan largo en quien tenía voz sobrada para gritar sobre la marcha. Miren, Strauss-Kahn es un salido, un cerdo quizá, un incontinente o si lo prefieren un enfermo que no merece, en cualquier caso, el derecho a representar a una nación. Ahora bien, tampoco es cosa de reconvertirlo en buco propiciatorio de la primera desmemoriada que recuerda al cabo del tiempo que un prócer trató de violarla. Ni siquiera un tipo despreciable como él, merece quedar a merced de la arbitrariedad de la primera oportunista que quiera saltar a la fama.

Dicho sea todo lo anterior sin entrar en consideraciones sobre la llamada “erótica del poder” en virtud de la cual cierto tipo de mujer se sentiría atraída incluso por un cerdo como Strauss-Kahn o por un payaso ninfómano como Berlusconi. Hasta el más rastrero tiene derecho al beneficio de la duda, sobre todo frente a estas desmemoriadas que han brotado en racimo aprovechando la ocasión.

A pique

Sostiene Guerra que la juez Alaya está escribiendo la novela de los ERE y las prejubilaciones falsas pero los hechos que vamos conociendo día tras día más nos acercan al psicodrama. Una novela picaresca bien pudo escribirse del “caso Guerra”, eso sí, y si me apuran también de este desbarajuste en el que sabemos dónde está el patio aunque conozcamos todavía la cara de Monipodio. La realidad es que hemos tocado fondo, que nos hemos ido a pique como autonomía de la mano de un PSOE que ha confiado demasiado en Rinconete y Cortadillo. Guerra lo sabe de sobra y por eso recurre a la pirotecnia.

El primer coche

Henry Ford probó su primer vehículo en Detroit, una madrugada de junio de 1896. Se trataba de un cuatriciclo con ruedas de bici, pertrechado de una cadena impulsada por un motor de gasolina provisto de dos cilindros de cuatro caballos y carente de marcha atrás. Parece que sólo consiguió con aquel engendro viajar a ocho kilómetros por hora agarrado a su volante de hierro, pero lo cierto es que no por ello se desanimó, convencido como estaba de que la idea era lo decisivo y de que algún día su único problema sería el de alentar al gentío a consumir masivamente sus productos. Ford era semianalfabeto lo que no le impidió –alentado entre otros por el mismísimo Edison—a probar infinidad de modelos hasta dar con uno pasable, pero en fin de cuentas su invento mayúsculo fue el de concebir la idea de que ese tipo de bienes destinado al consumo masivo había de ser fabricado en cadena, es decir, eso que luego se llamó “fordismo” y que acabaría generalizándose en toda la industria marcando el ocaso de la artesanía. Hitler tenía una foto de Ford por algún despacho y es reconocido que se inspiró en varios pasajes de las soflamas antijudías del periódico de Ford –en el que se publicó el ingenioso engendro llamado “Protocolos de los Sabios de Sión”—a la hora de escribir el “Mein Kampf”. El mundo no sería el mismo tras el logro de este extremista que demuestra hasta qué punto el genio puede resultar al mismo tiempo una lumbrera y un canalla, un benefactor de la Humanidad y un implacable enemigo de lo humano. Un nuevo modelo de producción coronaría, quizá para siempre, la revolución industrial iniciada tímidamente en Inglaterra, nuestra civilización habría de cambiar del paso, ciertamente, arrastrada en el turbión imparable provocado por quien no hubiera imaginado aquella mañana de junio, recorriendo las calles solitarias, lo que un día llegarían a ser los atascos urbanos.

Me llama la atención un sociólogo amigo sobre el hecho de que ha sido precisamente el sector del automóvil el primero en rehacerse del golpe de la crisis y echar a andar de nuevo aunque aún pasito a paso, hecho que confirma la intuición fordiana de que lo fundamental es conseguir seducir al consumidor en términos masivos. El ignorante se revelaba así como un profeta, cierto que maligno, de un mundo por completo distinto al conocido hasta entonces, un mundo tan confortable como comprometido que, como su prototipo, no tendría ya marcha atrás.

Más sopa boba

Nada que objetar a que la Junta –como Cáritas u otras ONGs compasivas hacen desde hace años—den de comer al hambriento y evite, por ejemplo, que haya niños excluidos en los colegios públicos. Ahora bien, ese recurso es prueba contundente de un fracaso: el de un “régimen” autonómico que, tras más de 30 años, ha sido incapaz de garantizar a las familias andaluzas siquiera sus tres comidas diarias. Hemos regresado al tiempo de la leche en polvo y el queso americano y eso es un escándalo sobre todo si se piensa en el festín delincuente que se celebra en nuestra vida pública.