El coladero de la Junta

La Junta de Andalucía ha decidido que, aparte de los exámenes que determina la ley para garantizar la titulación de sus estudiantes, basta con que, a juicio del “equipo docente”, el mal alumno –incluso si tiene pendientes varia asignaturas, pueda obtener su título sin necesidad siquiera de agotar las concocatorias por “haber alcanzado las competencias básicas y los objetivos de la etapa”. Vean que astuta manera de cuadrar el círculo vicioso del fracaso escolar –se aprueba al suspendido y santas pascuas—y comprueben de paso, una vez más, la insensata estrategia de un gobiernillo que mima a su electorado incluso fuera de la ley.

Azorinianas

Hablo con mi sastre, tantos años empeñados en su oficio. Le pregunto cómo va el negocio y me contesta que el negocio va, nada más que va, que ya es bastante, que se ha perdido la alegría de estos años atrás. Mi sastre tiene una tienda espléndida pero mantiene su obrador. ¿Cuántos oficiales trabajan en el obrador de mi sastre? Pues sólo una costurera que lleva ya cuarenta años en la casa. El oficio se acaba –me dice–, no hay relevo para garantizar su continuidad ni ésta sería tal vez posible en competencia con las grandes firmas “prêt-à-porter”. ¿Sé yo cuántos sastres de verdad ejercen hoy en Sevilla?, me pregunta. Él y dos más. Le digo que cómo es eso posible con tanto curso de formación y tanta mandanga, y él me contesta con aplomo que por eso mismo, es decir, porque los oficios no se aprenden en un aula sino en un taller, en el contacto directo con la materia y bajo la mirada del maestro, no ante un encerado. ¿Ocurrirá lo mismo con otros oficios? Mi amigo Luis, que regenta un figón de excelencias, también se queja de los efectos de la crisis y de la crisis de los oficios. “No hay un camarero bueno, que sepa el oficio, ni para un remedio, ¿y sabes por qué?”. Pues porque el oficio se aprende entre fogones, no en una escuela, aparte de que hoy se contrata al personal por días, incluso por horas: les ponen un uniforme y, hala, a funcionar. “¡Conque no rompan demasiados trastos…!” Los oficios se deben a sus épocas y en la nuestra, cambios insospechados han arrasado los antiguos para imponer otros hasta ahora desconocidos, por no hablar de esa robótica que suplanta sin remedio al viejo operario y que avanza en progresión geométrica por no decir exponencial. Desconsuelan estos “fin de raza”, estos últimos empecinados en el ejercicio de un oficio que hoy ya no se aprende. Hemos tomado derrapando un costado de la Historia sin apenas darnos cuenta. Mi sastre mira con calma el género, observa al comprador y rumia su añeja filosofía.

Releo “Los oficios populares en tiempo de Lope de Vega”, el bello libro de Miguel Herrero García (el padre de Herrero de Mignon), me asomo a ese mundo bullente en el que se apretujan los oficios perdidos, ¿dónde los perailes, los odreros, los viejos criados, los despenseros, los tejedores, los carpinteros de lo blanco, los zapateros de lo chico, ay, los chicarreros…? La industria ha arrebatado de la mano artesana la gubia, el martillo, la leznilla. Hemos licenciado a “Homo habilis” y ni nos habíamos enterado.

Record rastrero

Parece que IU trata de compensar su visible aburguesamiento en el cogobierno recurriendo a la zafiedad, estrategia de la que se encarga encantado ese “paria de la tierra” que jamás tuvo en sus manos un almocafre, el alcalde Gordillo, el de Marinaleda y las “okupaciones” de fincas. Gordillo ha dicho a voz en grito en la Asamblea de esa coalición de izquierdas que traga ya con todo, que “la Europa de los mercaderes se vaya al c… de su p… madre”, ustedes sabrán excusarme las abreviaturas. Nunca la izquierda fue tan soez ni el radicalismo se confundió tanto con la miseria tabernaria. ¿Está Gordillo en sus cabales? ¿Lo están quienes le consienten estas actitudes? Juzgue su electorado.

La iglesia pobre

Entre cábalas y porfías, la personalidad del nuevo Para, el papa Francisco, parece perfilarse con nitidez creciente conforme pasa el tiempo. Ahora, por lo que dice la prensa italiana, circulan inquietantes rumores en los círculos eclesiásticos vaticanos a propósito de la presunta revolución burocrática que dicen que Francisco proyecta, pero el síncope general se ha producido al hacerse públicas en una web sudamericana el contenido de una alocución suya a un grupo de obispos de la región en los que dijo con claridad terminante dos cosas. Una, que en el Vaticano operaba un “lobby gay” y que “ya veríamos qué puede hacerse” a este propósito, y otra el recordatorio de que Pedro el Pescador no tenía cuenta corriente, alusión rematada con una saeta dialéctica sin precedente: que “una Iglesia rica es una Iglesia muerta”. ¿Piensa, pues, Francisco I que su propia Iglesia –rica y poderosa—está muerta y que, en consecuencia, es preciso resucitarla o se habrá tratado sólo de un recurso retórico? Me parece más lógico pensar que esa declaración fulminante debe de haber sido pensada y repensada antes ser dicha pues su propia gravedad impide pensar en una improvisación o en una media verónica, y supongo que lo mismo andará pensando más de uno en aquel entorno en el que quién más quien menos anda lejos del mensaje evangélico que ni dineros, ni ropa de repuesto, ni sandalias siquiera permitía llevar a los enviados. En mi opinión no son pocos los indicios que apuntan a un pontificado no poco revolucionario dirigido por un papa reconocidamente conservador que, sin embargo, sabe abrir los ojos cuando procede y mantenerse firme cuando llega el caso. Si Juan Pablo II fue uno de los artífices indiscutibles de la caída de los Muros, Francisco I podría ser, quién sabe, el reformador audaz que, desde tantas perspectivas diferentes, se ha venido echando de Lutero para acá.

Lo que resulta difícil de imaginar es un mundo con una Iglesia autorreformada nada menos que como una Iglesia pobre, o mejor y en consecuencia, como una “Iglesia de los pobres”, liberada de sus anclajes materialistas, libre por fin en su genuino espíritu liberador. ¿Será eso, en todo caso, a lo que se oponen unos y otros, desde dentro y desde fuera, desde hace tantos siglos? La historia de los papas enseña que fueron pontífices inesperados quienes acaso provocaron los mayores terremotos doctrinales y organizativos. Francisco I, o está jugando con fuego, o puede ser uno más en esa noble relación.

Diógenes en USA

En los EEUU cerca de un 5 por ciento de los ciudadanos está aquejado de lo que aquí en España llamamos el “síndrome de Diógenes” y los franceses precisan como “syllogomanie” (acaparamiento). Suele tratarse de gentes empobrecidas y de avanzada edad aunque esa regla admite innumerables excepciones según los especialistas. El problema ha cobrado relieve desde que en el año 2010 un matrimonio preso de esa obsesión fue descubierto, al cabo de los años, bajo la fenomenal escombrera acumulada por él mismo, y en la actualidad la preocupación se ha plasmado en la organización de grupos de intervención que funcionan ya por todo el país, siempre discretos en la medida en que intervenir en un domicilio resulta inevitablemente cercano a la violación de su intimidad. Viven en la miseria, no se lavan, no cocinan, malduermen bajo montones de basuras, pero firmes, se diría que determinados a no ceder en su empeño acumulador. ¡Las cosas! A mediados de los 60, Georges Perec publicó una inquietante obra, “Les choses”, que contemplaba esa misma obsesión aunque desde una perspectiva perfeccionista más próxima de la neurosis compulsiva que lleva al consumismo que de esta manía por guardar lo inservible, pero que, en el fondo, revelaba una misma pulsión por poseer, esa suerte de “libido habendi” que –me comenta el maestro A.R.de V.—Ovidio (Metam. L.I, v. 131) define como “amor sceleratus habendi”, es decir, “un amor ‘criminal’ de poseer” que la Humanidad descubre llegada a su mítica “Edad de Bronce”. Las cosas tientan al hombre, paradójicamente, a medida que va civilizándose y acaban por enloquecerlo cuando se pasa de maracas en un mundo dominado por el objeto. No sé quién tendría más que decir a este propósito, si Marx o Freud.

Hoy –véase, por ejemplo, el Manuel Diagnostique et statistique de troubles mentaux—la propia sociedad consumista y acaparadora considera enfermos a esos desdichados Diogénes diferenciados de los grandes consumidores exclusivamente por su pobreza. En casa de uno de los tres hombres más ricos del mundo, un amigo mío encontró encima de la chimenea dos primeras ediciones del Quijote sin que le constara que hubiera hojeado siquiera un capítulo. Diógenes el pobre se limita a enterrarse vivo entre papeles viejos, latas vacías, ropa sucia y cartones recogidos del contenedor, pero su “amor criminal” viene a ser, sin duda posible, el mismo que el de Craso.

Debates a medida

La Junta no quiere que en el debate parlamentario sobre el Estado de la Comunidad se miente siquiera la corrupción. Alega que, estando ‘sub iudice’ muchos, demasiados “casos”, discutir sobre ellos en la Cámara supondría, a un tiempo, “obstrucción” a la Justicia y a la acción política. ¿Y de qué quieren que hablen los diputados sino de lo que no se le cae de la boca a la gente en la calle? ¿No se han enterado todavía de que los ciudadanos los ven como una casta mangante y ociosa? ¿O es que hay en Andalucía algo más grave que la corrupción generalizada que llega hasta la cúpula? Se hablará del mangui, de todas maneras, no se preocupen, porque si así no fuera sería para mandar a casa por inútiles a todas sus Señorías.