Barbas del vecino

En las altas instancias de la Junta debe de haber caído todo menos tranquilizadoramente la decisión del Tribunal de Cuentas de declarar responsables subsidiarios por su responsabilidad “in vigilando” en el saqueo de un millón de euros mediante la falsificación de nóminas municipales perpetrado por dos funcionarios al alcalde, al secretario y al interventor de Lora del Río. Aunque sólo fuera por el paralelo que pueda establecerse con el caso de los ERE en el que los de arriba acusan a los de abajo como únicos responsables. Y tiene toda la lógica del mundo, por descontado, ese paralelo que, casualmente, se refiere también a un delito continuado durante diez años. Son las barbas del vecino, de momento. Mañana, cualquiera sabe qué barbas serán.

La calle de en medio

No he olvidado el revuelo que alguna vez se organizó en torno a un artículo de Ignacio Camacho sobre no sé qué entripado castrense a propósito del cual a Ignacio no se le ocurrió nada mejor que decir, como quien añora algo grande y perdido, que ya no había mílites bragados como los de antes que se volaban la cabeza con su propio revolver pasa salvar su dignidad en apuros. Lo he recordó en el veinte aniversario del pistoletazo con que el “premier” francés, Pierre Bérégovoy, enjugó sus cuitas y se quitó de en medio en un descuido de su escolta. A Bérégovoy lo habían puesto en la picota los cachondos de “ Le Canard enchainé” al revelar años antes que, cuando era diputado, se había beneficiado de un crédito sin intereses para comprarse un apartamento en París, y ya ven, por una causa que a la mayoría de nosotros seguro que hoy nos resulta venial, quien fuera primer ministro de Mitterand se perdió voluntariamente por un cañaveral y se voló la cabeza con mano firme. Todavía quedan ejemplares de esa fauna rara que Ignacio –que tiene un ramalazo romántico que ni Larra– echaba de menos entre nosotros, este país de cabreros pragmáticos en el que todo el mundo se pica mucho del honor pero nadie devuelve un duro robado ni mucho menos desenfunda su arma para lavar su honra con su propia sangre. Recuerden el silencio martirial de nuestros espadones del 20-M, la discreción del general Armada, refugiado en su bosque de camelias, el soberbio reconcomio de Milans o los desplantes chuscos de Tejero: el honor español es más bravata que otra cosa. Un tipo como Bérégovoy, capaz de descerrajarse un tiro en la sien por un quítame allá ese crédito, aquí no se concibe siquiera. En eso estoy de acuerdo con Camacho.

Lo nuestro es el barroco en bruto, nuestra nueva Edad Media, y en ese paisaje, leyendas aparte, no caben más héroes que los forzosos. Bérégovoy, aquí, probablemente, no hubiera pisado siquiera Alcalá-Meco. Y aunque a mí no me parece que el suicidio sea un detergente de la honra sino un simple desajuste emocional, me sigue emocionando, como hace ahora veinte años, ese primer ministro que lo tenía todo, autoinmolándose discretamente por no poder resistir el oprobio de una acusación de agio que entre nosotros no daría más que para un par de titulares. Hace mucho que el espejo de Larra se hizo añicos, para qué vamos a engañarnos, listo para reflejar una miríada de rostros hampones con el sello inconfundible de la postmodernidad.

Brindis al sol

Ahora resulta que la Junta social-comunista no tiene pasta para pagar las comprometidas ayudas para vivienda de los que menos tienen. El “decretazo” que amenazaba con expropiar las vacías, en plan Luis Candelas de guante blanco, ha resultado no ser más que papel mojado, como ya lo fuera aquella revolución de la “reforma agraria” que ahí sigue de cuerpo presente con los itinerantes de Gordillo reclamándola. Y es que esa mezcla oportunista de la socialdemocracia con el radicalismo bolivariano tiene más grande el ojo que la calabaza. Hay que reconocer que la humillación diaria de Griñán no se la merece ni él.

La sopa boba

Como si se tratara de compensarnos por la reciente debacle futbolística, nos llegan gozosas nuevas que acreditan el fulminante progreso de nuestras gastronomías. En efecto, un restaurante gerundense ha sido distinguido nada más y nada menos que como el mejor del mundo mundial en una exclusiva lista en la que, para colmo, figuran , además, varios fogones nacionales. En televisión hemos podido ver también un concurso de aficionados aspirantes al título de MasterChef, en el que tres acreditados chefs los juzgaban, por cierto, con escasísimo tacto y sobrada severidad ,estimulándolos a la mejora con modales propios de un Dómine Cabra. Nos hemos convertido en la envidia del planeta, justo cuando nos vemos forzados a abrir comedores públicos en plan Auxilio Social, en los que no se da abasto a tanta boca hambrienta y en los que los buenos samaritanos atienden a ese derecho, tan fundamental que ni siquiera viene explicitado en la Constitución, que consiste en llenar diariamente el estómago. La Junta de Andalucía, se ha comprometido a proporcionar a los niños en las escuelas tres comidas diarias, digna iniciativa que, en todo caso, no deja de recordarnos el paisaje de postguerra, aquel de la leche en polvo y el queso amarillo que nos enviaba el amigo americano. Dicen quienes se encargan de los comedores públicos que pocas cosas reflejan mejor la gravedad de la crisis que la subida del nivel social teórico de sus frecuentadores, un dato muy discorde con el hecho de que para comer en esos restaurantes galardonados sea preciso reservar con meses de antelación. Nunca, probablemente, fue mayor el foso entre las únicas dos Españas reales que son las que se perfilan nítidamente a la hora del desayuno.

La paradoja es que seamos una nación líder en eso que llaman “restauración” mientras hacen cola en los comedores públicos los excluidos de un insensible sistema que, al parecer, no ve nada de particular en ese desolador reparto, al que nada ilustra mejor que el hecho de que se cuenten ya en las estadísticas a un par de millones de familias en las que no entra ni un solo jornal. Claro que no se trata, al menos por mi parte, de hacer miserabilismo en plan Víctor Hugo o Eugenio Sue sino, simplemente, de constatar una contradicción de lo más irritante producida por nuestro modelo de organización social. Volvemos a la sopa boba al tiempo que descollamos en el comedero planetario como magistrales administradores de nuestra propia gazuza.

500 Euros

Escucho a Carlos Herrera preguntarle al ministro Guindos su opinión sobre una eventual retirada de la circulación (más bien de la “no circulación”) de los billetes de 500 euros como remedio para combatir el fraude fiscal, y al ministro Guindos contestarle a Herrera que, bueno, que pschchch, que a él lo mismo le da que le da lo mismo la controvertida cuestión. Carlos sabe de sobra que quitar de en medio a ese dinosaurio defraudador no es cosa que esté al alcance de la mano de un ministro, pero me llama la atención que el ministro no se vea obligado a ese mínimo ejercicio de pedagogía mediática que consiste en explicarle a tan vasta audiencia que las monedas únicas las acuñan y desacuñan únicamente las autoridades superiores, a saber, en este caso, las de Bruselas y con el permiso de Alemania. ¡Pschchch…! Parece que el ministro no está al corriente de que la mitad de esos billetazos está en España, ya ven, y eso quiere decir ni más ni menos nos hemos convertido en el país el más trincón. Miren, ahí tienen un caso para el que resulta completamente válido el criterio clasista, porque es palmario que los billetes de a 500 no los han visto ni por el forro los que viven de una nómina sino el estamento, no necesariamente, delincuencial, que se mueve en los grandes negocios, demostración curiosa porque pone de relieve que hasta el sistema monetario puede funcionar como un instrumento clasista. La ferocidad del capitalismo se manifiesta incluso en el dinero físico, ¿o es que ustedes no se han percatado de la mísera entidad de la calderilla, esos cobres disuasorios a los que mucha gente renuncia por no complicar inútilmente el monedero? El ministro no sabe si sería bueno o malo retirar los billetes máximos. Herrera, que sí lo sabe, cambia hábilmente de tema y a otra cosa, mariposa.

Ahora que vamos sabiendo estas cosas podríamos empezar a cavilar si esta crisis no será un eslabón coyuntural que se ha enredado en la cadena del Sistema y sí, por contrario, la prueba palmaria de que el liberalismo hobbesiano ha tocado techo en la tejavana de la aldea global sin grandes posibilidades de volver a la utopía liberalista. ¡Mira que si el “big money”, la ambición desaforada y demás acaban ofreciendo un puente para que por él regrese la utopía, por supuesto escarmentada, a cuestionar el canibalismo del mercado? Cada día ve uno con más nitidez la silueta de un nuevo humanismo surgido paradójicamente de estas calamidades.

Eufemismos políticos

Los sindicatos han rechazado unánimes la decisión el Servicio Andaluz de Salud de “recortar” recursos en sus hospitales, en este caso en la dotación de la sanidad almeriense que, según ellos, está cada día menos atendida, como demuestra la desgraciadamente ya clásica imagen de las hileras de camas en los pasillos de urgencia. Claro que la Junta no habla de “recortes” y ni siquiera de “ajustes” sino que define estos hachazos o los propinados a la contratación de personal sanitario como una simple “optimización de recursos”, mientras que cuando ocurre lo propio en autonomías rivales, la Junta habla de siniestros proyectos privatizadores y violación de derechos fundamentales.