Tordos en el olivar

La metáfora es de Manuel Vicent: la bandada de tordos se abate sobre el olivar justo el tiempo preciso para arrebatarle las aceitunas; luego, levanta el vuelo. Los economistas llaman “deslocalización” a lo que hacen los tordos del mercado cuando en el olivar asaltado se agota el fruto. Y por lo general, una vez saqueado el pago y trincadas las subvenciones estimulantes del Gobierno o de la Junta, no dudan un segundo en buscarse un nuevo emplazamiento. En Andalucía, de Delphi a Visteon, lo tenemos visto y comprobado, ante la impotencia de una Junta tal vez ingenua que primero nos arruina subvencionándolos y luego en socorrer a sus víctimas. Nunca habíamos visto un expolio semejante. Mucho me temo, sin embargo, que tengamos que verlos aún peores.

Sabios emperrados

No es nuevo el hecho de que al sabio se le encasquille el cacumen en un tema que acaba convirtiéndose en  su manía. Trata un asunto y, en el caso, de que el éxito corone su esfuerzo, acaba considerándolo exclusivo, en especial si ese éxito lo deslumbra con el espejismo de la fama. De Richard Dawkins recuerdo el entusiasmo con que, a mediados de los 79,  leímos “El gen egoísta”, con su atractiva teoría de los “meme” frente a los genes que, hasta cierto punto, nos liberaba del determinismo que se abría paso por entonces (y ahora) a galope tendido, y cómo, ya al filo de los 90, seguimos su controversia con el viejo William Paley, aquel apologista que fue el primero, que yo sepa, en sugerir formalmente la idea del “diseño inteligente” como obra de un relojero –que todavía le recordaban a los niños de mi generación los catequistas– en una obra tan celebrada como “El relojero ciego”. Dawkins era de esos darwinistas urgidos ante la parsimonia de la razón dialéctica y, en efecto, andando el tiempo, ha terminado tirando por la trocha más corta en su empeñada campaña ateísta que no se ha  conformado con exhibir en los autobuses de Londres o Barcelona, sino con la que ahora anda tratando de seducir a la santa infancia a base de enfrentarla a la procelosa incertidumbre que parece lógico reservar a los adultos. En el Albert Hall nada menos ha protagonizado una tenida con este propósito aunque, todo haya que decirlo, también para publicitar su nuevo libro, “La magia de la realidad”, y su propuesta consiste en oponer a la mirada inocente las mismas impenetrables oscuridades ante las que el adulto avezado puede reaccionar pero sin lograr nunca, ésa es la puñetera verdad, despejar el último pelotazo. Pocas cosas tan inconvenientes para el intelectual como la obsesión. Ninguna tan fútil como la controversia religiosa.

La evolución es, según Dawkins, como una “magia lenta” que pausadamente va modelando a los seres de una manera que al sabio le parece “poética” por más que se vea incapaz de aportar a la curiosidad las últimas y decisivas respuestas. Los niños deben sumergirse en ese magma metafórico y renunciar lo antes posible a la experiencia trascendente. Dawkins ve en ello una suerte de salvación de la Humanidad y, quizá por ello pero por nada más, atribuye a su cruzada cierta legitimidad científica, desde una curiosa heurística más dependiente de la pasión que del conocimiento. Nunca entenderé por qué talentos tan eminentes se desperdician en empeños tan repetidos y, por supuesto, imposibles de consumar. ¿Quizá por abarrotar el Albert Hall y salir a hombros editoriales? Si por eso fuera, me daría mucha lástima alguien a quien tanto admiro.

El camino claro

Nada más recibir el estacazo del paro de octubre, el consejero de Empleo (¿) ha asegurado que “el Gobierno andaluz tiene claro el camino que hay que recorrer”. ¡Pues menos mal, porque si no…!  Según esa clarividencia, que el paro siga desplomándose a pesar de que su base es ya tan estrecha, se explica suficientemente con el argumento de que su causa son las “turbulencias económicas” que se registran en España y por ahí fuera. ¡Cráneo privilegiado! Lo peor de nuestra estadística terminal no es tanto su realidad misma como la de saber en mano de quién está la responsabilidad de buscarle una salida. No sé qué ocurriría con los que pudieran llegar al relevo, pero lo que está claro es que con este personal no vamos a ninguna parte.

La catarsis griega

Los griegos han sacado los pies del plato comunitario y aquí ha sido Troya. Se han desplomado las Bolsas, han galopado los mensajeros, los próceres se han mesado las barbas o rasgados las vestiduras, y hasta la gente –esa ciudad alegre y confiada que acaba de volver del superpuente de Tosantos para gastarse la calderilla abarrotando nuestros bares– empieza a mosquearse con lo que ya no parece una conjetura meramente especulativa sino una amenaza hecha y derecha. ¿Por qué nos ha de afectar a los demás el crac de un pueblo que, por lo demás, se lo ha buscado a pulso durante decenios? ¿Qué nos va ni nos viene a nosotros con que los griegos paguen ahora sus facturas en euros o en dracmas resucitados que más bien serán zombis monetarios que otra cosa? Pues mucho, cómo dudarlo, habida cuenta de que la UE es un delicado jarrón común al que una pedrada de esa puntería lo más probable es que hiciera añicos, lo cual quiere decir también que no son sólo los griegos morosos y corruptos los culpables sino quienes se empeñaron en meterlos en éste que ya va siendo un berenjenal, a sabiendas de que encontrar una cuenta bien cuadrada en la Grecia de los Papandreus y los Karamanlis sería como tropezarse en el camino con la lámpara de Aladino. Pero ¿por qué tanto miedo, cómo es posible que las grandes potencias no reaccionen y, sobre todo, que el propio Sistema haga el juego a esos trampeos aprovechando para llenar la buchaca de unos pocos a costa de todos? Me tienta la doctrina del “capitalismo del desastre” que Naomí Klein explica con el argumento de que es el propio Sistema –los políticos ya sabemos que son sus meros palanganeros—el que patrocina la estrategia del terror, tal como los psiquiatras de los años 40 (y algunos actuales) hacían echando mano del electroshock. El shock es el instrumento más útil para conseguir la obediencia del gentío. Nada como el miedo para bajar la guardia y abdicar de la propia razón. La Klein vislumbra tras esa estrategia lo que llama “capitalismo del desastre”. Y a ver quién la contradice con lo que estamos viendo.

¿No ven que hemos llegado a un punto en que el trabajador exprimido agradece el exprimidor, en que los mileuristas se dan con el canto en los dientes y la inmensa mayoría se conforma con que la cosa no empeore? Ha dado resultado lo del shock, sin duda, como lo daba –otra cuestión es a qué precio—la sesión de tortura en los viejos manicomios. Y puede que los griegos –que hace siglos que no entienden a sus clásicos– se hayan salido del guión. Me gustaría escuchar a Sócrates en la plaza Sintagma pero aún más, para qué engañarles, lo que pudiera decirnos Aristófanes en la cumbre del Areopago.

Los Jueces se plantan

Poca sentencias he leído en mi vida tan demoledoras, tan descalificadoras incluso, como la que el TSJA le ha echado en lo alto a la altanera Junta de Griñán a propósito del chanchullo máximo de la integración de los “enchufados” de las empresas públicas. Dicen los jueces que la Junta permite un “acceso privilegiado” a esos trabajadores en perjuicio de los funcionarios genuinos, afirma que esa actitud implica una “flagrante vulneración de los derechos fundamentales” y remata la faena por derecho con una frase que debería hacer que hasta el más tosco se sintiera deslegitimado: “Más que de una huída del derecho administrativo se trata de un desprecio al Estado de Derecho”. ¿Seguirá diciendo la consejera que “se siente permanentemente avalada por los jueces”? Quién sabe, pero si insiste en ello, su actitud resultaría simplemente grotesca.

Mirones morbosos

Un programa especializado en telebasura al que, sin embargo, asisten altas personalidades y algunos periodistas que no precisarían de esa abyección para vivir de su profesión, ha entrevistado a la madre del menor que en su día se declaró autor del crimen cometido contra la desaparecida Marta del Castillo en colaboración con el implicado principal. El programa ha sido negociado por un abogado, como ya va siendo habitual en esta cenagal industria, y fue contemplado por dos millones de españoles ávidos de esa emoción fuerte y morbosa que destilan los delitos cuando reúnen la sangre con el sexo, lo que convierte en expletiva la justificación del presentador de que exponer al alcahueteo público la presencia de la madre de semejante detritus respondía, a un “interés social” que, en efecto, los datos de audiencia – nada menos que un15’1 por ciento del share—se encargarían de confirmar. Allí estaban de comparsas, cada cual con su papelón aprendido, algunos profesionales y ciertos recurrentes espontáneos, para dar a la exhibición impúdica cierta apariencia de juicio ponderado salvando en lo posible el culo propio pero legitimando a la compareciente que, total, vino a decir, como cabía esperar, que su hijo era inocente –“un buen niño”, dijo de esa prenda–, que si se había declarado en su día reo de violación y homicidio fue a causa del pánico policial padecido y que, por descontado, no tenía ni idea de dónde había ido a parar el cuerpo del delito. ¿Se puede cobrar 10.000 euros por hacer ese papelito de espaldas a la cámara? Pues se puede, no lo duden. Se pudo comprobar el otro día en una cadena privada a la que no entiendo como no alcanza la, para otras cosas, larga mano de algún Consejo Audiovisual. Si no queremos que esta corrala se azarzuele y avillane irremediablemente urge arbitrar algún tipo de limitaciones al exhibicionismo demandado por el basural televisivo. Si evitar eso es censura, no tengo inconveniente en sostener que aquí hace falta una censura como el comer.

Hemos acabado por hacernos el cuerpo a la evidencia de que esta sociedad vecindona y ventanera se pirra por el insustancial secreteo de los famosos reales o mediáticos. Pero otra cosa muy distinta es, en cualquier caso, hacer de la tele un tribunal popular, una suerte de segunda y definitiva instancia –mercenaria, para mayor inri—de los casos que, por su naturaleza, han estado y están reservados por la Ley al ámbito penumbroso de los tribunales. Que con cinco millones de parados y muchos más en apuros haya quien se forre revolviendo la cochambre nacional es un disparate. Que la propia Justicia lo consienta es algo que no tiene ya nombre.