La unidad final

Ramón Tamames acaba de escribir un libro –de difusión restringida, de momento, pero espero que pronto publicado—que es una suerte de encefalograma completo de ese sabedor insaciable. Va la cosa desde la cosmogonía a la evolución, desde la experiencia política a la económica y, en definitiva, desde la reflexión de lo sabido a la profecía de lo por saber, pues por el desfilan, juntos aunque no revueltos, desde Platón a Jean Monnet, desde Galileo a Fred Hoyle y desde Newton a Ratzinger, en un atractivo despliegue de la experiencia humana vista desde este crítico momento de su existencia. No podría ser de otra forma, quizá, bajo un título tan espectacular como “¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos?”, que encubre un vasto repaso de cuanto de básico hemos sido capaces de concluir sobre el Hombre y la Tierra, sus orígenes, su desarrollo y su previsible proyección, y debo decir que expuesto en todo momento en un tono tan discreto como audaz, como quien se ha entretenido en anotar la librería ideal acumulada durante siglos limitándose a subrayar los pasajes claves y entresacando las más graves ideas. Tamames es un sabio poco común, capaz de dar cuenta sin inmutarse de los hallazgos y las controversias acumulados a lo largo de los siglos, sin dejar de teñir en su propio cristal cada concepto y cada conclusión, e incluyo desde las teorías antropológicas más severas a las fantasías entrevistas por los teorizadores de la utopía espacial pasando por las propuestas estrictamente científicas. Vivimos en un mundo dado, este planeta llamado Tierra, que tiene la Historia que tiene y no otra, que parece si no único al menos insólito desde nuestra perspectiva, que ha pasado por las calamidades más atroces y se enfrenta a un futuro que no puede aguardarse pasivamente sino que es preciso proyectar e ir construyendo basados tanto en la experiencia como en la imaginación. Ramón es un optimista avisado, que nadie se confunda. Él sabe como pocos –como Jano—mirar hacia detrás y hacia delante sin perder el equilibrio.

Sólo retendré ahora la conclusión de este libro que se lee ávidamente: que la Humanidad ha de ir pensando en unificar el planeta en un bloque único y ordenado, en gobernarse armoniosa, democráticamente, por un sistema solidario y ecuménico que deje atrás este aún problemático ensayo de globalización para aspirar a una unidad real en la que la Tierra sea, como en el viejo lema, un “hábitat hospitalario para todas las especies”. Tamames cierra su estupendo maratón con la esperanza de que entonces habrá terminado nuestra prehistoria para dar paso a la Historia verdadera. He recordado que quien dijo eso por primera vez fue Marx.

De lapsus

Desde el PSOE sevillano se ha montado la del tigre por el error de Rajoy en el debate famoso al citar el sevillanísimo  pueblo de Cazalla como gaditano. Hay que agarrarse a lo que se pueda, claro está, pero la verdad es que estos agitadores se exponen a que se les reproche no haber parado cuentas en que su candidato, Rubalcaba, candidato “cunero” por Cádiz, ni se enteró del fallo, lo que hace pensar –sobre todo, en tan rápido y ágil polemista—que, por no saber,  él no se sabe ni los pueblos de su circunscripción. La paja y la viga, lo de siempre, y el clavo ardiente al que echarle mano. Con los problemas que Andalucía tiene planteados una polemiquilla semejante constituye un insulto a quienes los padecen.

Pepinos japoneses

Por lo visto la inmensa mayoría de los pepinos que se consumen en Tokio proceden de huertas de Fukushima y tres cuartos de lo mismo ocurre con las berenjenas, productos ambos muy demandados en la cocina nipona, y ello ha contribuido entre la población a extender la psicosis antirradiactiva. De uno de sus periódicos me hago traducir la noticia de que la sobrevenida industria productora en masa de contadores geiger ha logrado colocar millones de instrumentos entre sus ciudadanos tras el síncope del 11 de marzo, en especial modelos portables que ya llevan los ciudadanos en su impedimenta junto al móvil, dispuestos a medir los niveles no sólo en el mostrador del hortera sino incluso en el aparcamiento –aquí le llaman a eso “infraestructura sostenible”—para bicicletas. La psicosis entre la población es tremenda, a pesar de que hay en su contra argumentos poderosísimos como el que viene revelando hace semanas las prensa francesa, a saber que los niveles de radiactividad medidos en Tokio son iguales a los que se obtienen en París, es decir, alrededor de 1 “microsievert” por hora (lo que estima normal es de 0’3). En el propio Japón, en localidades como Setegaya o Kashiwa, esta búsqueda generalizada por parte de los propios ciudadanos ha dado por resultado el hallazgo de fuentes radiactivas olvidadas –un depósito de frascos de radium  226, que no es el más peligroso precisamente, enterrado bajo una casa deshabitada, y otro en el subsuelo de una céntrica calle—con los que la gente ha convivido sin saberlo, probablemente, por tanto, durante años y años. La parte picaresca del caso es el descubrimiento por parte de la autoridad de que la mayoría de los medidores vendidos esta temporada eran falsos y sus medidas absolutamente no fiables a pesar de sus elevados precios. Una empresa “cívica”, en fin, ha puesto en el mercado un microdetector barato que, por el momento al menos, resulta inalcanzable al haberse reservado la producción íntegra para los habitantes de la propia Fukushima. La verdad es que vamos por la vida a ciegas y nuestra autoridad, por sistema, retrasada varios pueblos.

¿Se acuerdan de los pepinos de Almería, cuando lo de la última “peste” oficialmente inventada? Bueno, pues aquello le salió redondo a nuestros competidores europeos, mientras que en Japón ya ven que la autoridad ha sido capaz de evitar la ruina garantizando seriamente la inocuidad de su consumo. Una anciana empresaria arrocera se ha encargado personalmente de medir la radioctividad de su producto para vender seguro a sus clientes. He visto esa imagen con admiración y no sin una cierta envidia.

Lugares ideales

Se hace público el cierre de la “oficina fantasma” que la Junta de Andalucía ha mantenido abierta en Madrid, en plan “apeadero” más que otra cosa, porque ya me dirán  ustedes si se puede tomar en serio la idea de montar un centro de relaciones comerciales andaluza en Madrid. Tiene otra que tal baila en Bruselas, donde también la tienen o tuvieron entes de menor entidad, como la Diputación de Huelva y a saber cuántas más, de todas las cuales sería preciso hacer relación antes de cerrarlas por la vía rápida. Esas “diplomacias paralelas” no son más que chiringuitos para servir de sede a los barandas y colocaderos para amiguetes bien relacionados. No sólo Cataluña tiene “embajadas”, seamos justos. Antes de tirar esa piedra, nosotros deberíamos barrer nuestra propia casa.

Viudas del poder

A la viuda de Arafat, Suha Tawil, la persigue desde hace unos días una orden de arresto internacional y encima no puede regresar a Túnez donde también la Justicia trae cuentas pendientes con ella y con su ex-socia, Leila Trebelsi, señora del depuesto Ben Alí. Peor le va a la virtual viuda de Mubarak con un pie en la UVI y otro en la cárcel mientras la autoridad trata de averiguar el montante de la fortuna rapiñada que su familia esconde en Suiza y sabe Dios en qué otros oasis financieros. No es fácil el oficio de viuda en estos casos. Hay que tener el estilazo de Farah Diba o de Jackie Kennedy/Onassis para sobrevivir al Poder difunto, porque casos como los de Cristina Fernández sólo pueden sostenerse sobre un castellet narcisista como el argentino, y hay que ser muy civilizados para sobrevivirlo decorosamente a dúo, como hubieron de hacer en Francia las dos viudas de Mitterand, Danielle, la legítima, y Anne Pingeot, la fetén. La viuda de Mobutu lleva decenios trajinando tras la fortuna embargada de aquel bárbaro, que yo sepa sin el menor resultado favorable, pero al menos se libró de que la liberara de la viudedad un pelotón de bárbaros espontáneos abatiéndola con una descarga ante un paredón, como a Elena Ceaucescu. El caso de Suha es especial, no sólo porque su diferencia de edad propició algún que otro quebradero de cabeza al “rais” –que, por lo demás, ahora anda empeñada la peña en que era bisexual, calculen–, sino porque parece ser que ella, a pesar de que clama que vive de una mísera pensión (millonaria, eso sí) que recibe de la Autoridad Palestina, también ha sabido montarse su clan y organizarse a buen recaudo su retiro dorado. Un día que, en el Consejo de Redacción de El Mundo, Pedro Jota enumeraba uno tras otros la decena de atentados y peligrosas peripecias a las que durante su vida había logrado sobrevivir asombrosamente Abú Ammar –que así se llamaba aquel trueno antes de rebautizarse como Yaser Arafat–, recuerdo que apostillé al final del recuento: “Y a su mujer”. Los consejeros me miraron como se mira un a un incorrecto, es natural, pero hoy como entonces sigo en mis trece.

La viuda y la hija de Yeltsin también trajinaron lo suyo metiendo y sacando pasta en las valijas, la segunda de Perón heredó la fortuna que había amasado su antecesora, sobre la de Franco circuló siempre por el Foro una divertida leyenda de cleptomanía y la de Mao se salvó por los pelos del tiro en la nuca pero le cayó encima la del tigre una vez que desapareció el líder. ¿Ven como no es fácil sobrevivir viuda al Poder? Mírense en el espejo de la pobre Suha, ¡con lo que ella ha sido!, y ya me dirán.

El negocio sindical

No me parece nada mal el recorte que Griñán le ha propinado a los empresarios, a la CEA quiero decir, dado lo que le llevamos visto y oído a la CEA. En cambio, que le aumente aún más la soldada a los sindicatos –léase a UGT y CCOO–, en medio de la “contracción” presupuestaria general, parece una burla. Que el PSOE cuenta con ellos como agentes callejeros para el día siguiente del 20-N, no admite duda, y que éstos le prestarán en la Oposición el apoyo que se le debe al benefactor, tampoco. Pero es una vergüenza, en todo caso, que el dinero de los contribuyentes vaya a esos mariachis de un “partido hermano” que, por cierto, representan a una ínfima minoría de los trabajadores. Los empresarios tienen razones, quizá, para andar muy cabreados. Los ciudadanos, para qué les cuento.