Canción del verdugo

En el V Congreso contra la Pena de Muerte que acaba de celebrarse en Madrid con el apoyo de los gobiernos de España, Suiza, Noruega y Francia, hemos oído, una vez más, la voz del verdugo. Jerry Givens ha sido durante más de tres lustros el ejecutor del Estado de Virginia, plazo en el cual mandó al otro barrio nada menos que a 62 personas que ahora, al parecer, gravitan sobre su atribulada conciencia desde que descubrió que la calificación legal de sus ejecuciones era la de homicidio. También ha resonado en la asamblea el eco de las víctimas que, junto a la de los políticos convocantes, luchan hoy por la abolición final de un suplicio que si en Europa no mantiene en vigor más que Bielorusia y en todo el planeta se ha reducido drásticamente, en los países islámicos y en Asia se mantiene con inusitado rigor. Los abolicionistas se han felicitado de que ninguna voz haya reclamado esa última pena con motivo de los últimos atentados –el de Utoya o el 11-M—ni una sola voz política ni mediática haya reclamado ese recurso bárbaro, sólo justificable desde el sentimiento de venganza, logrando un clima concorde a favor de la abolición que resulta realmente esperanzador. Yo no sabía que en España ha habido un “Cuerpo de Verdugos” al que pertenecieron los ejecutores bien conocidos tras el libro de Daniel Sueiro o la estremecedora película de Basilio Martín Patino, “Queridísimos verdugos”, muy lejana ya de la conmovedora pero todavía disfrazada de humor negro con que Berlanga logró saltarse la censura a principio de los años 60. Hoy, al menos, esa figura triste resulta casi inconcebible para las nuevas generaciones e incluso para las entradas en años, cuya evolución ha sido radical en el periodo democrático.

Es verdad que en USA asiste cierto público a las ejecuciones, que en Arabia Saudí se ejecuta en la plaza pública, que en Irán se siguen colgando de una grúa a disidentes y homosexuales o que en los países del Magreb la resistencia a la abolición es sólida. Pero la última pena tiene fecha de caducidad o está a punto de tenerla, curiosamente, en un mundo más trastornado que nunca por la barbarie terrorista, pero en el que la voz de la conciencia civilizada se propone no desfallecer hasta verla abolida y avanza a ojos vista. Jamás la pena capital ha logrado disuadir a los criminales determinados, decía en su momento el marqués de Beccaria. Hoy comienza a calar esa evidencia que tanto ha costado asumir a la condición humana.

La trampa rusa

Me parece que va a resultar ya difícil arrebatar al soldado Mannign y al debelador Snowden la simpatía no poco generalizada en la opinión más sensibilizada del mundo occidental. No se le oculta a nadie que poner en almoneda los trapos sucios de un Estado implica un riesgo grave especialmente útil para los terroristas y detractores, pero aun así, la idea del espionaje masivo repugna a la inmensa mayoría de esa opinión. Lo de Manning va a crearle a la Justicia (militar) de EEUU un problema de película, pero, al fin y al cabo, ese soldado está ya en prisión militar y van a hacerlo comparecer de uniforme ante el tribunal de milicos. Pero lo de Snowden es más delicado, en la medida en que la astucia china le ha endosado el caso a un país como Rusia que a duras penas podría intentar siquiera esbozar el gesto de país respetuoso con los derechos humanos. A la Rusia de Putin, los chanchullos electorales y las mafias, le queda como único recurso en el teatro internacional defender su propia soberanía, una razón siempre válida pero más propia de países de segundo nivel que de gran potencia, de las que suele esperarse, con razón, una postura firme de defensa de los valores que convencionalmente hemos dado en llamar “universales”. Putin anda preso en la trampa china, con el filtrador en tierra de nadie, y fingiendo que estudia una solución al caso concorde con el derecho internacional. Tiene guasa que hayan de terminar siendo los países bolivarianos, esas nuevas autocracias populistas, las que acaben siendo garantes de la intimidad del mundo libre, pero eso es lo que hay.

Si China espía a los EEUU y éstos hacen lo propio no sólo con China sino con sus mismos ciudadanos y hasta con nosotros, los europeos, no es difícil comprender que nos enfrentamos a un problema nuevo, de índole esencialmente tecnológica al que hay que dar una solución si no queremos que la visionaria distopía de Orwell se convierta en el pan nuestro de cada día. Pocos dudamos en su momento de que el 11-S supondría la entrada en una nueva era en la que el Poder trataría de pertrecharse a costa de lo que fuera. Y así ha resultado ser, a la vista de estas abrumadoras reservas de información ilegítima acumuladas por los Estados. ¡Ya ven lo que puede importarle a la Rusia del polonio en la tetera violar un derecho personal! Pero por encima de ello está la viva protesta que defiende la intimidad. Entregar a Snwoden sería como ponernos a todos un techo de cristal.

El que faltaba

Al rector de la universidad Hispalense también acaban de imputarlo por prevaricación, en su caso por haber suspendido –nada más enterarse de que la Fiscalía andaba metiendo las narices en el asunto– la convocatoria de incentivos a la jubilación, invento incalificable en virtud del cual la Universidad pagada una cantidad importante a los profesores que adelantaran su jubilación en plenitud de facultades, es decir, las llamadas “jubilaciones doradas”. Una universidad manga por hombro no ve mejor solución que desprenderse de los profesores maduros para hacer sitio a los más jóvenes, y ahora la Justicia parece empeñarse en mantener el absurdo sistema. Si Dios no lo remedia, aquí va a terminar imputado hasta el apuntador.

Saber latín

“Volisne cum me mathematicis tweetere?”. No se pierdan el macarrón que un audaz profesor de matemáticas, Charles Boubel, que enseña en Estrasburgo, ha propuesto a algunos colegas y alumnos abducidos por las llamadas “redes sociales”, con el bizarro propósito de enseñar sus teoremas en un latín adecuado a la postmodernidad. Se lo he comentado al maestro Francisco Socas, el latinista sevillano cuyo Lucrecio acabo de releer (como él sabe) admirado de sus rigores de editor erudito y algo tembloroso ante el intensísimo debate moral que encierra esa obra insigne, sobre todo para quienes nos movemos alentados por algún tipo de pulsión trascendental, recordando, de paso, la aventura jerezana del latín hablado que alientan entre sus alumnos profesores como Juan José Cienfuegos y otros. Es curioso que nuestros docentes de clásicas no sean ya una especie en extinción a pesar de la tenacidad con que desde el Poder –no de éste, de todos, ¿eh?– se viene tratando hace años de desmochar por las bravas ese árbol del Bien y del Mal que crece abandonado en el centro de nuestro asilvestrado paraíso cultural, reduciendo en lo posible la conservación y el aprendizaje de esa lenguas que por algo se designan maliciosamente como “muertas”. “Menos latín y más fútbol”, enfatizaba el ministro Solís, “la sonrisa del Régimen”, ya en las postrimerías de la dictadura, pero hay que admitir que sus sucesores demócratas no le han andado a la zaga a la hora de despreciar esa auténtica introducción a la lengua –y en consecuencia, al conocimiento—y de arrinconarla en el soberado de nuestra casa en ruinas. Y más curioso todavía es que tengamos como tenemos tan eminentes especialistas en medio de este erial, que llevan camino –Ramírez de Verger, Ana Vegas, Eduardo Valentí, Lisardo Rubio, Pérez Jiménez y tantos otros—de heredar por derecho propio al eximio grupo de sus maestros de la generación anterior. Saber más que Briján se decía tal vez por referencia a Nebrija (o a Brixiano) cuando todavía se guardaba al latín el debido respeto.

¡Twittear en latín el teorema de Pitágoras! Miro a mi nieto desde la triste certeza de que en su día tal vez se pregunte por qué su abuelo leía y subrayaba a esa pléyade vieja de griegos y latinos, pero no pierdo del todo la esperanza de que nuestros hercúleos clasicistas se las avíen, como este Boubel, para sobrevivir a la postmodernidad, ellos que suelen abominar del latín eclesiástico para apostar por Cicerón.

Último asalto

Me comenta un ilustre letrado la situación de una Junta que tiene imputados ya a decenas de altos cargos e incluso uno o dos presidentes en el punto de mira de la juez instructora. Cree él, como juristas, que tal vez estén dándose las circunstancias que justificarían una intervención de la autonomía por parte del Estado, solución extrema pero, bien pensado, no poco lógica. Todo indica, en cualquier caso, que la juez está llegando donde quería y que lo más probable es que más pronto que tarde dispare hacia arriba y cierre, en consecuencia, la instrucción. ¿Qué podría hacer la Junta si Griñán (y quizá también Chaves) son finalmente imputados? La hipótesis de mi amigo jurista es, desde luego, de las que quitan el sueño.

Mala suerte

En un tiempo en el que colaboré, y muy estrechamente, con el presidente Borbolla le oí decir más de una vez, en el marco de ese catecismo estético tradicionalista heredado de su abuelo, que no había poder sin influencia ni influencia sin prestigio. Creo yo que apuntaba a la necesidad de contemplar el poder como un derecho a dirigir y no como un accidente de fortuna, lo que no implica necesariamente que él se ajustara luego ni siempre a las exigencias de ese platonismo práctico que, por cierto, formulado de manera algo diferente, ya le había yo escuchado a Tierno Galván como discípulo en su seminario doméstico sobre la dialéctica. Pero hay que convenir en que una cosa es predicar excelencia y equivocarse luego con la mediocridad y otra, por completo distinta, buscar la medianía por sistema, o mejor, “como sistema”, que es lo que practica Griñán desde que eligió como núcleo de su soviet a un grupo de estudiantes pésimos sin otro mérito que la intriga pasillera. La “frikicracia”: eso es lo hemos alcanzado, la “frikicracia”, el gobierno de unos mediocres que conduce por necesidad a la insolvencia. ¿No dicen que un hombre preparado como Planas se presentará a las primarias? ¡Vamos, hombre! Eso no se lo puede creer uno ni como coartada, ¿y saben por qué? Pues porque todo lo que sube baja pero lo que baja no sube jamás. Griñán, que se ha permitido insolente atribuirse el mérito de haber llevado la democracia a su partido es, en realidad, el fautor del blindaje de un “Régimen” –que dura ya casi como el franquismo—a base de encomendarlo a una patulea de advenedizos sin la imprescindible superioridad en saber y quizá en edad, a unos profesionales del partidismo sin mejor título ni profesión. Si el proyecto anunciado de ceder a estos “frikis” la gestión se consuma habremos alcanzado la insignificancia. Mala suerte la nuestra, vive Dios, mala suerte.

A Utrera Molina se le atribuía la idea de que el mejor futuro del otro Régimen pasaba por el Frente de Juventudes: dar paso a los juveniles, abastecerse de la cantera, músculo y canciones a toda costa, fuegos de campamento en lugar de aulas. Y Solís lo superó con un a frase marmórea que seguro que suscriben en el fondo de su almario Susana Díaz y Mario Jiménez: “Más fútbol y menos latín”. Me cuesta escribir esto, aún bajo la cogorza del maracanazo, pero es lo que hay. España es una unidad de destino en medio de la crisis. Andalucía una “frikilandia” que corre a ciegas hacia el desgalgadero de la vulgaridad política.