La TV pública

Desde que en la primera huelga general organizada por los “sindicatos de clase” al “Gobierno hermano” no se había conocido, que yo sepa, en toda Europa, un “apagón” tan espectacular como el que ha cerrado la TV griega dejando al viejo país de la razón sordo y mudo. Vale que los trabajadores y técnicos hayan paliado ese apagón mediante la conexión a Internet garantizando con ello la continuidad relativa (e incómoda) de las emisiones, pero el hecho mismo del cierre de una tele pública resulta inquietante por muchos conceptos. Claro que cuando el primer ministro griego se escuda en que la medida la toma por imposición de la UE, de Bruselas para entendernos, no dice que la TV griega costaba ¡cinco veces más! que una cadena privada, lo mismo, más o menos, que sucede en Italia o aquí. No cabe duda de que para la opinión pública la existencia de una opción pública supone –o debe suponer—una garantía de pluralismo y libertad en suma, pero la propia experiencia que nosotros poseemos nos dice también que, al menos aquí, una TV pública es la voz de su amo y nada más. ¿Cómo es posible que Cataluña no cumpla con el déficit pero tenga tres canales de una televisión perfectamente amaestrada, altavoz en cada momento, del partido en el Gobierno, por qué una tele como la andaluza ha de costar más cara que las cadenas privadas que tiene mucho más éxito y mucho mayor audiencia de ella? Pues porque, a cambio de la fidelidad perruna, el gobierno de turno le ofrece al medio barra libre y acaba por engullir a una clientela “de facto” que no tiene por qué ser partidista ni gubernamental pero que acaba siéndolo por imposición de la realidad. Pienso que, a lo mejor, una leal competencia entre una TV pública y la competencia privada podría ser una solución. Los partidos –todos los partidos—piensan, como es natural, algo por completo distinto.

Un país sin TV es hoy por hoy inconcebible, en cualquier caso, y si la UE aprieta las tuercas para regularizar situaciones tan complejas como la griega, debe, en cualquier caso, evitar ese corte umbilical que supone dejar al gentío sin el ruido de fondo de sus vidas. Apuesto por una televisión pública como prerrequisito de la democracia, pero no veo por qué confundir “público” con “partidista”, ni comprendo por qué ha de salir más cara la pública que la privada. La democracia griega está hoy entre paréntesis a la espera de que caigan en esa cuenta los demócratas europeos.

Esperpento andaluz

Con haber visto ya casi de todo, no recuerdo una escena más esperpéntica que el encuentro televisado en directo entre Mario Conde y Diego Cañamero, con su debate ridículo y su tramoya “novecentista”. Ni la arenga del ex-banquero embargado ni la risible amenaza del revolucionario profesional –segunda versión notablemente empeorada del paripé que mantuvieron en su día el duque de Huéscar y Sánchez Gordillo—son otra cosa que un esperpento que a Valle-Inclán no se le habría ni ocurrido. ¡Mira que pedir un “banco de tierras” a una Junta que mantiene incorrupto el cadáver de la “reforma agraria”! Nunca la política fue más teatro (o más circo, según se mire) ni el movimiento obrero alcanzó cotas semejantes de folclorismo.

Héroe o villano

Estoy convencido de que no habrá acuerdo, finalmente, entre la opinión de quienes ven en ese excolaborador de la CIA –doscientos mil dólares de soldada, por cierto—que ha filtrado los sensibles secretos de Estado, la figura de un traidor temerario, y quienes, en cambio, en él creen distinguir los rasgos morales del héroe carlyleano. La moda en cuestión es, ciertamente, peligrosa se mire como se mire, en la medida en que la seguridad de ese Estado queda expuesta al público sin mayor consideración, pero enseguida ha surgido el debate en torno a la cuestión moral: ¿justifica el imperativo moral de defender las libertades esenciales del individuo la vulneración del deber de custodia de los secretos en cuestión, o por el contrario, el vulnerador es reo de alta traición puesto que expone a los ciudadanos, entre otras amenazas, a las garras del terrorismo? En EEUU dicen que si estos debeladores hubieran surgido antes de la muerte de Bin Laden es posible que la condena hubiera sido unánime y vehemente, en la medida en que esa muerte ha logrado exorcizar, siquiera de manera subliminar, el miedo colectivo, pero que en una situación de expectativa pública tranquilizada, lo más probable es que el ciudadano se aferre al viejo argumento republicano que sitúa a la libertad por encima de cualquier otro logro. Eso de “prefiero la injusticia al desorden”, que dijo Goethe, funciona divinamente en una atmósfera de terror e inseguridad, pero deja entrever su meollo reaccionario cuando las cosas está más calmas. Verán cómo ni la sangre de Snowdon ni la del soldado Manning llegan al río. Habrá que hacer el paripé, por supuesto, pero Obama sabe a estas alturas que a su grave secreto le han levantado la falda.

No hace tanto que no hubiéramos imaginado la virtualidad de la utopía de Orwell que, en tan poco tiempo, ha hecho posible el avance tecnológico. Y es evidente que la “razón de Estado” va a maquiavelizar, en la medida en que pueda, la vida privada de los pueblos. Lo que se ha descubierto, en fin, no es que ese Estado tenga malas prácticas –¿qué Estado no las tiene?—sino que ha estirado temerariamente ese margen de discrecionalidad del que todo Poder tiende a abusar. ¡Estábamos sin saberlo –es un decir—en un planeta controlado hasta un punto inimaginable hasta hace poco incluso para la ciencia-ficción! Ni Snowdon ni Obama son héroes o lo son ambos para el ciudadano que se sabe espiado hasta en el cuarto de baño.

El coladero de la Junta

La Junta de Andalucía ha decidido que, aparte de los exámenes que determina la ley para garantizar la titulación de sus estudiantes, basta con que, a juicio del “equipo docente”, el mal alumno –incluso si tiene pendientes varia asignaturas, pueda obtener su título sin necesidad siquiera de agotar las concocatorias por “haber alcanzado las competencias básicas y los objetivos de la etapa”. Vean que astuta manera de cuadrar el círculo vicioso del fracaso escolar –se aprueba al suspendido y santas pascuas—y comprueben de paso, una vez más, la insensata estrategia de un gobiernillo que mima a su electorado incluso fuera de la ley.

Azorinianas

Hablo con mi sastre, tantos años empeñados en su oficio. Le pregunto cómo va el negocio y me contesta que el negocio va, nada más que va, que ya es bastante, que se ha perdido la alegría de estos años atrás. Mi sastre tiene una tienda espléndida pero mantiene su obrador. ¿Cuántos oficiales trabajan en el obrador de mi sastre? Pues sólo una costurera que lleva ya cuarenta años en la casa. El oficio se acaba –me dice–, no hay relevo para garantizar su continuidad ni ésta sería tal vez posible en competencia con las grandes firmas “prêt-à-porter”. ¿Sé yo cuántos sastres de verdad ejercen hoy en Sevilla?, me pregunta. Él y dos más. Le digo que cómo es eso posible con tanto curso de formación y tanta mandanga, y él me contesta con aplomo que por eso mismo, es decir, porque los oficios no se aprenden en un aula sino en un taller, en el contacto directo con la materia y bajo la mirada del maestro, no ante un encerado. ¿Ocurrirá lo mismo con otros oficios? Mi amigo Luis, que regenta un figón de excelencias, también se queja de los efectos de la crisis y de la crisis de los oficios. “No hay un camarero bueno, que sepa el oficio, ni para un remedio, ¿y sabes por qué?”. Pues porque el oficio se aprende entre fogones, no en una escuela, aparte de que hoy se contrata al personal por días, incluso por horas: les ponen un uniforme y, hala, a funcionar. “¡Conque no rompan demasiados trastos…!” Los oficios se deben a sus épocas y en la nuestra, cambios insospechados han arrasado los antiguos para imponer otros hasta ahora desconocidos, por no hablar de esa robótica que suplanta sin remedio al viejo operario y que avanza en progresión geométrica por no decir exponencial. Desconsuelan estos “fin de raza”, estos últimos empecinados en el ejercicio de un oficio que hoy ya no se aprende. Hemos tomado derrapando un costado de la Historia sin apenas darnos cuenta. Mi sastre mira con calma el género, observa al comprador y rumia su añeja filosofía.

Releo “Los oficios populares en tiempo de Lope de Vega”, el bello libro de Miguel Herrero García (el padre de Herrero de Mignon), me asomo a ese mundo bullente en el que se apretujan los oficios perdidos, ¿dónde los perailes, los odreros, los viejos criados, los despenseros, los tejedores, los carpinteros de lo blanco, los zapateros de lo chico, ay, los chicarreros…? La industria ha arrebatado de la mano artesana la gubia, el martillo, la leznilla. Hemos licenciado a “Homo habilis” y ni nos habíamos enterado.

Record rastrero

Parece que IU trata de compensar su visible aburguesamiento en el cogobierno recurriendo a la zafiedad, estrategia de la que se encarga encantado ese “paria de la tierra” que jamás tuvo en sus manos un almocafre, el alcalde Gordillo, el de Marinaleda y las “okupaciones” de fincas. Gordillo ha dicho a voz en grito en la Asamblea de esa coalición de izquierdas que traga ya con todo, que “la Europa de los mercaderes se vaya al c… de su p… madre”, ustedes sabrán excusarme las abreviaturas. Nunca la izquierda fue tan soez ni el radicalismo se confundió tanto con la miseria tabernaria. ¿Está Gordillo en sus cabales? ¿Lo están quienes le consienten estas actitudes? Juzgue su electorado.