Palo y zanahoria

Los informes sobre la suerte de los profesionales del periodismo por esos mundos de Dios son concluyentes, por lo general, en que el periodismo es una profesión de riesgo. Cada año nos muestran esos informes el resumen de las violencias ejercidas sobre ellos, el número de víctimas mortales, el de secuestrados, incluso el de torturados aquí y allá, y no necesariamente en zonas de guerra. En Rusia se ha demostrado insensato llevar la contraria a Putin y a su “régimen” por más que con formas más sofisticadas que algunas utilizadas en países tercermundistas o en ciertas dictaduras bien vistas a pesar de todo. Ahora bien, no siempre la presión sobre esos profesionales se ejerce por las bravas, sino que, junto a la violencia, se abre paso el viejo procedimiento de la compra –o el alquiler, como diría González Ruano—de sus plumas y de sus voces. Lo leo en un acreditado órgano de prensa internacional que se refiere a lo que ocurre en Azerbaïdjan –“A los periodistas de oposición, se les vence, se les hace cantar o se les mata, aunque también se les compra”—a propósito del insólito regalo de un apartamento cercano a Bakú que el propio presidente, Ilham Aliev, le ha hecho a más de un centenar y medio de periodistas, ahora que las elecciones presidenciales están a un tiro de piedra. En Rumania, el debatido proyecto del Gobierno de entregar a una compañía canadiense la mayor mina de oro del mundo para que sea explotada a base de cianuro, no ha conseguido callar a una opinión pública incipiente pero sí a los grandes medios nacionales, que han silenciado con descaro los inhabituales incidentes callejeros protagonizados por grupos de oposición por lo general incompatibles entre sí. No es tan fácil intentar la coima con el periodista pero tampoco imposible, como sabemos de sobra en esta España en la que la expresión “fondo de reptiles”, ahora tan de moda, se acuñó pensando especialmente en los corruptos de ese gremio.

Eso del “cuarto poder” es una filfa aunque no quepa discutir el peso de los medios como factor decisivo a la hora de configurarse la estimativa pública. Pero la amplitud del negocio, el exponencial crecimiento del beneficio, genera un excedente con el que cada día es más fácil captar la voluntad ajena. Y fíjense en que, por supuesto a propósito, he hablado de Azerbaïdjan y de Rumanía, no porque ignore lo que aquí se perpetra sino por una elemental prudencia. No hay que olvidar que junto a la zanahoria va siempre el palo.

Siria

No recuerdo caso alguno –acaso con la excepción del desastre de Yugoeslavia—en que el disputado derecho de intervención internacional haya resultado tan difícil de decidir. ¿Por qué se han mantenido de brazos cruzados esas potencias justicieras mientras el tirano sirio ha provocado, al parecer, más de cien mil muertos incluidos los abatidos por el gas sarín? ¿Quizá un millar de víctimas gaseadas supone superar una imaginaria línea roja que no habrían logrado cruzar las otras noventa y nueve mil? ¿Quién le ha proporcionado a Siria –igual que anteriormente e Irán o a Irak—los materiales y las tecnologías imprescindibles para fabricar sus atroces ingenios sino las mismas potencias que ahora preparan su castigo? Podemos dejar estas preguntas en el aire, si se quiere, pero no el colapso efectivo de la ONU provocado por el derecho de veto, pues si ésta lleva razón en que cualquier acción no respaldada por ella es ilegal en sí misma, no es menos cierto que la estrategia de la intervención ha tocado fondo y no será aplicable en tanto las potencias privilegiadas mantengan el privilegio de legalizar o deslegalizar con su veto las acciones presuntamente reparadoras del orden internacional. Si se llega a la intervención en Siria sin el consentimiento pleno de la ONU habrá fracasado sin remedio la esperanza de que un árbitro colectivo –el viejo sueño de la Sociedad de Naciones—tenga en sus manos la balanza y la espada, y se habrá abierto la puerta a la arbitrariedad del más fuerte. ¿Pero, y si no se llega a ella y se abandona a su suerte a un pueblo entrillado entre la perfidia de un bárbaro y un rival en liza, como esa insensata Al Qaeda que amenaza al mundo libre? Incluso obviando el desastroso efecto regional que puede provocar, la intervención en Siria plantea una aporía casi imposible de superar.

La idea de una justicia internacional y un derecho de intervención garantes de un orden justo entre las naciones está en crisis definitiva. Nada se pudo hacer en Vietnam ni se quiso hacer en Camboya, ni un dedo se movió mientras serbios, bosnios y croatas se aniquilaban mutuamente o cuando los kurdos fueron gaseados sin compasión, ni un músculo ante las terribles guerras africanas. El orden internacional pierde pie en el piélago de la burocracia diplomática y los EEUU siguen sin adherirse siquiera al TPI. Y Asad lo sabe. Puede que hasta tenga descontadas de antemano las bajas de la dudosa intervención.

Mucho toro

Hay que reconocer que la situación que hereda la nueva Presidenta digital es tremenda porque contiene la suma de los fracasos anteriores. Borbolla no consiguió una Administración respetable, Chaves nunca consiguió dotar a nuestros hospitales de habitaciones individuales, Griñán, culminó el desastre de los ERE y las prejubilaciones falsas pero ni mejoró la Educación que declaró “preferente” ni –igual que Zapatero—quiso saber nada de la limitación de mandatos prometida en su investidura. Díaz va a acabar con la corrupción sin nombrarla, potenciando a esa Cámara de Cuentas hasta ahora ignorada por la Junta y otras zarandajas, pero aun así le quedaría la legión de parados y nuestro atraso crónico. Coser y cantar, dicen los suyos. Mucho toro para esa becerrista, responden otros.

El tercer ojo

En el ámbito de la iconografía bíblica no hay acaso símbolo más sugerente que el ojo divino inscrito en el triángulo para expresar la convicción de que el conocimiento es poder. El símbolo no es exclusivo, en todo caso, porque en la etopeya hindú destaca esa difícil divinidad que es Shivá, amable y destructora a un tiempo, en medio de cuya frente un tercer ojo avisa de que la divinidad ve hacia delante y hacia detrás, tanto el presente como el pasado o el futuro, hasta penetrar “más allá de lo evidente”. Saber es poder en el cielo y en la tierra, como estamos comprobando desde que esos informáticos temerarios han puesto en almoneda el secreto del espionaje prácticamente universal al que los EEUU tienen sometido al mundo desde sus bases de espionaje hasta traslucir como un techo de cristal la intimidad entera de los demás países, sean estos amigos o enemigos. Una de los últimas revelaciones de Snowden han permitido saber que ese ojo mágico ha estado observando minuciosamente las comunicaciones de los mismísimos presidentes de México y Brasil, el presidente Peña Nieto y Dilma Rousseff, entrando a saco en todos los contactos personales de ambos y accediendo a sus contenidos sin el menor escrúpulo. Cuesta entender los lamentos de ese gran país por el riesgo que con estas filtraciones sufre su seguridad nacional, cuando él se dedica a alcahuetear los secretos grandes y pequeños de los demás mandatarios, atentando sin remedio contra su soberanía. A uno le da el pálpito de que esto no va a haber ya quien lo pare, sencillamente porque al alcance de ese tercer ojo no puede tener límite en un mundo que se balancea despreocupadamente en la Red y en el que, por supuesto, no es sólo ese ojo el que observa lo ajeno en medio de esta corrala expuesta a tantos mirones y a tantas escuchas.

La ubicuidad de Internet es casi tan grande como su vulnerabilidad y el escandalazo de Wikiliks y Snowden están demostrando que, en el futuro, no habrá modo de preservar esas materias reservadas desde el momento en que sean confiadas a la Red, pero tampoco lo habrá de garantizar el derecho a la intimidad de ningún sujeto. Cámaras, micros y memorias suponen a corto plazo el ocaso de lo íntimo y el inicio de una era de transparencia temible tanto para el poder como para los peatones. Hay grandeza y miseria en estas debelaciones chivatas de las que, eventualmente, nadie se librará en un futuro. La transparencia puede ser cegadora. Lo estamos comprobando inermes y confiados.

Medio siglo

Dicen que Susana Díaz, la nueva Presidenta digital, aspira a mantener el Régimen del PSOE en Andalucía otros veinte años, es decir, que está pensando ya en unas bodas de oro políticas que apenas han conseguido hasta ahora el PCUS soviético y el PRI mexicano. Ya veremos. De momento la herencia que recibe es mala, pésima, y su proyecto –“nadie en el partido espera consejeros de perfil técnico”, se ha escrito—resulta más que inquietante dada su escasa formación y su manifiesta inexperiencia. Veremos, digo. Nunca nuestras expectativas ni nuestra situación fueron peores y nunca estuvimos en manos tan dudosas.

Botín de guerra

No hay guerra que no deje tras de sí una oscura estela de deudas ni postguerra sin reclamaciones de los vencidos por el botín de los vencedores Las guerras son caras y en ella los beligerantes se endeudan o se enriquecen, según, abriendo el camino a reclamaciones sin fin. En España vivimos hasta la hartura la leyenda del “oro de Moscú”, es decir, de las áureas reservas del Banco de España que el Gobierno de la República envió a Moscú, para ponerlas a salvo según unos, o como pago de la deuda de guerra contraída según otros, pero un par de meticulosos libros de Ángel Viñas echaron por tierra aquel tema dilecto de la propaganda franquista desenmascarándolo con pruebas sobradas. Hace unos años la banca suiza devolvió a sus propietarios los depósitos de oro arrancados por los nazis a los judíos, que habían permanecido en manos ajenas durante medio siglo, y ahora, un documento del Banco de Inglaterra acaba de demostrar que no fueron sólo los banqueros suizos los que se aprovecharon del conflicto sino que también los británicos colaboraron activamente ayudando a Alemania a revender el oro robado en Checoeslovaquia en 1939–que las estimaciones más discretas evalúan en casi seis millones de dólares de la época– con la colaboración del sistema financiero desde sus terminales belgas u holandesas, y vendiendo el resto del botín en el mismo Londres o en Nueva York. A ese indecente negocio llamaban los ejecutivos británicos “colaboración financiera”, vamos, algo que nada tenía que ver con el terrible conflicto sino que concernía tan sólo a la práctica mercantil, según acredita la documentación del propio Banco de Inglaterra, conocida desde 1950. Había muchas maneras de ayudar al enemigo, evidentemente, y una de ellas consistió actuar como perista distinguido a pesar de que para entonces tomo el mundo tenía ya noticias de la rapiña nazi en los países invadidos. Los respetables banqueros de la ´época –incluyendo verosímilmente a alguno que otro judío– echaron su mano avara en ayuda del saqueador.

Las guerras no acaban el día del armisticio sino que se prolongan largamente, ya no en los campos de batalla, sino en los asépticos despachados financieros desde los que el oro arrancado a las víctimas de los campos de concentración o el arrebatado a punta de bayoneta no se distinguía del que de manera legítima atesoraban en sus cajas fuertes. La banca no tiene honor como las señoras no tienen espaldas.