Ellos y nosotros

La Administración autónoma, que no se distingue precisamente por proteger a sus funcionarios (son los únicos que no cobrarán la paga extra en toda España), se muestra extremadamente protectora con los presuntos implicados en el saqueo de los ERE. Tanto, que les va a pagar –con nuestro dinero se entiende– su defensa jurídica, no sea que alguno se rebrinque y se salga del guion. O sea que podrá darse el caso de que la Junta le pague el abogado a la misma persona a la que acusa. Este asunto va dejando cada día más en evidencia la jindama de los de arriba por lo que, según ellos, han hecho sólo los de abajo.

El alcahuete ubicuo

Hace tiempo que los EEUU vienen denunciando el espionaje militar chino de sus redes informáticas. Las revelaciones de Snowden han permitido saber, sin embargo, que ellos también espían a China y no sólo a China, sino a la totalidad de los países europeos. Por su parte la prensa francesa acaba de denunciar que, a pesar de sus graves protestas por el intrusismo americano, sus servicios secretos, concretamente la DGSE, se dedican a espiar las comunicaciones no solamente en Francia sino en el extranjero, acumulando ingentes masas de información durante años, de la que, encima, hacen uso y abuso otros servicios estatales además del citado, sin la menor garantía legal. “La totalidad de nuestras comunicaciones es espiada”, llega a concluir un periódico como Le Monde, antes de asegurar que el conjunto de correos, de SMS, los registros de llamada, los accesos a Twitter o Facebook, son registrados y conservados durante años a disposición de los espías. ¿No entra en la lógica sospechar que, igual que EEUU y Francia, los demás países poderosos hacen lo propio y se dedican a espiarse, todos contra todos, hasta formar una tupida red en la que queda atrapada sin remedio la privacidad? Las profecías literarias sobre el “ojo público”, “la Máquina” capaz del espionaje universal que protagoniza alguna célebre serie televisiva, no son, pues, ninguna ficción sino una realidad debelada ya irremediablemente. La convivencia internacional esconde una desconfianza básica que ha puesto en manos de los oscuros servicios secretos nada menos que la intimidad, uno de los primeros derechos del ciudadano. Mucho antes de que Guevara nos pintara su “diablo cojuelo” el hombre se viene maliciando que nadie está seguro ni bajo su propio techo tal como Orwell se encargó de anunciarnos en su distopía.

Mucho me temo que el espionaje tenga hoy a su favor no pocos argumentos y más aún que esa racionalización freudiana del intrusismo haga inútiles todos los esfuerzos por mantener viva la razón democrática. Recuerdo vagamente la idea de Alain de que el espionaje no era otra cosa que el abuso de confianza puesto, al menos teóricamente, al servicio de la patria, una suerte de alcahuetería legitimada por el Poder en función de unas necesidades públicas que sólo a él le constan y sólo él valora, para revendérnosla como protección. Nadie está ya seguro si abre la boca: la democracia, llevada a sus últimas consecuencias, nos ha deparado esta deplorable inseguridad.

Crónica negra

Pavorosa crónica negra andaluza. A la espera de la decisión del jurado en el terrible “caso Bretón” de los niños desaparecidos, nos enteramos de que el abusador y asesino de la niña onubense Mari Luz se entretiene en la cárcel tratando de “apadrinar” niñas lejanas, sabe Dios con qué intenciones, mientras los rigores de la canícula paralizan de momento la incansable búsqueda del cuerpo de Marta del Castillo que unos desalmados esconden entreteniéndose en burlar impunemente a la Policía y a la Justicia. Algo falla en el sistema de control social. Algo que hace que decrezca día tras día la confianza y el buen sentido de la gente.

¿El ocaso de Obama?

Sostiene la teoría americana que el primer mandato de un presidente sirve para ponerlo a prueba y el segundo para intentar pasarlo a la Historia. Obama, por ejemplo, acaso el presidente mejor acogido desde Roosevelt, ha dado pares y nones en su pasada legislatura pero está afrontando esta segunda y última bajo preocupantes signos de descrédito. No pudo liquidar, como prometió, la ignominia de Guatánamo, perdió el pulso con los conservatas del “tea party” en su intento de universalizar la sanidad, no pudo sacar su proyecto de reducir el arsenal doméstico de sus ciudadanos, espió a todo quisque, multiplicó los “drones” y ahora, en su viaje a África se ha visto sorprendido por una negritud escarmentada que le acusa de que su visita no es de solidaridad con sus ancestros, sino un costoso viaje de negocios respaldado por sus ávidas multinacionales. Desde México, por otra parte, se le señala como el autor no poco cínico de un endurecimiento hasta ahora desconocido de la política antiimigratoria a base de detener a los “sin papeles” no sólo en la famosa frontera, sino en sus propios hogares, en sus lugares de trabajo en la calle o en la carretera, acaso por una simple infracción de tráfico. Lejos va quedando aquel “presidente de la esperanza” al que a los chambelanes del Nobel les faltó tiempo para concederle el premio de la Paz. Ahora mismo en la Casa Blanca la única protagonista intacta es la primera dama y sus dos hijas “góticas”, reconvertidas ya a modas convencionales en mano de los modistos de la gente guapa. Empieza a declinar la estrella del “gran jefe negro” (atribuido a Charlton Heston), no hay esperanza que dure en casa del pobre ni en la del rico.

Por mi modesta parte, mantengo la cautelosa confianza que en su día deposité en el personaje, en el que creo reconocer la imagen del idealista algo ingenuo que pudo creer que, al oeste del río Colorado, los canes se ataban con longaniza. Y le deseo lo mejor para el tramo que le queda –antes de que la dinastía Clinton sea repuesta en el trono por otros cuatro años al menos– por más que tema que no vaya a resultarle fácil su tarea. Obama ha reunido en su experiencia el máximo de ilusión y el mayor desencanto aparte de provocar la “reacción” más visceral en el vientre de su gran país. Pasará a la Historia probablemente con minúscula. Una silla de rueda o un magnicidio en Dallas no le caen a un presidente todos los días.

Ferias de cada cual

Se desmarca el consejero y candidato a las “primarias, Luis Planas, ante la pregunta de si un imputado debe ser mantenido relevado o mantenido en su alto cargo: no dice ni que sí ni que no, sino que se limita a constatar que él no lo tiene. Por su parte, Cayo Lara expone la vidriosa teoría ética de que la coalición mantendrá su pacto de gobierno con el PSOE, es decir, sus moquetas, ¡incluso si el presidente Griñán resultara imputado en la instrucción de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas! Cada cual a su manera se mantienen fieles al famoso “dictum” de Chaves, a saber, el que sostiene que “con las cosas de comer no se juega”. Eso es lo malo: que estos políticos profesionales han hecho del servicio público un oficio y de la cocina política un comedor de cinco estrellas.

Canción del verdugo

En el V Congreso contra la Pena de Muerte que acaba de celebrarse en Madrid con el apoyo de los gobiernos de España, Suiza, Noruega y Francia, hemos oído, una vez más, la voz del verdugo. Jerry Givens ha sido durante más de tres lustros el ejecutor del Estado de Virginia, plazo en el cual mandó al otro barrio nada menos que a 62 personas que ahora, al parecer, gravitan sobre su atribulada conciencia desde que descubrió que la calificación legal de sus ejecuciones era la de homicidio. También ha resonado en la asamblea el eco de las víctimas que, junto a la de los políticos convocantes, luchan hoy por la abolición final de un suplicio que si en Europa no mantiene en vigor más que Bielorusia y en todo el planeta se ha reducido drásticamente, en los países islámicos y en Asia se mantiene con inusitado rigor. Los abolicionistas se han felicitado de que ninguna voz haya reclamado esa última pena con motivo de los últimos atentados –el de Utoya o el 11-M—ni una sola voz política ni mediática haya reclamado ese recurso bárbaro, sólo justificable desde el sentimiento de venganza, logrando un clima concorde a favor de la abolición que resulta realmente esperanzador. Yo no sabía que en España ha habido un “Cuerpo de Verdugos” al que pertenecieron los ejecutores bien conocidos tras el libro de Daniel Sueiro o la estremecedora película de Basilio Martín Patino, “Queridísimos verdugos”, muy lejana ya de la conmovedora pero todavía disfrazada de humor negro con que Berlanga logró saltarse la censura a principio de los años 60. Hoy, al menos, esa figura triste resulta casi inconcebible para las nuevas generaciones e incluso para las entradas en años, cuya evolución ha sido radical en el periodo democrático.

Es verdad que en USA asiste cierto público a las ejecuciones, que en Arabia Saudí se ejecuta en la plaza pública, que en Irán se siguen colgando de una grúa a disidentes y homosexuales o que en los países del Magreb la resistencia a la abolición es sólida. Pero la última pena tiene fecha de caducidad o está a punto de tenerla, curiosamente, en un mundo más trastornado que nunca por la barbarie terrorista, pero en el que la voz de la conciencia civilizada se propone no desfallecer hasta verla abolida y avanza a ojos vista. Jamás la pena capital ha logrado disuadir a los criminales determinados, decía en su momento el marqués de Beccaria. Hoy comienza a calar esa evidencia que tanto ha costado asumir a la condición humana.