Arte y fetiche

La obra relativamente reducida de Velázquez se ve incrementada de vez en cuando por hallazgos fortuitos que suelen revolucionar el mercado más que la perspectiva artística. Hace tres años se descubrió en los sótanos del Metropolitan  de Nueva York, adocenado  entre sus fondos, lo que sugirió ser un posible autorretrato velazqueño avalado por la firma del genio que apareció tras la limpieza del lienzo. Y el año pasado, sin ir más lejos, un experto se topó en los sótanos de la Universidad de Yale con una obra a la que se ha atribuido gran importancia: “La educación de la Virgen”. Pero es que esta misma semana, los subasteros de Bonhams han tenido la fortuna de descubrir que un retrato atribuido a cierto pintor mediocre era, en realidad, uno de esos inconfundibles caballeros españoles que el gran experto Peter Cherry, una vez escudriñada la obra, ha certificado que tal vez fuera Juan Mateos, el maestro de Felipe IV. Vicente Lleó me ha explicado que fue una alumna de Cherry –de quien, mientras éste fue becario, Vicente fue su tutor– la que lo alertó casualmente sobre el retrato, añadiéndome la razonable explicación que estos frecuentes encuentros son explicables sólo desde la clave de la rapiña militar (incluida la soldadesca) que  tanta pintura española diseminó por Francia como por Inglaterra durante la guerra de la Independencia, y ya puestos hemos pegado la hebra a propósito  de ese cuarto oscuro que es el mercado del arte en el que se confunden los sabios con los impostores. En resumen, que el cuadro que el afortunado dueño poseía valorado en unos cientos de euros –quizá incluso en tres mil—ha sido subastado el miércoles en la casa y adjudicado en tres millones y medio de euros. Vean lo que vale una firma, o mejor, dos, la del autor y la del perito, dos garabatos capaces de transformar en un tesoro –visto y no visto– el cuadro que a lo mejor compró el abuelo en un chamaril una tarde en que le entró por el ojo. Fetichismo le llamo yo a eso. Me encanta la gente que decora su casa haciendo de su propia estimativa el único criterio.

No hace mucho tiempo, dos gigantes de la crítica y de la experticia dejaron en el aire, al discrepar atribuyendo, uno a Velázquez y el otro a Alonso Cano, la autoría de una famosa Inmaculada que, en consecuencia se quedó compuesta y sin papeles. Tal es el valor fetiche que el mercado atribuye a la “cosa” artística, en él transformada en mercancía y por tanto sujeta a la aventura de formación del precio que Marx, con perdón, vio y supo exponer como nadie. Los guripas de Napoléon dieron cumplida muestra de cómo saquear un museo aprovechando sólo los desechos despreciados por sus generales.

Consejeros áulicos

Si en marzo acabara habiendo relevo en la Junta, supongo que los entrantes relevarán sin excesivos remilgos a esos responsables del consejo jurídico que vienen haciendo el papel de “agradaores” del mando, lo mismo para exonerar a un Presidente de una gruesa metedura de pata (dejémoslo ahí) que a la hora de respaldar el “decretazo” masivamente rechazado por los tribunales o a la de equivocar la vía procesal en el caso del vertido tóxico. Mucho de eso se acabaría estableciendo una “carrera administrativa” de auténtica y cercenando de raíz el dedo de los nombramientos que es en este momento el que decide íntegro el nivel decisor de la función pública.

Dos clases

Se extiende la polémica sobre la sustitución de los políticos por los tecnócratas que ya es una realidad en un par de democracias occidentales. Argumentas los partidarios de los primeros que un sistema esencialmente electivo debe ser gestionado por los electos y santas pascuas, mientras que los segundos defienden que siempre será mejor un experto que un aficionado, sobre todo en las situaciones críticas. Se entiende que el gañán atienda a la bestia herida en ausencia de mejores manos, pero si el albéitar aparece por ventura no cabe duda de que lo lógico por parte de aquel es apartarse y dejarle el sitio. Yo no acabo de determinarme, lo digo como lo siento, por la razón doble de que ni los políticos son ajenos al trajín económico ni los llamados tecnócratas dejan de ser políticos ni por casualidad. ¿Cómo sostener en serio que un diputado por Mississippi resultaría preferible a Samuelson o a lord Keynes a la hora de enfrentar la debacle que nos aflige? Una solución bastante elemental sería elegir a los políticos exclusivamente entre personas expertas en cada ramo de la gobernación pero eso parece que resulta incompatible con el sistema de partidos y sus inevitables consecuencias, entre otras cosas porque en los pasillos partidistas la experiencia y el saber no son bienes especialmente bien apreciados. Yo comprendo que un gran ingeniero no tiene por qué ser un buen ministro, pero díganme entonces como justificar lo contrario, a saber, que un bachiller raso pueda desempeñarse bien al frente de las Obras Públicas o de la sanidad de un país. Hay un cierto fundamentalismo subyacente en estas exhibiciones de pureza democrática que, en el fondo, no es más que el camuflaje de la razón de partido. En España, sin ir más lejos, los tecnócratas de la dictadura pusieron las bases de un despegue histórico que comparado con las gestiones recientes resulta elocuente. Nadie se mete hoy con el “plan de estabilización” de Ullastres sino todo lo contrario. Pienso que por algo será.

¡Con lo sencillo que resultaría el problema simplemente con que cada partido propusiera como candidatos a militantes versados en las materias con las que han de bregar y no al preferido caprichosamente por el mandamás de turno! Nadie ha discutido, que yo sepa, que un experto como Solchaga fuera ministro, aunque parece que hay datos sobrados para pensar que Blanco, por poner un  ejemplo, aunque no tuviera ni pajolera idea de economía, no descuidaba la propia. Yo creo que la gran impostura no es confiar el poder al sabio sino ponerlo en manos del ignaro. Que me perdone el integrismo pero estoy más con Platón que con Bibiana Aído.

Suspensión de pagos

Contra la inveterada costumbre de cerrar el plazo para fiscalizar facturas el 30 de diciembre, la consejera Aguayo se ha sacado de la manga el 28 de noviembre una orden que adelanta el tope justo un mes. ¡Tiesa total, la Junta, tan tiesa la autonomía que no puede ya pagar  a sus proveedores ni un euro más! Y encima les falla la almoneda de las joyas de la abuela y se encuentran con un agujero suplementario de 400 millones que, simplemente, no tienen ni idea de donde “recortarán” para rellenarlo. ¡Aviados van los herederos de Griñán con la herencia    que van a recibir! Los tiempos son malos, eso es innegable, pero tanta torpeza gestora resulta difícil de imaginar siquiera.

Veinte años

En el parisino Hôtel National des Invalides acaba de inaugurarse una interesante exposición sobre lo que ocurrió en la URSS hace 20 años, aquel terremoto de la “glasnost” y la “perestroika” que, visto y no visto, echó abajo un régimen que se creía berroqueño y no era, como pudo verse, más que una de tantas fantasmagorías del Poder como en el mundo han sido. Al principio del principio, esto es, cuando todavía Gorbachov apuntaba sin decidirse a disparar –era el secretario general del PCUS, no se olvide–, quienes íbamos por San Petersburgo, entonces Leningrado, y veíamos allá al fondo de la inmensa plaza, junto al Palacio de Invierno, el famoso anuncio de Coca-Cola, comprendíamos, cada cual con su humor particular, que aquel símbolo universal, en medio de la galaxia comunista, anunciaba algo más que un refresco. Pero cuando el encopetado maître del Hotel Rossia pasaba por las mesas, entre una muchedumbre de militantes cargados de medallas, revendiendo latas de caviar, hasta los más recalcitrantes tenían que reconocer que el inmenso edificio soviético era ya un bululú que podía echar abajo cualquier empellón. Y así fue, sobre todo desde aquel agosto del 91 en que Yeltsin se subió medio briago a un tanque para guardar las formas  y reconvertir aquel descarado  putsch en un movimiento supuestamente popular que no dudó en cañonear la Duma, hasta llegar a este presente tenso en el que la astucia de Putin ha reinventado una suerte de turno canovista con su socio Medvédev. Ni que decir tiene que cuando hemos vuelto por aquellos lares apenas queda en pie del viejo entramado una sombra furtiva. El KGB ha sido la escuela de los nuevos traficantes y el pueblo sigue sacudiéndose el hambre a golpes de vodka. Lo que era una ruina de desalmados es hoy una timba de mafiosos.

Lo que hizo “Gorbi”  mientras fue popular fue abrir el espacio público, quitarle el tapabocas a la gente y permitir que el pueblo soberano se asomara a la sentina de una corrupción terminal que todo lo invadía. Y claro, el sistema no resistió y se vino abajo en un santiamén entre simulacros democráticos y reciclajes de la nomenclatura más avisada. Lo que se expone en París esta temporada permite comprender muchas cosas pero es evidente que si una imagen vale más que mil palabras, aquellas experiencias nuestras valen por cien mil imágenes. Recuerdo una mendiga en la puerta de la catedral de Novgorod, santiguándose con la limosna. Aquella imagen me echó por tierra todo el arsenal iconográfico que llevaba acumulado, al cabo de tantos años de crédula esperanza, en mi ingenua sentimentalidad.

Bombillas y enchufes

A la consejera de Hacienda y Administración Pública, Carmen Aguayo, se le ha ocurrido apagar la luz por las tardes en las oficinas de la Junta para ahorrar. ¡Luminosa idea, auténtica de las del TBO! Mientras en otras autonomías cierran a porrillo las famosas empresas públicas que constituyen la “Administración paralela”, aquí nos conformamos con quitar los plomillos para ahorrar unas perras, pero ni pensar siquiera en reformar de verdad la mastodóntica nómina de “enchufados” a pesar de que los tribunales vienen denunciando una y otra vez el atropello que su enchufe supone. Hay que comprender que es el clavo ardiendo que le queda a Griñán pero también que en él puede acabar abrasándose.