La guerra anual

El amigo a quien, en una reposada charla, le sugiero que la guerra, tal como la hemos vivido tras la Guerra Mundial, se ha convertido en un hábito por no decir en una necesidad, me mira con lógica desconfianza entre otras cosas porque él es francés y no cabe duda de que el paladín de la porfiada “acción de castigo” sobre Siria es su presidente Hollande. No he querido contradecirle de plano pero he ido trayendo a colación conflictos pasados y recientes en los que Francia ha tenido un papel principal cuando no exclusivo. “¿Pero, entonces, tu sugieres una especie de inevitabilidad de la guerra, algo así como una función fatal de la política que haría ilusoria una paz universal, no tan redonda como la que propuso Kant, pero más o menos tranquilizadora?”. Me he limitado, como decía, a las fechas y lugares en que Francia se ha visto involucrada en los últimos años, a saber, el conflicto del Tchad en 2008, la intervención en Afganistán en 2009, el disparate de Costa de Marfil en 2010, la invasión de Libia en 2011, la guerra de Mali en 2012 y, si Dios no lo remedia, la de Siria en el presente, es decir, fíjense bien, no esto ni lo otro, sino una guerra por año. ¿Qué se ha logrado con todas ellas, cuánto han costado, cuánto han ganado a sus expensas los mercaderes? ¿Justifica el derecho de intervención necesaria –que yo defiendo, quede claro—ese estado de guerra permanente? ¿Es la guerra, como quería Clausewitz, otra modalidad de la política, o es más cierta la idea de Sartre de que los ricos hacen la guerra y las víctimas son los pobres? Lo que yo creo es que hay gentes como Hollande que ven en esas exhibiciones corajudas un perfecto maquillaje de sus debilidades.

No es cuestión de discutir una por una las razones estratégicas que respaldan a cada una de esas guerras, pero la verdad es que tampoco hay quien pueda justificar que un país se meta en un berenjenal bélico al año, un poco como el que va rifando por el planisferio la violencia y la muerte. Hollande es un gobernante frustrado, cuya popularidad ha caído muy por debajo de su propio predecesor, y cuya dependencia de Alemania se confirma a medida que lo vemos doblegarse al liderato de la Merkel. ¿Será así de sencillo, se podrá dar razón de la guerra en función precisamente de la debilidad del líder? Me ha parecido lo mejor cambiar de tema y hemos pasado, en efecto, a hablar de la mar y de los peces. Un amigo es algo demasiado valioso para arriesgarlo por una opinión política.

La era de los ere

Al margen de las consideraciones que pueda sugerir el nuevo Gobiernillo, llama la atención un hecho: que el Senado se ha convertido en el refugio más seguro para los políticos amenazados por la instrucción de los ERE y las prejubilaciones falsas. El propio Griñán, su mano derecha Carmen Aguayo y hasta su heraldo Mario Jiménez, en la Cámara Baja se refugian, en efecto, buscando el amparo de un fuero al que sería mucho más democrático renunciar. ¿Se acuerdan de aquello de “no hay caso”? Pues lo había hasta el punto de que la sombra de esa juez imperturbable ha forzado un “tiempo nuevo” en la autonomía: la era de los ERE.

Palo y zanahoria

Los informes sobre la suerte de los profesionales del periodismo por esos mundos de Dios son concluyentes, por lo general, en que el periodismo es una profesión de riesgo. Cada año nos muestran esos informes el resumen de las violencias ejercidas sobre ellos, el número de víctimas mortales, el de secuestrados, incluso el de torturados aquí y allá, y no necesariamente en zonas de guerra. En Rusia se ha demostrado insensato llevar la contraria a Putin y a su “régimen” por más que con formas más sofisticadas que algunas utilizadas en países tercermundistas o en ciertas dictaduras bien vistas a pesar de todo. Ahora bien, no siempre la presión sobre esos profesionales se ejerce por las bravas, sino que, junto a la violencia, se abre paso el viejo procedimiento de la compra –o el alquiler, como diría González Ruano—de sus plumas y de sus voces. Lo leo en un acreditado órgano de prensa internacional que se refiere a lo que ocurre en Azerbaïdjan –“A los periodistas de oposición, se les vence, se les hace cantar o se les mata, aunque también se les compra”—a propósito del insólito regalo de un apartamento cercano a Bakú que el propio presidente, Ilham Aliev, le ha hecho a más de un centenar y medio de periodistas, ahora que las elecciones presidenciales están a un tiro de piedra. En Rumania, el debatido proyecto del Gobierno de entregar a una compañía canadiense la mayor mina de oro del mundo para que sea explotada a base de cianuro, no ha conseguido callar a una opinión pública incipiente pero sí a los grandes medios nacionales, que han silenciado con descaro los inhabituales incidentes callejeros protagonizados por grupos de oposición por lo general incompatibles entre sí. No es tan fácil intentar la coima con el periodista pero tampoco imposible, como sabemos de sobra en esta España en la que la expresión “fondo de reptiles”, ahora tan de moda, se acuñó pensando especialmente en los corruptos de ese gremio.

Eso del “cuarto poder” es una filfa aunque no quepa discutir el peso de los medios como factor decisivo a la hora de configurarse la estimativa pública. Pero la amplitud del negocio, el exponencial crecimiento del beneficio, genera un excedente con el que cada día es más fácil captar la voluntad ajena. Y fíjense en que, por supuesto a propósito, he hablado de Azerbaïdjan y de Rumanía, no porque ignore lo que aquí se perpetra sino por una elemental prudencia. No hay que olvidar que junto a la zanahoria va siempre el palo.

Siria

No recuerdo caso alguno –acaso con la excepción del desastre de Yugoeslavia—en que el disputado derecho de intervención internacional haya resultado tan difícil de decidir. ¿Por qué se han mantenido de brazos cruzados esas potencias justicieras mientras el tirano sirio ha provocado, al parecer, más de cien mil muertos incluidos los abatidos por el gas sarín? ¿Quizá un millar de víctimas gaseadas supone superar una imaginaria línea roja que no habrían logrado cruzar las otras noventa y nueve mil? ¿Quién le ha proporcionado a Siria –igual que anteriormente e Irán o a Irak—los materiales y las tecnologías imprescindibles para fabricar sus atroces ingenios sino las mismas potencias que ahora preparan su castigo? Podemos dejar estas preguntas en el aire, si se quiere, pero no el colapso efectivo de la ONU provocado por el derecho de veto, pues si ésta lleva razón en que cualquier acción no respaldada por ella es ilegal en sí misma, no es menos cierto que la estrategia de la intervención ha tocado fondo y no será aplicable en tanto las potencias privilegiadas mantengan el privilegio de legalizar o deslegalizar con su veto las acciones presuntamente reparadoras del orden internacional. Si se llega a la intervención en Siria sin el consentimiento pleno de la ONU habrá fracasado sin remedio la esperanza de que un árbitro colectivo –el viejo sueño de la Sociedad de Naciones—tenga en sus manos la balanza y la espada, y se habrá abierto la puerta a la arbitrariedad del más fuerte. ¿Pero, y si no se llega a ella y se abandona a su suerte a un pueblo entrillado entre la perfidia de un bárbaro y un rival en liza, como esa insensata Al Qaeda que amenaza al mundo libre? Incluso obviando el desastroso efecto regional que puede provocar, la intervención en Siria plantea una aporía casi imposible de superar.

La idea de una justicia internacional y un derecho de intervención garantes de un orden justo entre las naciones está en crisis definitiva. Nada se pudo hacer en Vietnam ni se quiso hacer en Camboya, ni un dedo se movió mientras serbios, bosnios y croatas se aniquilaban mutuamente o cuando los kurdos fueron gaseados sin compasión, ni un músculo ante las terribles guerras africanas. El orden internacional pierde pie en el piélago de la burocracia diplomática y los EEUU siguen sin adherirse siquiera al TPI. Y Asad lo sabe. Puede que hasta tenga descontadas de antemano las bajas de la dudosa intervención.

Mucho toro

Hay que reconocer que la situación que hereda la nueva Presidenta digital es tremenda porque contiene la suma de los fracasos anteriores. Borbolla no consiguió una Administración respetable, Chaves nunca consiguió dotar a nuestros hospitales de habitaciones individuales, Griñán, culminó el desastre de los ERE y las prejubilaciones falsas pero ni mejoró la Educación que declaró “preferente” ni –igual que Zapatero—quiso saber nada de la limitación de mandatos prometida en su investidura. Díaz va a acabar con la corrupción sin nombrarla, potenciando a esa Cámara de Cuentas hasta ahora ignorada por la Junta y otras zarandajas, pero aun así le quedaría la legión de parados y nuestro atraso crónico. Coser y cantar, dicen los suyos. Mucho toro para esa becerrista, responden otros.

El tercer ojo

En el ámbito de la iconografía bíblica no hay acaso símbolo más sugerente que el ojo divino inscrito en el triángulo para expresar la convicción de que el conocimiento es poder. El símbolo no es exclusivo, en todo caso, porque en la etopeya hindú destaca esa difícil divinidad que es Shivá, amable y destructora a un tiempo, en medio de cuya frente un tercer ojo avisa de que la divinidad ve hacia delante y hacia detrás, tanto el presente como el pasado o el futuro, hasta penetrar “más allá de lo evidente”. Saber es poder en el cielo y en la tierra, como estamos comprobando desde que esos informáticos temerarios han puesto en almoneda el secreto del espionaje prácticamente universal al que los EEUU tienen sometido al mundo desde sus bases de espionaje hasta traslucir como un techo de cristal la intimidad entera de los demás países, sean estos amigos o enemigos. Una de los últimas revelaciones de Snowden han permitido saber que ese ojo mágico ha estado observando minuciosamente las comunicaciones de los mismísimos presidentes de México y Brasil, el presidente Peña Nieto y Dilma Rousseff, entrando a saco en todos los contactos personales de ambos y accediendo a sus contenidos sin el menor escrúpulo. Cuesta entender los lamentos de ese gran país por el riesgo que con estas filtraciones sufre su seguridad nacional, cuando él se dedica a alcahuetear los secretos grandes y pequeños de los demás mandatarios, atentando sin remedio contra su soberanía. A uno le da el pálpito de que esto no va a haber ya quien lo pare, sencillamente porque al alcance de ese tercer ojo no puede tener límite en un mundo que se balancea despreocupadamente en la Red y en el que, por supuesto, no es sólo ese ojo el que observa lo ajeno en medio de esta corrala expuesta a tantos mirones y a tantas escuchas.

La ubicuidad de Internet es casi tan grande como su vulnerabilidad y el escandalazo de Wikiliks y Snowden están demostrando que, en el futuro, no habrá modo de preservar esas materias reservadas desde el momento en que sean confiadas a la Red, pero tampoco lo habrá de garantizar el derecho a la intimidad de ningún sujeto. Cámaras, micros y memorias suponen a corto plazo el ocaso de lo íntimo y el inicio de una era de transparencia temible tanto para el poder como para los peatones. Hay grandeza y miseria en estas debelaciones chivatas de las que, eventualmente, nadie se librará en un futuro. La transparencia puede ser cegadora. Lo estamos comprobando inermes y confiados.