No ha pasado nada

Aquí no ha pasado nada, al parecer, pero todos y cada uno de los concernidos en el “caso ERE” andan de acá para allá descalificando a calzón quitado a la jueza y sosteniendo, al tiempo, que su último auto no cambia nada en el paisaje político. Bueno, pues entonces, ¿a qué tanta declaración, tanta entrevista y rueda de prensa por parte de quienes nada tienen que temer? Crece la opinión de que Alaya va a salirse con la suya, al menos inicialmente, aparte de haber forzado un cambio en la Presidencia de la Junta. Por eso mismo también crece el miedo y la inquietud entre los concernidos y el desaliento de quienes lo fiaron todo a un eventual fracaso de la instrucción. Por más que el “catalanazo” les haya servido de cortina de humo, aquí tiene miedo ya hasta el apuntador.

Con faldas y a lo loco

Cuando las primeras fotografías de la hoy princesa Catalina de Cambridge fueron divulgadas por los tabloides, y los británicos pudieron admirar la alta figura de sus ancas reales, aseguran que la reina Isabel llamó al orden a su nuera pidiéndole que alargara en lo posible los bordes de sus faldas. No choca en una reina de su edad y condición una prevención semejante aunque quizá sí en un país como Inglaterra donde, hasta en los recintos de las instituciones más sagradas de sociedad civil, rige y crece una fuerte corriente libertaria. Lo último en estas relajaciones ha sido la decisión de los órganos directivos de la universidad de Cambridge de modificar su reglamento para permitir a los transexuales, tras las huellas de la de Oxford, el otro santuario del saber nacional, romper la tradición indumentaria –traje oscuro, camisa y pajarita blanca para los varones; falda negra y camisa blanca o bien, vestido negro para las damas—admitiendo que cada cual vista como le apetezca. Un graduado en esos templos históricos del saber podrá, en adelante, lucir su falda si quiere, y viceversa, una graduada podrá encasquetarse un pantalón si ése es su gusto, con tal de que queden excluidos –hay que suponer que sólo de momento—los “colores vivos”. Un larga batalla del colectivo de gays, lesbianas y transexuales, LGTB, ha concluido con una victoria histórica sobre juicios y prejuicios aventando para siempre el aroma, no poco alcanforado, de los dos centros en los que, en la práctica, se recluta a la clase dirigente del viejo Imperio y del país moderno. No cabe duda de que las grandes universidades le dan sopas con honda, hoy por hoy, a la baqueteada monarquía. No se había dado un pelotazo tan grave desde que León X concedió a Enrique VIII el título de “Defensor del Fe”.

Uno ha visto de todo en la universidad, desde alguna que otra expulsión de clase de una chica por llevar minifalda, a cumplidos strep-tease coreados con ritmo por la basca, y tengo contado aquí la memorable salida que el maestro García de Valdeavellanos dio al mío, a don José Antonio Maravall, una radiante mañana de primavera en la que una walquiria lució sus gracias en aquel campus: “Hombre, Maravall, no se ponga usted así, que ya era hora de que en esta Facultad se enseñara algo que mereciera la pena”. Confieso, en todo caso, que la decisión de Oxford y Cambridge me han dejado el retrogusto de un novísimo licor de vida inimaginable incluso para el sumiller.

Principio del final

Lo que es inconcebible es que desde el PSOE se haya venido insistiendo tanto tiempo en la banalidad del “caso ERE”. El zambombazo que el martes le dio al caso la jueza no deja ya resquicio ni a la duda de que lo que aquí ha ocurrido durante 10 años 10 ha sido algo grave y, desde luego, chusco, algo que en modo alguno pudo llevarse a cabo sin el consentimiento de la cúpula desde antier en apuros. Y ahora ocurrirá lo que tenga que ocurrir, pero ahí tienen ya por duplicado otro “caso Camps”, sólo que en lugar del precio de tres trajes ha costado cientos de miles de millones. El PSOE cuenta con la ventaja de la torpeza del PP para explotar sus ocasiones. Ya verán como, ni por ésta, se deja de hablar de Bárcenas.

El Papa al habla

Un joven de Toulouse que escribió al papa exponiéndole sus dudas de cristiano homosexual ha recibido una llamada directa del pontífice para tranquilizarle en un tono benévolo y conciliador. El papa que, tras denunciar la existencia de un lobby gay en el Vaticano, durante su vuelo de vuelta de su viaje a Brasil se preguntó ante los periodistas quién era él para juzgar a una persona en esas circunstancias, parece empeñado en dar muestras de comprensión ante un fenómeno tradicionalmente satanizado por la moral eclesiástica, abriendo las puertas de par en par a los hasta ahora excluidos. Poco antes, a mediados de agosto, Francisco telefoneó también a un joven estudiante italiano que le había confiado su pérdida de la fe del mismo modo que, ya a finales de ese mes, llamó en persona a una mujer argentina que había sido violada a la que quiso transmitirle su apoyo moral. Paralelamente, la prensa dominicana descubre que, también a mediados del mismo mes, el papa habría destituido de manera fulminante a todo un nuncio apostólico, el de la República Dominicana, monseñor Josef Wesolowski, designado a principios de 2008 por Benedicto XVI, tras conocerse ciertas oscuras circunstancias que probaban la pedofilia del prelado. Es pronto tal vez para formarse una idea cabal del nuevo pontífice, pero no cabe duda de que, a juzgar por esos gestos tan inusuales como valiosos, algo ha cambiado en la Iglesia romana. A un distinguido obispo español tuve oportunidad de escucharle hace sólo unos días que, muy probablemente, al papa Francisco lo han elegido en el reciente sínodo no pocos cardenales para los que, hasta el momento de la votación, no resultaba idóneo. Para el obispo ello permitía entrever la mano del Espíritu Santo; para quienes lo escuchábamos con atención, en todo caso, la tesis en cuestión resultaba del todo plausible.

En bien poco tiempo, el nuevo papa ha demostrado firmeza y buen criterio en esas dos materias reservadas que han sido toda la vida las finanzas vaticanas y el tabú de la homosexualidad, dos ámbitos cruciales en los que sus dos antecesores no se atrevieron a entrar con decisión. Ahí hay un papa, pues, seguramente conservador en materia moral pero del que cabe esperar cambios decisivos que hasta ahora se creían imposibles, en función de los intereses creados y, hablando en plata, también de la propia corrupción de la curia. En cualquier caso, un papa al teléfono no deja de ser un acontecimiento sin precedentes.

La mordida sindical

El escándalo de los mangazos de la Unión General de Trabajadores (UGT) debería esclarecerse por la vía rápida, no sólo por un imperativo de justicia sino por el interés del propio sindicalismo. UGT le ha estado cobrando “mordidas”, según consta en sus documentos, incluso a Facua-Consumidores en Acción, una oenegé que se supone transparente y cerrada frente a toda coima. ¿Hasta dónde ha llegado el mangazo en cuestión, cuánto ha recuperado la Junta de Andalucía de esos dineros mal apropiados, es que no vamos a poder fiarnos ya ni de del, Sursum Corda? Méndez y Pastrana deben dar la cara y no la callada por respuesta. Al fin y al cabo, ellos no son nadie sin los trabajadores a los que deben explicar las circunstancias de esa corrupción.

La guerra anual

El amigo a quien, en una reposada charla, le sugiero que la guerra, tal como la hemos vivido tras la Guerra Mundial, se ha convertido en un hábito por no decir en una necesidad, me mira con lógica desconfianza entre otras cosas porque él es francés y no cabe duda de que el paladín de la porfiada “acción de castigo” sobre Siria es su presidente Hollande. No he querido contradecirle de plano pero he ido trayendo a colación conflictos pasados y recientes en los que Francia ha tenido un papel principal cuando no exclusivo. “¿Pero, entonces, tu sugieres una especie de inevitabilidad de la guerra, algo así como una función fatal de la política que haría ilusoria una paz universal, no tan redonda como la que propuso Kant, pero más o menos tranquilizadora?”. Me he limitado, como decía, a las fechas y lugares en que Francia se ha visto involucrada en los últimos años, a saber, el conflicto del Tchad en 2008, la intervención en Afganistán en 2009, el disparate de Costa de Marfil en 2010, la invasión de Libia en 2011, la guerra de Mali en 2012 y, si Dios no lo remedia, la de Siria en el presente, es decir, fíjense bien, no esto ni lo otro, sino una guerra por año. ¿Qué se ha logrado con todas ellas, cuánto han costado, cuánto han ganado a sus expensas los mercaderes? ¿Justifica el derecho de intervención necesaria –que yo defiendo, quede claro—ese estado de guerra permanente? ¿Es la guerra, como quería Clausewitz, otra modalidad de la política, o es más cierta la idea de Sartre de que los ricos hacen la guerra y las víctimas son los pobres? Lo que yo creo es que hay gentes como Hollande que ven en esas exhibiciones corajudas un perfecto maquillaje de sus debilidades.

No es cuestión de discutir una por una las razones estratégicas que respaldan a cada una de esas guerras, pero la verdad es que tampoco hay quien pueda justificar que un país se meta en un berenjenal bélico al año, un poco como el que va rifando por el planisferio la violencia y la muerte. Hollande es un gobernante frustrado, cuya popularidad ha caído muy por debajo de su propio predecesor, y cuya dependencia de Alemania se confirma a medida que lo vemos doblegarse al liderato de la Merkel. ¿Será así de sencillo, se podrá dar razón de la guerra en función precisamente de la debilidad del líder? Me ha parecido lo mejor cambiar de tema y hemos pasado, en efecto, a hablar de la mar y de los peces. Un amigo es algo demasiado valioso para arriesgarlo por una opinión política.