Gibraltar

La colonia británica de Gibraltar parece decidida a celebrar el inminente aniversario del Tratado de Utrech renovando las tradicionales hostilidades. Así, desde la maniobra de extender artificialmente su territorio invadiendo el espacio marino o destruir un caladero habitual de los pescadores de la Bahía, a base de arrojar al fondo grandes bloques de hormigón erizados con yerros, pasando por presentar ante la Unión Europea una queja formal por los controles gubernativos establecidos en la frontera, la colonia parece dispuesta a volver al ingrato clima de otros tiempos, que su “primer ministro” pretende forzar al pedir también la reactivación del peregrino “Tripartito” creado, durante el Gobierno anterior, por ocurrencia del ministro Moratinos.

Racismo a la italiana

El racismo gana terreno en Italia (¿sólo en Italia?), todo indica que con la anuencia de las alturas. Ya conté mi impresión del gueto de Padua, un espacio cercado de un muro metálico de casi cien metros de largo por tres de alto, dentro del que se recluye desde hace años a sus vecinos, en su mayoría inmigrantes llegados a esa rica región. Pero luego han ocurrido muchas cosas que prueban que no se trata sólo, ni mucho menos, de proteger al ciudadano de presuntas actividades delictivas, sino de rechazar de plano a los extranjeros pobres. ¿Cómo explicar si no que nadie haya movido un dedo después de que el vicepresidente del Senado, Roberto Calderoli, se refiriera a la ministra negra –italiana nacida en el Congo—, Cecilia Kyenge, calificándola de orangutana? Un “ario” de la Liga del Norte se acercó a ella hace poco para desearle una violación y grupúsculos de extrema derecha se dedican a reventar sus intervenciones públicas colocando a la entrada de la sede correspondiente muñecas sangrientas de tamaño natural o lanzándole plátanos al escenario desde el que trataba de dirigirse al público en pleno mitin. No es posible dudar de que en Italia se cuece un clima racista y xenófobo realmente impropio y, desde luego, intolerable, una democracia europea, pero tampoco cabe dudar de que esa actitud crece al socaire de la evidente connivencia de una autoridad asustada por el auge de la inmigración masiva y por imágenes como la de la reciente tragedia de Lampedusa. Llevaba razón Magris cuando decía que el racismo latente precisaba muy poco para exteriorizarse. Y, por ejemplo, arrojar bananas a una ministra negra.

Frente a esa canallada se vive en el país una cierta reacción –en la que hay que incluir la enérgica protesta del papa Francisco—que se esfuerza en explicarse al menos la índole y el origen de esta calamidad moral, y de ella retengo la idea de que el racismo italiano bien puede ser una herencia de la aventura colonialista cuyo fiasco generó en el psiquismo colectivo cierta pulsión reactiva contra el “diferente”. Yo creo que, en cualquier caso, que lo que ocurre en Italia no es tan diferente a lo que está sucediendo en una Francia donde un diputado llega a afirmar impunemente que Hitler no habría liquidado suficientes “roms” o en una España donde los hinchas futboleros hacen el mono para ofender a los jugadores negros. Gide puso el dedo en la llaga cuando pontificó que mientras más tonto es el blanco, más tonto le parece el negro.

Un libro excepcional

No estoy tan seguro como ese premio Nobel que ha profetizado que la obra de Acemoglu y Robinson “Why nations fail?” (Por qué fracasan los países) acabará siendo para nuestros nietos lo que la biblia smithiana, “La Riqueza de las naciones”, fue para nuestros abuelos y para muchos de nosotros aún. Lo que sí diré sin titubeos es que ese libro es la obra de análisis sociopolítico y económico más apasionante que he leído en mucho tiempo. No se pierdan por los atractivos meandros de sus ejemplos históricos, espejismos tan verídicos como pedagógicos, no sigan si no quieren el foco de los autores cuando alumbran esas parejas desiguales que son las dos Coreas o las dos medias ciudades de Nogales, para convencernos de que la prosperidad o la pobreza de los colectivos humanos dependen antes que nada de su solvencia institucional, pero quédense con la almendra del hallazgo fenomenal de estos autores: un país funciona si su economía (es decir, su sociedad) se basa en instituciones “inclusivas”, y fracasa si se funda en instituciones “extractivas”. Venecia creció cuando la Serenísima inventó la “commenda”, esa especie de “UTE” en la que los ricos ponían su dinero (y su ganancia) en manos de los arriesgados emprendedores, y comenzó su declive cuando sus elites, celosas del éxito de la nueva clase, destruyó ese instrumento prodigioso. Un precioso recorrido por la historia universal permite mostrar cómo cuando la situación política propicia el dominio de las instituciones “inclusivas” los países marchan viento en popa, mientras que cuando lo que priva es el régimen “extractivo”, la decadencia está asegurada. Cuando un incauto se presentó ante Tiberio para ofrecerle el invento del vidrio irrompible, el emperador lo mandó ejecutar, consciente del grave riesgo que correría con semejante innovación el precio del oro. Las instituciones tienen un peso extraordinario, incluso determinante, sobre la vida social y económica. En medio de esta crisis no se me ocurre reflexión más crucial.

Depende de la política de cada Gobierno la naturaleza de las instituciones sociales, la prosperidad no es ajena a la política sino todo lo contrario, y desde luego, no es compatible ni con la debilidad ni con la corrupción. Mucho dará que hablar la obra de Acemoglu y Robinson. En una España crítica y podrida políticamente hasta el tuétano se me ocurre también que debería ser de lectura obligada para la inmensa mayoría que vive la crisis a ciegas.

La mancha de la mora

El debate parlamentario de ayer en Madrid dio una tregua al “caso ERE”. Los dos grandes partidos saben que ninguno de los dos puede presumir de inocente, que, cada cual a su turno, tendrá su hora de lamento y su momento de gloria. Escuché ayer protestas por la desazón colectiva frente a la política de esta partitocracia, para comprobar –suprema paradoja– que no llevaba razón ninguno ni a ninguno le faltaba razón. Tras el “caso Bárcenas” tendremos “caso ERE”, pero, de momento, lo que tenemos es un presidente del Gobierno de la nación requerido de dimisión y uno de la Junta que ha quitado de en medio huyendo de la quema. Parece que España empieza a levantar cabeza mientras sus dirigentes se desploman.

Augures y sociólogos

Recordar lo que dicen Plinio y sus contemporáneos de los augures y arúspices, incluso las aventuras de la moderna sociología, antes de tragar con esa encuesta de la Junta en que ingenuamente se da por vencedora del PP pero con IU montada en todo lo alto. A la catástrofe de la continuidad del “régimen” podría superarla ese “frente popular” de pacotilla que supondría una Junta del PSOE atado de pies y manos por la IU de Valderas y sucesores, convertidos ya en amos del cotarro. En Andalucía llevamos el paso cambiado respecto a otros electorados más atentos y consecuentes pero una experiencia como la sugerida habría de resultar fatal, teniendo en cuenta que los sucesores de Griñán están dispuestos a gobernar al precio de que sea.

Vida y cerebro

Charla estival de esas en las que uno pasa sin percatarse de lo divino a lo humano. Alguien insiste en la vieja tesis antropológica de que la inteligencia y, consecuentemente, la propia vida, dependen del tamaño del cerebro, y un oponente lo pone en duda. El debate es a propósito de un absurdo hallado en Internet en el que cierto prof americano –y de una reputada universidad, encima—trata de hacer pinitos sobre el argumento para aplicarlo a la también añeja cuestión que atribuye la presunta superioridad masculina sobre las féminas a ese factor, como si no estuviera a la vista que el creciente éxito intelectual de la mujer se está produciendo sin cambio alguno en la volumetría cerebral. Con malicia burlona propongo el caso de la hidra, ese animal diminuto que vive aferrado al fondo del estanque o enganchado al envés del nenúfar, espectacular prodigio de vida sin cerebro que no sólo es capaz de procurarse el alimento y reproducirse en plan hermafrodita, sino que ha logrado tal capacidad de regeneración celular que suele decirse que, en la práctica, es el único animal conocido cuya vida carece teóricamente de fin. ¿Será posible una auténtica vida no consciente, no será acaso imprescindible el cerebro para animar una existencia siquiera sea la de un aburrido tubular como la hidra, dotado apenas de un puñado de tentáculos y de una ventosa? Por mi parte permanezco fiel al magisterio de Farrington y arguyo que, bien miradas las cosas, esa existencia será eterna si se quiere pero no es vida ni quien tal lo pensó. De hecho, como ustedes saben de sobra, hay mucho animal por ahí que funciona divinamente –¡y hasta nos hace funcionar, si llega el caso—asistido sólo de unas pocas neuronas.

He pensado que, después de todo, no hay demasiada diferencia entre esa hidra inmortal que vive para comer y reproducirse, y cierto tipo humano que, aun teniendo cerebro, parece mantenerlo en eterno “stand by”, atento e interesado en exclusiva a sobrevivir sin mayores complicaciones. La función cerebral no basta para explicar el espíritu, quiero decir, que puede quedar reducida a una mera actividad vegetativa sin otro hálito vital que esa mera supervivencia. Mil años que durara la hidra no podría decirse que ha vivido, pero también es verdad que dista poco esa existencia elemental de la de muchos humanos. Me abruma la idea de la vida perpetua y sin otro objeto que ella misma. No sé quién dijo que la complejidad y sus problemas hacen al hombre.