Belmonte: Tercio de Baras

Ahora dicen los prebostes sindicales que acosar e insultar a la juez Alaya, no estuvo bien, que tampoco es eso, y es más, que mientras ellos estuvieron presentes, allí no se oyó una voz fuera de tono. Vale, pero lo que el ciudadano se pregunta no es la opinión  de los propios acosadores, sino la razón por la que, las fuerzas de seguridad no impiden con energía semejantes ultrajes, y lo que es más importante, por qué no se planta el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) ni el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) para exigir la protección decidida de sus miembros y la sanción que corresponda a los acosadores. ¿Qué son los jueces, panderillos de bruja que cualquiera puede aporrear? En cierto modo hay que reprochar a ellos mismos tanta lenidad con los bárbaros.

Prohibir el beso

Uno de los epifenómenos más graciosos de nuestra postmodernidad es la evolución del beso público, el cuidado de las imágenes besuconas basado en una evidente técnica cada día más imaginativa que funciona, quién lo duda, como una escuela de esa efusión legítima que Musset reputaba como el único lenguaje verdadero del mundo. Vean en la tv el plano demorado que acerca las bocas entreabiertas, observen la calculada demora en la entrega, no se pierdan las estrategias lingüísticas de los actores, que no me cabe duda de que habrá enriquecido no poco las estrategias dictadas por el primitivo impulso. Cualquier anuncio de un perfume o de un coche comienza con la incitación vehemente del beso demorado en sus pequeños detalles, como transmitiendo al futuro consumidor una promesa de delicias. Ha cambiado mucho el beso desde que Clark Gable o Gregory Peck besaban falsamente a sus “partanaires” recurriendo a una sofisticada gimnasia del cuello, hasta este presente tenso en que las parejas se funden públicamente en ósculos inacabables e imaginativos. Pues bien, no en todas parte. En Marruecos, por ejemplo, no, como lo demuestra la detención de dos menores por besarse en la puerta de su cole y de un tercero por fotografiar la escena y colgarla en Facebook, monumento a la inocencia febril que la autoridad marroquí considera un “atentado al pudor” y castiga con dos meses y medio de cárcel.

 

Moushin, Raja y Oussama, que así se llama el trío de ángeles, serán condenados por un tribunal de Nador si no logran impedirlo las protestas humanitarias que el caso ha levantado. Qué raro, ¿no?, teniendo en cuenta las veces que hemos visto en aquel país auténticos mercados de chaperos acechando a los turistas, qué injusto en una sociedad en la que, desde luego, sus más altas cotas no han sido siempre — recuerden la descocada leyenda de Hasan II– ejemplo de severidad moral. Nadie se cree ya los remilgos, no poco bobos, de Shopenhauer –lo del intercambio de bacilos, quizá apócrifo—en este mundo “voyeur”, ni se escandaliza por esa expansión cada día más difundida ni siquiera en esos países árabes donde el beso homosexual se impone en las más altas esferas a los estupefactos viajeros. Una iniciativa ha propuesto, en fin, defender a los tres chiquillos escenificando una besada multitudinaria –“kiss-in géant—ante el Parlamento de Rabat, y ha acabado como el rosario de la aurora. La moral es cosa muy subjetiva. Tanto, que se le impone a los demás.

Vista del franquismo

“En democracia no debería haber estas detenciones de sindicalistas”, Fernández Toxo (tras la detención de los sindicalistas de CCOO relacionados con el “caso ERE”). “(Estas detenciones) Tienen mucho más que ver con las brigadas de la Social al servicio de los tribunales de orden público (sic) que con un Estado de Derecho del siglo XXI”, Antonio Carbonero, secretario regional andaluz de Comisiones Obreras (por el mismo motivo). “Estamos hartos de defender a los golfos andaluces”, Javier Figueroa, secretario general ugetista de Acción Sindical. “Billy el Niño hace 38 años que ha dejado de torturar y ellos continúan siendo comunistas”, Salvador Sostres, columnista de este periódico. “Las garantías que ofrecía la República  eran todavía más pobres que las que ofreció el franquismo”, el mismo.

Tal como somos

La lectura no tiene por qué ser un presuntuoso indicador de prestigio. Tampoco una actividad extirpada de la vida social. Un país que no lee es, sencillamente, un  país inculto, y de eso se derivan, aunque haya quien no lo crea, consecuencias socioeconómicas mucho peores. Y en España no se lee, ni se ha leído nunca. En el XIX funcionaron incluso clubs de lectura, promovidos casi siempre por el populismo progresista, pero las propias tiradas de los libros –tres mil ejemplares cuando yo empezaba, es decir, igual que hoy—demuestran que la instrucción por el libro no fue nunca un proyecto español. Hay “best seller”, por supuesto, generalmente en el ámbito de lo que la sociología americana llama la “mass-cult”, lo que se compensa por el desdén generalizado de los clásicos, incluidos los modernos. Nuestro sistema educativo tiene gran parte de culpa en ello al atiborrar a los párvulos y medianos con “tareas” de lectura bien poco atractivas. Total, que aquí no lee casi nadie. El Informe de la OCDE nos sitúa a la cola de los 23 países desarrollados en conocimiento matemático y en penúltimo lugar en comprensión de textos, desastre que el PSOE se ha apresurado a atribuir a Franco –y no a Rajoy y los suyos por estricta razón cronológica—mientras que el PP la ha atribuido a la política educativa del PSOE. Estas estadísticas sirven para iluminar lo obvio, que por lo general suele estar olvidado, pero una vez iluminado el panorama no deja resquicio a la justificación de la burricie. ¿Será verdad que más de un 80 por ciento de los universitarios no han leído el Quijote ni la Biblia? Porque de ser eso cierto hay que suponer que entre los adolescentes y los adultos la cifra debe ser aún más redonda. ¿Y qué?, replica el peatón. Pues nada, hombre, que seguiremos enviando emigrantes a Alemania mientras los sedentarios se quedan varados aquí, en la inopia.

 

Una lástima asumida. Juan Ramón dedicaba sus versos “A la minoría, siempre”; Stendhal su “Rojo y Negro” a “To the happy few” (a la dichosa minoría); el propio Shakespeare su “Enrique V” escribió: “We few, we happy few…”, (nosotros, el pequeño número de los dichoso). El corro en torno al aedo queda lejos y primitivo, el lector atento carece de tiempo entre las prisas. Y, en fin de cuentas, España no lee porque no ha leído nunca ni los anuncios. Henos aquí, repantingados en la penúltima posición. ¡Que lean otros! No me parece justo culpar de eso a Franco ni al PSOE.

El terror

El tristemente célebre subcomisario Amedo ha escrito un libro que se titula “Cal viva”. Un ajuste de cuentas desvergonzado presentado en una televisión ante de varios periodistas como parte de su “promoción” editorial. Daba horror asistir a esa exhumación del crimen de Estado en boca de un asesino a sueldo que no tiene nada que perder y mucho que ganar, asistir a la exhibición de los cadáveres y escuchar que “los políticos” eran quienes “pagaban” los crímenes y los mercenarios quienes los cobraban como si fueran piezas de una montería. No necesitó mucho esfuerzo Amedo en involucrar a González –como ya hiciera Garzón en su día—como el artífice máximo de una trama terrorista cuya existencia, según allí se dijo, conocía el Rey. Amedo explicó la mecánica de aquella trama: los políticos encargaban a unos mercenarios (él entre ellos) el asesinato de etarras por cuyos cadáveres se pagaban millones, pero, ojo, sin admitir fallos: a uno que se quejaba de no haberlos “cobrado”, le replicó Amedo con su argumento miserable: sólo se pagaba “sobre” cadáver; los supervivientes, no contaban. No recuerdo mayor exhibición de inmoralidad política y me estremezco todavía ante un hecho: la naturalidad con que ha podido llegar a hablarse de la cacería. ¿Cómo hemos podido olvidar esos años de plomo, cómo González se las ha averiguado para pasar indemne entre la balacera dialéctica, cómo la democracia ha podido aceptar que sus máximos responsables pagaran con unos míseros meses de cárcel antes de entrar en la cual fueron despedidos como héroes por el PSOE en peso con el ex-presidente del Gobierno a la cabeza? Dinero negro, maletines, fondos de reptiles, chivatos, documentaciones falsas, armas ilegales…, todo ese repertorio mafioso pudo verse en la pequeña pantalla. Como si tal.

 

¿Y se quejan de la Transición, hay quien le pone pegas a su desarrollo y aboga por una nueva, como si aquí no hubiera pasado nada, como si el Estado no hubiera funcionado durante años como un sindicato del crimen desde la cúspide a la base? Amedo es un resumen del cinismo nacional, de esa opinión masiva que justifica la barbarie de Estado aunque critique su chapucería. Pero no sólo Amedo. En nuestra crónica han pervivido asesinos y ladrones amnistiados por la desmemoria. Amedo, por lo menos, lo canta claro. Mi asco de la otra noche iba tanto por él como por ellos, que algunos creíamos, ay, que eran “los nuestros”…

Vista del franquismo

“En democracia no debería haber estas detenciones de sindicalistas” Fernández Toxo tras la detención de los sindicalistas de CCOO relacionados con el “caso ERE”). “(Estas detenciones) Tienen mucho más que ver con las brigadas de la Social al servicio de los tribunales de orden público (sic) que con un Estado de Derecho del siglo XXI”, Antonio Carbonero, secretario regional andaluz de Comisiones Obreras (por el mismo motivo). “Estamos hartos de defender a los golfos andaluces”, Javier Figueroa, secretario general ugetista de Acción Sindical. “Billy el Niño hace 38 años que ha dejado de torturar y ellos continúan siendo comunistas”, Salvador Sostres, columnista de este periódico. “Las garantías que ofrecía la República  eran todavía más pobres que las que ofreció el franquismo”, el mismo.