Parlamento sordo

No sorprende en un Presidente como el que tiene la Cámara andaluza ese salto sin manos que acaba de dar sobre la decisión del Tribunal Constitucional para no reparar el despojo de su secretaría al PP. No sólo en Cataluña se pitorrean del más alto Tribunal de la nación: también aquí, en Andalucía se pasan por el arco sus decretos. En el fondo, el hecho no constituye ninguna novedad –¡si hablara el Diario de Sesiones!–, pero en esta circunstancia lo suyo sería apresurarse a cumplir una orden irrecurrible y, de suyo, cargada de razón. Y ni pío por parte de los demás partidos a los que la democracia interna del órgano les concierne por igual. Ellos con trincar dietas incluso a Parlamento cerrado, tienen bastante.

Relevo impoluto

Con frecuencia desde el PSOE –lo de la viga y la paja– se alude al PP como al partido “más corrupto” de España. En mi opinión los dos lo tiene crudo a la hora de defenderse, pero no menos estimo que la actitud de aquel acusador obvia una cuestión fundamental: que el PSOE andaluz, postulado y autopostulado para la regeneración de ese partido hoy hecho trizas, tiene en el banquillo a dos presidentes ¡dos! (del Partido y de la Junta), a un buen puñado de consejeros y a un pelotón de altos cargos y “amigos políticos”, acusados de defraudar y permitir defraudar en una caja tan delicada como es la que contiene el dinero destinado a los parados. Tras las últimas graves imputaciones, no me dirán que el pretendido relevo no es, cuando menos, cuestionable.

Cuerda de alcaldes

¿Lleva alguno de ustedes, señores lectores, la cuenta de los alcaldes y concejales imputados y aún condenados por corrupción a lo largo de la crónica democrática? Resulta altamente improbable que así sea, pero, en todo caso, en  el magín  popular debe revolverse un centón de vagos recuerdos de escándalos municipales. En Granada, a un alcalde investigado por corrupción urbanística le ha sucedido otro al que el juez imputa delitos varios –incluido el de malversación de fondos públicos—relacionados con los dichosos cursos de Formación y las consabidas adjudicaciones arbitrarias. ¿Cómo pedirle a los peatones que confíen en sus barandas si los ven desfilar, uno tras otros, en el paseíllo procesal? Esta democracia está podrida de la cabeza a los pies, sin perjuicio de los políticos honrados, que los hay. Si quieren la lista que los implica desde el propio Gobierno a la última pedanía no tienen más que pedirla.

Patricia, despojada

No parece dispuesto el PSOE a aplicar la sentencia del Tribunal Constitucional que, considerando ilegal la Mesa del Parlamento, ordena que salga de ella un miembro sobrante para que entre la “popular” Patricia del Pozo, la secretaria del órgano despojada por acuerdo de los demás partidos. El enredo para mantener la injusticia es intrincado pero sencillo de desmontar, pues, en el fondo, no consiste más que en que el que estaba sin deber estar salga y devuelva lo cobrado por el cargo, y que la despojada entre y reciba lo que le fue arrebatado. Le darán largas o no lo harán, por supuesto, pero no podrán evitar que ese pésimo ejemplo del Parlamento dañe más casi cabe al montaje autonómico. La Junta caciquea nuestra política más allá de lo tolerable. Los demás, cada uno con su mochila, no han de mover un dedo para forzar al PSOE a enmendar veste escándalo.

Datos y soflamas

Hay indicadores socioeconómicos a manojitos que demuestran el atraso andaluz. Y en todos los terrenos, que es lo malo. Vamos a rastras del país y del montaje europeo, ocupando las mismas posiciones que cuando iniciamos el viaje autonómico, mientras otras comunidades españolas han mejorado sensiblemente si situación. La Junta puede negar lo que guste, pero la coincidencia de la inmensa mayoría de esos indicadores no puede constituir un error. Al contrario, lo que ponen de relieve es que desde la educación a la renta, desde al ahorro hasta el empleo, mientras los demás prosperan cada cual en sus posibilidades, Andalucía permanece aherrojada en la cola. El “régimen” ha fracasado rotundamente y cada vez somos más pobres y peor dotados en relación con los demás españoles. El bíblico “demonio del meridión” va a resultar una realidad.

“Plumas negras”

El día de mi cumpleaños me despertó en mi habitación del Colegio Mayor San Juan Evangelista –todavía en la calle Écija, cerca del pisito de Tierno en Ferraz—Juan Collantes de Terán, que preparaba su tesis sobre Ciro Alegría, para darme la noticia de la muerte de Juan Ramón. Iba en tromba con su primo Fernando, que estudiaba Farmacia, Luis Balaguer, ayudante de Tamayo, y el cura Salazar, luego catedrático de Canónico creo que en Zaragoza. Una semana después los mismos y algún adjunto fuimos endomingados a la glorieta de Neptuno en la que hizo un alto la comitiva que había recibido en Barajas los restos del egregio poeta y Zenobia, para confundirnos, a los acordes de la marcha fúnebre de Chopin, con la tumultuosa representación oficial que, súbitamente entusiasta, no parecía recordar que, años atrás, una obra tan límpida había sido quemada en público en una plaza onubense.

Unos cuantos renunciamos al bus fletado por el Gobierno y –bien provistos de caldos y vituallas– seguimos a distancia el largo cortejo bajo la batuta de Fernando Quiñones, quien en una parada nocturna, aporreó la ventana de cierto entrañable poeta, mariposón él, quien tras ser requerido cerró el postigo sin contemplaciones y le oímos gritar: “Mamá, ¡plumas negras!”. No paramos en Sevilla, donde el rector Hernández Díaz aprovechó para sumarse a la kermesse oficial, sino que seguimos para Moguer donde se apiñaban a porfía no menos de cinco presidencias. Dos poetas onubenses, mis amigos Manolo Sánchez Tello y el sarcástico Diego Figueroa –quien alguna vez calificó a JRJ, el sabría por qué, de “poeta menor”–, habían velado en la capilla ardiente y aún los recuerdos ojerosos trasportando el féretro. Nunca había visto yo un pueblo en luto ni un luto tan solemnemente festivo como aquel.

Ministros, subsecretarios, directores generales,  alcaldes y presidentes de Diputación trajinaron aquel día por Moguer entre la Casa-Museo y el cementerio, conversos de repente al culto de aquella poesía pura hasta no hacía tanto perseguida por las inquisiciones de la Dictadura. Recuerdo a su sobrino –¿y albacea?—, el entonces comandante Hernández Pinzón,  afanándose en engrasar los flamantes engranajes reconciliadores entre la muchedumbre de moguereños y el concierto permanente de marchas fúnebres. El Régimen había hecho las paces póstumas con el mejor poeta del siglo. Años después habríamos de ver lo mismo en el entierro de Azorín.