Predicar y dar trigo

La Junta recorta cuanto puede, vaya si recorta, y no sólo porque se lo vaya a imponer el plan del Gobierno de la nación sino porque debe lo que está arruinando a Andalucía. Justo por eso anuncia que, junto a los recortes ya en marcha, ahora va a “ajustar” el gasto en una cantidad, 2.700 millones de euros, que coincide casi al milímetro con la suma de sus facturas impagadas y, aún así, los acreedores denuncian que para que cuadre esa cuenta se ha hecho la trampa, que piensan llevar ante la Justicia, consistente en dejar sin crédito estatal los recibos a partir del 1 de enero. La legislatura va a ser de órdago a la grande y con IU por medio cogobernando la autonomía. Hay pesadillas que se viven despierto.

Medir el bienestar

El joven rey del Reino de Bután, un rincón tibetano pobre pero honrado, ha decidido abandonar el criterio técnico de medición del bienestar de una nación a través de indicadores como ese tan universal que es el Producto Interior Bruto, el famoso PIB, y sustituirlo por otro de su invención, el de Felicidad Nacional Bruta (FNB) más acorde a su juicio con la realidad. “Si usted tiene diecinueve trajes y yo solamente tengo uno, resulta que la media de nuestro fondo de armario es de diez por barba”, decía el viejo chascarrillo inevitable en la Facultad, antes de que próceres como el malogrado Bob Kennedy pronunciara, en pleno 68, aquella arenga casi lírica en la que renegaba del PIB por considerar que este indicador no tenía en cuenta, entra tantas otras cosas, ni la salud de la infancia, ni la calidad de su instrucción, aparte de no ser capaz de medir la belleza de la poesía o la estabilidad de los matrimonios. ¿Por qué clasificar a los países con ese concepto tan equívoco que resulta que sirve para medir todo menos lo que hace que la vida merezca la pena?, se preguntaba Kennedy, y llevaba más razón que un santo. Pero ahora ese joven monarca ha organizado en la ONU una cita de sabios con el encargo de buscar un indicador sustituto que, además de ser capaz de medir el crecimiento cuantitativo sirva también para estimar en su justa medida el cualitativo. Es cierto que hace tiempo que la ONU viene proponiendo conceptos nuevos tales como el Índice de Pobreza Humana (IPH), el Índice de Desarrollo Humano (IDH), el de Salud Social y el de Bienestar económico, pero la realidad es que usted sigue con su repleto fondo de armario y yo con mi traje raído, y que todos ellos no ha servido más que para aliviar la “mauvaise conscience” de quienes velan por el mantenimiento de la sociedad desigual.

No creo que nos libremos de ese comodín, pero hay que decir que con creciente frecuencia se oyen voces que reclaman medidores del bienestar más realistas, es decir, que no sólo tengan en cuenta la actividad mercantil de una sociedad dada sino también que tengan presente también sus niveles de bienestar, y entre ellas elijo una que pide a los políticos mudar su objetivo de aumentar a toda costa el PIB por el de promover el crecimiento del confort o la felicidad pública. Bután es el último bastión de la utopía, una bella y enigmática Babia empeñada en humanizar a toda costa la Economía, aunque una mayoría de sus habitantes se declaren hoy por hoy infelices. Mucho me temo que a los países ricos, tan conformes con sus PIBs y sus miserias invisibles, les ocurra justamente lo contrario.

Lío transversal

Dicen que el futuro co-presidente de la Junta, Diego Valderas, exige al otro, al investido Griñán, que IU no sólo participe en el Gobierno de la región sino que esté presente en todos sus departamentos, o sea, una repetición del plan probado en el Ayuntamiento de Sevilla que tan mal salió, por cierto, a ambas fuerzas políticas. Ya veremos, aunque no resulte difícil prever las duquitas negras que aguardan al PSOE en la legislatura, ni la brevedad que, verosímilmente, afectará al mandato. Si siempre fue difícil gobernar a dos manos, imaginen como será el caso si gobiernan el perro y el gato y en plena ruina. No descartaría yo siquiera que ese pacto acabara siendo la tumba de la autonomía.

Pobres funcionarios

A un servidor no le ha sorprendió un pelo la declaración de ese funcionario alemán que ha declarado no haber dado un palo al agua durante catorce años. También en la nuestra hay funcionarios que no la doblan m mientras la mayoría no se ve las manos y eso es siempre responsabilidad de los políticos que mandan. Conozco muchas situaciones de funcionarios mano sobre mano –y no me tiren de la lengua—por decisión de esos mismos responsables y muchas más que demuestran que la función pública no es tan buen oficio como dice la leyenda. Por eso me ha llamado la atención los demagógicos pronunciamientos del ministro de Hacienda, mi apreciadísimo amigo Cristóbal Montoro, al recurrir a esa muletilla de que los funcionarios han de ganarse día a día el puesto ya que ganar la oposición, por fuerte que ésta sea, no confiere el derecho a la pereza de que hablaba Paul Lafargue, sobre todo porque Montoro es también funcionario y de un cuerpo, el de catedráticos universitarios, que no ha sido tradicionalmente, al margen de cuantas excepciones haya que hacer, el mejor ejemplo de laboriosidad. Pues ¿y eso de que los funcionarios deben ir olvidándose del cafelito y de leer el periódico que ha lanzado como pedrada en vidriera el secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, que tal vez se explique porque él mismo no es funcionario sino un profesional de esa la política a la que no se accede por oposición sino digitalmente? Recuerdo cuando Guerra, nada más llegar al macho, dijo aquello de que iba a “meter en cintura” a los trabajadores públicos, aunque lo que hiciera, en realidad, no fuera otra cosa que inflar la nómina hasta los extremos insostenibles en que ahora se encuentra. Lo único que mete en cintura a los funcionarios (como a cualquier trabajador) es el ejemplo de la superioridad, lo demás son cuentos. Conozco a pocos funcionarios ociosos teniendo tarea. Políticos haraganes los conozco a manojitos.

Si en la España clásica se limitaba el futuro del nativo a militar en “Iglesia, Mar o Casa Real”, en la que construye el modelo canovista y sigue vigente, pasó a ser un simple instrumento al servicio del clientelismo caciquil y en esas estamos. Ya pueden decir Montoro y Beteta lo que quieran, en esas nóminas figuran dignísimos trabajadores junto a vagos sempiternos que el mando político consiente por lo que lo consiente, y ni a estos los va a disuadir una amenaza tan mal fundada como es prohibirles el asueto del desayuno, ni a aquellos van a necesitarla para funcionar que un baranda refunfuñe. Larra hizo un mal servicio al disparar a bulto contra la ventanilla. Casi dos siglos después aún no hemos aprendido apuntar la carabina.

Belmonte

Cuando se conoció el cuasiacróstico Malaya con que las policías designaban las corrupciones marbellíes, hubo quien quiso ver en él una alusión a que la mangancia estaba generalizada en toda la comunidad autónoma, especialmente en su zona costera, desde Marbella a Ayamonte. Pues bien, ahí tienen ya la investigación de la Guardia Civil en esta última localidad, en torno a los presuntos manejos de una trama corrupta dedicada a blanquear dinero a través de una ONG y de la que sería cabeza el antiguo alcalde de la localidad, Rafael González. Mi pesimismo no es capaz hoy de sacar otra moraleja aparte de la desoladora comprobación de lo tolerante que son los pueblos con la delincuencia de guante blanco.

El Rey se divierte

Empiezo confesando –¡y eso que escribo un 14 de Abril!—que me cuento entre quienes han visto en ciertos gestos recientes del Rey y Jefe del Estado señales esperanzadoras y, en consecuencia, justificativas de su papel. Por eso me ha sorprendido tanto la noticia de que don Juan Carlos haya cogido la repetidora y se haya pirado a Bostwana vestido de cazador, como cuando se fue a Rusia para matar un oso briago, total para partirse, encima, una cadera en un accidente campestre. ¿Cómo se explica que un Jefe del Estado se vaya de cacería justo el día en que la opinión tirita asustada por las noticias de la crisis que, cada vez con mayor insistencia, nos sitúan al borde del abismo, tironeados por Italia y en el punto de mira de las agencias y observadores de todo tipo? Yo sé que estamos en una monarquía parlamentaria –y no pretendo otra cosa—en la que el Jefe del Estado tiene severamente limitados sus poderes, pero ¿en tan poco estima el Rey el papel moderador que la Constitución le atribuye, tan prescindible se considera que no tiene inconveniente en calarse el salacot y echarse a la selva en busca de trofeos cinegéticos? ¿Qué ocurriría si un incidente financiero, de esos tan incontrolables que andan sucediendo, determinara a nuestros socios europeos a “intervenir” a España o tal vez a proceder a nuestro “rescate” mientras el Jefe del Estado se solaza escopeta en ristre abatiendo búfalos ajenos, deporte, en todo caso, muy exclusivo y señoritil de toda la vida? Pues sencillamente que se habría de producir un vacío institucional, al menos en el plano simbólico, difícilmente traducible al español hablado por los peatones que con sus impuestos mantienen a la institución monárquica. Perdóneme la audacia, pero yo veo al Rey en Lorca apañando el terremoto, en la Costa da Morte echando su mano al chapapote o en la Zarzuela llamando al consenso a esta cuerda de locos que, pensando en exclusiva en su interés partidista, nos lleva a grandes pasos hacia el despeñadero, pero no vestido de cazador en la jungla mientras buena parte de su pueblo se desmaya.

Si yo no fuera republicano de esos que en su día aceptamos la solución juancarlista, hoy mismo me pedía el carné, palabra, a pesar del tiemblo que me da imaginarme a uno de estos electos coronado que seguro que nos salían más caros y tenían menos prestigio por ahí, dado que un Rey siempre es un Rey. Pero, de momento, me limito a expresar mi estupor por la inconsecuencia de quien cambia la corona por el salacot en plena crisis como quien cambia de caballo en mitad de río. Que no sea nada lo de la cadera, por supuesto, pero seguro que hay por ahí una legión famélica de parados jurando en arameo ante semejante deserción.