Maná artificial

En una escalofriante crónica de Teresa Guerrero he leído que, para el próximo otoño, un grupo de científicos holandeses de la universidad de Maastricht piensa disponer ya de carne sintética producida a base de fibras de tejido muscular cultivadas a partir de células-madre extraídas a vacas. Cuentan que cuando lo logren deberán ensamblar esas fibras con grasa artificial hasta conseguir algo parecido a una hamburguesa, proyectando luego fabricar industrialmente el producto con el fin de reducir los inconvenientes que parece ser que presenta la ganadería intensiva tanto por su carestía como por su impacto sobre el medio ambiente. Claro que habrán de teñir antes la masa en cuestión, dado que esa fibra obtenida artificialmente en el laboratorio carece de hemoglobina y presenta, en consecuencia, un aspecto blancuzco –imaginen qué asco—más o menos similar al de la carne de calamar, maniobra que, en todo caso, no debe de tener secretos para su inventor, el científico Mark Post, quien asegura haber logrado ya la obtención de una salchicha a partir de carne de cerdo artificial fabricada por él mismo. Los sabios piensan en todo y se han percatado de que el consumo de carne en el próximo medio siglo aumentará de tal modo que su precio se hará tan prohibitivo como lo es hoy día el del caviar, circunstancia que obliga a buscar métodos de producción para abaratar productos que consumirán los más pobres, algo que, a su vez, no deja de ser curioso dado que esos parias, si atendemos a las estadísticas oficiales,  no consumen carne hoy día ni por equivocación. Yo recuerdo el fracaso radical del ensayo que se hizo en tiempos de Kennedy de introducir en los países hispanoamericanos un alimento artificial, llamado “incapirina”, obtenido a partir de la harina de pescado y otros detritus, y no pierdo la esperanza de que nuestros sucesores rechacen estas viandas que les ofrecerá la postmodernidad con la misma dignidad que en su día lo hicieron los indiecitos. Que la luna de la Ciencia tiene su lado oscuro lo sé bien desde que, de niño, leí la historia del “Doctor Moreau”.

Hay que precaverse contra cierta actitud investigadora que se desentiende del respeto debido a lo humano sin para mientes en el contraluz de sus proyectos tantas veces antihumanos, a rastras de un sistema de producción avasallador para el que nada resulta superior al beneficio económico. El hombre no es ya el sujeto sino el consumidor, ha dejado de ser el rey de la creación ara convertirse en el homeless que rebusca en los contenedores de basura. Dostoiewski sabía que la ciencia no tiene otro objetivo que el amor propio en este mundo fundado en el interés personal.

El paro fantasma

La Junta tiene su truco para todo. Si debe, pues suspende el pago de las facturas y el que venga detrás que arree. Si tiene colapsadas las listas de espera, ofrece opciones inaceptables a los pacientísimos. Si el paro se dispara hasta alturas jamás alcanzadas, va el Servicio Andaluz de Salud (SAE) e instituye una “cita previa” cortita con lo que elimina las indecentes colas de parados ante sus oficinas. Ojos que no ven, corazón que no siente: lo que no me explico es cómo nadie lo dice, como los propios parados no lo denuncian, cómo ninguno se ha ido al Defensor del Pueblo. ¿Demasiado paro, colas escandalosas? Pues que no se vean y listo. El griñanismo es ya un puro truco asentado sobre un barril de pólvora.

La voz de la calle

Los sindicatos –de los que Rubalcaba dice que están sufriendo una despreciable campaña—se han echado a la calle, como estaba previsto, para protestar contra el Gobierno. Enarbolan un texto, supongo que provisional, de reforma laboral que ha alarmado a muchos trabajadores dada la gravedad de las medidas anunciadas, en un intento, más que de forzar un entendimiento, de combatir en la calle lo que se perdió en las urnas. Respecto a la campaña que dice Rubalcaba, no hay tal cosa; lo que hay es un desprestigio tremendo de unos sindicatos demasiado poco ejemplares y que, curiosamente, han permanecido silenciosos durante estos últimos años de despeño del empleo: su reciente fracaso en las elecciones sindicales es elocuente. Y respecto a las “duras medidas”, es evidente que cualquiera que hubiera ganado las elecciones –Rubalcaba incluido—habría tenido que subir los impuestos y pergeñar una reforma neoliberal aceptable para Bruselas. La alternativa no era otra que pasar por la experiencia griega, porque téngase en cuenta que ese silencio de los sindicatos no sólo ha de explicar su indiferencia ante los parados, sino el hecho de haberlo mantenido mientras nuestro paro subía el triple que en Francia y más del doble que la media continental. La tensión va a instalarse en la calle de aquí a las autonómicas andaluzas y la protesta tiene a su favor una mala circunstancia sin precedentes y la escasa capacidad de maniobra del Gobierno –de cualquier Gobierno, insisto—para reformar con mano tranquila. Y ése es un derecho indiscutible de cualquier ciudadano que se sienta perjudicado por la acción gubernamental, como lo es el del Gobierno a proceder según su leal saber y entender y dentro de los márgenes de autonomía relativos que tenemos en el marco comunitario europeo. Los sindicatos, el PSOE, todo legítimo protestante tiene, sin embargo, que aportar soluciones alternativas: sin ellas su clamor es simple griterío. Esta sería la hora de repetir en España el gran pacto que los socialdemócratas alemanes fueron capaces de hacer con sus liberales, no de soliviantar al personal asustándolo con unas consecuencias de las que, por supuesto, este Gobierno no es  en absoluto responsable.

Hemos de salir de esta crisis, tras la cual nada será probablemente igual que era, ni, por descontado, los sindicatos. Una crisis que ha sido mal gestionada, con la calle en silencio, durante al menos cuatro años y que se halla en su punto álgido, sólo que nosotros, los españoles, arrastramos un fardo más pesado que nadie en materia laboral. ¿Está en la calle la solución de este problema heredado? Mirémonos en el espejo de Grecia antes de decidirlo.

Trapicheo electoralista

La Junta largó un millón mal contado de euros del “fondo de reptiles” para pagar tres mensualidades atrasadas a los trabajadores onubenses de Astilleros coincidiendo con la presentación de la candidata a las últimas municipales, evidentemente para templar gaitas y acallar el ruido. Para eso ha servido también ese “fondo” que lo mismo prejubilaba a un amiguete político que enriquecía a un conmilitón, sin papeles y en contra de las advertencias reiteradas de la Intervención. Otra provincia, pues, alcanzada, por el escándalo de la famosa “partida secreta” que constituye el desafuero mayor jamás perpetrado en la autonomía. Es de notar que, encima, la candidata en cuestión perdió a pesar de tan deplorable truco.

Qué envidia!

El Presidente de Alemania, Christian Wulff ha dimitido de su cargo. No se le ha probado, ni siquiera acusado, de ningún delito, pero sí de haber aceptado préstamos ventajosos, de no haber dicho toda la verdad al descubrirse éstos, aceptar vacaciones de un magnate amigo y, en fin pero sobre todo, de haber tratado de disuadir a diversos periodistas de hacer públicas esas circunstancias. ¡Qué envidia, Dios! En España estamos viendo todos los días espectáculos realmente viles, acusaciones gravísimas y probadas, sin que ni un peón caiga del tablero político como no sea por casualidad. Una vez, hay que reconocerlo, un juez despechado señaló a un Presidente con una equis enigmática pero, acaso por efecto de un miedo reverencial, no fue capaz ni de nombrarlo, lo que no quita que durante semanas hayamos asistidos recientemente a un circo de tres pistas en el que se acusaba a otro de segundo nivel de haber aceptado tres trajes de un amiguete político. En España Nixon se habría ido de rositas con su Watergate, Craxi no habrían tenido que exilarse por guardar sus lingotes de oro en Suiza, Papandreu padre no habría ido al trullo por corrupto, Mubarak no se vería encerrado en una caja blindada, Moshe Katsav, el expresidente israelí, no sufriría prisión por haberse propasado con sus secretarias, ni Carlos Andrés Pérez se hubiera visto arrestado en su domicilio a causa de sus mangancias, y no porque este país rebose respeto por sus dirigentes sino porque el sistema de control de las responsabilidades funciona aquí de un modo especialmente garantista a medida que el justiciable sube en la escala social. ¿Qué le habría ocurrido al pobre Wulff si en lugar de aceptar préstamos complacientes o vacaciones pagadas hubiera organizado una banda terrorista o un sacaperras como Filesa para financiar su partido, si llega a modificar una ley para largarle una millonada a la empresa de su hija, si se le hubiera ocurrido organizar un “fondo de reptiles” destinado a combatir el paro pero, en realidad, dilapidado en coimas y prejubilaciones falsas concedidas en su propio entorno o si hubiera pagado con su Visa oficial en un prostíbulo?

Que yo recuerde de memoria ha habido por esos mundos de Dios en los últimos años, aparte de los que han acabado de manera trágica, más de veinte y más de treinta Presidentes que han acabado en la cárcel o inhabilitados (Menem, Fujimori, Pinochet, Videla, Echeverría, Bordaberry, Collor de Melo, Noriega, Alan García…) mientras que aquí sigue siendo noticia un concejal imputado o un delegata destituido. ¡Qué envidia! Entre el calvinismo continental y la tolerancia mediterránea sigue abierto el abismo que tan caro nos ha costado.

IU se descubre

IU ha aclarado que, en ningún caso, propiciaría una alianza de gobierno con el PP, como la que hizo en tiempos de Anguita y Rejón. IU apoyará al PSOE, como era de esperar, a pesar de lo que lleva dicho contra él, su política neoliberal, su identidad con la derecha fáctica y sus intolerables escándalos. Es lo suyo, después de todo, y entre otras cosas imagino el terror de Arenas a tener que gobernar del brazo de Valderas, aunque éste no debe ser inferior al de Griñán si se viera forzado a lo propio. El radicalismo de IU es hoy por hoy huero y oportunista. Para los andaluces, que quedara en sus manos la gobernabilidad de autonomía, junto a un PSOE corrompido y perdedor, constituiría una auténtica tragedia política.