Tiro al juez

El ejercicio de la judicatura, cuando afecta a políticos o gente de postines, se ha convertido en un tiro al juez dentro de esta feria de los indiscretos. La juez de los ERE y las prejubilaciones falsas, Mercedes Alaya, ha tenido que ser “defendida”, a instancia de terceros, por el Consejo General del Poder Judicial ya en tres ocasiones de las insufribles presiones a que está siendo sometida por el Poder. La próxima, si llega a presentarse, tendrá que ser solicitada por ella misma, lo que no parece probable dada su entereza y tenacidad. La pregunta sería qué hace ese CGPJ cuando un consejero, que además es fiscal, o un desertor de las aulas que encima es senador, la acusan de falta de imparcialidad. Y la respuesta, tristemente, es: pues nada.

Vivir más

Tengo un amigo demógrafo que investiga en la universidad francesa hace años sobre el alargamiento de la esperanza de vida. No creo ser indiscreto si les digo que entreveo en su actitud (él me lo negará, seguro) un cierto interés personal que, al borde de la jubilación, suele ser bastante habitual. Mi amigo se felicita de que el hombre viva cada día más años aunque no deja de percatarse de los problemas de viabilidad económica que ello planteará (lo mismo le oí decir al biólogo Ginés Morata alguna vez) a las futuras políticas sociales. ¿Para qué vivir más una vez llegado al promontorio de la edad que nos brinda una perspectiva tan desoladora? ¿Por qué, sin embargo, el hombre se empeña en celebrar esta conquista biológica para la que no dispone de solución económica? Charlando con él hemos sacado en ocasiones el tema del insensato deseo de inmortalidad, de momento reservado a los ángeles, porque en nuestro territorio vital –como demostró Borges en un relato memorable– tan determinado por el imperativo lo efímero, tan impropio para esa aspiración, no parece ni siquiera deseable lo que no es ni imaginable. “¡Queremos ser inmortales –decía Fernando Savater—y nos aburrimos los domingos por la tarde…”. O Kafka: “La eternidad debe de ser muy aburrida, sobre todo… al final”. Estoy convencido der que la especie tiene en la manga algún as para frenar esta disparada tendencia a la longevidad –esperemos que distinto a los recursos históricos como la guerra o el hambre—y de que el día menos pensado veremos revolverse esas curvas de los demógrafos hasta encajar en un gráfico compatible. Hay comida y espacio para todos, eso no se discute ya, pero sólo en teoría. Con los pies en la tierra parece decidido que vamos viviendo ya demasiado tiempo y que resulta ineluctable limitar la experiencia.

De momento, sin embargo, lo único claro hoy por hoy es que el Tercer Mundo corrobora a Malthus creciendo en proporción geométrica mientras que el rico ve disminuir, parece que sin remedio, sus tasas de natalidad, un escenario que, francamente, no augura nada bueno conociendo el paño humano. Hay quien sostiene que estas aporías que acompañan desde su nacimiento a la especie las resuelve la Madre Naturaleza por su cuenta, eso sí, sin pararse a valorar los daños colaterales. Mi amigo, que no confía ni en esa razón mítica, con perdón, vuelve a sus curvas como un Fausto desengañado. La vida es un misterio y lo seguirá siendo en tanto nos desengañamos todos.

IU nos sale cara

El proyecto de ley antifraude que prepara la Junta –¿no parece una paradoja?—remacha el dudoso clavo de la ley Antidesahucios embalados ya por la cuesta radical. Esas medidas de control que exigen, por ejemplo, el del patrimonio privado y hasta el de las cuentas corrientes en caso de herencia, invaden claramente la privacidad y, en la práctica, sólo funcionarán con los medianos y más chicos, porque es obvio que a los ricos de verdad no hay Junta que les controle las cuentas invisibles. ¿Saben los andaluces, además, que hay varias autonomías en las que no se paga el impuesto de sucesiones que aquí quieren reforzar a lo bestia? A la Presidenta la está arrastrando el populismo de una IU demagógica y sin norte. Ese pacto le va a salir caro al contribuyente andaluz.

El futuro ágrafo

Mil veces hemos oído en boca de muchos, la queja, acaso autocomplacida, de que, con esto de escribir sobre teclados acabaremos perdiendo la escritura manual. La larga marcha del hombre hasta hacerse con un alfabeto y construir sobre él un edificio sintáctico, la proeza de inventar una retórica capaz de enredar el sentido mismo de las palabras, va a rendirse al dictado de una tecnología que –seguramente con sensibles efectos neurológicos—nos lleva de cabeza a la escritura mediatizada por el teclado. Lejos van quedando los manuales de caligrafía, incluso los no poco ilusorios esfuerzos por descubrir la personalidad bajo el reguero de los trazos, para unificar todo el relato humano en una única matriz. En los Estados Unidos, cuarenta y cinco de ellos han decidido abolir en las escuelas el aprendizaje manual de la escritura a parir de 2015, pasado mañana como quien dice, ante el avance imparable del escrito informático, una inquietante operación que sospecho que tendrá sobre el neófito, como digo, efectos fisiológicos nada desdeñables. En adelante, no habrá diferencia entre las caligrafías, del mismo modo que no existe diferencia ya entre la firma y rúbrica de un ciudadano y su “pin”, y entre tantas otras formas de homogeneización como va imponiendo sin prisa ni pausa la sociedad postmoderna. Lo que no sé es cuál será el sustitutivo del silabario elemental en el que aprendíamos a desentrañar el misterio de la escritura descomponiéndolo primero en sus letras desnudas para luego reinsertarlas en el conjunto, como teselas de un misterioso mosaico, atenidos a reglas estrictas. La deshumanización progresiva que implica el progreso material está a punto de conseguir una de sus metas decisivas arrebatando al catecúmeno su significativo derecho a la peculiaridad caligráfica hasta unificar una grafía universal impuesta por la máquina.

Hemos atravesado el desierto simbólico del ideograma, superado la complejidad jeroglífica, incluso clasificado con rigor las diversas “letras” características de cada época, para terminar estrellándonos contra un muro uniforme en el que cada huella tiene su molde con independencia de la mano que la trace. Los guijarros paleolíticos, los quipus, cuanto sabemos de esa larga lucha que dio de sí el lento desarrollo de la escritura, el encanto de lo cuneiforme, el misterio de las escrituras prealfabéticas…, todo eso no volverá. Cervantes decía que la pluma era la lengua del alma. No imagino que podría decir hoy.

Sobre transparencias

Tienen que indultarme, por favor, pero no trago con el cuento de las declaraciones de bienes de los políticos como garantías de su probidad. ¿O es que no sabemos cuánto se puede hacer con los bienes, qué infinidad de técnicas, más o menos jurídicas, hay para ocultar lo mío en tu bolsillo o lo tuyo en el mío? Hay paraísos fiscales por todas partes y hoy sabemos que desde máximos responsables políticos hasta alguna diócesis de la Iglesia, en ellos han guardado o guardan su tesoro. Cuando todos, por fin, hayan hecho pública sus declaraciones y las de sus cónyuges, en nada habrán mermado las posibilidades del trilero. La prueba vamos a tenerla en la continuidad de la corrupción.

Más sobre el Papa

La entrevista concedida por el papa Francisco a Antonio Spadaro en Civiltà Cattolica va a ser uno de los documentos más leído de la temporada. SE habla en ella de casi todo, sin eludir los temas espinosos, en un tono que está suscitando una amplia simpatía en círculos no necesariamente creyentes. El nuevo papa no es caballo en cacharrería ni mucho menos, porque es bastante más, a juzgar por el cambiazo que estamos contemplando en el frente más crítico de la Iglesia. En el ámbito de habla española estamos viendo girar muchos grados a los teólogos hasta ahora más ariscos. Escuchen a Juan Antonio Estrada en “Redes Cristianas”, lean la carta abierta de Lamet a Juanjo Tamayo (es decir, al Círculo Juan XXIII), escuchen a José María Castillo decir que “con razón se ha visto en él una evocación de Juan XXIII” y extráñense quizá viendo a Gustavo Gutiérrez recibido por el pontífice. Sigan la pista de González Faus o de José Manuel Vidal en este mismo diario y, en fin, escuchen a Leonardo Boff musitar una especie de fraterna y complacida palinodia en nombre de la “teología de liberación”. Pero si quieren disponer de un buen criterio, lean la entrevista de Spadaro, y echen la cuenta de las decisiones ya tomadas –doble palo al Banco Ambrosiano, sustitución de Bertone, criterios favorables a las minorías hasta ahora rechazadas, primeras medidas de reforma de la Curia, condena sin paliativos de una “Iglesia rica”—para hacerse una idea cabal de lo que se puede esperar de un papa que, desde luego, no es ningún revolucionario, pero que ha creído necesario aclarar que él no es de derechas. Hay resistencias aún, desde luego, pero también hemos oído a un crítico no poco implacable aconsejarnos “no apagar el pabilo vacilante”.

¿Populismo? Eso ya se verá, pero, de momento, encuentro en una parroquia marginal un ambiente renovado y escucho las palabras de esperanza de Fernando Camacho, siempre tan moderado como veraz. Sí, no lo duden, se ha abierto una experiencia intensa que va a afectar no sólo a la interioridad cristiana sino a la vida de gran parte del planeta, lo que no equivale a esperar del pontífice renovador un vuelco a las tradiciones, pero sí, probablemente, una reforma quién sabe si decisiva. A un obispo español le oí decir el otro decir –ya lo conté aquí, creo—que al papa Francisco lo habían elegido, con toda seguridad, más de uno y más de diez cardenales que no hubieran querido votarle. No cabe, me parece, mayor sutileza.