El pobre lince

Las noticias que nos llegan desde los criaderos de linces son desoladoras. Parece ser que, en efecto, en lo que va de año, nada menos que diez de esos gatos monteses han sido atropellados en accidentes de tráfico, y ello a pesar de que el hombre benefactor que hoy vela por su suerte le ha construido esos pasos subterráneos que muy probablemente no se le hubieran construido a la población humana a no ser tras una serie insostenible de accidentes. Burgos dijo con su tino proverbial que a lo mejor resultaba más barato ponerle un apartamento en Matalascañas a cada lince que mantener las medidas tuitivas que el ecologismo militante ha impuesto en Doñana, a pesar de que no faltan corrientes conservacionistas de denuncian con frecuencia la gran estafa en que, según ellas, se resumen los planes de protección de especies amenazadas. ¿Tiene sentido conservar el lince “en libertad” a base de proporcionarle conejos de granja? Hoy resulta que hay muladares en los que determinados servicios público depositan la carnaza imprescindible para que nuestras rapaces mantengan su ritmo de crecimiento, algo así como comedores asistenciales para el pajarerío, en un momento que demanda más bien abrirlos para que reponga fuerzas “homo sapiens”, esa especie ta amenazada. Sería curioso ver una lista conjunta de todos los animales por los que vela la Administración a instancias del meritorio ecologismo, entre otras cosas para hacernos una idea de cuánto nos cuesta mantener ese sistema que hace posible que, de ven en cuando, un consejero/a se retrate en el momento preciso de abrir la jaula del animal salvado.

Ya más en serio habría que decir que a lo peor lo que nos está ocurriendo es que no caemos en la cuenta de que el actual nivel de vida colectivo impone una carga medioambiental tan severa que resulta incompatible con la zoología , e incluso con la botánica, tradicionales, de tal manera que sólo es cuestión de tiempo que tengamos que escoger entre linces y humanos en el correspondiente capítulo presupuestario. Yo he visto, palabra, “sembrar” de culebras un predio para proteger al águila culebrera y me consta incluso que se ha procedido a “reponer” víboras en la Pata del Caballo tras el pavoroso incendio que abrasó media Huelva y media Sevilla. El “poverello” de Asís se quedaba aquí en mantlllas al lado de nuestro animalismo, pero seguro que también echaría una ojeada al rebaño humano que ramonea a duras penas bajo la crisis.

Tú y yo

El PSOE reclama en Madrid a todo trapo la confesión pública de Rajoy mientras el PP pide en Sevilla que Rubalcaba explique por qué su partido ha consentido la mayor trama de corrupción conocida, a saber, la de los ERE y las prejubilaciones falsas. O sea que unos por otros y la casa por barrer a te la mirada entre atónita e indignada del ciudadanos contribuyente que es el que, en fin de cuentas, paga las facturas del tinglado de la antigua farsa. Todo el mundo mangando, por lo visto, incluidos los sindicatos y algunas minorías, mientras la estimativa pública asume en falso que no existe la posibilidad que exista una política no ya honrada, pero al menos, legal. Y en Andalucía, encima, cambiando de caballo en medio del río crecido y encaramando en el macho a una amazona descalza. Si este monipodio de la política no es un milagro, que venga Dios y lo vea.

La guerra invisible

Los datos que van conociéndose sobre los efectos de los ataques de los drones –aviones no tripulados– van siendo cada día más inquietantes. Tras el atentado del 11-S los estrategas andan enredados en un nuevo tipo de guerra, la guerra invisible, una contienda silenciosa que sólo en Pakistán ha causado ya unas tres mil muertes y en la península arábiga cerca de cuarenta desde finales de julio. Inútilmente la ONU ha exigido una encuesta a los países concernidos pero ni una sola voz ha respondido a su petición e incluso hay países, como Yemen, que han autorizado de manera expresa a los EEUU para llevar a cabo esas acciones que Obama ha definido como una guerra contra “presuntos terroristas y su organización” y algún especialista como un tipo de acción bélica en la que los resultados son patentes pero las víctimas permanecen invisibles. Los americanos, que son tan suyos tocante a la transparencia, debaten esta temporada si el uso de drones es legal y aportan a favor de la guerra invisible la autorización genérica que el Congreso dio a la CIA y al Pentágono para usar la fuerza militar contra el terrorismo en cualquier circunstancia, y en contra ciertos reparos leguleyos que poco han de poder contra una práctica de eficacia ya de sobra comprobada. ¡Se acabó el formalismo bélico, esa liturgia inmemorial que establecía las circunstancias bélicas desde un óptica y una estética variablemente caballeresca, para dar paso a un belicismo sin reglas capaz de crear zonas de terror permanentes pero también de obtener unos resultados espectaculares! En el siglo XXI las guerras han dejado definitivamente de ser torneos y los medios no necesitan ya de justificación alguna. Se ha dado una vuelta de tuerca al garrote vil de Maquiavelo y la verdad es que resulta difícil objetar esa práctica tan rentable para el agresor.

La nueva “guerra fría” va a alcanzar pronto su punto de ebullición si se confirma el anunciado aviso de la autoridad americana de una inminente campaña terrorista contra Occidente. Y sin duda, en esta ocasión, va a contar con el apoyo de una opinión pública desconcertada por la amenaza de un enemigo también invisible que, además, está ya dentro de casa, y que no podrá quejarse si esa hospitalidad se vuelve inquina y esa inquina se resuelve en represión. El terror no tiene derecho alguno. Lo malo que es que en esta nueva guerra muchos justos paguen por pecadores.

¡Arsa, Pilili!

Ni el sindicato UGT ni la Junta pueden seguir dando la callada por respuesta en el impresentable (y seguramente delictivo) escándalo de las facturas falsas forzadas para pagar, con dinero destinado al paro, gastos publicitarios y hasta cuchipandas. ¿Qué hace falta para que la Junta aplique su promesa de “tolerancia cero” con la corrupción tras habernos enterado de que, además de autobuses y pancartas, la UGT pagó con esa pasta de todos los ciudadanos su comilona –jamón, gambas, queso, croquetas…– en su caseta de la Feria de Abril? Se comprende que Cándido Méndez no tenga palabras convincentes para salir al paso, pero la nueva Presidenta, ya que Griñán no la hecho, tendrá que responder pasado mañana mismo a esta enojosa cuestión.

La vacación humana

No recuerdo qué historiador antiguo entrevió en la “villeggiatura” –es decir, las vacaciones anuales– de los patricios romanos una señal inequívoca de la nostalgia del paraíso que habría sobrevivido aferrada al subconsciente desde el mítico principio de los tiempos. Ya en el XVIII, como hoy en día, otros observadores vieron en esa interrupción anual de la vida cotidiana del pálido urbanita una suerte de vuelta ritual a la Naturaleza, algo así como una rousseauniana recuperación del medio natural del que la civilización habría expulsado a la especie. Los romanos, en efecto, cuando su condición social se lo permitía, pasaban el verano en villas construidas en lugares retirados para ofrecer a sus amos, además del rendimiento agrícola o pecuario, una residencia reparadora del cuerpo y del espíritu, uso social que no se consagraría hasta los siglos XVII y XVIII, y naturalmente, siempre reservado a las oligarquías. Goldoni ilustró esa costumbre ya reeditada por los patricios venecianos en una trilogía famosa y en ella sugería que, en su primer momento, aquella “villeggiatura” tuvo su origen en la vendimia y el pisado de la uva, pero Paul Moran nos describe en sus deliciosas “Venecias” la realidad de unas vacaciones convertidas ya en rito social que no se interrumpieron siquiera con la ocupación austriaca de la ciudad. Hay vacaciones en el sentido actual desde hace tres o cuatro siglos, pero no se generalizan como actualmente hasta mediados del XX, cuando una sociedad urbana e industrial siente la necesidad de interrumpir, por razones estrictamente funcionales, la actividad rutinaria de la vida, ofreciendo el descanso remunerado a un gentío amenazado ya por el estrés.

No hay que decir que las vacaciones han llegado a convertirse también en lo que los funcionalistas denominaron un “indicador de prestigio” pero ello no supone, a mi juicio, invalidar las otras hipótesis, entre las que personalmente admitiría la de la vuelta al nomadismo ancestral, la respuesta del sedentarismo urbanita a la llamada de la horda antigua a la que pertenecimos y de la que derivan nuestros genes. La especie tira cada verano al monte porque no pierde del todo la memoria de su vida errante, el primitivismo constitutivo que subyace abismado bajo los escombros civilizatorios. El hombre se busca a sí mismo en la libertad del paisaje cambiante, sublimada, claro está, en sus cuarteles de invierno al calor de la disciplina.

La hora de grillo

Por las playas italianas pueden verse este verano numerosas avionetas que apoyan incondicionalmente al presidente convicto Berlusconi como en su día apoyaban por las españolas los derechos de un Ruiz-Mateos que entonces llevaba razón al reclamar contra el “expolio” de Rumasa. Todo está en el aire en pleno ferragosto, con el Presidente de la República esperando la petición de indulto de su Primer Ministro, las Cámaras desconcertadas, y el Gobierno en el aire ante la posibilidad de que se rompa el apurado pacto que mantiene esa ficción de Gobierno. El único que se divierte este verano en Italia es Beppe Grillo, el cómico de la antipolítica, que ve en esa probable ruptura del acuerdo de gobierno ni más ni menos que su momento histórico, lo que equivale a decir el fin de la política convencional que, mejor o peor, sostiene en pie a la República italiana. Desde luego no se podrá decir que el electorado italiano no es versátil hasta la temeridad, pero si esta historia termina con el Presidente en la cárcel (o en arresto domiciliario, que viene a ser los mismo a estos efectos) tampoco cabrá luego queja alguna por su parte, sobre todo ante la evidencia reiterada de que esas propuestas de antipolítica –recuérdese al gilismo apoyado en su día por el PSOE—suelen acabar, fatalmente, de mala manera. Cuesta ya negar que toda democracia tiende a convertirse en partitocracia, eso es cierto, pero no lo es menos que, hasta ahora, todos los atajos inventados para superar semejante problema han conducido al acantilado de la corrupción, al caos o la dictadura. Si en mi vida hubiera votado a un Andreotti o a un Craxi, lo que no se me pasaría siquiera por la imaginación es votar a un payaso como remedio.

La experiencia italiana de postguerra demuestra que hay sociedades en las que la corrupción funciona como el lubricante imprescindible de su vida política, de tal manera que sin ella no se concibe siquiera el funcionamiento de un sistema de libertades. En tiempos de Juan Guerra era corriente escuchar el argumento de que la mediación y el agio resultaban necesarios para neutralizar la rutina funcionarial y agilizar las administraciones públicas. Hoy, con cientos de altos cargos imputados, un partido de Gobierno atrapado en su propia red y el principal de la Oposición cargando con el peso del mayor escándalo de la democracia, conviene recordar de qué lejanos polvos vienen estos lodos.