Pagar por saber

Leo con disgusto en mi propio periódico un artículo en el que se trivializa la crisis que atraviesa la Real Academia de Buenas Letras sevillana con el argumento, tan impropio en este caso, de la maldad intrínseca de las subvenciones. Comprendo que el autor de ese artículo ignore todo sobre esa Corporación, creada por Fernando VI hace dos siglos y medios, y por la que ha pasado la flor de la cultura española con Menéndez Pelayo a la cabeza, y lo comprendo tanto como lamento su desinformación sobre el tema que critica. Para empezar, en cualquier ciudad de prestigio una Academia de las antiguas (las de ahora son ya otro cantar) constituye un importante activo cultural, algo que el autor al que respondo podría haber comprobado con sólo seguir la programación llevada a cabo en estos últimos años. Pero es que, además, Buenas Letras, como dice él, no “vive de la subvención” ni mucho menos, sino que, empezando porque los Académicos han de pagar una cuota para su sostenimiento, la realidad es que de la Academia cuenta con un “acuerdo de colaboración” –no con una subvención—del Ayuntamiento, con la aportación de algunos minúsculos patrocinios particulares y con un patronazgo –en su Fundación Buenas Letras—que aún no ha echado a andar, aparte de que se las ve y se las desea para cobrar la subvención –ahora sí—de una Junta que, por cierto, no deja de crear Academias. Dos siglos y medio de “ilustración” puede que al autor de esa crítica injusta no le digan nada o quizá se trate de que respira por alguna herida que no puedo ni imaginar. ¡Qué nos gusta destruir, echar por tierra, descalificar lo que ni conocemos! Tengo pocas dudas de que si yo citara ahora completa la imponente nómina de sabios que han honrado a esa Corporación desde el siglo XVIII, el crítico se quedaría “in albis”. Por eso no lo hago.

También yo estoy en contra de una sociedad subvencionada, por supuesto. Y lo estaba tanto cuando se subvencionaba a los periódicos como cuando hoy se subvenciona a un cine incapaz de competir en el mercado, a doscientos chiringuitos de partido o a un lobby heterófobo. Pero creo que el Estado no hace sino cumplir con un deber básico cuando protege a instituciones culturales de probado prestigio y que prestan un servicio público que bien conocen los investigadores. ¡Y no las protege, cuidado! Seguro que hay quien no entiende mis razones. Seguro también que la mayoría de ellos son numerarios en la Academia de Maese Cabra.

Pásalo, colega

Holanda, más en concreto Amsterdam, va a dejar pronto de ser la Meca de los porreros que buscan el libre disfrute de la marihuana en sus famosos cafés-droguerías. También dejará de tener sentido la excepción frecuente de la tolerancia del consumo para ciertos enfermos afligidos por el dolor o, por desgracia, terminales, dado que la teoría de que los derivados del cannabis son la puerta a la drogadicción no tiene mucho sentido (no conozco a ningún porrista que no haya sido antes fumador de tabaco, por ejemplo) desde el momento en que se empieza a imponer la idea de que la liberalización de la droga sería tal vez el único camino para acabar con ese comercio criminal. Ha sido un estado pequeño, Uruguay, el que, en medio del territorio de lucha clásico de los EEUU y su DEA, ha decidido, no sólo la despenalización del consumo de “maría”, sino la legalización de la producción y la comercialización de ese producto del que, por otra parte, se espera obtener beneficios fiscales relevantes. Lo de Uruguay sería letra menuda, en todo caso, pero no si estados como Colorado y el propio Washington se unen, como se han unido, a este proyecto liberalizador. Uno no frecuenta –ni siquiera cree en ellos— los “paraísos artificiales” que la opinión suele referir a los caballeros legionarios y a los porretas marginales, olvidada de que los insignes maestros de la Escuela de Frankfurt ya experimentaron con la marihuana como contó en un libro precioso Walter Benjamin que editó y quizá tradujo también, por cierto, el difunto Duque de Alba, Jesús Aguirre con el título “Hachis”. Es cierto que cualquier chaval canutero de la actualidad le daría sopas con hondas a aquellos sabios, pero ahí está el caso, en última instancia, para demostrar la inocuidad de una droga, entre ansiolítica y euforizante, que más vale liberalizar que prohibirla en beneficio exclusivo de los narcos.

Hace años aprendí en un libro de William Burroughs que, si no estuviera prohibida, la droga sería el vicio ideal de la clase media, aunque ello no me hizo olvidar la incisiva idea de Henri Michaux de que, para quienes elijan o pretenda vivir “en el otro lado”, todo es droga. Droga –y de las más dañinas– son ciertas ideologías, después de todo, y, sin embargo, nadie las prohíbe. Estoy convencido, en fin, de que este experimento liberalizador tiene que haber puesto de los nervios a los mercachifles criminales de los cárteles. Aunque sólo fuera por eso, merecería la pena intentarlo.

Ricos y pobres

Muy divertida esa distinción que la Junta hace entre sus consejeros ricos y sus consejeros pobres (o no ricos). Dicen medirlo por sus respectivas declaraciones de la renta personal, como si ese dato fuera suficiente, a estas alturas, para estratificar a los ciudadanos. Y parece como si esa distinción ideológica tuviera algo que ver con la realidad política, una actividad que siempre estuvo en manos de los ricos (o de los más fuertes). Este sociatismo de cinco estrellas mantiene visible una cara anacrónica que, a la vista está, para nada garantiza ni su identidad ni su virtud.

El gran gallinero

No sólo de pan vive el hombre (Mateo 4,4). En Occidente cada día se consume más uniformemente lo que ofrece el mercado y en el resto del planeta tres cuartos de lo mismo. De poco valen las propagandas y publicidades que aconsejan variar la dieta, abundar en los vegetales o reducir las grasas, porque lo que de verdad decide al ama de casa es la oferta de la plaza o del súper. Hasta ahora parece que el mundo no hambriento, en términos generales, venía nutriéndose sobre todo base de carne de cerdo en la que buscaba las proteínas animales que en otros productos los precios vuelven prohibitivas. Asegura The Economist, esa Biblia de nuestros popes, que tanta boca abierta consumía al año nada menos que 114 millones de toneladas de porcino, pero todo indica que, en adelante, será la de pollo la carne preferida ya que este mismo año su consumo alcanzará los 128 millones de toneladas. Los analistas parecen inclinarse por la hipótesis de que esta mudanza responde al cambio de gusto de las clases medias atraídas por unos precios más asequibles que permite una producción más barata que la de la carne de cerdo y muchísimo más que la de vacuno. ¿A qué vendrá entonces que la mismísima ONU haya sugerido hace poco que la especie humana debería incluir en sus menús los insectos, como ya hacen no pocos países “en desarrollo” e incluso algunos, como México o China, que figuran entre los emergentes? La imaginación de nuestros bien pagados protectores no parece, ciertamente, demasiado aguda.

En su extensa y atractiva “Historia natural de los alimentos”, Maguelonne Toussaint-Samat, tras recordarnos que todavía no hemos salido del Holoceno, nos describe la evolución del sustento humano a lo largo de los siglos, desde que el mito de Deméter hizo del trigo un símbolo de la supervivencia hasta estos complejos días en que los gourmets entronizan el ídolo de una cocina ideológica (ya me dirán si no qué es eso de la “deconstrucción”) de la que el último grito, por completo idiota, es la propuesta de Ferrán Adriá de utilizar en sus menjunjes el “aceite de jamón”. Bienvenido sea, pues, el hermano pollo –una exquisitez que no hace tanto tiempo era todavía reservada para las grandes ocasiones familiares–, en esta dura circunstancia en que millones de personas mueren de hambre “in partibus infidelium”, y, aquí, en tierra privilegiada, hace cola ante los comedores que les ofrece la santa caridad.

Cambios necesarios

Entre los mangazos ya demostrados y los que están por demostrar, parece claro que urge una investigación a fondo sobre el destino de la fortuna que el Estado da a los llamados “agentes sociales”, en particular en cuanto se refiere a los (también llamados) “cursos de formación” con que se entretiene el hambre de los parados. No es aceptable, por ejemplo, el silencio de Cándido Méndez sobre el “bote” sindical andaluz, pero tampoco el hecho de que la Justicia no haya irrumpido ya en esa plaza en que lo mismo se torean los ERE que se banderillea con facturas falsas. Temo que el día en que se abra esa caja de Pandora quedará en evidencia la inviabilidad actual de esa estructura heredada.

Padres de la patria

No ha habido suerte en las autonomías a la hora de rebuscar en la Historia un personaje referente del que se pueda hablar como “padre de la patria”. Estos días vemos recrudecida la sempiterna disputa sobre el héroe nacional catalán, Rafael Casanova, quien en última instancia, si hemos de atenernos a la historiografía y no a la propaganda, fue un hasburguista que luchó en la guerra de Sucesión contra los partidarios –también catalanes en parte—de la instauración borbónica, y que fue derrotado, para acabar sus días ejerciendo de abogado, que era lo suyo. En cuanto al País Vasco, sabido es que el peneuvismo ve con desconfianza el interés ajeno por la obra de Sabino Arana, editada por el propio partido pero escondida a buen recaudo, sobre todo tras el repaso irrebatible que le propinó Jon Juaristi en “El bucle melancólico” al poner en evidencia la indigencia ideológica e incluso racional de esa obra. Los andaluces descubrieron un día –a través de Rojas-Marcos y sus pioneros– la figura respetable de Blas Infante, una víctima hasta entonces olvidada del fascismo insurgente cuya obra tampoco resiste una crítica siquiera medianamente severa, aparte de la que personalmente pueda hacérsele al personaje –como la fulminante que le hizo Gustavo Bueno—por sus actitudes personales. No tenemos en esta “nación de naciones” un Cronwell, un Robespierre, un Garibaldi, un imaginario “Infante Perfeito”, un Washington y mucho menos un Sigfrido o un Rolando; nuestros héroes patrios son mucho más modestos y, lo que es peor, mucho más controvertidos. Es verdad que los héroes se cuestionan y hasta se caen, a veces, como ha podido ocurrir en Francia con el Jean Moulin de la Resistencia, pero la norma es que pervivan indiscutidos por la evidencia de sus méritos, espejo mítico en el que se contemplan sus ciudadanos. Y eso, por desgracia, no ocurre en nuestras improvisadas autonomías.

Es posible que esa inviabilidad racional de los “padres de la patria” corra pareja a la que las propias comunidades encuentran a la hora de perfilar sin ambages su identidad, dado que esta suerte de subnacionalismo regionalista no fue menos improvisada que sus símbolos. Que la bandera vasca sea un invento de dos hermanos que recalcaron la inglesa o que el color andaluz sea el verde de los Omeyas son ejemplos que hablan por sí solos. Recordarlo en la hora crepuscular de la nación histórica común me parece que no deja de ser un ejercicio moral y político digno del mayor respeto.