El artículo 5

El envío de la flota británica a Gibraltar ha sido un gesto impensable además de arcaico. Con un pie en el tercer centenario del tratado de Utrech y una vez olvidada la resolución de la ONU que imponía la descolonización de ese penúltimo reducto del colonialismo, la metrópoli inglesa no se conforma ya con vivir del contrabando de tabaco y en ejercer de asilo de nuestros bandoleros sino que nos trata como cualquier potencia imperialista trataría a un lejano país desafiante, y nos envía sus barcos de guerra, como antaño, aunque sin grandes posibilidades de conquistar y saquear nuestras ciudades como hacía en el pasado. Sostiene la leyenda que Franco tuvo en mente recuperar Gibraltar por las bravas, ni que decir tiene que cuando aún se sentía respaldado por Hitler, pero las cosas han cambiado tanto que hoy no cabe imaginar intervención alguna en el conflicto siendo como somos ambos países miembros de una alianza militar como la OTAN que, en rigor, tendría incluso que acudir en nuestra defensa si, al vernos agredidos o amenazados, nosotros apeláramos al artículo 5 que establece la protección militar mutua. Yo creo que ante quien debería acudir el Gobierno español ante estas provocaciones sería ante la propia OTAN, por supuesto, pero también ante la Unión Europea que es –para qué vamos a engañarnos– la depositante última de la soberanía de sus socios y, en última instancia, ante una ONU que ha cedido ella también su fuero permitiendo que Gran Bretaña se pase por el arco su mandato de devolvernos la colonia. Gibraltar no es hoy sólo una pieza estratégica ni un símbolo irrenunciable, sino un gigantesco paraíso fiscal que oculta y custodia el dinero de los evasores incluyendo a los nuestros. Los submarinos atómicos que atracan en el Peñón o las fragatas que hacen maniobras intimidantes frente a la costa española no están tanto reforzando el hecho colonial como garantizando esa actividad financiera que todos condenan aunque ninguno persiga.

Resulta, por otro lado, extravagante enviar la flota a un país socio de la misma Alianza que, encima, mantiene, a un tiro de piedra de la Roca, una base mixta con los EEUU. ¿En qué consiste, pues, la amenaza naval en la Bahía de Algeciras, cual sería el auténtico alcance de esa inútil demostración de fuerza? Cameron tiene que contentar a sus fundamentalistas pero sabe de sobra que el Almirantazgo no es hoy lo que fuera cuando aún podía enviarnos impunemente a Drake

La soledad sonora

La soledad es para la gente postomoderna el bálsamo antiurbanita que repara el espíritu y fortalece el cuerpo. Lo he comprobado este año otra vez en el Oriente asturiano y luego en la aldea de Monón –cinco habitantes perdidos en el esplendor– por cortesía de mi sabio amigo el sociólogo José Luis de Zárraga, contemplando desde la umbría la solana del monte atestado de castaños y absorto en el lento itinerario cotidiano que conocen de memoria las vacas y terneros añojos. Desde la costa lucense, otro amigo, el doctor P.G.P., que divide su vida entre el Aljarafe sevillano y aquel otro paraíso, me cuenta y no acaba sus ocios siempre observadores y hasta me sirve la anécdota de su encuentro anónimo con un casi ex-presidente Griñán que, disfrazado de guiri y con su escolta de rigor, compraba “tupper-ware” en un chino, noten la gravedad de la crisis que a todos, pero es a todos, nos aprieta y acongoja. Y ahora, acogido a la espléndida fraternidad de mi doctor López Guilarte, ando yo también perdido por la cornisa sevillana, leyendo a la sombra de esos silencios densísimos que engendra el piar de los pájaros que me llega de los últimos nidos. ¿Es buena la soledad o tiene sus inconvenientes para el “zoon politikon” que, en última instancia somos todos? No lo sé con certeza, pero me entero de que la robótica japonesa acaba de crear un minirrobot semoviente y parlante cuya eficacia pretenden probar en su estación espacial como interlocutor del solitario astronauta que la controla, convencidos de que si prospera el experimento se abriría una inusitada esperanza para un país con mínima tasa de natalidad como es Japón, cuyos ancianos vegetan aburridos en los asilos. No quiero ni imaginar la escena del asilado interrogando perplejo al robot pero mucho me temo que por ahí van los tiros del futuro.

Lo avisó Azorín en su día con un largo latinajo: “Cella continuata dulcesci, sed mala custodiata tedium generat”, vamos, que la soledad hay que trabajársela, como todo en este mundo, pero que no vale probarla sin decisión y constancia. Sigo oyendo piar a las crías bajo la canícula ocultas en el alcázar de su alta palmera, me llega una ráfaga fragante de aire poniente que riza la piscina y a todos alivia, mientras a los informados se nos encoge el ánima imaginando el diálogo con la máquina que tal. vez nos espera. Yo creo que la soledad es compañía, sentir que alguien a tu lado guarda un silencio cómplice acompasado a tu voluntario callar.

Absurda rivalidad

La firma del acuerdo de creación de una Zona Franca en Sevilla parece haber despertado viejas tensiones entre Cádiz y Sevilla que parecían superadas hace algún tiempo, la vuelta a las cuales no ha logrado impedir siquiera el hecho de que ambas ciudades esté regidas actualmente por Ayuntamientos del mismo color político. Una pena y un disparate que el buen sentido de los políticos implicados debería contribuir a paliar en vez de echar leña a ese fuego no poco provinciano que ninguna de las dos ciudades se merece. No hay duda de que la situación gaditana es extrema, pero la imprescindible solución de sus problemas no debe pasar por un pulso entre las dos capitales, feudos hoy del Partido Popular.

Clase y salud

No es ninguna novedad para nosotros que la salud dental está en función del dinero o, si se prefiere, de la clase a la que pertenece el sujeto. Nuestros sistemas públicos de salud han considerado siempre prohibitiva la atención profiláctica de la dentadura, excluyendo casi siempre de sus planes la costosa endodoncia, es decir, sin dejar otro remedio al paciente sin recursos que la extracción de la pieza dañada. Hay, de hecho, una odontología para pudientes y una, radicalmente inferior, destinada a los pacientes sin recursos, la primera de las cuales ofrece la conservación de los dientes cariados mientras la segunda se limita a ofrecer su eliminación definitiva. El fenómeno no concierne a España en exclusiva, pues acabo de ver en el informe de la “Direction de la recherche, des études, de l’évaluation et des statistiques” (Drees) que también en países más avanzados que el nuestro esa preterición se mantiene, dado que la atención preventiva y paliativa durante la infancia presenta graves diferencias determinadas por la clase social. Así, siendo cierto que desde finales de los años 80 se ha logrado reducir la presencia de las caries, de manera que un 90 por ciento de los niños de clase media alta no conocen ese daño antes de los seis años, los hijos de obreros indemnes estaría aún afligidos en un porcentaje lamentable. Ni siquiera el argumento, tantas veces esgrimido, de que una atención precoz de la salud dental supondría a medio plazo un importante ahorro ha logrado desmontar el inconmovible prejuicio que ve en el cuidado y conservación de la dentadura un gasto inasumible. Si cuatro francesitos de cada cien tiene al menos una muela que precisa su empaste, esa estadística oficial dice que entre la infancia proletaria no son cuatro sino veintitrés los afectados pero desatendidos. La tendencia al igualitarismo sanitario, ésa utópica comedia, no incluye la salud de la boca.

Hace unos años los expertos catalanes concluían que el lugar de residencia era un factor determinante para la salud bucal de los niños y, por supuesto, abundan los estudios que traducen la diferencia clasista que hemos apuntado a los respectivos regímenes alimentarios, como es lógico dependientes, a su vez, del estatus de la familia en cuestión, aunque no menos que de la diferencia entre los diversos niveles de formación, responsables, en buena medida, de la insufrible diferencia. La desigualdad, aferrada al cerebro, se manifiesta temprano en la boca del niño.

Gibraltar

La colonia británica de Gibraltar parece decidida a celebrar el inminente aniversario del Tratado de Utrech renovando las tradicionales hostilidades. Así, desde la maniobra de extender artificialmente su territorio invadiendo el espacio marino o destruir un caladero habitual de los pescadores de la Bahía, a base de arrojar al fondo grandes bloques de hormigón erizados con yerros, pasando por presentar ante la Unión Europea una queja formal por los controles gubernativos establecidos en la frontera, la colonia parece dispuesta a volver al ingrato clima de otros tiempos, que su “primer ministro” pretende forzar al pedir también la reactivación del peregrino “Tripartito” creado, durante el Gobierno anterior, por ocurrencia del ministro Moratinos.

Racismo a la italiana

El racismo gana terreno en Italia (¿sólo en Italia?), todo indica que con la anuencia de las alturas. Ya conté mi impresión del gueto de Padua, un espacio cercado de un muro metálico de casi cien metros de largo por tres de alto, dentro del que se recluye desde hace años a sus vecinos, en su mayoría inmigrantes llegados a esa rica región. Pero luego han ocurrido muchas cosas que prueban que no se trata sólo, ni mucho menos, de proteger al ciudadano de presuntas actividades delictivas, sino de rechazar de plano a los extranjeros pobres. ¿Cómo explicar si no que nadie haya movido un dedo después de que el vicepresidente del Senado, Roberto Calderoli, se refiriera a la ministra negra –italiana nacida en el Congo—, Cecilia Kyenge, calificándola de orangutana? Un “ario” de la Liga del Norte se acercó a ella hace poco para desearle una violación y grupúsculos de extrema derecha se dedican a reventar sus intervenciones públicas colocando a la entrada de la sede correspondiente muñecas sangrientas de tamaño natural o lanzándole plátanos al escenario desde el que trataba de dirigirse al público en pleno mitin. No es posible dudar de que en Italia se cuece un clima racista y xenófobo realmente impropio y, desde luego, intolerable, una democracia europea, pero tampoco cabe dudar de que esa actitud crece al socaire de la evidente connivencia de una autoridad asustada por el auge de la inmigración masiva y por imágenes como la de la reciente tragedia de Lampedusa. Llevaba razón Magris cuando decía que el racismo latente precisaba muy poco para exteriorizarse. Y, por ejemplo, arrojar bananas a una ministra negra.

Frente a esa canallada se vive en el país una cierta reacción –en la que hay que incluir la enérgica protesta del papa Francisco—que se esfuerza en explicarse al menos la índole y el origen de esta calamidad moral, y de ella retengo la idea de que el racismo italiano bien puede ser una herencia de la aventura colonialista cuyo fiasco generó en el psiquismo colectivo cierta pulsión reactiva contra el “diferente”. Yo creo que, en cualquier caso, que lo que ocurre en Italia no es tan diferente a lo que está sucediendo en una Francia donde un diputado llega a afirmar impunemente que Hitler no habría liquidado suficientes “roms” o en una España donde los hinchas futboleros hacen el mono para ofender a los jugadores negros. Gide puso el dedo en la llaga cuando pontificó que mientras más tonto es el blanco, más tonto le parece el negro.