La gran manta

Los llamados “agentes sociales” se han convertido, en el clima de la “concertación”, en socios además de adversarios. Escuchen si no al presidente de la patronal andaluza decir sobre los probados mangazos de UGT que sí, que el hecho “daña la imagen” de la concertación dichosa, pero que no afecta a los acuerdos en sí. O sea, que da lo mismo interactuar con un agente probo que con uno mangante con tal de que la subvención siga llegando puntual. Unos no tienen perdón. Los otros tampoco.

Profecías cumplidas

Varios periódicos, entre ellos el NYT, andan comentando esta temporada los aciertos rotundos de las profecías lanzadas por Isaac Asimov hace medio siglo justo y cabal. La ciencia-ficción tiene esa capacidad asombrosa de imaginar con precisión lo que será realidad en el futuro, adelantándose a los tiempos como hiciera Verne y, antes que él, no pocos visionarios desde Luciano a Cirano de Bergerac, demostrando que el papel de la imaginación es esencial para el desarrollo tecnológico y, en definitiva, civilizatorio. A propósito de Asimov se recuerda su anuncio de la llegada de robots a Marte confirmada por el éxito del “Curiosity” y el reciente anuncio de que la colonización del planeta pudiera producirse hacia 2023; la proliferación de robots todavía lejanos de sus “cerebros positrónicos” pero cada día más eficientes; el desarrollo del transporte sin contacto con el suelo, realidad hace tiempo en los trenes de sustentación magnética y fantasía en el proyecto “Hyperloop”, que viajará ¡a 1000 kms/hora!; la revolución en las comunicaciones visuales y auditivas, hoy convertida en auténtico signo de los tiempos; el aumento descontrolado de la población mundial; la comunicación sin hilo, es decir, la liberación de la electricidad respecto de sus contactos; y en fin, la aparición de los vehículos autónomos, los “cerebros mecanizados”, como ese coche sin piloto que anuncia ya la Nissan para 2020. Una tras otra, las profecías del autor de “Yo robot” se han ido haciendo realidad transformando la convivencia en términos que quizá ni él mismo hubiera imaginado. El tiempo se ha desbocado en estos cincuenta años y va atropellándose a sí mismo no sabemos hacia dónde pero, sin duda, hacia latitudes que ponen en cuestión nuestra elemental antropología y, más allá de ella, nuestra concepción global de la realidad. Se ha dicho que un historiador es un profeta que mira hacia atrás. Uno está por creer que un novelista de este ramo ve las cosas con mucha mayor claridad.

La interacción entre los avances tecnológicos y la evolución moral ha sido visible en todo momento histórico pero en ninguno se ha visto confirmada esa dependencia como en éste en que vivimos, dentro del cual la “cultura material” parece pujar con las moralidades en una desbandada hacia adelante que no es posible siquiera entrever dónde acabará dando con nuestros huesos. La postmodernidad nos desborda cada día como un pez que nadara por delante de su cabeza.

La gran tumba

¿Cuántos desdichados se tragó ya le gran tumba de agua que es el Estrecho? Llevan años ahogándose los que nos llegan de África huyendo de la miseria y en busca de una vida mejor, unos migrantes a los que se les niega el pan y la sal y con los que trafican no sólo las mafias que los embarcan tramposamente sino los propios Estados que consienten ese tráfico. Este verano han estado llegando por decenas, por centenares, en balsas de juguete, hombres, mujeres y niños juntos, para acabar en manos de otras policías o en el fondo del mar. No hay en este momento un escándalo humano como ése cuya responsabilidad la UE nos ha dejado a nosotros en exclusiva.

La guerra tibia

¿Ustedes aceptan, de verdad, el embrollo tejido en torno a la cuestión Siria? ¿Damos por cierto que la inocente pregunta de un periodista al jefe de la diplomacia americana ha abierto de par en par la puerta a una negociación en la ONU y, en consecuencia, ha dado de sí tanto como para desahogar la angustiosa situación de Obama y ceder el protagonismo a Rusia? ¿O será que la pregunta haya sido calculada para dar ocasión a Kerry de “columpiarse”, a Rusia de coger al vuelo ese columpio, a Francia para esquivar su problema devolviendo la cuestión a la ONU y, en fin, a Obama para liberarse del cepo que él mismo se puso al lanzar esa amenaza de intervención de castigo que una inmensa mayoría no respalda en USA? Nunca podremos responder a estas preguntas más que en términos conjeturales pero a la vista está que las relaciones internacionales tienen, cuando quieren, amplios márgenes para enfriar las guerras y acercar posiciones. Claro que, salga lo que salga de la bendita negociación, el Asad seguirá siendo un peligro, la expeditiva Rusia de Putin habrá mejorado su imagen, el presidente francés se habrá quitado de encima el mayor peso del mandato, pero ni el pueblo sirio ni sus cientos de miles de transterrados verán resuelto su casi insoluble problema político. Yo creo que a Obama se la han puesto como a Fernando VII entre el periodista y el diplomático, y que los demás han aprovechado la ocasión en beneficio de sus respectivas imágenes. Está bien que hayamos evitado otra guerra, que no se haya añadido más sufrimiento a ese pueblo inocente, incluso que mejoren las imágenes de los protagonistas que se reparten la hegemonía planetaria. Lo malo es que a el Asad le saldrá gratis –como antes a tantos otros—su guerra canalla y que ha quedado demostrada la insolvencia de nuestra organización internacional. El polvorín sigue intacto entre tantos polvorines. Y hasta la próxima.

Otra cosa es que el meollo de la cuestión –el gaseamiento criminal e impune de la población civil—quede ahí, ni más ni menos que los que anteriormente se produjeron, a merced de unos sátrapas contra los que la ONU nada puede como no sea que a un periodista se le escape una pregunta oportuna en el momento justo. ¿Qué, nos lo creemos o no nos lo creemos? ¿Estamos ante un “castellet” hábilmente calculado o habrá sido todo producto del azar? Yo a ese periodista le daba por lo menos la Medalla del Congreso. O le Premio Nobel de la Paz. ¡No se lo han dado a Kissinger y a Obama!

No ha pasado nada

Aquí no ha pasado nada, al parecer, pero todos y cada uno de los concernidos en el “caso ERE” andan de acá para allá descalificando a calzón quitado a la jueza y sosteniendo, al tiempo, que su último auto no cambia nada en el paisaje político. Bueno, pues entonces, ¿a qué tanta declaración, tanta entrevista y rueda de prensa por parte de quienes nada tienen que temer? Crece la opinión de que Alaya va a salirse con la suya, al menos inicialmente, aparte de haber forzado un cambio en la Presidencia de la Junta. Por eso mismo también crece el miedo y la inquietud entre los concernidos y el desaliento de quienes lo fiaron todo a un eventual fracaso de la instrucción. Por más que el “catalanazo” les haya servido de cortina de humo, aquí tiene miedo ya hasta el apuntador.

Con faldas y a lo loco

Cuando las primeras fotografías de la hoy princesa Catalina de Cambridge fueron divulgadas por los tabloides, y los británicos pudieron admirar la alta figura de sus ancas reales, aseguran que la reina Isabel llamó al orden a su nuera pidiéndole que alargara en lo posible los bordes de sus faldas. No choca en una reina de su edad y condición una prevención semejante aunque quizá sí en un país como Inglaterra donde, hasta en los recintos de las instituciones más sagradas de sociedad civil, rige y crece una fuerte corriente libertaria. Lo último en estas relajaciones ha sido la decisión de los órganos directivos de la universidad de Cambridge de modificar su reglamento para permitir a los transexuales, tras las huellas de la de Oxford, el otro santuario del saber nacional, romper la tradición indumentaria –traje oscuro, camisa y pajarita blanca para los varones; falda negra y camisa blanca o bien, vestido negro para las damas—admitiendo que cada cual vista como le apetezca. Un graduado en esos templos históricos del saber podrá, en adelante, lucir su falda si quiere, y viceversa, una graduada podrá encasquetarse un pantalón si ése es su gusto, con tal de que queden excluidos –hay que suponer que sólo de momento—los “colores vivos”. Un larga batalla del colectivo de gays, lesbianas y transexuales, LGTB, ha concluido con una victoria histórica sobre juicios y prejuicios aventando para siempre el aroma, no poco alcanforado, de los dos centros en los que, en la práctica, se recluta a la clase dirigente del viejo Imperio y del país moderno. No cabe duda de que las grandes universidades le dan sopas con honda, hoy por hoy, a la baqueteada monarquía. No se había dado un pelotazo tan grave desde que León X concedió a Enrique VIII el título de “Defensor del Fe”.

Uno ha visto de todo en la universidad, desde alguna que otra expulsión de clase de una chica por llevar minifalda, a cumplidos strep-tease coreados con ritmo por la basca, y tengo contado aquí la memorable salida que el maestro García de Valdeavellanos dio al mío, a don José Antonio Maravall, una radiante mañana de primavera en la que una walquiria lució sus gracias en aquel campus: “Hombre, Maravall, no se ponga usted así, que ya era hora de que en esta Facultad se enseñara algo que mereciera la pena”. Confieso, en todo caso, que la decisión de Oxford y Cambridge me han dejado el retrogusto de un novísimo licor de vida inimaginable incluso para el sumiller.