Justicia y memoria

Se produce estos días entre nosotros una peligrosa tendencia a presionar a la Justicia desde la calle. Que se entiende, en algún caso, por supuesto, como el que rememora el del vil asesinato de Marta del Castillo, pero que cuesta aceptar en otros como el que , a las puertas del Tribunal Supremo y representado por un grupo de famosos, defiende al mismo juez Garzón al que esa misma gente puso a caer de un burro cuando metió en la cárcel al ministro del Interior de González y a su cúpula policial y, no contento con ello, le puso al Presidente una indeleble X en lo alto, de la que nunca se librará. A mucho menor escala, en Sevilla se ha celebrado el juicio contra una edil del PSOE que impidió, porque le dio la gana, un acto literario convocado en memoria de Agustín de Foxá, el “poeta falangista”–dicen ellos– como si ese epíteto no pudiera aplicársele también a nuestros queridos Ridruejo, Rosales, Vivancos y tantos y tantos creadores de la época, y como si pertenecer al comunismo hoy –y digo hoy, y es el caso de Valderas—no constituyera un atentado contra la recta razón . No tengo la menor duda de que la censora en cuestión desconocía a Foxá –un gran novelista, aunque hay gustos para todo—y, por supuesto, que no debía tener idea de que desde el gran don Miguel de Unamuno hasta el intocable Ortega pasando por Azorín, tuvieron sus más y sus menos con el fascismo español de su época. ¿Tendría sentido hoy negarle un buen recuerdo a Torrente Ballester, a Laín Entralgo, a Rafael Lapesa  o a Ruiz-Giménez, por el mero hecho de que, en su día, fueron todos falangistas más o menos entusiastas? Yo creo que no, pero creo también que tengo la ventaja sobre esa concejala y sobre el propio Valderas de haberlos conocido, tratado y leído con atención, expediente este último muy conveniente, no se ponga en duda, a la hora de juzgar o de valorar a un autor. Foxá pertenece hoy a la Historia española lo mismo que Menéndez Pidal y Gerardo Diego o Dámaso Alonso no dejan de ser cumbres señeras de nuestra cultura a pesar del leñazo que les propinó Neruda. Son demagogos hasta el tuétano, estos amigos. Ha llegado un momento en que con ellos no se puede ir ni a coger duros.

Soy muy escéptico sobre el caso (o “los casos”)  Garzón –perro no come carne de perro, ya saben—y en cuanto al “caso Pepa” no espero que prospere la teoría fiscal de que esa ignara arbitrariedad sea, al fin, reconocida, como la “ilegalidad grosera” que fue con toda evidencia. No podemos ir por la Historia de España separando a buenos y malos, maniqueo cada cual de su manía persecutoria. Foxá, por ejemplo, es ya una reliquia. Tratarlo como a un miliciano es una ingenua barbaridad.

Los de abajo

Mis amigos funcionarios honrados, que son legión, se sorprenden cada día ante lo que se está descubriendo en torno a los ERE. “Pero, ¿cómo es posible, qué pasa con los Interventores. Jamás en la vida se ha saqueado de esa manera la Administración que hoy mismo funciona rigurosamente para el común de los mortales” –me dicen perplejos. Y yo no sé qué contestarles porque, con haber visto muchas cosas en las Administraciones durante mi vida, tampoco había asistido nunca al festín de Baltasar. Esto no es un escándalo sino una vergüenza que reclama ya que el propio Gobierno se interese por ella y sus circunstancias. La autonomía no debe ser una capa bandolera. Eso es precisamente lo que dicen, impotentes, los que desde abajo trabajan en las oficinas públicas.

Restos humanos

La Asamblea Francesa se ha decidido al fin a devolver a Nueva Zelanda las veinte cabezas de maoríes disecadas que se exponían en sus museos. Ya se dio un intento en Rouen hace unos años cuando el museo de antropología local devolvió la que poseía sin aguardar al acuerdo nacional al que ahora acaba de llegarse. ¿Se pueden exhibir restos humanos en un museo, tiene algún interés científico su muestra o se trata simplemente de satisfacer una curiosidad, por supuesto malsana, que contribuyó a alentar la cultura colonialista? Mi amigo el embajador Eduardo Garrigues hubo de pechar en sus tiempos de legado en Namibia y Bostwana con la devolución del famoso “negro de Banyoles” que se exponía impíamente en aquel museo y que resultó ser, una vez extraído de vitrina, un puñado de huesos envueltos en un taparrabo y coronados por un plumero. Y han sido muchos los países que han optado por esta imprescindible restitución rompiendo con el prejuicio occidentalista, como diría Franz Fanon, que presentaba como objeto de interés científico incluso el despojo humano… siempre que no fuera blanco. Los franceses han tardado en decidirse a la renuncia, ésa es la verdad, pero su debate asambleario –que he tenido la paciencia de seguir durante años—ha resultado bien ilustrativo y honroso para su moral cultural.  Claro que lo mismo podría decirse de la exhibición de momias humanas en tantos museos y nadie dice nada –porque a ver quién es el guapo que se mete con el British Museum o con el Louvre—y no cabe duda de que habremos de soportar esa profanación durante muchos años todavía en nombre de una razón etnológica que de razonable no tiene un pelo. Se supone, por lo demás, que hay en los museos de esa naturaleza hasta quinientas cabezas jibarizadas o tatuadas, producto de un negocio que Inglaterra prohibió hace más de un siglo y que otros han vetado luego pero sin cerrar esas muestras infames.

Nuestra antropología se ha hecho con salacot, qué duda cabe, por mucho que sus protagonistas hayan sido de lo más discretos. Se dice que esa fue, entre otras, una de las razones por las que Marcel Mauss nunca hizo trabajos de campo y no olvido que don Julio  Caro Baroja veía en el caso un “inevitable mal menor” que, por supuesto, él lamentaba. Hemos vivido tanto tiempo de saquear ese mundo olvidado que llegamos a creernos en el derecho de exhibir sus restos mortales en nuestras galerías como si la curiosidad morbosa tuviera algo que ver con el saber. Antier lunes se celebró la ceremonia en el parisino museo du Quai-Branly y volvieron a su tierra las veinte cabezas tatuadas. El hombre blanco parece que, por fin, se decide a ir por el mundo de tú a tú.

“Viva la Pepa”

Encabezando una delegación de IU, su coordinador regional, Diego Valderas, se ha manifestado a las puertas del Juzgado en defensa de su camarada Pepa Medrano, reo de prohibir en un barrio de Sevilla, como delegada de Participación Ciudadana, un acto literario en memoria de Agustín de Foxá, el “poeta falangista”. Valderas, que es miembro del residual Partido Comunista –y eso hoy día tampoco está bien visto que digamos–, hizo suyo este argumento y comparó a “Pepa” con el juez Garzón, lo cual ya es comparar, una actitud poco responsable, además de  demagógica, que se inserta en la creciente moda de presionar a la Justicia en la calle. Esos protestantes ignoran que, si esa razón fuera válida, habría que condenar al olvido desde Céline a Paul Morand. A estas alturas deberíamos tener claro, al menos, que descender de Franco no es peor que descender de Stalin.

El hombre ancestral

La jefe del Gobierno de Australia parece decidida a abolir las normas racistas que, desde los comienzos de aquella federación, discriminan a los aborígenes. Antes de dos años, por lo visto, se celebrará un referéndum en el que aquella ancestral población –seguramente la que más tiempo ha vivido en un territorio entre todas las del planeta—se verá finalmente equiparada a la población blanca y hasta es probable que consiga el reconocimiento de su vieja lengua como primera lengua de país, ni que decir tiene que a título honorífico. Sabemos mucho de esos discriminados que en pleno siglo XXI van a librarse de sus cadenas, entre otras cosas porque sobre ellos ha planeado mucho el interés de la antropología, en especial desde la estancia de Malinowiski en Nueva Guinea durante la primera Guerra Mundial, incluyendo la teoría de que tal vez fueron ellos los primeros exploradores de la Tierra y que, cosa de 25.000 años antes de que las migraciones primitivas poblaran Eurasia, ya ellos habían logrado –ni sospechamos cómo—alcanzar el enorme territorio austral. En alguna parte leí alguna vez la hipótesis de que esos discriminados no fueran, en realidad, gente de nuestra especie sino supérstites del musteriense, pero recuerdo que la conclusión fue rechazada con vehemencia por varios especialistas, conformes todos en que esos trasabuelos de nuestros ancestros coincidían en lo fundamental con la estructura conocida de “sapiens”. Su aislamiento ha sido tan radical, en todo caso, que esa antropología ha podido compulsar su antiguo título conservado en bandas reducidas de cazadores nómadas que usan con destreza el boomerang y con frecuencia no asocian el papel de la paternidad al creerse engendrados por los tótemes. Un documental que nos acerque hoy a ellos en la tv digital se parecerá mucho a lo que vió Malinowiski con sus propios ojos o Marcel Maüss con ojos prestados, es decir, los famosos “salvajes” del cinturón vegetal y el estuche para el pene, pescando a mano o cazando con el propulsor, de los que se supone que susurran al hablar para no espantar a las piezas.

La jefa Gillard debe de haber comprendido que en una sociedad global no es posible mantener vivo el cuento de las “sociedades inferiores” y los “pueblos salvajes” de los que todavía hablaron Larock o Lévi-Strauss, Morgan, Taylor o Evans-Pritchard.  El “alma primitiva” que nos mostró Lévi-Bruhl tiene sus derechos que han de ir más allá de su singularidad floclórica, aunque me temo que su reconocimiento acabe reconvirtiendo a esas reliquias en un atractivo turístico. No hay quien se quite de encima 50.000 años así como así. Ni siquiera contando con un Gobierno amigo.

Cuentas sin fin

La noticia de que el Gobiernillo andaluz acaba de aprobar una subvención de 15 millones de euros para un instituto de investigación que no existe hace tiempo, puede informarnos pero no sorprendernos, después de lo que sabemos de facturas falsas, EREs y prejubilaciones fraudulentas o pago de obras inexistentes. Y justifica, además, sobradamente, el proyecto del Gobierno de la nación de responsabilizar penalmente a los políticos despilfarradores o que superen el techo de gasto legal establecido. Personalmente estimo insuficiente la inhabilitación que se anuncia para ellos, ya que cualquier empresario particular iría a la cárcel por hacer lo mismo. Pero menos da una piedra. Se ve que, en el fondo, siempre queda entre políticos aquello de “hoy por ti, mañana por mí”.