Palabros

La situación de UGT es ya prácticamente de colapso moral. Cándido Méndez dice que está muy preocupado (¡?) con el asunto de los ERE y el secretario andaluz, Fernández Sevilla, que “habla más con Cándido” que con su mujer (la propia, se entiende). Pero, inasequibles al desaliento, ahí los tienen caracoleando entre “palabros” importados y excusas vanas, mientras muchos afiliados se dan de baja y un responsable se pregunta qué hacer “con tanto dinero”. La clave de esa estrategia semántica es el término “rapel” que Sevilla utiliza para justificar las mangancias a pesar de que la Presidenta promete recuperar hasta el último euro malgastado y la Oposición exige cerrar el grifo al sindicato mientras tanto. Habrá que refundar el sindicato para sobrevivir a esta crisis inverosímil.

El toro blanco

La ofensiva antieuropea, mejor eurófoba que euroescéptica, gana día a día terreno en los países de la Unión. En Francia, y de cara a las próximas elecciones europeas, las encuestas dan por ganador al lepenismo, convertido, eventualmente, en el primer partido nacional. En Austria, los herederos del fallecido neonazi Haider, están experimentando un auge espectacular dirigidos por el populista Stronach, lo que augura una futura alianza con los extremistas de Heinz-Christian Strache. En Inglaterra crece, al parecer, un “Partido por la Independencia” (¡) que trata de aliarse con los conservadores euroescépticos para forzar el referéndum al que Cameron se resiste como puede. Incluso en Noruega, un país con una tasa de inmigración nada inquietante, la derecha conservadora podría verse obligada a pactar con los ultras que dirige Siv Jensen, la llamada “Marina Le Pen noruega”, y entre los cuales se sabe que anduvo el autor de la matanza de Utoya. Los cafres delincuentes de “Amanecer dorado” no reconocen límites a su xenofobia en Grecia mientras en Italia un payaso como Beppe Grillo complica la grave situación del país con su propuesta antisistema. Parece que la princesa raptada a lomos del toro blanco no se reconoce ya ni a sí misma, vago complejo que, potenciado por los efectos de la crisis económica, propicia el cuestionamiento de la propia idea de Europa. ¿No suele decirse que los fascismos fueron el producto de la crisis del 29? Ahora a aquellos síncopes tenemos que añadir la inquietud provocada por la inmigración masiva que alienta un ultranacionalismo tan irracional como le corresponde por su propia naturaleza. No se ha forjado una Europa fuerte mientras ha habido tiempo y recursos, y éstas son las consecuencias.

Es posible que España quede fuera, de momento, de esa peligrosa tendencia aún sin contar la aventura secesionista que se prepara en Cataluña, una singularidad que de poco ha de servirnos si el proyecto europeo da al traste con las expectativas comunes. Y una vez más comprobamos que el músculo que mueve ese gesto es el miedo, antaño al peligro soviético, hogaño a la invasión migratoria. El problema no es ya salir de la crisis, pues es obvio que antes o después saldremos de ella, sino mantener en pie el tinglado más interesante de la historia continental, esto es, una Unión Europea que sea algo más que una lonja o un fielato. Las próximas elecciones europeas van a ser decisivas esta vez.

Desigualdad autonómica

No está bien visto cuestionar el Estado de las Autonomías, lo sé, pero la verdad es que resulta ya inevitable por no pocas razones, entre las cuales está la absurda e injusta desigualdad de la carga fiscal entre los habitantes de nuestras comunidades. ¿Por qué en Madrid y otras autonomías los ciudadanos van a pagar menos impuestos o van a ver reducidos sustancialmente los costes de gestiones inevitables mientras los de Andalucía, por ejemplo, seguirán pagando al máximo? Esta ilógica situación va a precipitar el éxodo de empresas y tal vez el de vecinos hacia autonomías menos gravosas seguramente por más ahorrativas y, en cualquier caso, garantiza el tratamiento injusto de la inmensa mayoría.

La gran mudanza

Hace mucho que la reflexión sobre el futuro del planeta Tierra no descarta una mudanza colectiva de la especie a otro mundo. En el fondo, la idea arranca del convencimiento de que, a la vista del progresivo deterioro del planeta provocado por el desarrollo industrial y otros factores, la Tierra acabará por resultar insuficiente para albergarnos a todos, y se impondrá un éxodo espacial hacia alguna base que reúna las condiciones imprescindibles que exige la vida. Se piensa, sobre todo, en los explanetas –entidades lejanas aún de una definición unánime–, en especial desde que, a mediados de los años 90 se descubrió el primero de ellos, pero mucho más ahora que la cuenta del Observatorio de París supera ya el millar de descubrimientos, no siempre “habitables”, desde luego, pero entre los que al menos una docena parece ser que reuniría las condiciones exigidas para repetir la experiencia terráquea. Otro viejo sueño de la ciencia-ficción, pues, que va cobrando cuerpo y alejándose de la propuesta de las viejas cosmogonías, o lo que lo mismo, prescindiendo definitivamente de la acción creadora hasta secularizar por completo el mito de la vida. No ha habido sueño más audaz desde el sueño de Moisés, con la diferencia de que, para este nuevo viaje, ya no se podrá contar con la mano invisible de Dios y habrá que fiarlo todo al bastón mágico del profeta, es decir, que con la nueva geografía estrenaremos una nueva Historia, ya por completo autónoma y sin otro decálogo que la voluntad humana. Miedo da de imaginar siquiera la situación.

La otra cara del asunto es que alguno de esos exoplanetas estén ya habitados, es decir, contenga vida en su territorio, una tesis que, por encima de las constantes sugerencias más o menos esotéricas que nos abruman, todavía descarta de plano la mayoría de la comunidad científica. Llegado a este punto suelo volverme a Pascal cuando se pregunta que, después de todo, “qué es el Hombre en la Naturaleza”. Y contesta: “Nada en relación con la infinitud, todo en relación a la Nada”, más o menos un punto intermedio entre la Nada y el Todo. No cabe duda de que una nueva cosmogonía exige una mitología también nueva, un escenario y un reparto de personajes por completo diferentes del paisaje terrestre y su correspondiente teología, una nueva Humanidad en la que difícilmente nos reconoceríamos los hombres de nuestra Historia. Dios no juega a los dados así como así.

Político impresentable

El secretario general del PSOE en Córdoba, Juan Pablo Durán, es de esos personajes que no deberían ser aceptados en la política por su fanatismo y por su brutalidad expresiva. En relación con la causa abierta a la alcaldesa de Peñarroya, Luisa Ruiz, por presuntos delitos contra la Administración, fraude y falsedad documental, Durán dijo que “estamos en un estado de excepción encubierto”, que los aparatos del Estado están “al servicio de la derecha” y, en fin, agárrense, que “la Derecha no hace prisioneros ni deja heridos. Solamente sabe matar y, si es posible, en las cunetas”. No estoy seguro, a pesar de la enormidad de la injuria, que el presidente del Parlamento no la justificara en nombre de la “libertad de expresión”.

Raros aliados

En mi opinión es una suerte que se haya dejado de hablar de la famosa “alianza de civilizaciones”. No es la primera vez que expongo aquí, contra de ese absurdo proyecto, mi argumento de que culturas hay el ciento y la madre pero civilizaciones no hay actualmente más que una y es la engendrada en Occidente durante siglos, inspirada a medias por el clasicismo mediterráneo y por el influjo evangélico. No tienen más que constatar la inmensa distancia que hay entre su visión moral y la nuestra. Por ejemplo, una chica sudanesa, Amira Osman Hamed, acaba de ser condenada a recibir cuarenta latigazos por haber llevado una “indumentaria indecente” aunque, en realidad, lo que hizo fue negarse a cubrirse el rostro con el velo tal como le fue demandado en la calle. Amira –por la que estos días recoge firmas por medio mundo Amnistía Internacional—ya hubo de pagar una multa elevada por el simple hecho de llevar pantalones, dado que el delito antes entrecomillado está en el Código Penal sudanés pero su libre interpretación corresponde a jueces y policías. Y el hecho coincide con la prédica en una mezquita de Ceuta en la que se pide a las mujeres que rechacen las leyes que sancionan a los maltratadores: que se divorcien (si pueden) e incluso que pidan a la policía que disuada al marido maltratador pero que, en modo alguno, admitan el castigo de éste porque resultaría un “castigo injusto”. Teniendo en Cuenta que Ceuta es todavía España y, por consiguiente, Europa, me siento más cerca de Samuel Huntington que de Zapatero y sus no tan “jóvenes turcos”: lo que hay en este momento histórico entre esas culturas diferentes y la nuestra es un conflicto y no una posibilidad de alianza.

Yerran los defensores del islamismo cuando ven en objeciones como ésta un desprecio o un ataque a sus creencias, alegando el carácter incidental de los choques entre ambas concepciones del mundo o, incluso, los “explican” en función de ciertas relaciones injustas. Antier como quien dice, y por enésima vez, decenas de cristianos fueron liquidados en una iglesia egipcia por suicidas sunníes y los mismo ha ocurrido antes en Nigeria, Pakistán o India por motivos estrictamente religiosos. Pretender aliarse con países o pueblos en estas circunstancias resulta obvio que es ilusorio, por más que la creciente polarización aconseje explorar cualquier acceso a una paz que tiene que basarse en una garantía previa hoy día inimaginable.