Ahorrar como sea

Las autonomías nos han traído beneficios pero también incontrolados perjuicios. ¿Por qué un andaluz ha de pagar el impuesto de sucesiones que en otras regiones españolas no se paga? ¿Y por qué, además de estrechar la autonomía del médico al forzarlo a recetar fármacos “genéricos”, se le obligará en adelante a elegir el medicamento más barato –no el más indicado—entre los homologados por los burócratas del SAS? No es cobrándoles impuestos particulares a los ciudadanos o estrujando a los pacientes cómo ha de “recortar” la Junta su despilfarradora gestión. Quienes ponen a la autonomía en peligro no son sus críticos sino sus malos gestores.

Mejoría disputada

Finalmente la autoridad competente ha declarado el principio del fin de la crisis. Se proclama que Europa ha dado la espalda a la recesión y que, aunque el trabajo –ese castigo divino convertido en privilegio– ha salido tocado del conflicto, pudiera ser que nuestras economías hayan visto recompensados sus esfuerzos (que son los nuestros) con la apertura de una rendija por la que se entrevé de nuevo el paraíso perdido. Es curioso porque, si cuando se anunció con tiempo la crisis se negó su realidad hasta el extremo de acusar de antipatriotismo a sus anunciadores, ahora parece que lo que priva es poner en duda la recuperación, unos por puro patriotismo de partido, otros quizá temerosos de que los síntomas de mejoría sean un espejismo. No importa que en España, además del boom de las exportaciones y el descenso de la prima, llevemos meses aliviando el paro, o que en Francia o en Alemania se haya crecido por encima de las previsiones oficiales más optimistas: lo “correcto” es mantenerse, al parecer, en una postura matizadamente escéptica cuyo principal argumento es que, en el mejor de los casos y de ser cierto lo que se anuncia, superar lo que se dice superar la crisis nos llevará mucho tiempo y todavía también mucho esfuerzo colectivo. La verdad es que los que tienen que opinar no lo tienen (tenemos) demasiado fácil habida cuenta de las discrepancias continuas entre las grandes instituciones económicas, pues cuando la UE deja entrever un horizonte de bonanza, el FMI -no falla– sale por peteneras para aguarnos la fiesta con sus agoreras previsiones, si no es el Banco de España el que interviene para desarbolar el optimismo.

Unos años de crisis nos han hecho caer en la desesperanza de un modo parecido a como, mientras duró la abundancia, los teóricos de la “new age” sugerían que tal vez el Sistema –el capitalista de mercado, se entiende– había llegado a fraguar al punto de resultar inmune a esas crisis que Marx y tantos otros consideraban que no eran más que estrategias de ese Sistema utilizaba para garantizar su supervivencia. Sólo la evidencia aplastante de la bonanza, llegue antes o después, nos sacará de este círculo vicioso en el que o no llegamos o nos pasamos a la hora de pronosticar. Que la cosa cambia parece cada vez menos discutible. Los que no cambiamos somos nosotros. El escepticismo resulta casi siempre chic, así como la esperanza es lo último que se pierde.

Tócame Roque

Lo que ha estado ocurriendo en Gibraltar es algo más que un abuso a juzgar por los proyectos de ampliar el territorio colonial no sólo construyendo arrecifes artificiales sino trasladando –literalmente—playas andaluzas dentro de sus límites. La Fiscalía ha abierto diligencias previas de información a raíz de la denuncia de un grupo ecologista que asegura que entre el 21 y 26 de junio cruzaron la raya un buen número de camiones cargados con la arena de una playa cercana lo que, con toda evidencia, descubre unos propósitos expansionistas definitivamente intolerables. La UE debe inspeccionar ese desmadre y corregir una política simplemente depredadora.

El animal mítico

En pleno ferragosto se ha disparado el rumor mediático, que es lo suyo, por un lado informando sobre un nuevo complot en torno a la muerte de Lady Di, que ahora se sugiere que podría haber sido obra de un agente secreto para evitar un matrimonio tan dinásticamente incómodo, y por otro, descubriendo por fin el enclave exacto de la famosa Área 51 en torno a la que, desde hace decenios, los partidarios del misterio menor y, en especial, los ufólogos, han tejido una espesa leyenda conspirativa. No hará falta rebuscar en las redacciones viejas instantáneas del monstruo del lago Ness, pues, ni descubrir nuevas caras en la casa encantada de Bélmez, porque la leyenda de esas instalaciones secretas americanas en las que se ha venido maliciando que el Imperio llevaba a cabo experimentos inconfesables desde el incidente de Roswell, se ha venido abajo al desclasificarse ciertos documentos y acceder la CIA a reconocer que ese Área 51 existe, en efecto, en el desierto de Mojave, en Nevada, pero no como laboratorio para oscuras investigaciones ufológicas sino como base secreta en la que probar los aviones espías U-2 y Oxcart. Parece que los avistamientos documentados por pilotos comerciales durante años no serían inventos sino las imágenes auténticas de ese prototipos que, al volar a alturas elevadísimas, reflejaban los rayos solares de manera que permitía confundir el ingenio con una nave inflamada que cruzaba inopinadamente el cielo. Necesitamos, sobre todo en vacaciones, noticias de esta naturaleza, capaces de superar la atención de la terrible realidad y darle, de paso, al hombre la ilusión de que hay ahí mismo, sólo que secuestrada por los poderes secretos, una fenemonelogía capaz de abrir a la imaginación dimensiones inimaginables y a los simples peatones la oportunidad de desarrollar cada cual su propia versión fantástica de la realidad.

Los medios no hacen nada malo dando pábulo cada verano a esa necesidad de lo extraordinario o a ese afán de lo maravilloso no convencional con que el hombre alivia tal vez sus limitaciones naturales, ni más ni menos porque, como advirtiera Cassirer y aquí hemos repetido tantas veces, la criatura humana es, antes y sobre toda otra condición, un animal mítico. Podrán comprobarlo ahora viendo cómo, a pesar de la desmitificación oficial, la conspiranoia prosigue su curso. Los sueños de las noches de verano no tienen límite desde que el hombre es hombre.

UGT contra las cuerdas

La decisión de la Fiscalía del TSJA de ordenar a la policía que investigue la posible responsabilidad penal en el manejo impropio de fondos destinados al desempleo para pagar la propaganda política del sindicato, pone a UGT contra las tablas en la medida en ya no valdrá el recurso de la negada por respuesta sino que sus responsables van a tener que explicar uno a uno los documentos publicados y en los que se aprecia, negro sobre blanco, la ilegalidad de esa gestión. No vale seguir negando la mayor y, escudados en su privacidad, ocultar los documentos probatorios de presuntos delitos, porque la pelota ya no está en la “caverna derechista” sino manos del Alto Tribunal. Que enseñan los documentos y los expliquen, porque con tratar de eliminar al mensajero no se prueba ninguna inocencia.

En justo término

Mi columna sobre el libro de Acemoglu y Peterson, “Por qué fracasan los países”, no ha pasado desapercibida entre mis lectores, algunos de los cuales (dos en concreto) me recriminan no sólo mi exceso de entusiasmo sino, ya de paso, mi presunta mudanza ideológica hacia posiciones digamos más conservadoras. Admito como probable mi exceso de entusiasmo porque la lectura del libro me resultó especialmente estimulante a pesar del recelo con que la inicié por haber leído hace un año lo menos la dura descalificación de mi viejo y admirado amigo Gabriel Tortella, quien la tildaba de “simplista”, y reparado más tarde en los puntos sobre las íes que le impuso Carlos Sebastián. Vamos a ver: lo que yo dije y sostengo es que este libro abre perspectivas interesantes, interesantísimas para mí, para descifrar la lógica de la historia que a unos empobrece y a otros monta en burra, por más que ni esa tesis ni ninguna que yo conozca me ha merecido nunca una confianza definitiva: todas las grandes tesis (la de Smith, la de Marx, la de Freud, la que comentamos) empiezan y acaban en un monismo y desconfío de toda hermenéutica que de un monismo emerja. La de Acemoglu y Peterson me resulta estimulante pero bien sé que, como todas las demás, están sujetas al riesgo que cualquier día salte un Voltaire y las cruciifique como éste hizo con Pascal, con Fontenelle o con Réamur antes de liquidar a Leibnitz en el “Cándido”. En ciencias humanas escasean la tesis omnicomprensivas que abarquen los problemas en su totalidad, pero es cierto que Acemoglu y Peterson no dejan de insistir una y otra vez en el valor y peso de la contingencia sobre el desarrollo de la Historia. No hay claves exclusivas que den cuenta del acontecer social. Ni n este caso ni en ninguno.

¡Dejen que uno se entusiasme de vez en cuando, caramba! Yo sigo diciendo que el libro en disputa es atractivo, está lleno de ejemplos sugerentes y propone una clave –la de que la institución política determina la economía– que resulta no poco convincente en un momento, como el que vivimos, tan relativamente pobre en teorías. ¿No se ponen hoy como chupa de dómine a los grandes hitos del pensamiento sin que nadie aporte iniciativas superiores? Admito esas críticas a mi fervor pero sigo recomendando un libro que consigue atraparte de un modo muy singular en medio de la atonía generalizada en que nos movemos.