Pásalo, colega

Holanda, más en concreto Amsterdam, va a dejar pronto de ser la Meca de los porreros que buscan el libre disfrute de la marihuana en sus famosos cafés-droguerías. También dejará de tener sentido la excepción frecuente de la tolerancia del consumo para ciertos enfermos afligidos por el dolor o, por desgracia, terminales, dado que la teoría de que los derivados del cannabis son la puerta a la drogadicción no tiene mucho sentido (no conozco a ningún porrista que no haya sido antes fumador de tabaco, por ejemplo) desde el momento en que se empieza a imponer la idea de que la liberalización de la droga sería tal vez el único camino para acabar con ese comercio criminal. Ha sido un estado pequeño, Uruguay, el que, en medio del territorio de lucha clásico de los EEUU y su DEA, ha decidido, no sólo la despenalización del consumo de “maría”, sino la legalización de la producción y la comercialización de ese producto del que, por otra parte, se espera obtener beneficios fiscales relevantes. Lo de Uruguay sería letra menuda, en todo caso, pero no si estados como Colorado y el propio Washington se unen, como se han unido, a este proyecto liberalizador. Uno no frecuenta –ni siquiera cree en ellos— los “paraísos artificiales” que la opinión suele referir a los caballeros legionarios y a los porretas marginales, olvidada de que los insignes maestros de la Escuela de Frankfurt ya experimentaron con la marihuana como contó en un libro precioso Walter Benjamin que editó y quizá tradujo también, por cierto, el difunto Duque de Alba, Jesús Aguirre con el título “Hachis”. Es cierto que cualquier chaval canutero de la actualidad le daría sopas con hondas a aquellos sabios, pero ahí está el caso, en última instancia, para demostrar la inocuidad de una droga, entre ansiolítica y euforizante, que más vale liberalizar que prohibirla en beneficio exclusivo de los narcos.

Hace años aprendí en un libro de William Burroughs que, si no estuviera prohibida, la droga sería el vicio ideal de la clase media, aunque ello no me hizo olvidar la incisiva idea de Henri Michaux de que, para quienes elijan o pretenda vivir “en el otro lado”, todo es droga. Droga –y de las más dañinas– son ciertas ideologías, después de todo, y, sin embargo, nadie las prohíbe. Estoy convencido, en fin, de que este experimento liberalizador tiene que haber puesto de los nervios a los mercachifles criminales de los cárteles. Aunque sólo fuera por eso, merecería la pena intentarlo.

Ricos y pobres

Muy divertida esa distinción que la Junta hace entre sus consejeros ricos y sus consejeros pobres (o no ricos). Dicen medirlo por sus respectivas declaraciones de la renta personal, como si ese dato fuera suficiente, a estas alturas, para estratificar a los ciudadanos. Y parece como si esa distinción ideológica tuviera algo que ver con la realidad política, una actividad que siempre estuvo en manos de los ricos (o de los más fuertes). Este sociatismo de cinco estrellas mantiene visible una cara anacrónica que, a la vista está, para nada garantiza ni su identidad ni su virtud.

El gran gallinero

No sólo de pan vive el hombre (Mateo 4,4). En Occidente cada día se consume más uniformemente lo que ofrece el mercado y en el resto del planeta tres cuartos de lo mismo. De poco valen las propagandas y publicidades que aconsejan variar la dieta, abundar en los vegetales o reducir las grasas, porque lo que de verdad decide al ama de casa es la oferta de la plaza o del súper. Hasta ahora parece que el mundo no hambriento, en términos generales, venía nutriéndose sobre todo base de carne de cerdo en la que buscaba las proteínas animales que en otros productos los precios vuelven prohibitivas. Asegura The Economist, esa Biblia de nuestros popes, que tanta boca abierta consumía al año nada menos que 114 millones de toneladas de porcino, pero todo indica que, en adelante, será la de pollo la carne preferida ya que este mismo año su consumo alcanzará los 128 millones de toneladas. Los analistas parecen inclinarse por la hipótesis de que esta mudanza responde al cambio de gusto de las clases medias atraídas por unos precios más asequibles que permite una producción más barata que la de la carne de cerdo y muchísimo más que la de vacuno. ¿A qué vendrá entonces que la mismísima ONU haya sugerido hace poco que la especie humana debería incluir en sus menús los insectos, como ya hacen no pocos países “en desarrollo” e incluso algunos, como México o China, que figuran entre los emergentes? La imaginación de nuestros bien pagados protectores no parece, ciertamente, demasiado aguda.

En su extensa y atractiva “Historia natural de los alimentos”, Maguelonne Toussaint-Samat, tras recordarnos que todavía no hemos salido del Holoceno, nos describe la evolución del sustento humano a lo largo de los siglos, desde que el mito de Deméter hizo del trigo un símbolo de la supervivencia hasta estos complejos días en que los gourmets entronizan el ídolo de una cocina ideológica (ya me dirán si no qué es eso de la “deconstrucción”) de la que el último grito, por completo idiota, es la propuesta de Ferrán Adriá de utilizar en sus menjunjes el “aceite de jamón”. Bienvenido sea, pues, el hermano pollo –una exquisitez que no hace tanto tiempo era todavía reservada para las grandes ocasiones familiares–, en esta dura circunstancia en que millones de personas mueren de hambre “in partibus infidelium”, y, aquí, en tierra privilegiada, hace cola ante los comedores que les ofrece la santa caridad.

Cambios necesarios

Entre los mangazos ya demostrados y los que están por demostrar, parece claro que urge una investigación a fondo sobre el destino de la fortuna que el Estado da a los llamados “agentes sociales”, en particular en cuanto se refiere a los (también llamados) “cursos de formación” con que se entretiene el hambre de los parados. No es aceptable, por ejemplo, el silencio de Cándido Méndez sobre el “bote” sindical andaluz, pero tampoco el hecho de que la Justicia no haya irrumpido ya en esa plaza en que lo mismo se torean los ERE que se banderillea con facturas falsas. Temo que el día en que se abra esa caja de Pandora quedará en evidencia la inviabilidad actual de esa estructura heredada.

Padres de la patria

No ha habido suerte en las autonomías a la hora de rebuscar en la Historia un personaje referente del que se pueda hablar como “padre de la patria”. Estos días vemos recrudecida la sempiterna disputa sobre el héroe nacional catalán, Rafael Casanova, quien en última instancia, si hemos de atenernos a la historiografía y no a la propaganda, fue un hasburguista que luchó en la guerra de Sucesión contra los partidarios –también catalanes en parte—de la instauración borbónica, y que fue derrotado, para acabar sus días ejerciendo de abogado, que era lo suyo. En cuanto al País Vasco, sabido es que el peneuvismo ve con desconfianza el interés ajeno por la obra de Sabino Arana, editada por el propio partido pero escondida a buen recaudo, sobre todo tras el repaso irrebatible que le propinó Jon Juaristi en “El bucle melancólico” al poner en evidencia la indigencia ideológica e incluso racional de esa obra. Los andaluces descubrieron un día –a través de Rojas-Marcos y sus pioneros– la figura respetable de Blas Infante, una víctima hasta entonces olvidada del fascismo insurgente cuya obra tampoco resiste una crítica siquiera medianamente severa, aparte de la que personalmente pueda hacérsele al personaje –como la fulminante que le hizo Gustavo Bueno—por sus actitudes personales. No tenemos en esta “nación de naciones” un Cronwell, un Robespierre, un Garibaldi, un imaginario “Infante Perfeito”, un Washington y mucho menos un Sigfrido o un Rolando; nuestros héroes patrios son mucho más modestos y, lo que es peor, mucho más controvertidos. Es verdad que los héroes se cuestionan y hasta se caen, a veces, como ha podido ocurrir en Francia con el Jean Moulin de la Resistencia, pero la norma es que pervivan indiscutidos por la evidencia de sus méritos, espejo mítico en el que se contemplan sus ciudadanos. Y eso, por desgracia, no ocurre en nuestras improvisadas autonomías.

Es posible que esa inviabilidad racional de los “padres de la patria” corra pareja a la que las propias comunidades encuentran a la hora de perfilar sin ambages su identidad, dado que esta suerte de subnacionalismo regionalista no fue menos improvisada que sus símbolos. Que la bandera vasca sea un invento de dos hermanos que recalcaron la inglesa o que el color andaluz sea el verde de los Omeyas son ejemplos que hablan por sí solos. Recordarlo en la hora crepuscular de la nación histórica común me parece que no deja de ser un ejercicio moral y político digno del mayor respeto.

Vida y muerte

Me pilla con el libro de Beatriz Becerro sobre el suicidio adolescente, “Historia de los niños infelices”, el desahogo de Stephen Hawking en el que defiende sin restricciones el suicidio asistido, un criterio que, viniendo de un sabio eminente que vive y piensa conectado a un respirador artificial y se expresa a través de un sofisticado sistema mediante el movimiento de sus mejillas, no deja de merecer un respeto absoluto. Pero enseguida recurro a la información sobre el tema para comprobar –junto con la conmovedora saga que se nos ofrece en el libro mentado—la gravedad de un hecho social que representa ya la segunda causa de muerte en el mundo occidental, por delante incluso de las víctimas del tráfico. ¿Sabían ustedes que sólo en los EEUU se producen (aparte de los ocultados) no menos de tres mil suicidio al año, es decir, más o menos diez diarios, sabían que también cada año se registran, según la Organización Mundial de la Salud, más de ochocientos cincuenta que afectan a menores de quince años, víctimas de un maltrato que, según la misma organización, afecta, sólo en Europa, a dieciocho millones de niños? La pobreza, la droga, la desestructuración familiar, los abusos sexuales, la violencia ambiente y la depresión o la ansiedad resultantes, son algunas de las principales causas de esta tragedia, inimaginable en la sociedad tradicional, no sólo en cuanto afecta a esos menores infelices sino también a los adultos decididos a renunciar a la vida reclamando su derecho al suicidio, una vez desaparecido de los códigos penales su condición de delito, aunque no otros relacionados con él, como la inducción. Viejo tema, el suicidio, tolerado en las culturas clásicas, prohibido o reclamado en toda circunstancia. Kafka llegó a decir que se había pasado la vida defendiéndose del deseo vehemente de ponerle fin y Shakespeare decía en su “Otelo” que era cosa de tontos vivir en el tormento teniendo a mano la muerte que es nuestra medicina.

No me atrevo a recomendarles el libro de Becerra, tan tremendo, tan escalofriante, tan necesario. Niños que se suicidan al verse solos en la vida, niños que encuentran en la muerte la salida al acoso o al maltrato, niños que no resisten más la explotación, adolescentes desorientados que huyen de la realidad o que son inducidos al suicidio atrapados en las “redes sociales”: algo, seguramente clave, no funciona en este “mondo cane” en el que la tortura de los menores se ha convertido en algo usual ante la impotencia de sus responsables.