Al pulpo, ni reñirle

Ya lo han visto: la Junta socialcomunista “recorta” hasta la raíz allí donde le resulta más fácil mientras deja intacta la pastizara allá donde más pesa su propio interés. Canal Sur, ese agujero máximo, seguirá recibiendo su dinero y, ya lo verán, a mediados de curso –si es que llegamos—irá al Parlamento a pedir “la extraordinaria” para cuadrar las cuentas. Y los barandas, los altos cargos del “régimen”, seguirán trincando las “cesantías” por la cara así como disfrutando de la casa gratis con que agradecemos su imprescindible gestión. ¿Quién pagará el festín, entonces? Pues la clase media asfixiada a impuestos y los sufridos funcionarios. Al pulpo, ni reñirle, ya saben. Cada cual arrima el ascua a su sardina.

La crisis de la izquierda

Retirado en el refugio de su militancia ejemplar, Julio Anguita ha votado en contra del pacto de IU que ha salvado al PSOE en Andalucía a cambio de su integración burocrática en la Administración autónoma. Para él, a juzgar por sus propias palabras, ese rechazo se debe a que lo que se ha pactado carece de contenido concreto, lo que coloca a IU en una posición sumisa respecto de un PSOE al que los andaluces han derrotado por primera vez en treinta años arrebatándole nada menos que nueve escaños y la vieja hegemonía parlamentaria. Cree Anguita que, teniendo la famosa “llave” de la gobernación en la mano, “hay que mojarse”, y concreta el envite proponiendo que la coalición –tanta veces rechazada desdeñosamente por el PSOE– debió pactar únicamente la investidura de un Griñán derrotado en toda la línea sólo bajo la condición de establecer, con carácter inmediato, la comisión parlamentaria para investigar el saqueo de los ERE, además de comprometer tres medidas concretas, cuantificadas y presupuestadas, en beneficio de los más necesitados, para pasar luego a la Oposición. Anguita es un espíritu libre, un estudioso en su rincón, que mientras estuvo en la primera línea logró lo que jamás consiguieron sus camaradas de entonces ni, por supuesto, conseguirán nunca los actuales, a saber, el respeto de vastos sectores de la opinión incluidos aquellos que no compartían sus criterios. Su retirada ha constituido una auténtica tragedia para una izquierda hoy marginal por más que haya tenido la fortuna de recoger los escombros de un PSOE atrapado por su mala gestión política de la crisis y por el mayor escándalo de corrupción de la autonomía andaluza. Imaginen una negociación como la que acabemos de vivir si al otro lado de la mesa, el PSOE de los griñaninis llega a encontrarse a Anguita y sus baqueteados y hoy desaparecidos compañeros de aventura exigiendo el precio justo a un partido venido a menos que nunca y sin mejores perspectivas.

Vamos a echar de menos, sobre todo, el sentido del Estado que siempre demostró Anguita,  su repulsión por el aventurerismo y su proverbial desapego de eso que se entiende por “carrera política”. Él nunca habría pactado por sillones, ni se habría humillado al aceptar una Vicepresidencia trucada, como no habría reculado ante el compromiso de la investigación previa de los ERE. La crisis de la izquierda tiene mucho que ver con la mengua lamentable de sus dirigentes, su feble formación y la profesionalización de una casta que cuyo único capital es el cargo. Él nunca cambiaría el programa por la nómina. Que es lo que acaban de hacer sus sucesores desde el más descarado pragmatismo.

Lamentos tardíos

Escucho por el lado de la UGT lamentos y denuncias, protestas airadas incluso, provocadas por algo que ellos sabían de sobra que habría e producirse: el gran recorte de Griñán. Uno de sus dirigentes ha calificado a los políticos como una “pandilla de inútiles” dedicada a desvalijar al contribuyente. Y por lado de IU, en cambio, incluyendo el silencio de CCOO, asisto al “más difícil todavía” de justificar el zarpazo con el que pagaremos a escote la herencia de Griñán y, al mismo tiempo, defenderlo como inevitable. Si alguna vez hemos dicho que esta coyuntura podría ser la tumba de IU, cabe decir ahora que, probablemente, lo que acabe siendo es el mausoleo de la Izquierda.

La antipolítica

Si algo no puede negársele al movimiento de los “indignados” es su pertenencia a esa corriente ideológica actual que desdeña la política cuando no se le opone abiertamente. Hay datos preocupantes. El que nos informa de la crisis del sentimiento democrático en países como la propia Francia. El hecho de que un cómico como Beppo Grillo haya obtenido en las recientes parciales italianas nada menos que un apoyo del 14 por ciento que alcanza cotas superiores en algunas ciudades importantes. El creciente desdén de los españoles por los políticos que ilustran los sondeos. La rebelión suicida de los griegos contra el Poder que, en este caso, como en el de Italia, ya no está en manos de políticos electos sino de tecnócratas. Vivimos una crisis de la política que, en realidad, es una crisis de la democracia, del sistema de representación mismo que algunos sociólogos como Pierre Bourdieu vienen profetizando hace décadas y visionarios como George Orwell anunciaron nada más concluir la segunda Guerra Mundial. Grillo no se corta ya en decir que “los partidos no existen, que se han pulverizado” y que, en consecuencia, iniciativas como su Movimiento 5 Estrellas (M5E) no son sino un precipitado del desconcierto público que viene a rellenar el hueco dejado por las viejas organizaciones. En Grecia, dada la gravedad de la situación, se insiste en la suplantación del político convencional –de hecho, un espontáneo con más o menos suerte— por un todavía indefinido gobierno de las masas, del protagonismo de las asambleas sobre los parlamentos que no es, en fin de cuenta, nada demasiado diferente a los que nuestros bisabuelos llamaron “acracia”. Y todo ello en medio de una crisis socioeconómica, cuyo mecanismo se desconoce en realidad, pero que mantiene en el alero a medio mundo. Un loco lúcido como David Icke se está forrando a base de predicar que el gobierno del planeta es cosa de unos cuantos ocultos, que la democracia es una farsa y que el dinero no existe más que en los ordenadores. Desde lo de Sócrates, se veía venir.

Es posible que los “indignados” no sepan siquiera lo que pretenden en concreto, pero también lo es que la casta política está en almoneda. Se viene abajo el tópico de la “tarea nobilísima”, la gente no cree ya en mandangas y el Sistema cruje por los cuatro costados no porque unos miles de ingenuos muestren las manitas o vivaqueen en nuestra plazas sino porque la opinión actual, más y mejor informada que nunca, le ha visto la punta al Sistema y al Oficio. Vivimos entre el desencanto y la pesadilla de la conspiración. Lo último ha sido descubrir que los bancos están tan tiesos como los peatones.

El caldo y las tajadas

Esta IU de Valderas pretende aprovechar la lotería que le caído en las manos para zamparse el caldo pero también las tajadas. Su nota aclaratoria de por qué aprobó las medidas ultraliberales en el Gobiernillo andaluz resulta cómica en su intento de responsabilizar de ese liberalismo a Rajoy aunque sólo sea porque permite ver claro –¡tan pronto!—que IU se ha convertido en esa “marca blanca” del PSOE de que venimos hablando y que está dispuesta a apoyar tan esquilmadoras medidas y las que están por venir con tal de conservar su ilusorio poder en el tinglado del “régimen”. Esos ingenuos que la votaron para salvarnos de Griñán comprenderán ahora que lo que han conseguido es prolongar este esperpento. Ni Valderas podría llegar a más ni el PSOE a menos en esta Andalucía a la que no le llega la camisa al cuerpo.

Bendita ignorancia

Tal como van las cosas, a la vista de la primera página del periódico y el machaqueo de los telediarios, cada día celebro más no saber de economía más que los rudimentos. Debe de ser una tragedia, siquiera como la teológica, trabajar con esa materia fluida y evanescente que, encima, se representa en números arábigos, pero en la que parece evidente que toda hipótesis de los expertos es meramente conjetural. No les voy a recordar el bastinazo de Standard and Poor’s cuando le dio sobresaliente con matrícula de honor a los mangantes de la banca americana que traficaban con las famosas hipotecas “subprime” o el que antes cosechó en Islandia, primero porque no entiendo eso de que unas agencias privadas le marquen la agenda a los Gobiernos y, lo que es peor, a los pueblos; y segundo, porque también hay que comprender que en este rollo de la volatilidad financiera, en cuyo ámbito todo resulta imprevisible, tiene mucho que ver la cultura de la virtualidad. Hace años un “trader” tramposo arruinó a no me acuerdo que banco inglés trajinando desde Hong Kong y hace unos días nada menos que JP Morgan, el rey del mambo hoy por hoy, ha tenido que tragarse un sapo de dos “miliardos” de dólares porque a otro de esos pájaros –un francés establecido en Londres– se le ha ido de las manos un negocio de especulación y riesgos que, con dinero ajeno, naturalmente, se venía trabajando con éxito, cosa que no hubiera ocurrido si la gran banca no se hubiera opuesto a esa iniciativa conocida como la “regla Volcker” que pretendía suprimir el corretaje sobre fondos propios, y que ahora le ha costado que la propia S&P sancione al gran banco rebajándole su nota. ¡Ah, el antiguo banco, con sus contables anotando en sus altos atriles y su cajero con el manojo de llaves, aquella liturgia del culto a la seguridad averiada definitivamente por la cultura virtual! Un amigo mío dice que un banco es hoy como una gran caja fuerte con un agujero informático, pero yo suelo argüirle que ni los “brockers” ni los ordenadores funcionan solos.

Que me expliquen, ya digo, cómo es posible que el Banco de España no supiera lo que viene pasando hace treinta años en las Cajas de Ahorro, que nadie supiera lo de la chorba valenciana, que ni Rato ni su antecesor ni los sindicatos presentes se hayan enterado de la película hasta que el oso se había comido ya medio madroño y parte del otro medio. O mejor, que no me expliquen nada. La gente se pregunta por qué hay que arrimarle dinero a los bancos que cuando ganan –¡y hasta cuando pierden!–  se lo llevan crudo o vuelta y vuelta. Marx se retorciendo de risa en su rincón de Hight Gate.