El terror

El tristemente célebre subcomisario Amedo ha escrito un libro que se titula “Cal viva”. Un ajuste de cuentas desvergonzado presentado en una televisión ante de varios periodistas como parte de su “promoción” editorial. Daba horror asistir a esa exhumación del crimen de Estado en boca de un asesino a sueldo que no tiene nada que perder y mucho que ganar, asistir a la exhibición de los cadáveres y escuchar que “los políticos” eran quienes “pagaban” los crímenes y los mercenarios quienes los cobraban como si fueran piezas de una montería. No necesitó mucho esfuerzo Amedo en involucrar a González –como ya hiciera Garzón en su día—como el artífice máximo de una trama terrorista cuya existencia, según allí se dijo, conocía el Rey. Amedo explicó la mecánica de aquella trama: los políticos encargaban a unos mercenarios (él entre ellos) el asesinato de etarras por cuyos cadáveres se pagaban millones, pero, ojo, sin admitir fallos: a uno que se quejaba de no haberlos “cobrado”, le replicó Amedo con su argumento miserable: sólo se pagaba “sobre” cadáver; los supervivientes, no contaban. No recuerdo mayor exhibición de inmoralidad política y me estremezco todavía ante un hecho: la naturalidad con que ha podido llegar a hablarse de la cacería. ¿Cómo hemos podido olvidar esos años de plomo, cómo González se las ha averiguado para pasar indemne entre la balacera dialéctica, cómo la democracia ha podido aceptar que sus máximos responsables pagaran con unos míseros meses de cárcel antes de entrar en la cual fueron despedidos como héroes por el PSOE en peso con el ex-presidente del Gobierno a la cabeza? Dinero negro, maletines, fondos de reptiles, chivatos, documentaciones falsas, armas ilegales…, todo ese repertorio mafioso pudo verse en la pequeña pantalla. Como si tal.

 

¿Y se quejan de la Transición, hay quien le pone pegas a su desarrollo y aboga por una nueva, como si aquí no hubiera pasado nada, como si el Estado no hubiera funcionado durante años como un sindicato del crimen desde la cúspide a la base? Amedo es un resumen del cinismo nacional, de esa opinión masiva que justifica la barbarie de Estado aunque critique su chapucería. Pero no sólo Amedo. En nuestra crónica han pervivido asesinos y ladrones amnistiados por la desmemoria. Amedo, por lo menos, lo canta claro. Mi asco de la otra noche iba tanto por él como por ellos, que algunos creíamos, ay, que eran “los nuestros”…

Vista del franquismo

“En democracia no debería haber estas detenciones de sindicalistas” Fernández Toxo tras la detención de los sindicalistas de CCOO relacionados con el “caso ERE”). “(Estas detenciones) Tienen mucho más que ver con las brigadas de la Social al servicio de los tribunales de orden público (sic) que con un Estado de Derecho del siglo XXI”, Antonio Carbonero, secretario regional andaluz de Comisiones Obreras (por el mismo motivo). “Estamos hartos de defender a los golfos andaluces”, Javier Figueroa, secretario general ugetista de Acción Sindical. “Billy el Niño hace 38 años que ha dejado de torturar y ellos continúan siendo comunistas”, Salvador Sostres, columnista de este periódico. “Las garantías que ofrecía la República  eran todavía más pobres que las que ofreció el franquismo”, el mismo.

Altos suicidios

El padre Hans Küng –a él me consta que no le gustaba ese tratamiento—ha marcado a toda una generación con sus provocativas e incisivas obras sobre la fe y sus problemas. Una generación marcada, eso sí, al mismo tiempo, por la temprana revista “Concilium”, por la obra de Rahner, los bellos libros de Von Balthasar –mi preferido, no lo niego–, la reflexión complejísima de Schillebeckx, los amables aportes de Henri de Lubac –el preferido del papa Francisco—y, en fin, el propio Ratzinger de quien Küng era amigo cercano como ilustró la amable entrevista que ambos tuvieron a principios del pontificado del primero, que no sirvió, sin embargo, para levantarle la prohibición (inútil en la práctica) de que siguiera enseñando teología, es probable que por la contundencia con que Küng mantuvo siempre sus graves objeciones a la infalibilidad. Pues bien, ahora Hans Küng padece una enfermedad Parkinson avanzada y prevé, con la confirmación de sus médicos, que puede perder la vista en poco tiempo, razón tremenda por la que, según  parece, está considerando la posibilidad de entregarse a una clínica alemana en la que se practica la eutanasia, decidido por la idea de que “no quiere seguir viviendo como la sombra de sí mismo”. La obra de Küng ha dejado tras de sí una vasta huella  a pesar de la inquisición vaticana pero es indudable que, de consumar su proyecto de suicidio asistido, el impacto sobre el mundo cristiano ha de ser, además, profundo y controvertido. Él dice que “no está cansado de la vida, sino harto de vivir”, extraño dilema que, en cualquier caso, no dejará de inquietar profundamente a vastos sectores de la cristiandad. La larga polémica sobre la eutanasia repercutiría, qué duda cabe, como un impacto severo sobre ella, por dura y castigada que haya sido su experiencia vital y, al mismo tiempo, un testimonio clamoroso a favor de la libertad de los defensores de la libertad del hombre hasta sus últimas consecuencias.

 

Si un testimonio semejante por parte de un ilustre teólogo es ya de por sí un zambobazo moral, el hecho de que llegara a entregarse voluntariamente a una muerte prematura –que no es posible criticar si no es desde la cerrazón—iba a suponer, incluso en la era del papa Francisco, un argumento abrumador en mano de los partidarios de la eutanasia. ¿Puede disponer el hombre de su propia vida desde la serenidad y el convencimiento? Küng coloca a su Iglesia con esta decisión en una disyuntiva definitivamente insoluble.

La agonía sindical

El “caso ERE” dará de sí un ejemplar o se quedará en poco. Ahora bien lo que ya no es posible dudar es que de la madeja devanada por la juez Alaya

se deduce la perversión de unos sindicatos que, del brazo de la patronal y a la sombra del Poder, se han adaptado a la buena vida. Quizá no quede otro recurso que una refundación de esos “agentes sociales” en la que, entre otras cosas, se incluya la obligación  de autofinanciarse con las cuotas de sus afiliados y se definan con claridad sus funciones. El actual montaje –otra herencia de las aquellas prisas—avergonzaría a los viejos dirigentes y a los viejos militantes. Si encima les cae encima la Justicia esa refundación resultará imprescindible.

Uno menos

No puedo reprimir esa tremenda expresión ante la muerte del general Odlanier Mena. Fue jefe de la “Inteligencia” de Pinochet y aunque enemigo del tenebroso Contreras, mandó la “caravana de la muerte”, aquel somatén milico que liquidó atrozmente a tantos chilenos. Se ha suicidado en su casa, de un disparo, aprovechando un permiso de fin de semana y, al parecer, cuando conoció la noticia de que el Gobierno había decidido cerrar la cárcel dorada en que cobija a sus criminales de fuste. Mi amigo Albiac diría, posiblemente, eso de que lo suyo hubiera sido meterle ocho tiros en la barriga. Yo no parto esas peras, pero no logro encontrar la menor piedad fuera de la que pueda inspirarme cualquier muerte. ¿No habíamos quedado en que quién a hierro mata a hierro muere? Este asesino casi nonagenario no estaba arrepentido de unos crímenes que se limitaba a negar o a atribuírselos a otro milico, y sostenía, ya muy al final, que en todas las revoluciones ha habido crímenes contra la Humanidad y que la paz no llegaría nunca. A lo que no estaba dispuesto era a compartir penas con los presos corrientes, a renunciar al privilegio que allí –un poco como aquí—el Poder concede casi siempre a los altos delincuentes. Un tiro y a otra cosa, pues. Uno menos, qué quieren que les diga.

 

He escuchado en la prensa chilena aplausos a la medida del Gobierno que ha provocado el suicidio de Mena: no es justo proteger a quienes han cometido crímenes contra la Humanidad ofreciéndoles condiciones de vida privilegiadas. Y llevan razón, por más que se nos venga a la cabeza que un tipo como Kissinger viva su privilegiada vejez acariciando el premio Nobel de la Paz, a pesar de haber sido el primo de Zumosol de los golpistas chilenos. ¿Dónde no se han paseado libres y acaso felices los malvados que, por unas ideas u otras, han pisoteado al hombre sin el menor remordimiento? En España, para empezar, en la Alemania ciega y sorda que sostuvo a Hitler, en China, en Túnez, en Argentina… Los verdugos como Mena están en todas partes y, salvo excepciones rarísimas, suelen morir en su cama. Por eso incluso un humanista tan cumplido como Albiac recurre a la metáfora de los tiros a la barriga, como en el apócrifo atribuido a Azaña. Revuelvo mi conciencia e, insisto, no hallo rastro de piedad más allá de la que cualquiera siente por la muerte ajena. Uno menos. Mena no ha hecho más que ejecutar por su mano la sentencia que merecía.

Plenos catetos

Un concejal de Bollulos Par del Condado, que es, además jefe de información de la Vicepresidencia de la Junta, Juan Félix Camacho, reveló el otro día en su Pleno municipal que el hoy copresidente Valderas –el mismo que compró en la subasta el piso de su vecino desahuciado—recibió jamones cuando era alcalde de aquel pueblo a cambio de colocar en la Mancomunidad a algún donante. Y el pobre Antonio Maillo, nuevo coordinador, ha tenido que salir a los medios para quitarle hierro a la cosa con el argumento de que esas son cosas que ocurren en los “plenos de pueblo”. ¡Como si él y Valderas fueran de Nueva York! Camacho se ha retractado, en fin, y aquí no ha pasado nada, pero en Bollullos ni les cuento la juerga que hay.