Nuestros tiranos

Hay noticias recientes y felices sobre dos tiranos. En Zimbabue ha caído Mugabe, el sátrapa nonagenario, junto con el ciclón de su señora, aunque a ambos se les ha concedido el privilegio de la inmunidad que impedirá a sus víctimas hasta la mínima compensación de verlo en un banquillo justiciero. A Mladic, en cambio, aquel carnicero impío que perpetró el genocidio de Sbrenica, lo han mandado de vuelta a su celda por una temporada los manguitos del TPI. ¡A buenas horas, pero menos mal! Recuerdo el vendaval que me cayó encima por decir en una tertulia de la radio, en tiempos de la tragedia balcánica, que los yugoeslavos acabarían echando de menos al mariscal Tito, una profecía que –de forma expresa o tácita— es lamentablemente, hace tiempo, una triste realidad. La justicia internacional se administra con cuentagotas, lejana ya del espíritu jurídico que animaron los teólogos españoles de la “segunda Escolástica”, en cierto modo en la estela de Tomás de Aquino, y muy en especial el padre Mariana, elocuente defensor del regicida del monarca francés. Lo normal es que los tiranos mueran en su cama y no seré yo quien aconseje lo contrario pero, ciertamente, a la vista de tan extensa nómina, la cosa no deja de ser decepcionante. La condena de Mladic, en todo caso, completa un razonable ajuste de cuentas legítimas con los criminales aunque deje intacta la responsabilidad de este democrático Occidente cuyas tropas de interposición permitieron los crímenes del condenado e hicieron la vista gorda durante años ante su impunidad protegida.

Que no, que después de Nuremberg, la conciencia del mundo libre no logra deshacerse de un cierto complejo garantista que funciona, en la práctica, como el mejor seguro de los dictadores. Se fue de rositas Stroessner, se fue Videla, se fue Amin Dada, se fue Pol Pot, se fue Pinochet y tantos otros…, dejando tras ellos, a porfía, un atroz reguero de sangre y el más inútil de los duelos. La imagen de Pilatos lavándose las manos sigue intacta en pleno apogeo de una civilización que provee de máximas garantías a esos canallas que avasallaron sin piedad a pueblos indefensos. ¿No anduvo por ahí durante años la viuda de Mobutu reclamando la solidaridad pública en apoyo de su reclamación de la fortuna que aquel bárbaro guardaba blindada en las cajas fuertes de nuestra banca hiperliberal? En fin, habrá que conformarse con esta “pedrea” justiciera. Los premios gordos, no se preocupen, porque no están siquiera en el bombo.

La sede auntonómica

Nunca tuvo la autonomía andaluza una red de sedes propias. Heredó las del franquismo, en primera instancia; amplió luego comprando y vendiendo a calzón quitado; llegó, incluso, a vender para alquilar luego lo vendido – una cosa que se llama en inglés “sale and lease back”– con pérdidas que la Cámara de Cuenta estimó en su día superiores a los 131 millones de euros. El presidente Borbolla intentó resolver el problema pero me consta –me consta, repito– que fue obstaculizado en su propósito y, luego, la constante amplificación del invento acabó desmadrando todos los cálculos. Existe un “plan de sedes “–¡vaya plan!—pero la Junta confiesa, bien pasados los tres decenios, que no sabe bien dónde reside. Una prueba más del carácter chapucero de nuestro “régimen”. No sabemos dóndes estamos. Me pregunto si sabremos lo que somos.

No escarmientan

Ni escarmientan ni, presumible y lamentablemente, escarmentarán. ¿Y por qué iban a hacerlo si tienen a la vista, desde Juan Guerra para acá, que aquí casi nunca pasa nada? Fíjense en el último presunto mangazo registrado en la Diputación de Huelva, calcado de tantos anteriores, aunque la verdad es que puestos a fijarse ahí está el caso que afecta al señor presidente del Parlamento, acusado por la Oposición –a excepción de Ciudadanos, ni que decir tiene—de apañar un contratillo navideño para una empresa de un sobrino suyo, a lo que parece, trampeando a la Mesa. Dicen que la Cámara de Cuentas va a investigar el caso pero, como comprenderán, un asunto tan feo está pidiendo a gritos una fulminante intervención política y no un mamoneo más. ¡Un Presidente de un Parlamento, ahí es nada! A ver cómo quieren que los de abajo se aprieten los machos y no se desvíen.

Un poder andaluz

No le falta razón a la presidenta Díaz cuando pide a los partidos de la Oposición andaluza formar un frente unido a la hora de negociar la financiación autonómica. Ni en decantarse por la igualdad territorial a ultranza contra lo que, al parecer, pretende el tacticismo personalista de Sánchez e Iceta, porque no es cierto el apotegma de Chaves de que “lo que es bueno para Cataluña es bueno para Andalucía”, qué va, e incluso puede ser todo lo contrario. En el fondo lo que se ventila en este pulso es el modelo territorial de nuestro Estado autonómico, o sea, ni más ni menos que la viabilidad de nuestro régimen constitucional. Sería miope por parte de los partidos no apoyar a Díaz en este negocio como lo fue siempre en política anteponer la táctica a la estrategia.

La murga sigue

Dice la hija de Carlos Cano –¡querido Carlos”!—que su padre dejó de cantar la “verdiblanca” cuando la vio en los banderines de los coches oficiales. Si viviera hoy vería reconvertidos al autonomismo a tirios y troyanos, todos proclamando el 4-D como un solo hombre, incluidos los muchísimos que entonces no estaban por la labor y los que se subieron a ese tren forzados por las circunstancias. La desmemoria hace milagros, pero ahí está la hemeroteca: muchos, unos y otros, estoy por no decir que la mayoría, pillaron ese tren en el último vagón aunque ahora entren en la estación atronando con el silbato. La Historia está repleta de protagonistas “a posteriori”, pero cuarenta años después, ni hay trabajo ni los emigrantes han vuelto –como él cantaba–, parapá, parapá, parapá pa pa.

Igualdad autonómica

Fin de semana reivindicativo de la igualdad autonómica. Doña Susana dispara contra Iceta decantándose, con razón, contra el modelo de financiación “confederalista” que propone el PSC y se compromete, además, a enarbolar “la bandera de la dignidad, la igualdad y la libertad” entre las autonomías, aunque no faltará quien –vista la situación andaluza– diga que lo hace con más de tres decenios de retraso. Lleva razón, de todas maneras, le guste más o menos a Pedro Sánchez que es, de momento, quien manda. Urge ajustar este federalismo imperfecto porque, en otro caso, el Estado de las Autonomías habrá encontrado su límite y habrá que empezar de nuevo. Como en su día hiciera el olvidado PSA, el PSOE andaluz tiene la obligación de jugársela en favor de la igualdad autonómica.