Batas blancas

Una vez más salta la noticia de una proeza clínica realizada en nuestro sistema público de salud. Se trata, en este caso, de la colocación de una válvula en un corazón infantil accediendo a él a través del hígado, proeza conseguida por un equipo médico de un hospital sevillano. ¿No les parece que no se compadecen estos señalados éxitos médicos con el caos burocrático que entorpece la función asistencial? Tenemos un buen sistema de salud, de acuerdo; pero, ojo, por mérito del personal de bata blanca. Y una administración pésima, por completo atribuible a los “manguitos” de la Junta. La paradoja deja claro que donde falla la sanidad de la Junta es la Junta misma. “Suum cuique tribuere”, decían los romanos. Pues eso.

El sillón vacío

Háganse a la idea porque la cosa no tiene remedio: la autonomía andaluza habrá de recorrer el año como gallina sin cabeza mientras su presidenta se dedica a lo suyo, que es…, pues eso, “lo suyo”. Sus viajes a León, a Madrid, a Valencia, y los que te rondaré, morena, demuestran que lo que a Susana Díaz importa es su ansiado liderato y no los problemas que afligen a los andaluces. Y cuenta, además, con el respaldo ilusionado o al trágala, de la mayoría de quienes tienen peso en el PSOE, por no hablar de algún caso de histerismo como el del ex-ministro Abel Caballero. La autonomía puede esperar porque ella y su pretorio saben que la ocasión la pintan calva. Un sillón vacío, pues, y una inimaginable quiniela para la sucesión por rellenar.

Educación libre

Sería un disparate por parte de la Junta abrir el melón problemático de la educación “concertada” una vez que, tras su éxito aplastante, parece encauzarse la rebelión sanitaria. Sobre todo porque esa educación no oficial –sobre todo, y por tradición, la católica—sólo sería cuestionable si el Estado aconfesional dispusiera de efectivos suficientes para responder a la legítima y constitucional demanda de elección por parte de los padres. Pero no es así, sino todo lo contrario: es inimaginable la que se liaría si la “concertada” cerrara sus puertas y dejara la educación en manos de quien, como el Estado y las autonomías, sólo poseen un montaje limitadísimo y menguante de recursos. Con la ideología a cuestas no se llega lejos. Con el sentido común, sí.

Puñetas judiciales

Ahora sabemos que nombrar “ilegalmente” altos cargos fantasmas no es “injusto” y que el festín de los fondos de formación –cientos de millones despilfarrados con la más gratuita liberalidad—no constituye delito alguno al no pasar de ínfimas “irregularidades administrativas”. El hábil manejo de la comisión parlamentaria encomendada por el PSOE a Ciudadanos ha acabado, como la de los ERE en su día, en agua de borrajas, y la juez sustituta de Alaya ha hecho el resto al archivar la causa del presunto saqueo, de un enérgico carpetazo. ¡Todo el monte es orégano! En cambio, aunque les cueste creerlo, al ex-alcalde Pacheco acaban de meterle en el morral otra condena de cárcel. Definitivamente, la Justicia tiene razones que el peatón no entiende.

Socratismo sevillano

En uno de los cafés supervivientes de la Alameda sevillana ejerció su magisterio oral durante años un personaje raro y atractivo, empeñado en ilustrar a una parroquia espontánea y ajena al estudio en los enigma del pensamiento. Se llamaba Juan Blanco –sólo su bigotito cuestionaba su pergeño quijotesco— y logró cautivar a un auditorio extraacadémico –Curro, Ramón, Roberto…– en el palangre seductor de una retórica que versaba sobre los grandes maestros. Según Blanco, a quien sus “alumnos” llamaban, no sé por qué “el Pájaro”, la comprensión del mundo exigía la vuelta a la reflexión griega, en especial a Aristóteles, partiendo de la base, nada despreciable, de que cualquier intento de pensar moderno o contemporáneo debía ajustarse a un repertorio léxico y, en consecuencia conceptual, por completo agotado en su día lejano por los razonantes clásicos.
Cuando yo lo conocí, allá por los 70, el “maestro” había dado ya el salto a Madrid, se había establecido en el castizo barrio de la Prosperidad, y profesaba en mi Facultad de Políticas y Sociología protegido por la devoción de los mismos alumnos que detestaban la enseñanza reglada, y por cortesía de un profesor (José María Ordóñez) que, nunca averigüé cómo, consiguió organizarle un seminario sobre el pensamiento hegeliano y marxista por completo ajeno a la institución. Hablo de clases abarrotadas, con predominio de alumnas si mal no recuerdo, en los que nuestro Sócrates sevillano desgranaba uno a uno los conceptos de la “Filosofía de la Historia” o de “El Capital” –alguna vez le oí también perorar sobre los tempranos “Grundisse” marxistas–, el gesto imperturbable, la elocución lenta y la mirada segura y penetrante del ofidio que cautiva a su presa. Me dijo alguna vez que no le interesaba tanto Luckàs ni Althusser –abominaba de los “nouveaux philosophes”— incitándome a volver al Estagirita. Nunca volví a verle. Creo que falleció a principios del nuevo milenio.
Lo recuerdo con simpatía, intrigado por la razón del atractivo del magisterio informal y perplejo con el hecho de que lograra inflamar en el celo filosófico a “discípulos” casi por completo ajenos a la cultura. Algo debe tener la “mayéutica” de lo que carece la enseñanza formal. La imagen de Juan, flanqueado siempre de una bella señora y su hija, venerado por su audiencia, me ha forzado en ocasiones a pensar en las causas y razones del frecuente fracaso académico.

Política paralela

Todo el respeto para el doctor “Spiriman” (así lo llaman sus “bases”), ganador del pulso a las huestes de doña Susana en la descabellada batalla de la fusión de hospitales. Ahora bien, ¿es que una democracia como la gente precisa de un espontáneo para dirimir sus tensiones, como si no dispusiera ya de una leal Oposición –pagada muy por encima de sus méritos, todo debe decirse—, y como si el Ejecutivo, tal que caballo de picador, llevara orejeras que le impidiesen ver libremente y tener que obedecer a las riendas? Un respeto para “Spiriman”, ya digo, pero no caigamos en la trampa populista de creer que la buena gestión pública no es posible dentro de su marco genuino sino que necesita la presión externa. Cuando gobierna la “sociedad civil” algo falla en la política.