Altos suicidios

El padre Hans Küng –a él me consta que no le gustaba ese tratamiento—ha marcado a toda una generación con sus provocativas e incisivas obras sobre la fe y sus problemas. Una generación marcada, eso sí, al mismo tiempo, por la temprana revista “Concilium”, por la obra de Rahner, los bellos libros de Von Balthasar –mi preferido, no lo niego–, la reflexión complejísima de Schillebeckx, los amables aportes de Henri de Lubac –el preferido del papa Francisco—y, en fin, el propio Ratzinger de quien Küng era amigo cercano como ilustró la amable entrevista que ambos tuvieron a principios del pontificado del primero, que no sirvió, sin embargo, para levantarle la prohibición (inútil en la práctica) de que siguiera enseñando teología, es probable que por la contundencia con que Küng mantuvo siempre sus graves objeciones a la infalibilidad. Pues bien, ahora Hans Küng padece una enfermedad Parkinson avanzada y prevé, con la confirmación de sus médicos, que puede perder la vista en poco tiempo, razón tremenda por la que, según  parece, está considerando la posibilidad de entregarse a una clínica alemana en la que se practica la eutanasia, decidido por la idea de que “no quiere seguir viviendo como la sombra de sí mismo”. La obra de Küng ha dejado tras de sí una vasta huella  a pesar de la inquisición vaticana pero es indudable que, de consumar su proyecto de suicidio asistido, el impacto sobre el mundo cristiano ha de ser, además, profundo y controvertido. Él dice que “no está cansado de la vida, sino harto de vivir”, extraño dilema que, en cualquier caso, no dejará de inquietar profundamente a vastos sectores de la cristiandad. La larga polémica sobre la eutanasia repercutiría, qué duda cabe, como un impacto severo sobre ella, por dura y castigada que haya sido su experiencia vital y, al mismo tiempo, un testimonio clamoroso a favor de la libertad de los defensores de la libertad del hombre hasta sus últimas consecuencias.

 

Si un testimonio semejante por parte de un ilustre teólogo es ya de por sí un zambobazo moral, el hecho de que llegara a entregarse voluntariamente a una muerte prematura –que no es posible criticar si no es desde la cerrazón—iba a suponer, incluso en la era del papa Francisco, un argumento abrumador en mano de los partidarios de la eutanasia. ¿Puede disponer el hombre de su propia vida desde la serenidad y el convencimiento? Küng coloca a su Iglesia con esta decisión en una disyuntiva definitivamente insoluble.

La agonía sindical

El “caso ERE” dará de sí un ejemplar o se quedará en poco. Ahora bien lo que ya no es posible dudar es que de la madeja devanada por la juez Alaya

se deduce la perversión de unos sindicatos que, del brazo de la patronal y a la sombra del Poder, se han adaptado a la buena vida. Quizá no quede otro recurso que una refundación de esos “agentes sociales” en la que, entre otras cosas, se incluya la obligación  de autofinanciarse con las cuotas de sus afiliados y se definan con claridad sus funciones. El actual montaje –otra herencia de las aquellas prisas—avergonzaría a los viejos dirigentes y a los viejos militantes. Si encima les cae encima la Justicia esa refundación resultará imprescindible.

Uno menos

No puedo reprimir esa tremenda expresión ante la muerte del general Odlanier Mena. Fue jefe de la “Inteligencia” de Pinochet y aunque enemigo del tenebroso Contreras, mandó la “caravana de la muerte”, aquel somatén milico que liquidó atrozmente a tantos chilenos. Se ha suicidado en su casa, de un disparo, aprovechando un permiso de fin de semana y, al parecer, cuando conoció la noticia de que el Gobierno había decidido cerrar la cárcel dorada en que cobija a sus criminales de fuste. Mi amigo Albiac diría, posiblemente, eso de que lo suyo hubiera sido meterle ocho tiros en la barriga. Yo no parto esas peras, pero no logro encontrar la menor piedad fuera de la que pueda inspirarme cualquier muerte. ¿No habíamos quedado en que quién a hierro mata a hierro muere? Este asesino casi nonagenario no estaba arrepentido de unos crímenes que se limitaba a negar o a atribuírselos a otro milico, y sostenía, ya muy al final, que en todas las revoluciones ha habido crímenes contra la Humanidad y que la paz no llegaría nunca. A lo que no estaba dispuesto era a compartir penas con los presos corrientes, a renunciar al privilegio que allí –un poco como aquí—el Poder concede casi siempre a los altos delincuentes. Un tiro y a otra cosa, pues. Uno menos, qué quieren que les diga.

 

He escuchado en la prensa chilena aplausos a la medida del Gobierno que ha provocado el suicidio de Mena: no es justo proteger a quienes han cometido crímenes contra la Humanidad ofreciéndoles condiciones de vida privilegiadas. Y llevan razón, por más que se nos venga a la cabeza que un tipo como Kissinger viva su privilegiada vejez acariciando el premio Nobel de la Paz, a pesar de haber sido el primo de Zumosol de los golpistas chilenos. ¿Dónde no se han paseado libres y acaso felices los malvados que, por unas ideas u otras, han pisoteado al hombre sin el menor remordimiento? En España, para empezar, en la Alemania ciega y sorda que sostuvo a Hitler, en China, en Túnez, en Argentina… Los verdugos como Mena están en todas partes y, salvo excepciones rarísimas, suelen morir en su cama. Por eso incluso un humanista tan cumplido como Albiac recurre a la metáfora de los tiros a la barriga, como en el apócrifo atribuido a Azaña. Revuelvo mi conciencia e, insisto, no hallo rastro de piedad más allá de la que cualquiera siente por la muerte ajena. Uno menos. Mena no ha hecho más que ejecutar por su mano la sentencia que merecía.

Plenos catetos

Un concejal de Bollulos Par del Condado, que es, además jefe de información de la Vicepresidencia de la Junta, Juan Félix Camacho, reveló el otro día en su Pleno municipal que el hoy copresidente Valderas –el mismo que compró en la subasta el piso de su vecino desahuciado—recibió jamones cuando era alcalde de aquel pueblo a cambio de colocar en la Mancomunidad a algún donante. Y el pobre Antonio Maillo, nuevo coordinador, ha tenido que salir a los medios para quitarle hierro a la cosa con el argumento de que esas son cosas que ocurren en los “plenos de pueblo”. ¡Como si él y Valderas fueran de Nueva York! Camacho se ha retractado, en fin, y aquí no ha pasado nada, pero en Bollullos ni les cuento la juerga que hay.

Huevo de serpiente

Estamos viviendo en toda Europa, casi sin darnos cuenta, por descontado, una seria revitalización de la extrema Derecha. Desde París nos llega un dato revelador: Marine Le Pen, heredera del FN de papá, es la tercera personalidad política preferida por los franceses. En Austria acabamos de ver el salto adelante que ha dado el neofascismo (¿o sería mejor decir neonazismo?) no por previsible menos inquietante. En Grecia, la autoridad se las ve y se las desea para contener –ya que erradicar se antoja en estos momentos imposible—a esa organización criminal que se hace llamar “Amanecer dorado” y que no es sino un “revival” del nazismo que destrozó aquel país. Incluso en España vemos incidentes demostrativos de la energía recobrada del ultrafascismo, consecuencia, no cabe duda, de la tremenda situación sociolaboral que vivimos, como el reciente del asalto a una entidad privada en demostración contra el separatismo catalán. El tabú que rodeaba la memoria del genocidio hitleriano parece haber cedido como comprobamos en la tele escuchando autodefinirse nazis, sin el menor complejo, a determinados elementos. ¿Otra vez la confrontación de los años 20, de nuevo el temible mito de que sólo el cirujano de hierro puede acabar con la crisis y, en concreto, con el paro? Puede que sí, porque los fascismos no son sino reacciones nerviosas provocadas por el miedo a la libertad, pero también es cierto que echan fáciles y profundas raíces en el terreno abonado de las sociedades desoladas.

Un poco por todas partes se agita el gesto brutal, inhumano, de la violencia evocada como remedio contra la crisis socioeconómica, como si la memoria del horror se hubiera borrado de un plumazo franqueando el paso a una vuelta a las andadas. El Tea Party de los americanos, con su radicalismo suicida, entra en esta misma línea. El huevo de la serpiente está ahí, incubado por la insensibilidad del Sistema. Es sólo cuestión de tiempo que eclosione de nuevo si las democracias occidentales no aciertan a salir pronto de la crisis, propiciando que el descontento, resuelto en desesperación, repita el gesto de nuestros abuelos e, incluso, sin salir de la democracia, ofrezca el poder a sus enemigos. El distanciamiento de la política y la subida de la abstención pueden llegar a ser la puerta alternativa que permita a la violencia mantener su careta e invadir unas partitocracias invitadas por la inocencia ciudadana. No sería la primera vez aunque bien pudiera ser la última.

El mal asumido

Me llama un amigo diplomático que me había oído en la radio, con Carlos Herrera, hablar del saqueo de UGT. Dice que lo malo de la corrupción no es el hecho mismo, antiguo como la sociedad humana, sino el hecho de que la nuestra, la sociedad actual, la haya asumido como inevitable y, en ese sentido, poco más o menos venial. La sentencia del “caso Malaya”, con su ridícula rebaja de penas y la pérdida de la pasta mangada en Marbella, el caso de los ERE y las prejubilaciones falsas, el Gürtel, el del Liceo barcelonés, han llegado a convencer al contribuyente de que no hay quien erradique la corrupción ni en las Administraciones ni en la Justicia. Le digo que vaya tristeza pero que aún espero que alguno de esos embrollos se castigue como es debido. La esperanza es lo último que debe perderse.