“Hortus conclusus”

Muchos ciudadanos en sus cabales andan pidiendo al Gobierno que retire de la frontera que cierra los territorios de Ceuta y Melilla. Se trata de evitar que los fantasmas que vivaquean en el monte Gurugú aguardando el momento de asaltar el “paraíso” europeo, logren su propósito y se instalen de momento en España a la espera de pasar a otros países. La frontera es desde hace años un elemento de nuestro paisaje inmoral, un vallado de seis metros de altura rematado por bayonetas y “concertinas” que viene a ser alambradas provistas de cuchillas cortantes. Lo ha denunciado, para estrenarse, el nuevo secretario de la Conferencia Episcopal y también el PSOE, con la diferencia de que éste último, durante el anterior Gobierno fue quien compró e instaló esos crueles elementos. Rubalcaba le ha recordado a Rajoy que “las cuchillas cortan” desde una amnesia tal que no le permite acordarse de que fue su Gobierno el responsable de las cortaduras, y por supuesto, retranqueándose en la metáfora hasta convertir esa ignominia en “un sistema de protección humana” o, más técnicamente, en “un vallado tridimensional formado por sirgas de acero y elementos dinámicos”. Nada, en definitiva, sino un método normal de disuasión dispuesto para ahuyentar a esos invasores. Claro que peor es, por ahora, lo de Lampedusa, aunque allí las bajas se producen por ahogamiento, es decir, bajo la responsabilidad de Neptuno y no de la del Gobierno. Aquí no pasamos, por ahora, de gastarnos casi nueve millones de euros en cuchillas cortantes y bayonetas de asalto.

 

En el fondo, ese no debería ser un problema de España, y menos de Ceuta y Melilla, sino de esta Europa de los mercaderes que con tanto rigor ajusta las cuentas a los demás desde los emporios de Bruselas y Estrasburgo. Pero lo es, seamos coherentes, al menos mientras no consigamos que aquella instancia se haga cargo del fielato. Y entretanto, disuadir a base de bayonetas y cuchillas, aunque sea con el eufemismo de “concertinas”, no es más que un crimen perpetrado a ciencia y conciencia por el Estado de Derecho, consideren la ironía. ¡Fuera inmigrantes, ni un extraño más en este “hortus conclusus” que cualquiera pensaría que es feliz en su ignominia! La “alianza de civilizaciones” no incluía el asilo del paria. ZP compraba cuchillas en lugar de hogazas, bayonetas en vez de avíos para un rancho. Debe de ser eso que llaman “socialismo del siglo XXI”. O simplemente, barbarie intemporal.

Cuenta nueva

El consejero de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo –uff, qué alivio—no ha contestado en el Parlamento a la pregunta de la Oposición sobre el número de expedientes relacionados con los ERE que han sido “extraviados, sustraídos, deteriorados o destruidos” en sus despachos. Cautamente, Sánchez Maldonado se ha limitado a decir que “actualmente” no consta que haya expedientes en tal estado. “Actualmente”, ya ven, como si el principio de responsabilidad no fuera continuo y la consejería pudiera echar pelillos a la mar simplemente relevando al usuario del coche oficial. Borrón y cuenta nueva. Acabarán lamentando el haber pasado la patata a los jueces.

Hablar con la “chi”

Alguna vez nos contó el profesor Tierno Galván, en aquel criadero de dirigentes que fue el colegio mayor César Carlos, que, frente al seguro espionaje de la policía política, él, cuando hablaba por ejemplo con Raúl Morodo, empleaba por sistema el inocente truco de hablar con la “chi”, es decir, anteponiendo esa sílaba a cada sílaba del discurso: “¿Chite chihas chien chite chira chido chode chilo chúl chiti chimo”, decían por ejemplo, para mayor jodienda del escucha, y era de ver la destreza con que el profesor se manejaba en aquella jerga escolar y probablemente inútil. Tierno vivía instalado en la conspiración hasta el punto de prohibirnos entrar en la cafetería instalada en su planta baja de la calle Ferraz (se llamaba “Bakuko”, creo recordar), propiedad, según él, de un miembro de “la Social”, hasta el extremo de hacernos llegar o salir de su seminario doméstico de uno en uno o todo lo más de dos en dos. Lo he recordado ante la noticia de que los yanquis captan y conservan cinco mil millones de conversas diariamente, es decir, casi una por habitante del globo terráqueo, a través de su más refinado servicio de seguridad, lo que ha dado motivo a un experto consultado para decir que la única protección posible es prescindir del móvil y refugiarnos en la Caverna primordial, al menos mientras dure esta glaciación hertziana, allí donde otro conspiranoico entrañable, Faustino Cordón, sostuvo que el homínido se transformó en auténtico hombre al inventar el fuego y, con él, la cocina, o sea, la alimentación heterótrofa. Puede que nosotros acabemos asando el pavo anual de la Independencia desdibujados sobre la pared del fondo, tal como nos viera Platón.

 

La reiteración de ese hecho produce posiblemente un efecto desdramatizador y en ello confían, con toda seguridad, los espiones. Pero el ciudadano inerme debería considerar que semejante práctica conduce de manera inexorable al deterioro de la democracia, esto es, del sistema de libertades, y hasta puede que acabe vaciándolo por dentro como los retablos roídos por la termita. La característica más hodierna del Poder con mayúscula es esa capacidad de intromisión y control de la vida privada, lo que equivale a la destrucción material del ciudadano libre descubierto hace más de cinco siglos por los pensadores renacentistas. Vivimos en un acuario transparente vigilados sin tregua por los mismos que tendrían la obligación de protegernos de la mirada ajena.

Dos informes

Dos acreditados informes nos llegan casi al mismo tiempo. El primero lo debemos a la ONG alemana “Transparencia Internacional” y en él se elabora un índice de percepción de la corrupción que permite “clasificar” a 177 países de menos a más, entre los que España figura en la mitad inferior del ránking entrillada entre Chipre y Portugal por arriba y Lituania y Eslovenia por abajo. El otro es el famoso “Informe Pisa”, y lo debemos a los expertos de la OCDE, quienes nuevamente nos descubren el lastimoso estado de nuestra cultura escolar. Hay síntomas de recuperación socioeconómica en España –el que no quiera verlos es que no quiere verlos—pero parece del todo evidente que mientras no saneemos a fondo la vida pública, condicionando con fuerte sanción el agio y las mangancias múltiples, y en tanto no logremos que las nuevas cohortes generacionales hinquen los codos bajo la mirada de un  profesorado con suficiente motivación, seguiremos apareciendo en mala postura en todas estas instantáneas que, no lo duden, contribuyen enormemente a deteriorar la imagen nacional. ¿Por qué resignarse a ser un país vago/torpe dirigido por unas elites mangantes? A esa respuesta sólo pueden responder los dos partidos que han ostentado la gobernación de nuestro pueblo en las últimas décadas, porque lo que resulta ingenuo esperar es que la basca se reforme y cambie de modos por propia decisión, ni que los vividores renuncien, si no es frente a un riesgo severo de sanción, a sus chanchullos y trapisondas. Cuando salgamos de la crisis –cuando salgamos, insisto—habrá que tomarse en serio estos dos cánceres sociales que nos mantienen degradados en el (des)concierto mundial.

 

Ni se sabe cuántos planes de estudio hemos conocido desde don Claudio Moyano en adelante, pero lo que está claro es que siete leyes de Educación en un periodo de tres decenios (el de la democracia) no permiten seriamente planear la formación de un país y mucho menos conseguirla. La denostada LOMCE del ministro Wert, por ejemplo, no es precisamente sublime, pero hay que recordar que el Gobierno anterior se estrenó derogando la de Calidad de la Enseñanza de Aznar, que hubiera sido un serio cortafuegos frente a al desastre de la LOGSE. Un bachiller bien hecho es media vida, pero sin una primaria eficiente no existe siquiera esa posibilidad. Los que le niegan el pan y la sal a Wert comparten la responsabilidad de hallarnos

Mala solución

Tras el bochornoso “borrado” de los archivos que contenían la comprometida contabilidad de la UGT y la leña aportada al fuego por el antiguo secretario del jefe del sindicato, Manuel Pastrana, los acorralados salen ahora con el similiquitruqui de designar un sustituto a la secretaría general vacante por el acreditado procedimiento de la cooptación: que siga uno de los mismos para que todo siga igual. De poco ha de servirle ese cortafuegos, a estas alturas, a Pastrana y al propio Méndez, no sólo despellejados en público sino censurados por desde sus propias filas por un amplio aunque desorganizado bando crítico. Este asunto no tiene ya vuelta de hoja. Mientras antes se convenzan de ello los responsables, mejor para todos.

Crisis y lujo

La opinión libanesa ha acogido con muy malas maneras la celebración de un baile de “debutantes” en el que la escandalosa exhibición de riqueza resultaba por completo ofensiva a la mísera situación por la que atraviesa ese torturado país. El baile, por descontado, se presentaba como “benéfico”, pero ni esa excusa le ha evitado la crítica furibunda de quienes ven en esas burguesitas disfrazadas de princesas un insulto a todo un pueblo en apuros. Por mi parte, entiendo esa crítica y recuerdo la antigua teoría –Sombart, por ejemplo—de que el lujo, al fin y al cabo, se vuelve productivo en la medida en que ofrece trabajo a los asalariados, postulado bien cínico que hoy parece merecer el mayor crédito. En Nueva York, una feria del lujo celebrada el año pasado ofrecía un repertorio de caprichos, el más barato de los cuales costaba 250.000 dólares, y en España, como en otros países europeos, parece demostrado que esa industria funciona a toda máquina por encima del empobrecimiento colectivo, demostración palmaria de que las crisis no responden tanto al mal comportamiento del consumo como a frías estrategias urdidas entre las potencias financieras. Costa Gavras acaba de intentar demostrarlo en un film, “El Capital”, desmitificador y demagógico a partes casi iguales, en el que el afán del lujo funciona como el protagonista subliminal de la dinámica capitalista. El lujo florece en medio de la miseria sencillamente porque las crisis suponen la ruina de una legión de ciudadanos pero también, sin duda, una ocasión  de oro para las invisibles minorías que manejan los hilos del bululú.

 

Lejos de suponerle un discreto obstáculo en medio de la crisis, el lujo supone para esos beneficiarios de la situación un irresistible “indicador de posición” y una insuperable señal de “diferencia”. Por lo que la crisis está sirviendo, una vez más, para desenmascarar la realidad evidenciando que la desigualdad no es siquiera un efecto periódico asumido como inevitable por los responsables del Sistema, sino el producto de una decidida voluntad de producirla, cualquiera que sea su coste, porque constituye un fin en sí misma y un verdadero instrumento de re-estratificación social. Sombart llegaba a ver en el erotismo un factor principalísimo del desarrollo basado en la necesidad del lujo, aunque en  ninguna parte esté escrito que la lujuria resulte más productiva que la avaricia. El lujo es, según estamos comprobando, el envés de la más deplorable necesidad.