Desigualdad autonómica

No está bien visto cuestionar el Estado de las Autonomías, lo sé, pero la verdad es que resulta ya inevitable por no pocas razones, entre las cuales está la absurda e injusta desigualdad de la carga fiscal entre los habitantes de nuestras comunidades. ¿Por qué en Madrid y otras autonomías los ciudadanos van a pagar menos impuestos o van a ver reducidos sustancialmente los costes de gestiones inevitables mientras los de Andalucía, por ejemplo, seguirán pagando al máximo? Esta ilógica situación va a precipitar el éxodo de empresas y tal vez el de vecinos hacia autonomías menos gravosas seguramente por más ahorrativas y, en cualquier caso, garantiza el tratamiento injusto de la inmensa mayoría.

La gran mudanza

Hace mucho que la reflexión sobre el futuro del planeta Tierra no descarta una mudanza colectiva de la especie a otro mundo. En el fondo, la idea arranca del convencimiento de que, a la vista del progresivo deterioro del planeta provocado por el desarrollo industrial y otros factores, la Tierra acabará por resultar insuficiente para albergarnos a todos, y se impondrá un éxodo espacial hacia alguna base que reúna las condiciones imprescindibles que exige la vida. Se piensa, sobre todo, en los explanetas –entidades lejanas aún de una definición unánime–, en especial desde que, a mediados de los años 90 se descubrió el primero de ellos, pero mucho más ahora que la cuenta del Observatorio de París supera ya el millar de descubrimientos, no siempre “habitables”, desde luego, pero entre los que al menos una docena parece ser que reuniría las condiciones exigidas para repetir la experiencia terráquea. Otro viejo sueño de la ciencia-ficción, pues, que va cobrando cuerpo y alejándose de la propuesta de las viejas cosmogonías, o lo que lo mismo, prescindiendo definitivamente de la acción creadora hasta secularizar por completo el mito de la vida. No ha habido sueño más audaz desde el sueño de Moisés, con la diferencia de que, para este nuevo viaje, ya no se podrá contar con la mano invisible de Dios y habrá que fiarlo todo al bastón mágico del profeta, es decir, que con la nueva geografía estrenaremos una nueva Historia, ya por completo autónoma y sin otro decálogo que la voluntad humana. Miedo da de imaginar siquiera la situación.

La otra cara del asunto es que alguno de esos exoplanetas estén ya habitados, es decir, contenga vida en su territorio, una tesis que, por encima de las constantes sugerencias más o menos esotéricas que nos abruman, todavía descarta de plano la mayoría de la comunidad científica. Llegado a este punto suelo volverme a Pascal cuando se pregunta que, después de todo, “qué es el Hombre en la Naturaleza”. Y contesta: “Nada en relación con la infinitud, todo en relación a la Nada”, más o menos un punto intermedio entre la Nada y el Todo. No cabe duda de que una nueva cosmogonía exige una mitología también nueva, un escenario y un reparto de personajes por completo diferentes del paisaje terrestre y su correspondiente teología, una nueva Humanidad en la que difícilmente nos reconoceríamos los hombres de nuestra Historia. Dios no juega a los dados así como así.

Político impresentable

El secretario general del PSOE en Córdoba, Juan Pablo Durán, es de esos personajes que no deberían ser aceptados en la política por su fanatismo y por su brutalidad expresiva. En relación con la causa abierta a la alcaldesa de Peñarroya, Luisa Ruiz, por presuntos delitos contra la Administración, fraude y falsedad documental, Durán dijo que “estamos en un estado de excepción encubierto”, que los aparatos del Estado están “al servicio de la derecha” y, en fin, agárrense, que “la Derecha no hace prisioneros ni deja heridos. Solamente sabe matar y, si es posible, en las cunetas”. No estoy seguro, a pesar de la enormidad de la injuria, que el presidente del Parlamento no la justificara en nombre de la “libertad de expresión”.

Raros aliados

En mi opinión es una suerte que se haya dejado de hablar de la famosa “alianza de civilizaciones”. No es la primera vez que expongo aquí, contra de ese absurdo proyecto, mi argumento de que culturas hay el ciento y la madre pero civilizaciones no hay actualmente más que una y es la engendrada en Occidente durante siglos, inspirada a medias por el clasicismo mediterráneo y por el influjo evangélico. No tienen más que constatar la inmensa distancia que hay entre su visión moral y la nuestra. Por ejemplo, una chica sudanesa, Amira Osman Hamed, acaba de ser condenada a recibir cuarenta latigazos por haber llevado una “indumentaria indecente” aunque, en realidad, lo que hizo fue negarse a cubrirse el rostro con el velo tal como le fue demandado en la calle. Amira –por la que estos días recoge firmas por medio mundo Amnistía Internacional—ya hubo de pagar una multa elevada por el simple hecho de llevar pantalones, dado que el delito antes entrecomillado está en el Código Penal sudanés pero su libre interpretación corresponde a jueces y policías. Y el hecho coincide con la prédica en una mezquita de Ceuta en la que se pide a las mujeres que rechacen las leyes que sancionan a los maltratadores: que se divorcien (si pueden) e incluso que pidan a la policía que disuada al marido maltratador pero que, en modo alguno, admitan el castigo de éste porque resultaría un “castigo injusto”. Teniendo en Cuenta que Ceuta es todavía España y, por consiguiente, Europa, me siento más cerca de Samuel Huntington que de Zapatero y sus no tan “jóvenes turcos”: lo que hay en este momento histórico entre esas culturas diferentes y la nuestra es un conflicto y no una posibilidad de alianza.

Yerran los defensores del islamismo cuando ven en objeciones como ésta un desprecio o un ataque a sus creencias, alegando el carácter incidental de los choques entre ambas concepciones del mundo o, incluso, los “explican” en función de ciertas relaciones injustas. Antier como quien dice, y por enésima vez, decenas de cristianos fueron liquidados en una iglesia egipcia por suicidas sunníes y los mismo ha ocurrido antes en Nigeria, Pakistán o India por motivos estrictamente religiosos. Pretender aliarse con países o pueblos en estas circunstancias resulta obvio que es ilusorio, por más que la creciente polarización aconseje explorar cualquier acceso a una paz que tiene que basarse en una garantía previa hoy día inimaginable.

Acosos, segun

Por más que comprenda la situación extremada que viven muchos de nuestros Ayuntamientos, en especial los del PP, no veo modo de aceptar los incidentes provocados por los alcaldes “populares” malagueños durante la visita de la presidenta Díaz a la ciudad, por las mismas razones que no las vi cuando los sindicalistas acosaron a la juez Alaya en la puerta del Juzgado. Al cogobierno y a su partido, en cambio, les parece que no es lo mismo acosar a uno de los suyos que acosar a un rival, y hasta ha sugerido que la delegada del Gobierno en Málaga colaborara con los alcaldes, a los que un portavoz ha calificado de “camorristas” y el copresidente Valderas de elementos de “extrema derecha”. Acosos, según, pues. Una misma actitud puede ser buena o intolerable según y cómo.

La religión del arte

Soy viejo seguidor de ese crítico insurrecto que es Arthur Danton, el que anunció el fin del arte desde el título de uno de sus libros, y nos habla en otro, mi predilecto, de “La transfiguración banal. Una filosofía del arte”. Danton es desde hace años mi Taine de bolsillo, el precursor de muchos discursos, que luego han hecho fortuna, sobre el camelo en que consiste básicamente el arte contemporáneo. En la Dogana de Venecia, tras la intervención del magnate François Pinault, hay que desviar la mirada de esas “performances” que buscan el efecto estético negándolo: por ejemplo, un cráneo en una vitrina, un caballo a buena altura con la cabeza empotrada en el muro, cosas así, ya saben, que nos hacen revolvernos contra el maestro Teodoro Adorno cuando calificó al Louvre como “un cementerio”. El clásico objeto del arte ha sido sustituido por cualquiera carente de sentido estético, y su valor, determinado no por la estimativa libre del espectador sino por el veredicto de los comisarios, la razón crítica ha sido ocupada por una teología, mejor, por un conjunto de dogmas defendidos por una excomunión reservada a los sumos pontífices. Un caballo empotrado en una pared, un orinal como el de Duchamps, un carton de embalar como el que Tapiès exhibe en el museo de Cuenca, son arte por decreto religioso de esa santa compaña que ya no nos exige “juzgar” sino “creer”. El objeto artístico queda transfigurado por la misma decisión del “creador” y desde ese momento, si usted no quiere pasar por un pardillo ha de considerarlo “significativo”. Aunque sea un orinal o un cartón de embalar. Es la nueva religión del arte en la que el “iniciado” ha de ser consagrado por los papas de galería.

En una ocasión un consejero de Cultura quiso quedar bien con la “vanguardia” a base de comprarle un cuadro a cada mandarín, y durante la visita a aquel aquelarre, como yo manifestara mi escepticismo sobre tanto mamarracho al tiempo que mi predilección por Velázquez, un joven apolíneo me replicó ufano: “Ah, sí, Velázquez…, eso está muy bien para las latas de carne de membrillo”. Hay bálsamos, no obstante. Dentro de poco parece que va a celebrarse una muestra de Carmen Laffón y en ella espero encontrar el bálsamo de la belleza íntegra, melancólicos paisajes a través de la ventana, un inefable ramo de mimosas o unas simbólicas flores muertas sobre el tapete, como las de Lotto. ¿Ya escampará? Temo que el arte no escape a la ley de lo efímero que concierne a todo lo humano.