El futuro ágrafo

Mil veces hemos oído en boca de muchos, la queja, acaso autocomplacida, de que, con esto de escribir sobre teclados acabaremos perdiendo la escritura manual. La larga marcha del hombre hasta hacerse con un alfabeto y construir sobre él un edificio sintáctico, la proeza de inventar una retórica capaz de enredar el sentido mismo de las palabras, va a rendirse al dictado de una tecnología que –seguramente con sensibles efectos neurológicos—nos lleva de cabeza a la escritura mediatizada por el teclado. Lejos van quedando los manuales de caligrafía, incluso los no poco ilusorios esfuerzos por descubrir la personalidad bajo el reguero de los trazos, para unificar todo el relato humano en una única matriz. En los Estados Unidos, cuarenta y cinco de ellos han decidido abolir en las escuelas el aprendizaje manual de la escritura a parir de 2015, pasado mañana como quien dice, ante el avance imparable del escrito informático, una inquietante operación que sospecho que tendrá sobre el neófito, como digo, efectos fisiológicos nada desdeñables. En adelante, no habrá diferencia entre las caligrafías, del mismo modo que no existe diferencia ya entre la firma y rúbrica de un ciudadano y su “pin”, y entre tantas otras formas de homogeneización como va imponiendo sin prisa ni pausa la sociedad postmoderna. Lo que no sé es cuál será el sustitutivo del silabario elemental en el que aprendíamos a desentrañar el misterio de la escritura descomponiéndolo primero en sus letras desnudas para luego reinsertarlas en el conjunto, como teselas de un misterioso mosaico, atenidos a reglas estrictas. La deshumanización progresiva que implica el progreso material está a punto de conseguir una de sus metas decisivas arrebatando al catecúmeno su significativo derecho a la peculiaridad caligráfica hasta unificar una grafía universal impuesta por la máquina.

Hemos atravesado el desierto simbólico del ideograma, superado la complejidad jeroglífica, incluso clasificado con rigor las diversas “letras” características de cada época, para terminar estrellándonos contra un muro uniforme en el que cada huella tiene su molde con independencia de la mano que la trace. Los guijarros paleolíticos, los quipus, cuanto sabemos de esa larga lucha que dio de sí el lento desarrollo de la escritura, el encanto de lo cuneiforme, el misterio de las escrituras prealfabéticas…, todo eso no volverá. Cervantes decía que la pluma era la lengua del alma. No imagino que podría decir hoy.

Sobre transparencias

Tienen que indultarme, por favor, pero no trago con el cuento de las declaraciones de bienes de los políticos como garantías de su probidad. ¿O es que no sabemos cuánto se puede hacer con los bienes, qué infinidad de técnicas, más o menos jurídicas, hay para ocultar lo mío en tu bolsillo o lo tuyo en el mío? Hay paraísos fiscales por todas partes y hoy sabemos que desde máximos responsables políticos hasta alguna diócesis de la Iglesia, en ellos han guardado o guardan su tesoro. Cuando todos, por fin, hayan hecho pública sus declaraciones y las de sus cónyuges, en nada habrán mermado las posibilidades del trilero. La prueba vamos a tenerla en la continuidad de la corrupción.

Más sobre el Papa

La entrevista concedida por el papa Francisco a Antonio Spadaro en Civiltà Cattolica va a ser uno de los documentos más leído de la temporada. SE habla en ella de casi todo, sin eludir los temas espinosos, en un tono que está suscitando una amplia simpatía en círculos no necesariamente creyentes. El nuevo papa no es caballo en cacharrería ni mucho menos, porque es bastante más, a juzgar por el cambiazo que estamos contemplando en el frente más crítico de la Iglesia. En el ámbito de habla española estamos viendo girar muchos grados a los teólogos hasta ahora más ariscos. Escuchen a Juan Antonio Estrada en “Redes Cristianas”, lean la carta abierta de Lamet a Juanjo Tamayo (es decir, al Círculo Juan XXIII), escuchen a José María Castillo decir que “con razón se ha visto en él una evocación de Juan XXIII” y extráñense quizá viendo a Gustavo Gutiérrez recibido por el pontífice. Sigan la pista de González Faus o de José Manuel Vidal en este mismo diario y, en fin, escuchen a Leonardo Boff musitar una especie de fraterna y complacida palinodia en nombre de la “teología de liberación”. Pero si quieren disponer de un buen criterio, lean la entrevista de Spadaro, y echen la cuenta de las decisiones ya tomadas –doble palo al Banco Ambrosiano, sustitución de Bertone, criterios favorables a las minorías hasta ahora rechazadas, primeras medidas de reforma de la Curia, condena sin paliativos de una “Iglesia rica”—para hacerse una idea cabal de lo que se puede esperar de un papa que, desde luego, no es ningún revolucionario, pero que ha creído necesario aclarar que él no es de derechas. Hay resistencias aún, desde luego, pero también hemos oído a un crítico no poco implacable aconsejarnos “no apagar el pabilo vacilante”.

¿Populismo? Eso ya se verá, pero, de momento, encuentro en una parroquia marginal un ambiente renovado y escucho las palabras de esperanza de Fernando Camacho, siempre tan moderado como veraz. Sí, no lo duden, se ha abierto una experiencia intensa que va a afectar no sólo a la interioridad cristiana sino a la vida de gran parte del planeta, lo que no equivale a esperar del pontífice renovador un vuelco a las tradiciones, pero sí, probablemente, una reforma quién sabe si decisiva. A un obispo español le oí decir el otro decir –ya lo conté aquí, creo—que al papa Francisco lo habían elegido, con toda seguridad, más de uno y más de diez cardenales que no hubieran querido votarle. No cabe, me parece, mayor sutileza.

IU y el hambre

Protesta IU, con razón, porque la Junta de cuyo gobierno es socia, no haya sido capaz ni de cumplir su compromiso de dar de comer tres veces al día a los niños pobres andaluces. O sea, que lo que Cáritas o las Hermanas de la Cruz y treinta organizaciones más llevan adelante a diario como una mera rutina, la Junta no es capaz de llevarlo a término a cusa de los líos burocráticos y, por supuesto, porque el hambre no afecta a quienes la dirigen. Suena, no ya a “Novecento” sino a tragicomedia de enredo esto de ver a los comunistas porfiando con los socialdemócratas mientras la casa se queda sin barrer. El “Gobierno de izquierdas” no garantiza ni el desayuno de los hambrientos.

La nueva foto

La imagen de John Kerry, jefe de la diplomacia americana, medio abrazado a Sergueï Lavrov, su homólogo ruso, puede que algún día acabe ilustrando la historia escolar como símbolo del fin de una obsesión y umbral de una era nueva. No sólo los EEUU, desde luego, sino Occidente en peso ha arrastrado desde el fin de la Guerra Mundial una aparatosa propaganda antirrusa por la que, como sombras de un Molotov eternizado en el poder exterior, pululaban personajes siniestros que, en el doblaje de nuestras películas, hablaban (y siguen hablando) con un inconfundible tono enemigo. Y ahora, de pronto, forzados unos y otros por la crisis siria, aparece esa foto cómplice que trasluce en la doble y amistosa sonrisa un cambio drástico que parece introducirnos de hoz y coz en un nuevo tiempo político tan deseable tal vez como difícil de creer. Ya ven de qué manera súbita puede eliminarse del imaginario colectivo una estructura que ha servido durante más de medio siglo para satisfacer la demanda maniquea y justificar, ya de paso, los propios abusos, imperialismo contra imperialismo, basados ambos en mitos paralelos. Rudolph Bähro nos decía en los primeros años 70 que la visión satanizada de Rusia –de tan hondas raíces históricas, por otra parte—se reflejaba invertida pero idéntica en el espejo de la Guerra Fría que sostenía el planeta en un equilibrio inestable en el que los pueblos se sentían paradójicamente seguros teniendo al enemigo identificado y a la vista. No hay que olvidar que si Patton reclamó permiso para seguir con sus tanques hacia Moscú una vez liquidado el nazismo, Zúkov soñó con seguir hacia Occidente con los suyos una vez arrasado Berlín. Mirada desde nuestra perspectiva de hoy, la Guerra Fría funcionó como una insuperable garantía de no agresión. Un mundo bipolar necesitaba escenificar el conflicto para evitar el choque real. Y esta foto que hoy tenemos delante parece ponerle el punto final a la gran tragicomedia.

El viejo mundo demediado no funciona ya frente a éste en el que se agiganta China y empujan los países emergentes desde India a México o de Corea a Brasil, y debe rehacer su planisferio ideológico licenciando a “James Bond” mientras se redefine el mapa de las hegemonías. Las efusiones de Lavrov, el nuevo ruso, el ruso bueno, tratan de liquidar una estrategia agotada y salvar el pellejo común, hoy por ti mañana por mí. Sin proponérselo siquiera, puede que el-Asad le haya abierto al mundo la puerta de otro futuro.

El momento alemán

El domingo se vota en Alemania el futuro del país y el de Europa. Esto es algo en lo que pueden coincidir desde los merkelianos y sus socios liberales hasta los extremistas militantes en Die Linke. La hegemonía de Merkel parece asegurada, en todo caso, y aún se teme que su victoria se refuerce con un desplazamiento del voto democristiano temeroso ante la no continuidad de la coalición actual. Es verdad que la social-democracia ha aportado poco al debate de fondo –exigir un salario mínimo de 8’5 euros la hora no parece, desde luego, una utopía deslumbrante—aparte de la grosera “peineta” ofrecida como respuesta por su candidato, Peer Steinbruck, en una entrevista sin palabras. Un personaje tan interesante como Walter Welzer, luchador incansable desde posiciones progresistas radicales, ha anunciado que no votará en estos comicios para evitar que se prolongue “la ilusión de que habría una diferencia entre esta o aquella coalición” dentro de lo que él califica como “mascarada política”. Por su parte, un especialista como el profesor López Pina ha subrayado que el mal de Alemania no reside en la pérdida del paso en sus grandes empresas –Deutsche Telekom, la Max-Plank, Siemens o SAP– sino en que la caída de la inversión productiva alemana, en el desplome de las inversiones privadas que han provocado una honda crisis en la enseñanza y que no excluiría ni a instituciones clásicas de la pública, como la Humboldt, hoy acorralada por las deudas. Ganará Merkel, se dice y repite, porque hay una masa de treinta millones de merkelianos en el país frente a la que las minorías, radicales o no, resultan literalmente aplastadas. T.G. Ash llega a decir que la “actual autocomplacencia alemana encubre en realidad la carencia suicida de una visión política y cultural de la Europa del futuro”, como ya habrían señalado Habermas o Helmut Schmith. Europa se la juega en una Alemania hegemónica que no ve sus propios problemas.

Quizá no sea sólo ese gran país el que anda desnortado, sino el continente entero, la irreversible Unión Europea que deja pudrir sus problemas y no acaba de encontrar su identidad colectiva ni de desarrollar un federalismo exigente que no puede basarse más que en la solidaridad. Con papeleta o sin ella, todos votamos el domingo en Alemania un futuro común que no nos pertenece. Cuesta negarse a aceptar las razones del pesimismo que Weltzer ha explicado en unas cuantas palabras.