La nueva clase

Uno de los personajes históricos de este PSOE, quizá el que yo más estimo, me cortó en seco una vez cuando le hablé de la “nueva clase” enriquecida desde el Poder que el partido les dio. “¿Quién se ha enriquecido? –me preguntó molesto y algo jactancioso, para que yo, sin transición, empezara a desgranarle la lista hasta que con un gesto me dio a entender que bastaba. Hoy esa pregunta no la haría nadie razonable porque llevamos frescos en la memoria a los mangantes con nombres y apellidos. Demasiados mangantes, en la Administración, en los sindicatos e incluso por libre. El último, un dirigente que creó una empresa que facturó a las arcas públicas –y no es el primer caso ni el cuarto—una pila de millones. Una “nueva clase” (Djilas) que –en medio de una crisis para llorar—no es ya una pandilla sino mucho más.

Razón del monstruo

Desde hace semanas, el obispo sudafricano Desmond Tutu, mantiene una campaña en Internet recabando firmas para impedir el proyecto de algunos líderes africanos, que pretenden forzar el abandono colectivo del Tribunal Penal Internacional, que bien que mal va funcionando en la Haya. Sostiene Tutu que el proyecto pretende anular la única instancia internacional capaz de enviar alguna esperanza a los pueblos martirizados por esos déspotas, muy en especial desde que se ha iniciado el juicio del vicepresidente keniata, William Ruto, y se espera para noviembre el del presidente Ururo Kenyatta, dos asesinos de escándalo, contra cuyos crímenes han clamado hasta en la propia África. Dice el obispo que no podemos permitir que se “apague esa única luz que brilla en la oscuridad”, dado que fuera de esa Corte no existe institución alguna donde hacer que respondan los culpables de delitos contra la Humanidad, y lleva razón, porque, entre otras cosas, la institución fue creada por veinte países africanos que están representados hoy por cinco de los dieciocho jueces, además del fiscal jefe. He firmado sin pensármelo el pliego de Tutu pero creo de justicia no escamotear el argumento que en la reunión continental de Addis Abbeba han planteado esos sátrapas que, como dice el obispo, buscan simplemente “la libertad para matar”. Bien ¿y cuál es ese argumento? Pues no es el clásico, a saber, que los propios EEUU nunca han firmado su adhesión al Tribunal, sino el de que “todo el mundo salvo África parece estar exento de rendir cuentas”, o sea, que ese derecho internacional parece que, en la práctica, sólo se aplica a los países no occidentales”. A ver quién los contradice, sobre todo cuando esos canallas apostillan que “los estadounidenses y británicos no tienen que preocuparse de ser responsables de crímenes internacionales”. A ver, insisto, cómo negarles la mayor.

Una vez dicho esto añadamos la sinrazón que supone pedir que ningún mandatario supremo en ejercicio pueda ser llevado ante el Tribunal haga lo que haga y ya sabemos de sobra lo que esos monstruos son capaces de mandar o dejar hacer. Es curioso el cinismo de los tiranos y su habilidad para acogerse a la sombra de un derecho que ellos no reconocen a los demás, como resulta anacrónico fundar su rechazo a la Justicia internacional con el toletole de que el TIP no es más que un juguete de los poderes imperialistas. La sangre africana sigue barata en esa lonja con la que todos comercian.

Belmonte: Tercio de Baras

Ahora dicen los prebostes sindicales que acosar e insultar a la juez Alaya, no estuvo bien, que tampoco es eso, y es más, que mientras ellos estuvieron presentes, allí no se oyó una voz fuera de tono. Vale, pero lo que el ciudadano se pregunta no es la opinión  de los propios acosadores, sino la razón por la que, las fuerzas de seguridad no impiden con energía semejantes ultrajes, y lo que es más importante, por qué no se planta el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) ni el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) para exigir la protección decidida de sus miembros y la sanción que corresponda a los acosadores. ¿Qué son los jueces, panderillos de bruja que cualquiera puede aporrear? En cierto modo hay que reprochar a ellos mismos tanta lenidad con los bárbaros.

Prohibir el beso

Uno de los epifenómenos más graciosos de nuestra postmodernidad es la evolución del beso público, el cuidado de las imágenes besuconas basado en una evidente técnica cada día más imaginativa que funciona, quién lo duda, como una escuela de esa efusión legítima que Musset reputaba como el único lenguaje verdadero del mundo. Vean en la tv el plano demorado que acerca las bocas entreabiertas, observen la calculada demora en la entrega, no se pierdan las estrategias lingüísticas de los actores, que no me cabe duda de que habrá enriquecido no poco las estrategias dictadas por el primitivo impulso. Cualquier anuncio de un perfume o de un coche comienza con la incitación vehemente del beso demorado en sus pequeños detalles, como transmitiendo al futuro consumidor una promesa de delicias. Ha cambiado mucho el beso desde que Clark Gable o Gregory Peck besaban falsamente a sus “partanaires” recurriendo a una sofisticada gimnasia del cuello, hasta este presente tenso en que las parejas se funden públicamente en ósculos inacabables e imaginativos. Pues bien, no en todas parte. En Marruecos, por ejemplo, no, como lo demuestra la detención de dos menores por besarse en la puerta de su cole y de un tercero por fotografiar la escena y colgarla en Facebook, monumento a la inocencia febril que la autoridad marroquí considera un “atentado al pudor” y castiga con dos meses y medio de cárcel.

 

Moushin, Raja y Oussama, que así se llama el trío de ángeles, serán condenados por un tribunal de Nador si no logran impedirlo las protestas humanitarias que el caso ha levantado. Qué raro, ¿no?, teniendo en cuenta las veces que hemos visto en aquel país auténticos mercados de chaperos acechando a los turistas, qué injusto en una sociedad en la que, desde luego, sus más altas cotas no han sido siempre — recuerden la descocada leyenda de Hasan II– ejemplo de severidad moral. Nadie se cree ya los remilgos, no poco bobos, de Shopenhauer –lo del intercambio de bacilos, quizá apócrifo—en este mundo “voyeur”, ni se escandaliza por esa expansión cada día más difundida ni siquiera en esos países árabes donde el beso homosexual se impone en las más altas esferas a los estupefactos viajeros. Una iniciativa ha propuesto, en fin, defender a los tres chiquillos escenificando una besada multitudinaria –“kiss-in géant—ante el Parlamento de Rabat, y ha acabado como el rosario de la aurora. La moral es cosa muy subjetiva. Tanto, que se le impone a los demás.

Vista del franquismo

“En democracia no debería haber estas detenciones de sindicalistas”, Fernández Toxo (tras la detención de los sindicalistas de CCOO relacionados con el “caso ERE”). “(Estas detenciones) Tienen mucho más que ver con las brigadas de la Social al servicio de los tribunales de orden público (sic) que con un Estado de Derecho del siglo XXI”, Antonio Carbonero, secretario regional andaluz de Comisiones Obreras (por el mismo motivo). “Estamos hartos de defender a los golfos andaluces”, Javier Figueroa, secretario general ugetista de Acción Sindical. “Billy el Niño hace 38 años que ha dejado de torturar y ellos continúan siendo comunistas”, Salvador Sostres, columnista de este periódico. “Las garantías que ofrecía la República  eran todavía más pobres que las que ofreció el franquismo”, el mismo.

Tal como somos

La lectura no tiene por qué ser un presuntuoso indicador de prestigio. Tampoco una actividad extirpada de la vida social. Un país que no lee es, sencillamente, un  país inculto, y de eso se derivan, aunque haya quien no lo crea, consecuencias socioeconómicas mucho peores. Y en España no se lee, ni se ha leído nunca. En el XIX funcionaron incluso clubs de lectura, promovidos casi siempre por el populismo progresista, pero las propias tiradas de los libros –tres mil ejemplares cuando yo empezaba, es decir, igual que hoy—demuestran que la instrucción por el libro no fue nunca un proyecto español. Hay “best seller”, por supuesto, generalmente en el ámbito de lo que la sociología americana llama la “mass-cult”, lo que se compensa por el desdén generalizado de los clásicos, incluidos los modernos. Nuestro sistema educativo tiene gran parte de culpa en ello al atiborrar a los párvulos y medianos con “tareas” de lectura bien poco atractivas. Total, que aquí no lee casi nadie. El Informe de la OCDE nos sitúa a la cola de los 23 países desarrollados en conocimiento matemático y en penúltimo lugar en comprensión de textos, desastre que el PSOE se ha apresurado a atribuir a Franco –y no a Rajoy y los suyos por estricta razón cronológica—mientras que el PP la ha atribuido a la política educativa del PSOE. Estas estadísticas sirven para iluminar lo obvio, que por lo general suele estar olvidado, pero una vez iluminado el panorama no deja resquicio a la justificación de la burricie. ¿Será verdad que más de un 80 por ciento de los universitarios no han leído el Quijote ni la Biblia? Porque de ser eso cierto hay que suponer que entre los adolescentes y los adultos la cifra debe ser aún más redonda. ¿Y qué?, replica el peatón. Pues nada, hombre, que seguiremos enviando emigrantes a Alemania mientras los sedentarios se quedan varados aquí, en la inopia.

 

Una lástima asumida. Juan Ramón dedicaba sus versos “A la minoría, siempre”; Stendhal su “Rojo y Negro” a “To the happy few” (a la dichosa minoría); el propio Shakespeare su “Enrique V” escribió: “We few, we happy few…”, (nosotros, el pequeño número de los dichoso). El corro en torno al aedo queda lejos y primitivo, el lector atento carece de tiempo entre las prisas. Y, en fin de cuentas, España no lee porque no ha leído nunca ni los anuncios. Henos aquí, repantingados en la penúltima posición. ¡Que lean otros! No me parece justo culpar de eso a Franco ni al PSOE.