Aurora roja

Una cosa es que Valderas, el copresidente, defienda a los acosadores de la juez Alaya y otra, igual de grave por lo menos, que el nuevo coordinador regional, Antonio Maíllo, propugne la teoría de que al Gobierno legítimo de la nación, al que salió de las urnas con mayoría absoluta, no hay que hacerle oposición democrática, parlamentaria, sino que hay que “tumbarlo en la calle”. La cabra tira al monte, a la vista está, pero hace falta tener poco sentido de la realidad para proponer esa estrategia en estos delicados momentos. La calle está muy bien cuando no hay libertad, cuando falta democracia, nunca mientras el sistema de libertades funcione. Hay gente que ha leído a John Reed y confunde la literatura con la realidad.

Juegos de guerra

A finales del ferragosto ha tenido lugar en Suiza un simulacro de invasión del país por parte de Francia. Se trataba de un ejercicio, nominado “Duplex Barbara” provocado por una hipotética situación política que habría llevado a Francia a la división en múltiples regiones provocando la reacción de una paramilitar Brigada de Dijon que, desde tierras del Jura, planteó a Suiza una alternativa radical: o se hacía cargo de la deuda de Saonia (nuevo nombre del Jura) o sufriría un ataque inmediato a base de mercenarios que tenían decidida incluso una estrategia concreta: entrar por Neuchâtel, Lausana y Ginebra. No es la primera vez que un asalto imaginario es imaginado en Francia como respuesta a situaciones críticas, ya que anteriormente la operación “Stabilo Due” habría respondido al caos social originado por la hipotética caída del euro y la avalancha de refugiados. No habrá que insistir en que se trata de supuestos imaginarios, pero tampoco en que semejantes ocurrencias transparentan un clima de inseguridad notable al tiempo que ponen de relieve algunos de esos miedos que Occidente está viviendo con los ojos y la boca cerrada, como silenciosa respuesta a ciertas alarmas más o menos subliminales, propias de un ambiente marcado por la inseguridad de la crisis económica pero también social y política que viven nuestras sociedades. Hay miedo, y cuando el miedo perturba el sueño ciudadano, incluso sobre un país que, como Suiza, que carece de ejército formal porque sus ciudadanos guardan el fusil en casa, puede llegar a cernirse la amenaza, siquiera teórica, de verse envuelto en un conflicto armado. Fíjense, una Francia arruinada que ve como se rompe la vieja unidad nacional, o un crak monetario como sería la crisis del euro, bastan para despertar en el personal el cerebro reptiliano y echar instintivamente la mano a la pistola. Hasta la paz menos dudosa resulta potencialmente quebradiza.

¿Ven cómo es imprescindible lograr que fragüe de una vez por todas la idea de una Europa fuerte en la que la perspectiva de vida en común pueda normalizarse dejando de estar sujeta a las inevitables pesadillas qua atormentan el sueño localista? No basta con una moneda única sino que es preciso unificar también la decisión política si se pretende asentar la vieja ilusión en que se fundaba, desde su concepción, la unión continental. Porque no hay que despreciar estas guerras imaginarias que pudieran llevar dentro de sí el germen de la violencia real.

Esta crisis

Debemos tomar con máxima precaución las informaciones sobre la crisis que nos dan los políticos, en especial, cuando insisten en que estamos saliendo de ella. Salir de un crisis, de verdad, es volver al punto de caída, es decir, lograr que quienes perdieron el trabajo lo recobren y quienes vieron triturados sus salarios los recuperen, aparte de algo básico: que los derechos adquiridos por el trabajo en su larga lucha no se diluyan y pasen al olvido. Y eso, muy probablemente, no va a ocurrir, porque esta crisis no es como las últimas que hemos vivido, es decir, un reajuste del mercado, unas tercianas de las finanzas, un romadizo del progreso laboral. Las aguas volverán a su cauce tarde o temprano, pero el río no alcanzará en mucho tiempo la vieja cota marcada por las aguas. No habrá recuperación plena porque el trabajo y al salario han pasado de ser un derecho a ser considerados como un privilegio en beneficio, quién lo duda, del sistema de explotación. Ejemplo claro el de Alemania. En Alemania –me atengo a los datos del Institut Arbeit und Qualifikation 2013—la tasa de paro parecía, hasta abril, que iba a mantenerse un poco por encima del 5 por ciento –es decir, hablando en plata, en pleno empleo—para aumentar en agosto casi hasta el 7 por ciento y algo más aún en septiembre. Pero ¿quiere eso decir que la población trabajadora de aquel gran país se mantenga en vilo sobre esa situación soñada? Pues no, ya que al menos 8 millones de trabajadores percibe un salario bajo, en 2011 más casi uno de cada cuatro percibía 9’14 euros por hora, menos de 6’5 los precarios, la mitad de los “mini-jobs” se pagan a 7 euros y un tercio trabaja sólo por 5 a la hora. Volverán las oscuras golondrinas, seguro, pero no todas, no “aquellas”…

De ésta saldremos disciplinados, bajados ya los humos de los gurús de la “new age”, con las mínimas protecciones y una severa limitación hasta de las utopías más modestas. El trabajo volverá a ser un castigo gozoso, la precariedad, la norma, los derechos, los imprescindibles. Ésta no ha sido una crisis (es decir, un paréntesis de suyo coyuntural) sino un ejercicio maestro que nos devolverá sin prisas al punto de partida en que estábamos cuando arrancó el movimiento obrero y la lucha por los derechos cívicos. Tras cinco o siete años habremos retrocedido siglo y medio, y con un canto en los dientes. La historia no tiene fin, como creía Fukuyama, pero se va a calentar lo suyo tras este magistral intermedio.

Corruptólogos

El Fiscal General, Jesús García Calderón, que es un hombre cabal, le ha propuesta al Parlamento (¡a este Parlamento!) la creación de un observatorio constituido por funcionarios independientes (¡aquí!) para estudiar “científicamente” el “fenómeno cambiante” de la corrupción, como si la naturaleza, causas y circunstancias de la mangancia no la conociéramos todos por puro sentido común. Agrávense las penas, acórtense los pleitos, “neutralícese” a los jueces, cúmplanse las condenas…, y ya verá el Fiscal como podemos prescindir de es Observatorio expletivo. La Historia está llena de corrupto cuyos métodos conocemos y, por supuesto, los métodos son siempre los mismos. Lo que fomenta el agio es la lenidad. Más burócratas y una ciencia inventada iban a resolver poco.

La larga lucha

Hoy día los americanos, el gendarme planetario que nos salvó más de una vez, ya no gana las guerras: las empata todo lo más. La imagen del helicóptero despegando de la azotea de la embajada en Saigón, allá por el 75, hablaba por sí sola. El desastre de la primera guerra de Irak, tres cuartos de lo mismo, aunque ya no podría hablarse de derrota sino de tablas, como se dice en esa guerra simbólica que es el ajedrez. Del laberinto de Afganistán –primero apoyando a los talib contra la URSS, luego enfrentados inútilmente a ellos—para qué hablar. De la segunda aventura iraquí de los Bush, ni les cuento Del canallesco asalto de Granada, una islita minúscula, menos aún. Ante la huida por pies ordenada por Clinton a las legiones desplegadas en Somalia, cerremos los ojos. Hoy casi nadie recuerda ya lo de Vietnam/Camboya por razones demográficas más que nada, como revela el silencio de los medios ante la muerte del general Giap, el hombre que venció nada menos que a Francia primero y a los EEUU después. Giap ha muerto en desgracia, como suele ocurrir a los héroes, cabreadísimo con el “marxismo capitalista” del nuevo Vietnam, pero en su día fue un mito en Occidente, el del estratega que supo transportar la artillería pesada por piezas a través de la selva, el que inventó los refugios subterráneos, los túneles bajo el enemigo, la “ruta Ho Chi Ming” para abastecer al pueblo en el Sur en tanto llegaba la hora de la gran ofensiva, la “Ofensiva de Primavera”, el final de lo que él llamaba “la larga lucha”. A Giap lo expulsaron del régimen comunista en los años 80 pero nadie logró borrar de la memoria popular el mito del héroe: miles de personas velaban el otro día ante la puerta de su casa portando flores o entonando canciones. No hay burocracia que pueda con el héroe.

Las guerras actuales se empatan porque Giap ganó la de Vietnam, lo que no sólo envalentonó a los pueblos resistentes sino que hundió en la miseria aquella autoestima a lo John Waine que tanto daño ha causado al gran país americano. Giap probó que la paciencia y la astucia pueden competir con la altísima tecnología, y con esa estrategia elemental se ventiló a los franceses en Diên Biên Phu y a los yanquis cuando su “Apocalipsis now”. Él abrió esta era de conflictos inútiles cuya crueldad no compensa siquiera el gasto y en su corazón elemental conservan esa convicción los campesinos vietnamitas. Que se preguntan, a la vista de la lonja, para qué sirvió tanto heroísmo. Pero ésa es ya otra cuestión.

La nueva clase

Uno de los personajes históricos de este PSOE, quizá el que yo más estimo, me cortó en seco una vez cuando le hablé de la “nueva clase” enriquecida desde el Poder que el partido les dio. “¿Quién se ha enriquecido? –me preguntó molesto y algo jactancioso, para que yo, sin transición, empezara a desgranarle la lista hasta que con un gesto me dio a entender que bastaba. Hoy esa pregunta no la haría nadie razonable porque llevamos frescos en la memoria a los mangantes con nombres y apellidos. Demasiados mangantes, en la Administración, en los sindicatos e incluso por libre. El último, un dirigente que creó una empresa que facturó a las arcas públicas –y no es el primer caso ni el cuarto—una pila de millones. Una “nueva clase” (Djilas) que –en medio de una crisis para llorar—no es ya una pandilla sino mucho más.