Enfermar en Huelva

Guerra de cifras sobre el número de asistentes a la convocatoria por una sanidad pública digna. Ni siquiera la concurrencia de considerables contingentes solidarios de otras provincias evitó que antier se juntara en nuestras calles menos gente que en las tres convocatorias anteriores. Así es mi paisanaje, ígneo y complaciente: se incendia moralmente solo con la manguera en la otra mano. Y es raro, en todo caso, porque este mismo mes se ha publicado en la capital un informe que sitúa a Huelva sólo por detrás de Navarra en su recurso a la medicina privada, argumento inconcuso de que mal debe andar, en consecuencia, nuestro servicio público de salud. ¡Ni “Spiriman” nos basta para reclamar lo nuestro! ¿Quiere ello decir que nos conformamos con una sanidad pública indigna? Ojalá que no.

Economía herida

Ya es extraordinario que el auténtico atentado de la Madrugada no lesione la demanda de nuestro turismo. También lo fue la celeridad con que se reaccionó ante los anteriores meteoros por parte de las administraciones que, ante la proximidad de la Semana Santa,  arreglaron los destrozos playeros en un pis pas. Lo grave es que de nuevo andamos con las playas hechas polvo, y eso en una economía en la que el turismo aporta casi el treinta por ciento del PIB, exige un esfuerzo inversor y una diligencia administrativa muy especial. Claro que esto nos pasa porque más de treinta y tres años de “régimen” autonómico no han bastado para lograr la elemental diversidad productiva que requiere un imprescindible plan de desarrollo regional. Que Dios reparta suerte o aviados vamos.

 

Memoria de un desterrado

La vuelta del exilio de Manuel Andújar -él hablaba siempre de trasterrados, no de exiliados-, pilló a mi generación con un pie aquí y otro en París, enfrascados todos en la pugna imperceptible pero demoledora de la clandestinidad. Fueron los años en que volvieron de América muchos de aquellos “trasterrados”, algunos de la envergadura de Francisco Ayala o Rosa Chacel, nada menos, y en los que a pesar de nuestras obsesión por el boom americano todavía teníamos de libro de cabecera las obras de Barea y otras que, como éstas, trataban de reconstruir desde la otra orilla la memoria desgraciada de España.
Andújar había vivido ya de todo, una vida perra que, a partir de su enfermedad infantil, le había permitido conocer la intrahistoria hispana de cerca y sin paliativos, trabajando a salto de mata en los oficios más dispares mientras narraba su impresión de las “Vísperas” de la catástrofe, militando arriesgadamente en la clandestinidad y, a buen seguro, sin la menor aldaba a que agarrarse. Hombre sencillo y entrañable, Andújar vivía ordenadamente una existencia casi minutable, en especial desde que, creo recordar que favorecido por Javier Pradera, logró la dirección comercial de Alianza Editorial, aquel proyecto crucial de aquellos años que enmarcaban las portadas ideales de Daniel Gil. Por lo demás esa vida ordenada y puntual la compartía Manolo con su esposa Amanda en el acogedor e impecable piso de la madrileña calle Camino de Canillas con un pie ya dentro del barrio de la Prosperidad.
Renuncio a detallar la obra, bien conocida, de este escritor prolífico, la mayoría de la cual fue escrita en México a través del caleidoscopio de la memoria, pero no a decir que hay al menos tres obras memorables entre ellas como son las citadas “Vísperas”, “Los lugares vacíos” e “Historias de una historia”. Pero el poeta y narrador Andújar fue también un ensayista atinado como lo muestran sus ensayos desde el destierro, en especial el que escribió sobre el papel de mestizaje de la cultura andaluza. El Presidente Borbolla, al que yo le había procurado ya “La franja luminosa”, no dudó un instante ante mi propuesta de nombramiento de Hijo Predilecto de Andalucía en el año 1985, que él recibió con un agradecimiento entusiasta.
Andújar sigue siendo por desgracia un gran desconocido entre el gran público. Su obra espera sin duda un reconocimiento que sólo ha impedido hasta ahora su modestia y la sinrazón mediática.

Medicina y ahorro

Presento mi informe médico privado para obtener siquiera la ayuda farmacéutica. -“¿Y por qué ha ido usted a un especialista privado?”.  -“Pues porque en la lista de espera tardarían cuatro meses en atenderme.” -“¿Y no sabe usted que los privados recetan lo más caro?”. -“¿Quiere decirme que el SAS receta lo más barato?”, arguyo. El sistema público de salud cuenta con médicos cómplices, que cobran más por recetar menos (sic), aunque también con facultativos comprensivos y generosos. Los de atención primaria acaban de reclamar “premios por curar y no por ahorrar”, denunciando que el 30 por ciento de los niños no son atendidos por pediatras en el SAS y reclamando la reducción diaria del cupo de pacientes aparte de negarse a obedecer la consigna de no dedicar más de tres o cuatro minutos por barba. Ahorrar, vale. Con la salud, no.

El paraíso andaluz

Al Parlamento andaluz le da igual que le da lo mimo de los avisos y censuras del Defensor del Pueblo. No quedan ya, además, Defensores capaces de recoger sus papeles y decir “Adiós, muy buenas” cuando sus Señorías, como ocurrió alguna vez, se levantaron en masa para irse al bar. El Defensor es la inutilidad institucional  convertida en coartada asamblearia del “régimen” que, periódicamente, se deja flagelar por encima de la albarda y una ayuda para la cantina de la Casa. ¡Pero si no le hacen caso a los jueces ni a la leal Oposición, cómo esperar que se lo hagan a un beneficiado inerme! “Vivimos nuestra peor Historia y en la mayor desigualdad, aumentan los pobres y las mujeres discriminadas…” . El Defensor “dixit”, los trinca-dietas, ni caso.

Spirimanía

Muchos médicos andaluces han suspirado siempre por la política y muchos políticos por la medicina. Quizá de ahí la enojosa gestión del servicio público de salud, quién sabe. Ahora está de moda el “doctor Spiriman”, a quien prefiere el populismo frente a la Junta, seguro que por su cuarterón demótico. La Junta se planta para acabar cediendo, mañana en Huelva como antes en Granada. Y yo me pregunto si no sería más lógico poner nuestra sanidad en manos de expertos cualificados en lugar de repartirla graciosamente entre apparátchik y movilizadores espontáneos. El SAS debe depender de la Junta, no de un agitador de conciencias. Hasta que así no sea mal nos irá a todos.