Político impresentable

El secretario general del PSOE en Córdoba, Juan Pablo Durán, es de esos personajes que no deberían ser aceptados en la política por su fanatismo y por su brutalidad expresiva. En relación con la causa abierta a la alcaldesa de Peñarroya, Luisa Ruiz, por presuntos delitos contra la Administración, fraude y falsedad documental, Durán dijo que “estamos en un estado de excepción encubierto”, que los aparatos del Estado están “al servicio de la derecha” y, en fin, agárrense, que “la Derecha no hace prisioneros ni deja heridos. Solamente sabe matar y, si es posible, en las cunetas”. No estoy seguro, a pesar de la enormidad de la injuria, que el presidente del Parlamento no la justificara en nombre de la “libertad de expresión”.

Raros aliados

En mi opinión es una suerte que se haya dejado de hablar de la famosa “alianza de civilizaciones”. No es la primera vez que expongo aquí, contra de ese absurdo proyecto, mi argumento de que culturas hay el ciento y la madre pero civilizaciones no hay actualmente más que una y es la engendrada en Occidente durante siglos, inspirada a medias por el clasicismo mediterráneo y por el influjo evangélico. No tienen más que constatar la inmensa distancia que hay entre su visión moral y la nuestra. Por ejemplo, una chica sudanesa, Amira Osman Hamed, acaba de ser condenada a recibir cuarenta latigazos por haber llevado una “indumentaria indecente” aunque, en realidad, lo que hizo fue negarse a cubrirse el rostro con el velo tal como le fue demandado en la calle. Amira –por la que estos días recoge firmas por medio mundo Amnistía Internacional—ya hubo de pagar una multa elevada por el simple hecho de llevar pantalones, dado que el delito antes entrecomillado está en el Código Penal sudanés pero su libre interpretación corresponde a jueces y policías. Y el hecho coincide con la prédica en una mezquita de Ceuta en la que se pide a las mujeres que rechacen las leyes que sancionan a los maltratadores: que se divorcien (si pueden) e incluso que pidan a la policía que disuada al marido maltratador pero que, en modo alguno, admitan el castigo de éste porque resultaría un “castigo injusto”. Teniendo en Cuenta que Ceuta es todavía España y, por consiguiente, Europa, me siento más cerca de Samuel Huntington que de Zapatero y sus no tan “jóvenes turcos”: lo que hay en este momento histórico entre esas culturas diferentes y la nuestra es un conflicto y no una posibilidad de alianza.

Yerran los defensores del islamismo cuando ven en objeciones como ésta un desprecio o un ataque a sus creencias, alegando el carácter incidental de los choques entre ambas concepciones del mundo o, incluso, los “explican” en función de ciertas relaciones injustas. Antier como quien dice, y por enésima vez, decenas de cristianos fueron liquidados en una iglesia egipcia por suicidas sunníes y los mismo ha ocurrido antes en Nigeria, Pakistán o India por motivos estrictamente religiosos. Pretender aliarse con países o pueblos en estas circunstancias resulta obvio que es ilusorio, por más que la creciente polarización aconseje explorar cualquier acceso a una paz que tiene que basarse en una garantía previa hoy día inimaginable.

Acosos, segun

Por más que comprenda la situación extremada que viven muchos de nuestros Ayuntamientos, en especial los del PP, no veo modo de aceptar los incidentes provocados por los alcaldes “populares” malagueños durante la visita de la presidenta Díaz a la ciudad, por las mismas razones que no las vi cuando los sindicalistas acosaron a la juez Alaya en la puerta del Juzgado. Al cogobierno y a su partido, en cambio, les parece que no es lo mismo acosar a uno de los suyos que acosar a un rival, y hasta ha sugerido que la delegada del Gobierno en Málaga colaborara con los alcaldes, a los que un portavoz ha calificado de “camorristas” y el copresidente Valderas de elementos de “extrema derecha”. Acosos, según, pues. Una misma actitud puede ser buena o intolerable según y cómo.

La religión del arte

Soy viejo seguidor de ese crítico insurrecto que es Arthur Danton, el que anunció el fin del arte desde el título de uno de sus libros, y nos habla en otro, mi predilecto, de “La transfiguración banal. Una filosofía del arte”. Danton es desde hace años mi Taine de bolsillo, el precursor de muchos discursos, que luego han hecho fortuna, sobre el camelo en que consiste básicamente el arte contemporáneo. En la Dogana de Venecia, tras la intervención del magnate François Pinault, hay que desviar la mirada de esas “performances” que buscan el efecto estético negándolo: por ejemplo, un cráneo en una vitrina, un caballo a buena altura con la cabeza empotrada en el muro, cosas así, ya saben, que nos hacen revolvernos contra el maestro Teodoro Adorno cuando calificó al Louvre como “un cementerio”. El clásico objeto del arte ha sido sustituido por cualquiera carente de sentido estético, y su valor, determinado no por la estimativa libre del espectador sino por el veredicto de los comisarios, la razón crítica ha sido ocupada por una teología, mejor, por un conjunto de dogmas defendidos por una excomunión reservada a los sumos pontífices. Un caballo empotrado en una pared, un orinal como el de Duchamps, un carton de embalar como el que Tapiès exhibe en el museo de Cuenca, son arte por decreto religioso de esa santa compaña que ya no nos exige “juzgar” sino “creer”. El objeto artístico queda transfigurado por la misma decisión del “creador” y desde ese momento, si usted no quiere pasar por un pardillo ha de considerarlo “significativo”. Aunque sea un orinal o un cartón de embalar. Es la nueva religión del arte en la que el “iniciado” ha de ser consagrado por los papas de galería.

En una ocasión un consejero de Cultura quiso quedar bien con la “vanguardia” a base de comprarle un cuadro a cada mandarín, y durante la visita a aquel aquelarre, como yo manifestara mi escepticismo sobre tanto mamarracho al tiempo que mi predilección por Velázquez, un joven apolíneo me replicó ufano: “Ah, sí, Velázquez…, eso está muy bien para las latas de carne de membrillo”. Hay bálsamos, no obstante. Dentro de poco parece que va a celebrarse una muestra de Carmen Laffón y en ella espero encontrar el bálsamo de la belleza íntegra, melancólicos paisajes a través de la ventana, un inefable ramo de mimosas o unas simbólicas flores muertas sobre el tapete, como las de Lotto. ¿Ya escampará? Temo que el arte no escape a la ley de lo efímero que concierne a todo lo humano.

El tejado de vidrio

Creo que ha sido al ex-ministro López Aguilar a quien hemos escuchado afirmar que el espionaje norteamericano ha afectado “a millones de europeos”, incluida la señora Merkel, cuyo móvil ha estado enganchado también, al parecer, a la consola de los espías. Es más, el propio Parlamento Europeo nos ha sorprendido exigiendo “represalias” (¿) frente a semejante ultraje que viene a probar que la utopía de Wells no era tal sino una auténtica profecía. Ese tema de las escuchas ha tenido la rara virtud de poner de acuerdo en algo a los países europeos, casi todos los cuales han presentados sus quejas vehementes a los alcahuetes, siguiendo un clima propiciado por el antiamericanismo clásico y estimulados por una dignidad herida que a los yanquis les ha importado tres pitos. Ahora bien, ¿acaso son solo los yanquis los únicos que practican el espionaje de amigos y enemigos o es más cierto que aquí cada cual tendría razones para relativizar, al menos, sus protestas? En lo más granado de la prensa francesa se ha planteado esta cuestión aduciendo que Francia está harta de espiar a todo bicho viviente y, por lo que se refiere a España, hemos de recordar que aquí se ha espiado hasta al propio Rey, sin que la sangre haya llegado al río. No recuerdo yo, por ejemplo, grandes quejas cuando Bush le prestó a Aznar aquel sistema de escuchas prodigioso que, al menos en teoría, tanto ayudó en la lucha contra el terrorismo, pero que nadie nos garantiza que no nos fuera aplicado de paso a los ciudadanos de a pie. Miren, nadie que tenga intereses en la vida del vecino de enfrente deja de mirar por la ventana indiscreta, y de eso sabemos muchos los españoles que vivimos peligrosamente bajo la Dictadura, en la Transición y aún en la Democracia.

Nadie discutirá que pinchar el móvil de una canciller constituye un acto indigno además de ilegal, pero ¿quién nos garantiza de que los servicios alemanes –o los británicos o franceses—no hacen lo propio en la medida de sus posibilidades? El antiamericanismo no deja de ser injusto por más que resulten obvios los motivos que quien más quien menos esgrima para profesarlo. Ahora bien, lo que no es legítimo es exigir que no hagan contigo lo que tú mismo haces con los demás. La sociedad medial tiene el tejado de vidrio y hoy resulta obvio que la intimidad ha pasado a ser una ilusión. Obama tendrá que repartir por ahí palmaditas en la espalda sin que sus espías dejen de atisbar por la rendija electrónica.

El cinismo político

Con lo bien que quedaba callado, Rubalcaba ha decidido, en cambio, apuntarse al bombardeo para defender a UGT, el “sindicato hermano”, de la “campaña” –en la que este periódico figura desde el primer momento—destinada, según él, a desprestigiar a los sindicatos y así poder quitarle sus derechos a los trabajadores. Oiga, verá usted, no es eso: es que, según los documentos aquí publicados, UGT se ha gastado una fortuna que iba destinada a esos trabajadores en paro, en gastos propios, incluidos los festines feriales y los sobresueldos, y eso es algo que todo demócrata debe condenar y los jueces sancionar. ¡Y luego habla de “conspiranoias”! El descrédito de los sindicatos se lo han buscado ellos solos. Cuando hay pruebas, al menos, la verdad no tiene más que un camino.