Desconcertación social

Está claro que al muñeco de la “concertación social” –Junta, Sindicatos, Patronal—le han sacado las tripas sus propios manijeros. ¿Cómo continuar con ese tinglado en el que los tres “agentes” están hoy, no bajo sospechas, sino, lo que es peor, bajo evidencias de corrupción? El medio de garantizar la paz social no puede seguir siendo el mero reparto de millones entre quienes –a la vista está—, además de no contribuir casi nada a sanar el modelo desplomado, no son capaces de administrar sin salirse de la Ley. Ese “retablo de las maravillas”, visto de cerca, más parece el patio de Monipodio que otra cosa. La Junta debe cambiar de partitura  si no quiere que el desconcierto sea irreparable.

Andalucía, “sub iudice”

La “Andalucía imparable” de que habla la propaganda oficial, a punto está de coger el relevo de la Andalucía bandolera que tanto fascinó a los viajeros europeos del XIX. No como sujeto colectivo, por supuesto, sino como consecuencia de la lamentable actuación de algunas de sus personalidades, representación a todas luces inmerecida de un país como otro cualquiera pero históricamente tan propicio al tópico. ¿O es que puede verse de otra forma la situación de tantos personajes de esa vida pública que hoy se encuentran “sub iudice”, investigados cuando no condenados por los jueces para desconcierto de una inmensa mayoría que nunca anduvo tan estupefacta? El recuento es fácil: hay en este momento dos Presidentes de la autonomía “pre-imputados” por el mayor escándalo económico registrado en nuestros anales, a los que acompañan seis consejeros de sus Gobiernos, un puñado de altos cargos, algunos diputados y hasta personal administrativo, por no hablar de los dos grandes sindicatos “concertados” o de la Patronal ni de la tira de alcaldes y concejales que acumulan legajos en los Juzgados, todos por causa de una corrupción generalizada y, al parecer, irremediable que parece ser el fruto más podrido del bipartidismo. ¿Cabe esperar rectitud de conciencia en un pueblo que se ve así degradado por su dirigencia, tanto política como civil, estará en cuestión el propio sistema de libertades o llegará a estarlo por la codicia de un estamento dirigente que, en realidad, es una “clase dentro de una clase” y en el que, al parecer, todos son primos hermanos?

 

La democracia es –se dice—el único sistema capaz de regenerarse a sí mismo al menos mientras el poder judicial mantenga su autonomía y no se vea, como se ve en estos momentos, rehén de los partidos de gobierno. ¿Que Andalucía no es una excepción? Sea, pero igualmente cierto es que pocas veces se halló en manos tan irresponsables. Y lo malo es que ya me dirán cómo podrá regenerarse el cuerpo político (o el social) estando como están en manos de los mismos que los degradan. Ninguna lotería tan útil y necesaria para esta comunidad como una enérgica sanción capaz de devolver a la sociedad siquiera una esperanza de recuperación moral. Si esa sanción no llega, el crak moral estará garantizado y la vida social a un paso del síncope. Ya hay estatuas de bandoleros levantadas en algunos pueblos nuestros como un aciago anuncio de lo que pueda venir.

El dinero irreal

A medida que avanza y se desarrolla esta economía globalizada, que multiplica las cifras hasta hacer de su tráfago un hecho cada día más inabarcable y menos creíble, crece también el recelo de que, de hecho, estemos siendo manipulados por una suerte de superchería útil en la práctica pero cercana a la irrealidad. Un ancestro mío negó hasta el día de su muerte que esas cantidades de las que hablan los telediarios existieran en realidad, y esgrimía el argumento difícil de replicar de que nadie había visto en su vida tales fortunas. Y no es para menos, si pensamos en cómo sin advertirlo siquiera hemos pasado del orden de los miles al de los millones y de éste al de los “miliardos” franceses o los “billions” americanos, como si de inflar un globo se tratara, en efecto, pues parece que lo que de verdad es imprescindible es la idea de esas fortunas y no su realidad contante y sonante. Mi ancestro tenía, desde luego, ilustres precedentes, desde el Kant que no desdeñó la paradoja del hombre que soñó tener cien táleros en el bolsillo, hasta el Marx que atribuía a ese sueño “el mismo valor” de la realidad, joya dialéctica que un empirista lógico como Ayes –según ha recordado hace poco Pietro Emanuele—resuelve avisando sobre la diferencia que media entre los verbos “ser” y “existir”, atenidos alternativamente a los cuales bien podemos aceptar tan válido el sueño como la realidad. ¿No podría ese soñador contraer de buena fe deudas sobre un caudal inexistente pero real para él? A mí me pasa tres cuartos de lo mismo cuando oigo manejar a los ecónomos las cifras actuales, exponencialmente mayores que las que mi antepasado se negaba ya a acreditar. ¿Estaremos viviendo sobre un polvorín fiduciario, que “es” aunque no “exista”? De hecho si los tenedores de billetes trataran de cambiarlos en el banco expedidor por su equivalente en oro, iban dados.

 

No tienen más que pensar en el lío de los “bitcoins”, la moneda virtual, que circula en el mercado sin residir en ninguna parte y que lo mismo sube sideralmente en la Bolsa que se derrumba ante un papirotazo chino. Vamos a tener que acostumbrarnos a una economía dual, inevitablemente crédula y práctica, pero manteniendo custodiado, por si acaso, el calcetín en casa. O acaso vayamos hacia un capitalismo ilusionista por cuya fibra óptica circule inapelable el valor convencional. No sólo nos hemos olvidado ya del fetichismo de la mercancía sino que vamos a acabar aceptando el fetichismo del dinero.

Palabras y hechos

Dice la presidenta Díaz que “le duele” la mala fama que las corrupciones perpetradas al socaire del “régimen” que ella dirige comportan para nuestra Andalucía. Se comprende, a todos nos gustaría que, de salir en el telediario, fuera por nobles motivos y no por la mangancia desatada que estamos viviendo: “palabras, palabras, palabras”, como dijo Shakespeare, porque lo que no se ven son los hechos que reclama con vehemencia la opinión pública, qué se yo, una comisión parlamentaria que investigara a fondo ese otro saqueo, el sindical, un expediente general que recabara la inmediata devolución del dinero trincado, un…, bueno, de sobra sabe ella lo que tendría que hacer si quiere que la gente siga tragándose la imagen de su inocencia inverosímil.

La otra Navidad

Gran montaje, gran cuento, deliciosamente ingenuo, acaso fariseo: el “espíritu de la Navidad”. Se supone la conversión general, el triunfo del bien, la gala de un humanismo siquiera quincenal, resuelto en la expresión de buenos deseos de todos para todos. Pschhh. Oigo en la radio a una oyente de Alsina, la voz clara y claro el concepto, dolorido, eso sí –se nota a la legua—pero también sereno, controlado. Una mujer nos cuenta su odisea, cómo “se cayó” de su estatus, como hubo de soportar meses durmiendo al raso más un tiempo de acogida, y sus palabras caen como carámbanos fulminando el ambiente cálido concelebrado por la inmensa mayoría –la mayoría obediente, la integrada—o como una pedrada en la brillante vidriera de nuestra “buena conciencia”. Pero no se aprecia en esas palabras gélidas y sensatas ni rencor ni siquiera disgusto porque “lo que me pasó a mí –dice ese ángel—puede ocurrirle a cualquiera, de la noche a la mañana además, sin previo aviso ni mayor lógica, tan frágil es la barquilla en que navegamos. Seguro que los millones de parados que nos abruman le darían la razón y acaso ellos también se verían reconfortados por el tiempo sagrado, cuya razón de ser no es otra que el armisticio ritual en la sociedad hobbesiana, dictada por la razón inmemorial a medias con los grandes almacenes. Qué dolor, escuchar a esa mujer que tan cuerdamente administra tanto su recuperación como la memoria de su desdicha: no hay en sus palabras figuras trepidantes, noches con escarcha sobre el cobertor de periódicos viejos. En la tertulia de Alsina se hace un silencio revelador prolongado por una música delicada. ¡La otra Navidad, la de “los Otros”, con o sin techo, plantada como un espantajo ante la indiferencia que nos des-socializa y aísla para encerrarnos en la ergástula individual, hielo sobre las brasas, baza del olvido! No hay reproche en esas palabras, solamente hay en ellas realismo, no hay queja, sino sólo experiencia. Noche de Enmanuel, “Dios con nosotros”. En fin…

 

Cambio de emisora y escucho a los políticos de todos los colores, lobos mansos por un día, deseando paz y prosperidad, tregua para todos, que lo que sobra es tiempo para la gresca, la gente arremolinada en el zoco entrampándose quizá –tal es la fuerza del mito—, olvidada de que “eso” le puede ocurrir a cualquiera, no lo permita Dios, cuando menos se lo espere. No sé el nombre de aquella mujer, hermana con las manos llenas de carámbanos, ya digo.

No quieres caldo…

No quieres caldo, dos tazas. Ésa es la insólita estrategia del Arzobispado granadino, empeñado en crear un problema donde no lo había, al publicar un libro resueltamente machista –“Cásate y sé sumisa”—y dar la cara al previsible rifirrafe suscitado dando a la imprenta su segunda parte –“Cásate y da la vida por ella”—en el que se predica que “corresponde a la mujer llevar al hombre al encuentro de su virilidad (¡), de su paternidad y del ejercicio de su autoridad”. Contestar al feminismo contenido o extremado con arengas de esa naturaleza parece todo menos una solución porque ningún fundamentalismo es razonable. El arzobispo de Granada se ha empeñado en perder una batalla en una guerra provocada por él mismo.