Nadie devuelve

Que aquí nadie devuelve un duro y menos a la Junta es cosa que sabíamos hace mucho. Pero desde ahora, es decir, desde que el TSJA ha sentenciado que la heredera de un “intruso” en un ERE fraudulento no tiene por qué devolver el pelotazo que su difunto padre logró, cabe suponer que serán pocos los pardillos que devuelvan un solo duro, ya que la irresponsabilidad de la Junta al soltarlo parece que legitimará a los beneficiados del fraude. ¡Qué festín durante diez años! Dice el capo de CCOO, Toxo, que, al final, todo esto de los ERE terminará en agua de borrajas. Pues yo no lo veo tan claro aunque esté seguro de que al dinero mangado ya pueden ir echándole un galgo.

Togas y puñetas

No siempre el Tribunal Europeo de Derechos del Hombre va a tener tan a huevo sus complejas decisiones como las tuvo a la hora de abrirles las puertas de la cárcel a los grandes delincuentes al ponerle coto a la llamada “doctrina Parot”, y menos va a contar con un vocal del país afectado para facilitarle la labor como le ha ocurrido en el caso español. Ahí tienen el regate que le ha dado al asunto de las célebres fosas de Katin –el asesinato en masa de 22.000 oficiales del ejército polaco a manos de los esbirros de Stalin—con el argumento de aquel holocausto ocurrió mucho antes de que Rusia (antes la URSS) aceptara la Convención europea. La gran Corte asume, desde luego, que aquello fue horroroso e injustificable, hasta el punto de condenar a Rusia por su negativa a rendir cuentas, como habían prometido tanto Gorvachov como Yeltsin, al menos abriendo los archivos secretos para que pudiera conocerse por fin el detalle de la matanza. Dicen los polacos que no sólo el Kremlin, sino también una mayoría aplastante de los ciudadanos rusos tienen un miedo insuperable a la idea de tener que afrontar con la mano en el corazón lo ocurrido en su pasado reciente, pero para esa curiosa macedonia plurinacional de magistrados ha bastado, una vez más, el riguroso respeto a la formalidad procesal para eludir el fondo del caso y permitir que el secreto continúe su camino por el río que nos lleva, en espera de mejores oportunidades. La mitología soviética –se dice—seguirá viva, pues, escondiendo “sine die” la terrible verdad. Esos bienpagados jueces bastante tienen con lidiar con los pleitos medianos y más chicos. Los grandes pueden esperar.

¡Pues no faltaría más que cada cual empiece a mandar a Estrasburgo sus Paracuellos, sus Badajoz(es) o sus Málaga(s), por no hablar más que de los casos que nos incumben a nosotros! Estamos viendo que una Justicia internacional –ahí tienen al TPI, por ejemplo—no es hoy por hoy fruta madura de la democracia occidental, aunque quepa ya aplicarle puño de hierro a algunos delincuentes mayores balcánicos o africanos. Porque imagínense lo que supondría una reclamación que afectara a Kissinger, pongo por caso no único, o la infamia de la base de Guantánamo. Un tribunal tiene siempre en la “forma”, en el respeto a las garantías formales, una salida de urgencia, como no puede ser de otra manera. ¿Katín? Eso ocurrió en 1940 y en 1940 probablemente no habían nacido siquiera estos próceres que hoy lucen toga y puñetas.

Largo me lo fiais

Tres meses le ha dado la Junta de doña Susana al “sindicato hermano” para que justifique lo injustificable, a saber, el desvío y despilfarro de los dineros públicos en gastos propios y hasta en cuchipandas, mientras desde Cádiz la propia organización exige “actuar ya” y presentar las pruebas de inocencia si las hubiere. Nada ha cambiado en la Junta, en este sentido, ni parece que vaya a cambiar, ya que los Presupuestos que aprobará el cogobierno PSOE-IU han incluido la partida correspondiente para que la fiesta no decaiga. No es sólo el sindicalismo el que necesita un replanteamiento a fondo, como se está comprobando, sino la política en general.

El lado oscuro

Mucho se ha hablado sobre el lado oscuro de Einstein. Sus problemáticas relaciones con las mujeres, su despego de sus hijos, el extraño silencio de sus últimos treinta años, dicen que determinado a no dar a conocer al mundo –tras haber colaborado a fondo en la fabricación de la bomba atómica y militar luego en el pacifismo—su “teoría de campo unificada” capaz de englobar todas las fuerzas del universo que acaso no logró rematar. La leyenda de su vida privada, desde sus múltiples matrimonios – con Mileva Maric, con Elsa Löwental, con su secretaria Helens Dukas, con la sobrina de su mujer, con la bailarina de Nueva York…– al abandono de sus hijos es bien conocida, a veces en términos más bien fabularios, como cuando alguien se empeñó en atribuir a Milena la teoría de la relatividad, imposible sin la capacidad matemática de ésta. Su popularidad, vivida con gran desparpajo por el sabio, ha dado lugar a una miríada de frases más o menos ingeniosas a él atribuidas, pero ahora, una novela del médico francés Laurent Seksik (“Le cas Eduard Einstein”, Flammarion, 2013), que ya había publicado hace años una biografía del genio (“Albert Einstein”, Gallimard, Folio, 2008), desempolva el tenebroso asunto de sus relaciones con su hijo Eduard, extraño personaje que quiso ser psicoanalista y acabó encerrado por sus padres en un manicomio de Zürich en el que ejerció de jardinero hasta su muerte. Lean ese libro estremecedor, contemplen al genio del siglo XX abandonando una tras otra a sus hijas y negándose a visitar a su hijo enfermo, y verán esa cara oculta de la luna tan frecuente en el hombre superdotado. “Mi hijo es el único problema que queda sin solución –dijo alguna vez–. Los demás, no he sido yo sino la mano de la muerte la que los ha resuelto”.

Conmueve la figura de ese jardinero confinado tanto como la fría distancia con que lo trató su padre. Se acepta la disipación del hombre acaso por esa tendencia general a eximir de responsabilidades comunes a los personajes con talento. Veremos morir a Eduard, en fin, olvidado de todos, privado de todo y una vaga irritación nos revuelve frente o contra el hombre del siglo. Nunca fue creíble la tesis de que Mileva fuera la descubridora y Albert el sabio oportunista. Más creíble es el perfil de ese padre desnaturalizado al que, ay, acabamos perdonándole todo, incluso la infamia. No es insólito el genio canalla. Existen, como saben, demasiados ejemplos.

El colapso judicial

Muchos ciudadanos han experimentado ya el fracaso de una Administración de Justicia cuya lentitud produce la práctica inutilidad de sus resoluciones. Los juzgados de lo laboral de Sevilla o de Huelva, por ejemplo, están fijando ya para sus juicios fechas del 2016 y hasta del 2017, dada la insuperable carga de trabajo que soportan, pero los de lo mercantil no se quedan a la zaga: reclamar una simple deuda probada cuesta ya varios años de espera para los acreedores. ¿Puede seguir llamándose Justicia la que imparte una Administración que tarda tanto tiempo en tomar decisione? El viejo “dictum” romano que asegura que una Justicia tardía no es Justicia está, desgraciadamente, de plena actualidad.

Viejos ritos

Hace tiempo que en Europa prospera el antisemitismo en general. El último en denunciarlo sin palabras ha sido Laurent Joffrin que utiliza las conmovedoras tragedias de Lampedusa para ponernos en guardia sobre la xenofobia en general y el miedo a la inmigración semita en particular, pero en Suecia hace algún tiempo que sigo la polémica provocada por la demanda del defensor del niño de que se prohíba la circuncisión de las criaturitas al menos, como acaba de establecer el Consejo de Europa, hasta que los circuncidables tengan una edad que les permita decidir, entendiendo que hacerlo antes supone una “violación de la integridad física” del menor. Viejo tema, que nos transporta a la porfía en la Iglesia naciente –entre Jerusalem y Antioquía, como diría Rius Camps—o a la negra memoria de los “pogromos”. En la perspectiva teológica, el asunto es claro, y Pablo el apóstol no deja ni rastro de duda sobre su significado, a pesar de lo que el Deuteronomio o Jeremías hablen la “circuncisión del corazón” y de las precisiones rituales establecidas en el Levítico. Marcel Griaule contaba, más o menos, que bambaras y dogones creían que el recién nacido trae al mundo dos almas con dos sexos, razón por la cual es preciso extirpar, en los que tienen apariencia de varón, ese elemento que representa para ellos la materialización del alma femenina, y algunos simbolistas, entienden que la amputación del prepucio supone una suerte de segundo nacimiento y, definitiva, ese “rito de paso” que tantas culturas primitivas han practicado y conservan todavía. El prepucio estuvo siempre unido a un intenso simbolismo, que hoy parece que es bastante anterior al mandato de Abraham y la pacto entre Dios y su pueblo elegido. No tienen más que recordar la discreción con que, no hace tanto tiempo, la jerarquía hubo de proceder para que cierto templo italiano renunciara a dar culto nada menos que al prepucio del Niño Jesús.

Las broncas actuales ya no son de índole mítica, ni siquiera ritual, sino que se fundan en criterios estrictamente sanitarios y en una indudable preocupación ideológica surgida frente al fenómeno de la inmigración masiva, ahora predominantemente islámica, pero en cualquier caso asociado a la identidad semita en su conjunto. No ha tardado Israel en protestar a ese Consejo de Europa por entender que su resolución favorece “el odio y las tendencias racistas”. Joffrin lleva razón cuando nos pone en guardia contra el poder del prejuicio.