La herencia yacente

Feo espectáculo el que está dando la parentela de Madiba, el gran Mandela, disputándose a dentelladas su herencia, calculada en trece millones de dólares. Esposas, hijas y nietos acabarán por revivir el viejo verso de Horacio en las Bucólicas: “Carpent tua poma nepotes”, serán tus nietos (o tus sobrino-nietos) quienes recogerán tus frutos”. ¡Qué pena, ¿no?, una comida de las fieras en pleno funeral! Hace un año, una de sus hijas, embajadora en Argentina, presentó una demanda para lograr el control de ciertos fondos millonarios hasta entonces en manos de un viejo amigo de Madiba y de un compañero de prisión, pero si no recuerdo mal, fue tal el revuelo que se organizó que la diplomática hubo de retirar su demanda. Mandela ha dejado al morir dos fondos benéficos, veinte trust para su descendencia directa y dicen que “lujosas propiedades en todo el mundo”, lo que acaso explica el estallido de avaricia entre los beneficiarios que no han respetado siquiera los días de luto oficial, sino que han organizado su pelea con Madiba de cuerpo presente. Dos de sus nietas, justo las que gestionan la explotación del número 46664 que Mandela llevó en la prisión de Robben Island, se han prestado también a la emisión de un serial de sobre su vida en Johannesburgo, emitido en EEUU y (sólo) supuestamente autorizado por el insigne abuelo. Una vergüenza, en resumen, que se sustanciará ahora en el reparto de las 110 empresas incluidas en la “marca Mandela”. Es vieja la discusión sobre el derecho de herencia. Bakunin sostuvo –frente a Marx, por cierto—que mientras exista perdurará “no la desigualdad natural de los individuos, sino la desigualdad artificial”, y sugería la posibilidad de acumular los legados en fondos sociales. Pero no se precisan citas de autoridad ante la experiencia generalizada de que la herencia suele ser un asunto espinoso.

 

Miren, si no, a la escena sudafricana, la muchedumbre dolida espantando su tristeza a ritmo de samba, diez días de luto riguroso profanados por las intrigas de familia ante la mismísima capilla ardiente, negros y blancos, ricos y pobres rindiendo armas ante el caudillo pacífico que hizo realidad el milagroso fin del racismo, mientras los nietos, como augurara Horacio, afanan impíamente las manzanas del árbol de la muerte. Ni Madiba se ha librado de esta maldición secular, inaugurada con el plato de lentejas que Esaú dio ingenuamente a Jacob sobre el fondo inalterable de la condición humana.

Ni caso a IU

El PSOE no le echa la menor cuenta a IU en el cogobierno, teóricamente montado sobre un pacto concreto. Ni el “banco de tierras” –que ya es imaginación–, ni el impuesto a las “grandes superficies”, ni la reforma de la Ley Electoral andaluza ni, en fin, de momento, tampoco el “banco público”. La Junta de Díaz deja hablar y hablar a IU y luego se hace la “longuis” como si fuera sorda: tiempo al tiempo, todo se andará, más adelante, pero ni un proyecto asumido. IU está demostrando que se conforma con el reparto de cargos, empleos y coches oficiales. Y el PSOE está tranquilo porque lo sabe de sobra.

Verdugo contumaz

Ha muerto, retirado en un oscuro pueblo de la Francia profunda, el ex –general Aussaresses. El general Aussaresses es una de las figuras más tenebrosas de la postguerra europea, un espadón que ejerció en Argelia, durante la guerra de independencia, de verdugo confeso y libre de cualquier remordimiento. Sospecho que la inmensa mayoría de los verdugos, se muestren contritos o no, no se arrepienten nunca, pero lo que ya es menos frecuente es que uno de ellos, consciente del resultado de su confesión, publique una memoria aterradora de sus maldades, no sólo sin mostrar siquiera atrición, sino manteniendo su razón criminal con la más repugnante sinceridad, como hizo este monstruo, hace unos doce o trece años, en su libro de memorias “Services Spéciaux, Algérie 1955-1957”. Nunca leí –acaso con la excepción de “Mon metier la mort”, la biografía novelada de Rudolf Lang, el comandante de Auschwitz, que escribió Robert Merle—un testimonio tan infame, tan inhumano, tan miserable, como el que en aquel libro ofrece ese general luego degradado que confesaba “estar habituado” a la tortura y sostuvo que ésta se convierte en legítima cuando se impone la urgencia. Pero, sobre todo, pocas veces he sentido una sorpresa tan ingrata como la que Aussaresses nos da al insistir en que aquellos martirios eran conocidos por los políticos o incluso en que el propio Mitterrand, por entonces ministro del Interior, habría animado a los torturadores en alguna ocasión siniestra. La minuciosa instrucción del caso Lasa y Zabala permitió revivir la vesania de unas autoridades que consintieron una de las más abyectas represiones vividas en nuestra democracia, pero al menos los Galindo y compañía negaron los hechos y se parapetaron en un esperpéntico discurso patriótico. Aussaresses, no. Aussaresses presume de que sus torturados por la noche no llegaban a ver la aurora porque él se encargaba de “neutralizarlos” hubieran confesado o no.

 

Pocos fenómenos tan atenidos a un canon como el de los verdugos, casi siempre instalados –lo demostró Daniel Sueirio con “Los verdugos españoles”—en un plano moral e incluso sensitivo muy lejano del común. Aussaresses ha muerto sin excusarse jamás, con sus temerosas memorias por almohada, acaso sin que el rostro de alguna de sus víctimas le nublara la agonía. Y no es el único, por supuesto. La democracia es lenitiva en exceso con esos bárbaros. Todo lo dura que es, en cambio, con el pardillo que, a lo peor distraídamente, pisa la linde penal.

Las viejas pesetas

Nos hemos acostumbrado a minusvalorar las grandes cantidades a medida que fuimos tragando con el euro. Se dice por ejemplo, que Comisiones Obreras (CCOO) malgestionó 103 millones en cuatro años, cifra que, a estas alturas, nos resulta ya llevadera o poco relevante, pero menos si la traducimos a las viejas pesetas, es decir, si la noticia descubre que lo que malgestionó CCOO fueron ¡17.137.758 millones! de las antiguas pesetas. Sumen los millones que se van descubriendo día a día y se harán cargo de la enormidad del saqueo a que los contribuyentes estamos siendo sometidos.

“Hortus conclusus”

Muchos ciudadanos en sus cabales andan pidiendo al Gobierno que retire de la frontera que cierra los territorios de Ceuta y Melilla. Se trata de evitar que los fantasmas que vivaquean en el monte Gurugú aguardando el momento de asaltar el “paraíso” europeo, logren su propósito y se instalen de momento en España a la espera de pasar a otros países. La frontera es desde hace años un elemento de nuestro paisaje inmoral, un vallado de seis metros de altura rematado por bayonetas y “concertinas” que viene a ser alambradas provistas de cuchillas cortantes. Lo ha denunciado, para estrenarse, el nuevo secretario de la Conferencia Episcopal y también el PSOE, con la diferencia de que éste último, durante el anterior Gobierno fue quien compró e instaló esos crueles elementos. Rubalcaba le ha recordado a Rajoy que “las cuchillas cortan” desde una amnesia tal que no le permite acordarse de que fue su Gobierno el responsable de las cortaduras, y por supuesto, retranqueándose en la metáfora hasta convertir esa ignominia en “un sistema de protección humana” o, más técnicamente, en “un vallado tridimensional formado por sirgas de acero y elementos dinámicos”. Nada, en definitiva, sino un método normal de disuasión dispuesto para ahuyentar a esos invasores. Claro que peor es, por ahora, lo de Lampedusa, aunque allí las bajas se producen por ahogamiento, es decir, bajo la responsabilidad de Neptuno y no de la del Gobierno. Aquí no pasamos, por ahora, de gastarnos casi nueve millones de euros en cuchillas cortantes y bayonetas de asalto.

 

En el fondo, ese no debería ser un problema de España, y menos de Ceuta y Melilla, sino de esta Europa de los mercaderes que con tanto rigor ajusta las cuentas a los demás desde los emporios de Bruselas y Estrasburgo. Pero lo es, seamos coherentes, al menos mientras no consigamos que aquella instancia se haga cargo del fielato. Y entretanto, disuadir a base de bayonetas y cuchillas, aunque sea con el eufemismo de “concertinas”, no es más que un crimen perpetrado a ciencia y conciencia por el Estado de Derecho, consideren la ironía. ¡Fuera inmigrantes, ni un extraño más en este “hortus conclusus” que cualquiera pensaría que es feliz en su ignominia! La “alianza de civilizaciones” no incluía el asilo del paria. ZP compraba cuchillas en lugar de hogazas, bayonetas en vez de avíos para un rancho. Debe de ser eso que llaman “socialismo del siglo XXI”. O simplemente, barbarie intemporal.

Cuenta nueva

El consejero de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo –uff, qué alivio—no ha contestado en el Parlamento a la pregunta de la Oposición sobre el número de expedientes relacionados con los ERE que han sido “extraviados, sustraídos, deteriorados o destruidos” en sus despachos. Cautamente, Sánchez Maldonado se ha limitado a decir que “actualmente” no consta que haya expedientes en tal estado. “Actualmente”, ya ven, como si el principio de responsabilidad no fuera continuo y la consejería pudiera echar pelillos a la mar simplemente relevando al usuario del coche oficial. Borrón y cuenta nueva. Acabarán lamentando el haber pasado la patata a los jueces.