Suma y sigue

Devastadora la declaración ante la Guardia Civil de la interventora jefa del Servicio de Fiscalización de la Junta sobre el saqueo de los ERE. “Nunca en mi carrera profesional he visto nada igual”, asegura, mientras el Consejo Consultivo de Andalucía –que no es sospechoso ni mucho menos– se ve obligado a parar en seco el intento de enterrar vivos los expedientes de las subvenciones ilegales renunciando, en consecuencia, a recuperar el dinero despilfarrado: “La Administración no actúa ni adopta compromisos al margen de todo procedimiento”, advierte. El tema se le va poniendo color de hormiga a la presidenta Díaz, forzada a aclarar si es heredera o cómplice del gran desmán.

Bob Esponja

Estoy al día de las aventuras de Bob Esponja por influencia, mejor por imperativo, de mi nieto. Le tengo simpatía al personaje, tanto como a su jefe Don Cangrejo, a la estrella de mar Patrick, al cascarrabias Calomardo, al desdichado Patricio o a la ardilla anfibia Arenita. La saga de los intentos de robo de la fórmula de ‘Cangreburgers’ por parte de Plancton viene a ser como un ingenuo Simenón infantil, así como la aventura de la ballena-top Perlita sugiere actitudes juveniles bien reconocibles. Contra la serie y su personaje, los borricos del Tea Party traen desde hace años una perra tremenda porque ven en ellos un instrumento subliminal del ecologismo y de esa progresía que teme y denuncia sin tregua el cambio climático. Pero ahora, con motivo de un episodio en el que el jefe despide a Bob para ahorrase unas perrillas, los borricos han girado en redondo hasta reconvertir sus críticas y denuestos en alabanzas al supuesto giro que permite ver en Bob, como consecuencia de su despido y de su rechazo del seguro de paro, nada menos que toda una crítica al “Estado-Providencia”, justo cuando en los EEUU se ha reducido drásticamente el programa de ayuda alimentaria que afectaba a casi cuatro millones de ciudadanos sin recursos. “Bob critica ese modelo estatal y defiende la autosuficiencia”, argumentan sin mucha convicción contra el asistencialismo. Yo no entiendo casi nada, lo confieso,  pero tengo para mí que mi nieto y sus amiguetes no deben de haber olido estas morcillas políticas porque me consta que siguen atentos a la pantalla.

 

Hilan delgado los simbólogos de los partidos cuando revuelven hasta los seriales infantiles en busca de apoyos subliminales contra sus respectivos credos. Y ven mal, por ejemplo, que una serie se oponga a la destrucción de la atmósfera mientras celebran que un pringadillo indefenso como Bob proclame que el tiempo libre y la sopa boba no lo atraen tanto como el honrado trabajo. ¡Eduquemos a la gente nueva en el credo neoliberal para segarle hierba bajo los pies a la utopía redentorista, nunca se debe subestimar la trilita revolucionaria que encierra un dibujo animado! Bob Esponja es hoy para mi nieto lo que para nosotros, en los años de plomo, fueron Roberto Alcázar y Pedrín, el Capitán Trueno o el Guerrero del Antifaz. Pero Franco, al menos, cerraba los ojos ante la galipa de Carpanta en tiempos del racionamiento. El Tea Party debe de ser la rehos cuando un reaccionario Bob Esponja se convierte en su ideal.

Urgencias inseguras

Una escena frecuente en los servicios de Urgencia de la sanidad pública andaluza con la que hubieran flipado Richard Foro o Gustavo Doré: la del clan gitano, huy, perdón, de etnia gitana que irrumpe en el Hospital imponiendo su propia ley ante el temor de seguratas y sanitarios. El domingo pasado tuvo lugar la última representación del género en un centro de Salud sevillano, donde el clan exigió la atención inmediata y se plantó en peso en la consulta médica y, tras ser invitados a desalojarla, apalearon el mobiliario e hirieron a cinco a dos médicos, dos enfermeras y un celador. Algunos llaman esto “multiculturalismo”. Y lo llamo, simplemente, falta de autoridad.

El eterno colonialismo

Con frecuencia vamos enterándonos de los despojos sufridos por las poblaciones indígenas a manos del colonialismo implacable. Para ocupar sus territorios se ha llegado a la infamia de sembrar de ropa infectada las selvas cuando no de irrumpir en ellas como banda de salteadores y siempre en nombre de poderosas multinacionales. La farmaindustria lleva años recabando información botánica de los chamanes para aprovechar sus recursos naturales, una cortesía si se compara ese procedimiento con la abrupta actuación de los colonialistas en el África profunda. De un periódico indonesio, The Yakarta Post, traduzco la última de esas hazañas, perpetrada por los sicarios de una compañía minera francesa con la ayuda de la propia policía local de la isla de Halmahera, en la que los indígenas han sido forzados a vender sus terrenos a 60 céntimos de dólar el metro cuadrado, según dicen “con la pistola en la sien”. En Halmahera halló Wallace, durante una convalecencia, su teoría evolutiva de la formación de las especies que compartió con Darwin, y en ella perduran todavía grandes reservas de bosques bajo cuyo subsuelo aguarda impaciente un colosal yacimiento de níquel, que es en esta ocasión lo que buscan los depredadores, dado el crecimiento de la demanda de ese metal, imprescindible para baterías, teléfonos móviles y otros productos industriales de moda. “En una década no quedará ni una sola tribu aislada en el mundo”, ha dicho a este diario el geógrafo y premio Pulitzer Jared Diamond que bien sabe de lo que habla. El nuevo colonialismo cuenta hoy con medios de sobra para acabar con el neolítico.

 

Este neocolonialismo, a diferencia del primitivo que denunciara Franz Fanon en los años 60, es el protagonista de las modernas desigualdades, que ha convertido al colonizado en un nuevo proletario, como confirmando el pronóstico de Barthes (“Mythologies”) de que el colonizado actual asume por completo la condición ética y política del proletario clásico, el “buen salvaje” ignorante de las inmensas riquezas que posee y a merced de los especuladores asociados a sus propias oligarquías, ese mono desnudo que no sospecha siquiera su condición de magnate imposible. Nadie da un paso por defender a un aborigen de las Molucas o a una tribu expoliada del Amazonas, sometidos todos al imperativo inapelable de un Sistema en cuyo censo no figuran. Lo que es nuevo acaso es la imagen de la pistola en la sien frente a la que resulta del todo fácil cerrar los ojos.

Cómo nos engañan

La llamada “deuda histórica”, esa reclamación que duró tres decenios, fue pagada por el Gobierno Zapatero de acuerdo con la Junta de Andalucía. Pero no en dinero, sino es especie, concretamente en “fincas” (más bien solares) valoradas en más de mil doscientos millones de euros, pero con los que la Junta no sabe ahora qué hacer pues la realidad ha probado nuestras iniciales sospechas de que lo recibido no valía lo dicho. ¡Anda que si le hacen eso a Cataluña! Pues aquí no ocurre nada, aparte de que IU, el socio de gobierno, diga que la autonomía no malvenderá su patrimonio. ¿Les saldrá igual ese otro invento del TBO que es el “banco de tierras” o la pirueta de “banco público” con el que pretenden sustituir el chollo de las arruinadas Cajas? Demos tiempo al tiempo por más que la prisa ahogue.

El robo sagrado

El sabio Secondat ha traído a colación a Anatole France para recordarnos su máxima de que a los pequeños ladrones se les castiga mientras que los grandes se les saluda. Gran verdad. Los españoles tienen tan asumida la corrupción como la muerte y profesan unánimemente el credo escéptico de que, ocurra lo que ocurra, aquí nadie devuelve un euro, sino que parece confirmarse el aforismo del escritor francés al declarar que si el robo es punible, su producto es sagrado. Un Alto Tribunal acaba de abrir la puerta a los “intrusos” de los ERE fraudulentos eximiendo a una heredera de devolver, como le reclamaba la Junta de Andalucía, lo afanado por su padre que era un alcalde “de progreso”. ¿Por qué han de devolver algunos si otros retienen lo mangado? Aquí no devuelve nadie después de Juan Guerra: ni los de Gescartera, ni el juez Estevill, ni Roldán, ni Vera, ni los de Filesa, ni el del “convolutto”, ni Juan Lanzas –“Mi hijo tié dinero p’asá una vaca”, dice su señora madre–, ni esos “intrusos”, ni las “mediadoras”, ni los del Palau, ni los duques de Palma y sus socios, ni UGT, ni CCOO, ni el chófer de Guerrero (ni Guerrero), ni los de la CAM, ni Narcís Serra y los suyos, ni Bárcenas, ni los de giles, cachulis o garciamarcos de Marbella, ni los gestores de Invercaria, ni el Bigotes del Gürtel, ni los de Filesa, ni el mismísimo presidente de la Patronal, ni Fórum Filatélico, ni Ibercorp, ni los del Caso Casino, ni Rumasa, ni De la Rosa y Colón de Carvajal, ni…, en fin, nadie. El producto del robo es sagrado, y lo sagrado, ya lo sabemos, es tabú. Media España desvalijando a la otra media: ése podría ser el logotipo que sustituyera a la palea de Goya.

 

Ignoro si hay cálculos fiables sobre el producto de las corrupciones públicas y privadas, no sé hasta dónde podría paliarse nuestra anemia económica con lo que se han llevado injustamente los cacos de guante más o menos blanco, y no tienen que recordarme que siempre hubo corrupción en la crónica española. Lo que tengo claro es que, incluso más allá de la impunidad, el agio constituye un auténtico sector económico y que los agiotistas pueden dar por buena una breve condena si al salir les espera el tesoro escondido. Lo de Valle-Inclán, ¿se acuerdan?: “En España se puede robar un monte pero no se puede robar un pan”. Bueno, en España y en casi todo el planeta, cierto. Quien no se consuela es porque no quiere.