Anchas mangas

Recuerdo muy bien con qué denuedo se defendían desde la política los primeros casos de corrupción (¡y los últimos!) con el dudoso argumento de su excepcionalidad. Es la naturaleza humana –se decía–, la propia condición del hombre, la que mancha un sistema bajo su exclusiva responsabilidad, proyectando la obra de “cuatro golfos”  en una falsa imagen de corrupción generalizada. La experiencia nos ha demostrado que esa excusa era por completo incierta y que de lo que, en efecto, se trataba era de una epidemia generalizada y, tras ella, de una crisis moral que era en sí misma pródromo de la económica. Lo vamos entendiendo cuando ya es tarde y recorremos temerosamente el bordo del acantilado, cuando ya no es posible mantener esa componenda ética a la vista del fracaso mayúsculo que hemos experimentado. ¿Acciones singulares perpetradas por una minoría corrupta? A ver cómo sostener ya la vieja tesis, cuando tenemos o hemos tenido bajo sospecha al propio presidente del Tribunal Supremo, a un ex–ministro de Obras Públicas, a un ex-presidente de las Cortes, a un ex–presidente de una autonomía, a consejeros varios, a grandes gestores de la banca y a un montón de ediles sospechoso o imputados todos ellos de muy diversas corrupciones, por no hablar de lo que aún está en trámite. ¿Casos aislados? España entera es hoy un albañal en el que sobrevive estupefacta e indignada una masa a la que tal vez haya que reprochar su indiferencia moral ante la escalada golfa de las corrupciones, ese gravoso lastre que agrava nuestra situación casi desesperada. No se le puede pedir sacrificio máximo a un país que se entera diariamente de que los banqueros fracasados se van forrados y de que los máximos responsables de su vida pública están bajo sospecha, por más que se les trate con guante de seda. España entera es hoy el Puerto de Arrebatacapas y nuestra democracia un sistema malherido al que va a costar Dios y ayuda devolverle su dignidad.

Pero hay que insistir en la alícuota de culpa que corresponde a una sociedad tolerante que vota una y otra vez a los corruptos y mantiene en torno a la pandilla política la cataplasma de una tibia comprensión apenas compensada con algún desahogo ocasional. La democracia exige una pedagogía rigurosa que aquí hemos omitido hasta que nos hemos tropezado con todo un Presidente del TS dando excusas a la muchedumbre sin más ni menos dignidad que cualquier galopín en apuros. Hemos tocado fondo, probablemente, inconsciente de que la tormenta financiera y el desastre que nos abruma no es más que la consecuencia de una crisis moral que viene de lejos y que, como es obvio, no han de ser los corruptos quienes la diagnostiquen.

Malos consejeros

Los nervios son malos consejeros. Lo estamos comprobando cada vez más a medida que la juez Alaya va desgranando autos a cual más inquietante. Tras el último, en el que mandaba parar la instrucción un par de meses para estudiar con pausa el tremendo informe de la Guardia Civil que apunta a la cabeza de la Junta, los nervios se han desatado en esa granizada de disparates con que los “griñaninis” han obsequiado a la magistrada y a la Benemérita tratándolos de Inquisición. Poco tendrán que alegar cuando recurren a la figura de siempre, aparate de que vaya idea de la Inquisición que tienen los “griñaninis”. Se les hacen los dedos huéspedes y no saben por dónde escapar de un cerco cada día más cerrado, pero con tratar de desacreditar a la Justicia a la policía judicial no van a ninguna parte. Griñán y Chaves están tocados y los mindundis en el alero.

Vuelve el caníbal

Los antropólogos no acaban de ponerse de acuerdo sobre las razones de fondo del canibalismo. Ahí andan todavía las tesis –la de André Soustelle sobre la antropofagia azteca, por ejemplo—sosteniendo que el canibalismo se explica simplemente por la escasez de proteínas cárnicas y que, en consecuencia, los pueblos caníbales iban a la guerra como el que va al supermercado. Después de la historia de Annibal Lecter se ha abierto camino la hipótesis de que sólo el trastorno mental puede dar sentido a una práctica que, como es bien sabido, proviene de los orígenes de la Humanidad, e incluso hay países, como Japón, en los que comerse al prójimo no está tipificado hoy como delito en el Código Penal. Allí acaba de descubrirse la odisea de un artista, un tal Mao Sugiyama, que ha ofrecido a cinco clientes sus atributos debidamente condimentados por el módico precio de 20.000 yens, vamos, unos 200 euros, pero más allá de la anécdota debe tratarse de una epidemia porque, casi simultáneamente, un drogata enteramente colgado ha debido ser reducido a tiros por la policía de Miami cuando lo descubrió devorando a un compañero de piso, mientras desde China nos llega la nueva de que un majara desaprensivo ha vendido como carne de avestruz los cuerpos despiezados de un par de docenas de jóvenes que se creían desaparecidos. Por su parte, circula por la Red un informe de un instituto oficial según la cual puede que la hambruna que aflige al país coreano desde hace años sea la causa de los frecuentes casos de antropofagia registrados por la misma autoridad que se niega a recibir ayuda extranjera por considerarla contraria a su dogmática política.
En el fondo regresivo de “sapiens”, acaso agazapado en el cerebro reptiliano, subyace el salvaje primordial a duras penas controlado por la convención. Claro que hay mucha antropofagia disfrazada culturalmente de negocio o trato, en esta sociedad desigual –cada día más desigual—empeñada en dar la razón a la máxima que Hobbes le plagió a Plauto, y en quitársela al Rousseau visionario deslumbrado por las leyendas del “buen salvaje” que le llegaban desde los Mares del Sur. Esta crisis, sin ir más lejos, está siendo un gran festín preparado en la cocina de la ingeniería financiera, ese antro pantagruélico que transforma en nutriente cuanto cae por sus fogones. El prójimo es un manjar tabú que las oportunidades críticas han vuelto comestibles a lo largo de toda nuestra Historia. No tiene demasiado sentido rasgarse las vestiduras por unos cuantos casos de antropofagia que no hacen más que confirmar esa áspera variante de nuestra condición.

Máximos y mínimos

Cualquiera que haya seguido con atención la evolución de las últimas generaciones, sabe, seguramente, que esas criaturas han recorrido aprisa la aventura lingüística y tal vez, incluso, que conozcan, siquiera por encima, materias complejas como la extinción de los dinosaurios o la mitología clásica, a pesar de su frecuente y relativo atraso en su capacidad lectiva y en su dominio de lo matemático. Mi teoría es que esta precocidad relativa se debe a la tele ante la que esas generaciones pasan diariamente un promedio superior a las cuatro horas, atentos a diálogos lúdicos expresados en un lenguaje adulto, mientras que su atraso disciplinar (en lectura o aritmética) no es sino la herencia de aquellas utopías mayistas que logramos imponer los mismos que perdimos la batalla del 68 como un triunfo póstumo y, a mi juicio, también pírrico. La ferocidad antipedagógica de Ivan Illich, las tesis sobre la escuela abierta y las docencias resignadas al desarrollo natural del párvulo, han dado de sí un escolar mucho más instruido en sus derechos que en sus deberes y liberado, en nombre de cierta moral vagamente libertaria, de todo deber que implique esfuerzo. Hoy los niños aprenden a leer más tarde, a pesar de que los docentes cuentan con un instrumental pedagógico fabuloso, y recorren sin sobresaltos un aprendizaje sabiéndose protegidos por una legalidad adánica que antepone la autosatisfacción al esfuerzo y la libertad a la disciplina que alcanza incluso a la etapa universitaria. Y ahora nos llega la noticia de que una profesora de infantil ha sido expulsada de su escuela andorrana, a instancias de un inspector español, por “enseñar demasiado” a sus alumnos que, con cuatro años de edad, leen y calculan ya con entera facilidad. Se ve que algunas de las ingenuidades de Rousseau o el ideario de la “escuela libre” de Pestalozzi y su pedagogía naturalista no eran, en definitiva, más que un adelanto de la que se nos venía encima.
Es un disparate eso de que la actual generación es la mejor preparada de nuestra Historia. Pero, la verdad, ver a una escuela echar a una profesora por “enseñar demasiado” a sus alumnos constituye una intolerable exhibición de fanatismo logsiano que ilustra y explica el desastre de nuestro sistema docente mejor que cualquier razonamiento. Los pedagogos actuales se sitúan en el reverso del Leibniz que aseguraba que la educación podía hacer bailar al oso para alinearse con la idea, de origen “ilustrado”, de que el método debe funcionar sin escrúpulo como una “pedagogía natural”. Respetar la inocencia, esa consigna progresista, hace mucho tiempo que la emplea la reacción.

Verlas venir

Ahora resulta que la cantidad que la Junta bicéfala y los dos grandes sindicatos subvencionados reclaman al Gobierno de la nación por la presunta rebaja en los fondos destinados a políticas de empleo, es la misma que ella dejó de ejecutar en el ejercicio pasado. ¿Cómo entender que, superado con creces el récord de la tasa de paro, esta Junta durmiente no atienda a esas políticas elementales? Andalucía será la última autonomía en salir de la crisis, si Dios no lo remedia, mientras gestores públicos como los que nos afligen mantengan en pie ese trípode de dos patas. IU no sabe lo que hecho apuntalando un tinglado que se viene abajo por momentos. Lo que sí que deben saber sus afortunados dirigentes es lo que ha recibido a cambio.

Gargantas profundas

La vida política fue siempre un velado concierto de secretos desvelados. Nadie crea que estos tiempos difíciles hayan inventado ese mecanismo penumbroso que funciona desde que la serpiente reveló a Eva el secreto de Dios. Las masivas revelaciones de Wikileaks, el vertedero de las miserias vaticanas, la indemostrable infidelidad de Maru que tanto ha molestado a Rubalcaba o la publicación del informe sobre los ERE andaluces realizado por la Cámara de Cuentas, que apunta la “recortada” hacia Griñán, no son más que incidentes efímeros aunque sus efectos puedan aliviar o enrarecerle la vida a unos y otros. Convencido de ello, pienso que lo lamentable, ahora como siempre, no son las filtraciones mismas, sino el secreto, el secuestro de la realidad por parte del Poder (o de los poderes), la sustracción a la muchedumbre de su legítimo derecho a mirar siquiera por el ojo de la cerradura. No digo yo que no haya filtradores/as maliciosos, gentuza profesionalizada en el chivateo y correveidiles mercantilizados, pero sí que la filtración, al menos en principio, puede ser –y de hecho lo ha sido en innumerables casos– un factor excepcional en el funcionamiento del régimen de libertades. Si no hubiera secretos vergonzantes o incómodos no existiría esa imagen de “Garganta Profunda” que fue capaz de echar abajo a un presidente de los EEUU, ni tendría la menor posibilidad de éxito un personaje como Julián Assange aventando al mundo las interioridades de los poderosos. Es más, por lo que a nosotros se refiere, sostengo que sin filtraciones no hubiera sido posible la pequeña historia de nuestra democracia ni la de ninguna otra porque, en definitiva, son esos denostados “topos” quienes nos han permitido tantas veces desmontar los camelos oficiales sacando a la luz pública las miserias de las covachuelas.
A la hora de juzgar al filtrador debe tenerse en cuenta que sus fechorías no son más que una consecuencia de la usurpación de la verdad por parte unas élites que son, a su vez, filtradoras de cuanto les conviene. ¿Se creerían ustedes que fue el propio Vera quien le reveló a El Mundo el escándalo de los fondos reservados? Pues créanlo porque es cierto, y ello prueba que el mismo Poder es casi inconcebible sin esa doble facultad de ocultar lo que le perjudicaría y, al mismo tiempo, permitir, que se filtre cuanto le beneficia. No reconozco instancia alguna de poder que no haya bicheado por ahí esparciendo ese estiércol que, en definitiva, es el que fertiliza su propio suelo. Mientras exista la política oscura habrá filtraciones en sus cañerías. El chivato no es más indigno que el que mantiene la verdad secuestrada en su caja fuerte.