Largo brazo

Tengo entendido que el Gobierno Español prepara una norma jurídica en virtud de la cual no serán posible en lo sucesivo aventuras judiciales en el extranjero del tipo de las inauguradas por Garzón frente a Pinochet. Nada tiene que ver en este asunto que a uno le agrade que su propia Justicia lleve su largo brazo hasta los confines del planeta en caso de que allá se haya cometido algún desmán contra los derechos humanos, pero eso no quita que olvidemos el conflicto que semejante tipo de procedimientos provoca. ¿O no es un poco cómico, si me apuran, que un tribunal español dicte, como ha dictado, una orden de detención del ex–presidente chino, Jiang Zemin, acusado de genocidio en el Tibet, como si se tratara, pongo por caso, de la detención de Roldán en el lejano Oriente como Paesa por medio en plan Mortadelo y Filemón? Pues claro que lo es, porque el Derecho, es decir, la Justicia, es papel mojado mientras carezca de fuerza bastante para hacerse respetar y resulta obvio que nuestro papel en el mundo no nos permite hoy demasiadas alegrías. Ojalá, por supuesto, todos y cada uno pudiéramos reclamar justicia sin límite territorial, pero ello conllevaría, primero, el gran problema de que Jiang Zemin no es el único criminal que anda por ahí suelto y, en segundo término, que rigiera por doquier un acuerdo que lo hiciera posible. ¡Pero si es el Tribunal Penal Internacional y los EEUU no lo han reconocido por la cuenta que les trae! No se trata ya de que bastante tiene la Justicia española con no verse las manos, sino de que dictar una orden contra uno de esos poderosos no pasa de ser una suerte de bravuconada que puede, por lo demás, acarrearnos problemas de envergadura en nuestras relaciones internacionales.  Un pleito en España –una simple reclamación de cantidad—dura años y suele dirimirse cuando ya el tiempo ha apaciguado hasta a los actores más ardientes. Los jueces van a decir aquello de “éramos pocos y parió la abuela”.

 

Me cuento entre quienes no confundimos los simples gestos justicieros con la Justicia porque, como enseñó Pascal, la Justicia sin fuerza es impotente del mismo modo que la fuerza sin Justicia es tiranía. Perseguir a un presidente chino, por ejemplo, no es más que un alarde que sin duda nos acarreará dolores de cabeza pero que jamás llegará a ser viable. Hace bien el Gobierno en limitar este tipo de aventuras para las cuales deberían bastar esos tribunales especiales que a duras penas tratan de abrirse camino.

Guerracivilismo

Exposición en un centro del pueblo sevillano de Valencina, el IES “Las Encinas”, de una obra pictórica más cercana al graffiti que a Veermer, todo hay que decirlo, en la que se ofrece al alumnado una amplia teórica de las maldades de un “bando” político mientras se silencian rigurosamente las del otro. Guardias civiles fusilando en al Arco de la Macarena con un falangista al mando, en una chusca goyesca que incluye moros de Queipo, algún represor famoso y hasta una caricatura del cardenal Spínola (¡) bendiciendo la masacre pero atento al desfile de “armaos” y penitentes. O  un “totum revolutum” en el que asoman, centrados por la efigie de Franco, Hitler, Mussolini o Pinochet, bajo un burdo remedo de la creación de la Sixtina que incluye a Gandhi y a Salvador Allende. Esta pedagogía del rencor sigue a ciegas los pasos de Confucio, convencida de que una imagen vale más que mil palabras, estirando en el tiempo la tragedia de un momento que pasó, les guste o no, hace casi ochenta años para reproducir, invertida la maléfica lección del bando ganador. En el 75 aniversario de la muerte de Machado, qué verdad tan absoluta en sus breves versos: “Españolito que vienes al mundo/ te guarde Dios./ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”. ¿No es una atrocidad más que un  error esta enseñanza demediada, banderiza, que muestra la mitad de la escena cubriendo con cuidado la otra mitad a unos escolares cuya inocencia natural bien merecería siquiera la imparcialidad?

 

No es preciso acudir al aserto evangélico de que un país dividido contra sí mismo no puede subsistir porque esa evidencia está en la experiencia viva de los hombres. Los EEUU pasan como sobre ascuas sobre la Guerra de Secesión, Alemania trata de olvidar la ignominia nazi, los chinos han rizado el rizo hasta conciliar ese inverosímil oxímoron que es el “comunismo capitalista”, todos los países, en  suma, cauterizan a fuerza de olvido sus viejas heridas, todos, al parecer, menos la España post-zapaterista de la “media memoria”. Verán, dice Muñoz Molina, hablando de estas “cosas lejanas”, que “en nombre de la justicia y de la igualdad se han creado monstruos cuya barbarie no ha sido inferior a la del fascismo”. Puestos a enseñar a las nuevas generaciones, ¿no sería mejor ungir la memoria con un bálsamo que adoctrinarla con el odio? Le dejo la respuesta al director de ese centro, aunque más que a él debería dirigirla a la Junta que se lo consiente.

Las cuentas claras

Las Escuelas Católicas de Andalucía (ECA) quieren, según dicen, eliminar los mitos corrientes sobre esa enseñanza “concertada” que en Andalucía gestiona 413 centros educativos –¿qué ocurriría en esta sociedad si se cerraran esas puertas tan combatidas?–, se ocupa de 230.000 alumnos y emplea a 16.000 profesionales. La ECA afronta una campaña de concienciación ciudadana para combatir la imagen deformada que de ella se proyecta desde la política, y explica, por ejemplo, que un alumno suyo le sale a la Junta por la mitad del coste que uno de la pública, concretamente, por 3.000 euros anuales en lugar de 5.700. Echen la cuenta y verán lo que nos ahorramos con esos denostados y maltratados centros.

Creced y multiplicaos

Hay un acuerdo que rige, casi sin excepción, entre los demógrafos, consistente en que la tasa de natalidad, es decir, de hijos por mujer, debe como mínimo alcanzar la cifra del 2’1. Con menos hijos que los que compromete esa tasa, nada garantiza el relevo generacional y por eso suele llamarse a ese concepto “fecundidad de reemplazo”. Toda sociedad necesita reponer su población, pero en el mundo actual oscilamos entre una natalidad desorbitada en los países pobres y la reducción radical en los países desarrollados. Los chinos, por ejemplo, rígidos mantenedores de una política contraconceptiva que no autorizaba a las parejas más que a tener un hijo, han abierto la mano recientemente, quizá porque esta lógica social conviene a ese oxímoron que en el fondo es el “comunismo capitalista”, pero hay países como Alemania que están concediendo prioridad a lo que llaman políticas familiares en las que se incentiva la reproducción en las parejas a base de reducirles el horario de trabajo, es decir, de volver al modelo tradicional que las exigencias de la modernización habían deteriorado gravemente. Preocupa a los alemanes –tanto a los conservadores como a los social-demócratas que pastorean juntos el país—comprobar las dificultades que se oponen para superar la triste tasa del 1’4, entre otras cosas porque los cálculos indican que su población de 80 millones de habitantes podría verse reducida en 2060 a sólo 70, una cifra crítica desde la mencionada perspectiva demográfica, y parece que hay acuerdo, al menos de principio, entre unos y otros para facilitar a través de ayudas, inversiones en guarderías y reducción del horario laboral, un panorama familiar más atractivo para las jóvenes parejas. Hasta la ministra del Ejército se ha comprometido a buscar fórmulas que hagan compatibles la vida del soldado con la familiar, un criterio que no debe extrañarnos porque ella tiene en casa esperándola nada menos que siete criaturas.

 

Mucho me temo que, en todo caso, la crisis actual vaya a triturar esos animosos ensayos porque resulta obvio que tras ella las circunstancias vitales y profesionales han de ser bastante más duras que las pasada y aún que las actuales. Nos espera un futuro condicionado por las migraciones, con cuanto ellas implican de alteraciones de la tradición y, eventualmente, de inquietudes sociales. O sea, un mundo bien distinto del que venía siendo mientras nos atuvimos al mandato bíblico del “creced y reproducíos”.

Parto de los montes

Un poco se tiene la sensación en Andalucía de que, tras tanto trueno, la montaña parió un ratón. ¿No podía el PP haber señalado a ese candidato hace dos años por lo menos? ¿Era imprescindible dejar en ridículo al secretario general de la formación a quien se daba por candidato “in pectore”? ¿Y oponer a una adversaria con formación académica precaria un rival con tan escaso bagaje titular? Pues nada, adelante con los faroles y sigamos rebajando los niveles razonables que, ciertamente, no son vinculantes pero si debieran serlo preceptivos. ¿No dicen que la política es un arte más que una ciencia? Pues eso.

Venus y Júpiter

Los fanáticos del sensismo –esa herencia espuria de Condillac—pintan la ventaja noológica de los sentidos de manera mucho más simple de lo que en realidad es. No está tan claro que lo que nuestros ojos ven sea lo que parece, cosa que tiene indudable trascendencia epistemológica. La vista, por ejemplo, competidora del oído, se equivoca también en sus apreciaciones según acaban de demostrar unos estudiosos dirigidos por un sabio español en la State University de Nueva York, desentrañando el equívoco heredado desde Galileo sobre la diferente magnitud de los objetos observados en función de la luz, que aquel atribuyó a un problema de naturaleza óptica. Y no, porque resulta que si en una noche serena Venus nos da la falsa impresión de ser mayor que Júpiter, el hecho no se debe al ojo sino al cerebro, a la actividad neuronal que, por lo que parece, dispone de dos mecanismos en la retina –uno para apreciar lo brillante sobre el fondo oscuro y otro para lo contrario, es decir, para contemplar lo oscuro sobre fondo luminoso– que vienen a ser como dos canales neuronales diferenciados, siendo el segundo el que proporciona una visión más ajustada de las proporciones del objeto. A lo mejor Condillac no hubiera escrito lo mismo sobre las “sensaciones” ni Locke hubiera sido tan rotundo al describir la “percepción”, aunque quizá éste anduviera más cerca de lo que hoy vamos sabiendo si recordamos su ejemplo del ciego del cubo y la esfera, porque en definitiva, lo que vamos entendiendo a medida que adquirimos mayores certezas, es que los sentidos, esas fuentes maravillosas del conocimiento, puede que funcionen como ilusionistas con más frecuencia de lo imaginable.

 

Sabemos que los colores no existen más que como síntesis ópticas de determinadas circunstancias o, como decía el sabio chino, que el mundo es incoloro si se apaga la luz, lo cual no nos priva de funcionar pragmáticamente y tener gustos y versiones entre los conocidos. Son procesos que no ocurren en el ojo –mero trasmisor de esos calambres cognitivos—sino del cerebro, la sima misteriosa que no sólo controla nuestras percepciones sino que coordina la práctica totalidad de las funciones del cuerpo. En todo caso, sepamos que la propia mirada no es tan de fiar como solemos pensar y menos a la hora de mirar al cielo como quien se asoma a la ventana que nos devuelve el paisaje conocido. Venus es mayor o menor que Júpiter según como los miremos. Galileo lo sabía ya pero no sabía por qué.