La élite de Canal Sur

El señor que dirige actualmente, en precario, la radiotelevisión andaluza, Canal Sur, ha hecho unas curiosas declaraciones en las que poco menos que dice que el cierre de Canal Sur 2 podría remediarse si los trabajadores currelaran más. Él sabrá por qué lo dice, pero lo que ya es menos tolerable es su argumento de que él estaría dispuesto a cobrar menos que la presidenta de la Junta (¡¡¡) siempre que “se pactara una pirámide salarial”, ya ven qué cosas. La pregunta es dónde o cuándo han cobrado lo que trincan en Canal Sur la docena y media de privilegiados que ganan en la nómina pública, en efecto, más que la Presidenta, incluido el declarante.

Memoria parlamentaria

En el Boletín de las Cortes y en plena orgía navideña ha aparecido el fallo del premio que la Cámara concede para tesis doctorales. Así queda enterrada, pues, la noticia, feliz noticia, de que un joven sevillano, José Romero Portillo ha obtenido este año el galardón correspondiente a Periodismo con la suya, dedicada a recoger y poner en claro la aportación de Víctor Márquez Reviriego a ese género tan complicado como es la crónica parlamentaria. Haber ha habido muchos cronistas eximios o por lo menos estupendos en nuestra historia democrática, comenzando por los que siguieron de cerca las Cortes de Cádiz y los que observaron los trabajos parlamentarios durante la Restauración y la Regencia, gente ilustre de la que se ocupa Romero, como Carlos Lebrun, Francisco Cañamaque, Tomás Lucero, Arturo Mori o el propio Josep Pla, pasando por los que a mí al menos me parecen la cumbre del género: el maestro Azorín y Wenceslao Fernández Flores, cuyas “Acotaciones de un oyente” me parecen una de las interpretaciones más finas del mundillo político hispano. A Víctor lo he visto yo –que me sentaba a su lado en el palquillo de plumíferos del Congreso—lanzar esas crónicas en caliente, tecleando a mano sobre una vieja máquina mucho antes de que la Cámara adecentara el espacio de los periodistas, y su trabajo –imprescindible para entender la Transición y sus meandros—editado está también en la institución. Me temo que resuene poco este éxito andaluz habida cuenta de lo poco que importan en España  las tesis como esos parlamentos en los que hasta hace poco no se distinguía entre “miembros y miembras”.

 

La actividad parlamentaria tuvo siempre sus aficionados entre nosotros y me parece que lo suyo es reconocer que, en no pocas ocasiones, su producto, las crónicas, superaron con mucho las propias intervenciones prodigadas en el ambón. Las de Víctor, por ejemplo, como sabe mejor que nadie Pepe Romero, constituyen una auténtica historia política de aquel periodo crucial que, tal como temían los más medrosos del palquillo, acabaría un día decorando con unas cuantas ráfagas el techo isabelino. El debate parlamentario, su vida en general, es una víscera pulsante de la política pero con frecuencia también una pieza de casquería. Estoy deseando comprobar cómo ve la cosa Romero focalizando a aquel joven Víctor Márquez que fue el más brillante de nuestros cronistas, le pese a Agamenón o cuadre a su porquero.

Días de paz

Es recurrente la sensación de que las vacaciones políticas implican cierto grado importante de paz. “No news, good news”, no hay noticias, buena noticia, dicen los ingleses, pero hay que reparar en que el hecho de que la paz provenga de la ausencia de nuestros protagonistas políticos constituye una pena y, en cierto modo, un escándalo, porque podría llevar a muchos a la idea de que lo mejor sería prescindir de esos complicadores de la vida pública. Apenas hemos oído cuatro tópicos de boca de la Presidenta en el Patrio de los Leones, lugar, por cierto, en el que están prohibidas las grabaciones. Tengamos confianza y, si posible fuera, la fiesta en paz.

Desconcertación social

Está claro que al muñeco de la “concertación social” –Junta, Sindicatos, Patronal—le han sacado las tripas sus propios manijeros. ¿Cómo continuar con ese tinglado en el que los tres “agentes” están hoy, no bajo sospechas, sino, lo que es peor, bajo evidencias de corrupción? El medio de garantizar la paz social no puede seguir siendo el mero reparto de millones entre quienes –a la vista está—, además de no contribuir casi nada a sanar el modelo desplomado, no son capaces de administrar sin salirse de la Ley. Ese “retablo de las maravillas”, visto de cerca, más parece el patio de Monipodio que otra cosa. La Junta debe cambiar de partitura  si no quiere que el desconcierto sea irreparable.

Andalucía, “sub iudice”

La “Andalucía imparable” de que habla la propaganda oficial, a punto está de coger el relevo de la Andalucía bandolera que tanto fascinó a los viajeros europeos del XIX. No como sujeto colectivo, por supuesto, sino como consecuencia de la lamentable actuación de algunas de sus personalidades, representación a todas luces inmerecida de un país como otro cualquiera pero históricamente tan propicio al tópico. ¿O es que puede verse de otra forma la situación de tantos personajes de esa vida pública que hoy se encuentran “sub iudice”, investigados cuando no condenados por los jueces para desconcierto de una inmensa mayoría que nunca anduvo tan estupefacta? El recuento es fácil: hay en este momento dos Presidentes de la autonomía “pre-imputados” por el mayor escándalo económico registrado en nuestros anales, a los que acompañan seis consejeros de sus Gobiernos, un puñado de altos cargos, algunos diputados y hasta personal administrativo, por no hablar de los dos grandes sindicatos “concertados” o de la Patronal ni de la tira de alcaldes y concejales que acumulan legajos en los Juzgados, todos por causa de una corrupción generalizada y, al parecer, irremediable que parece ser el fruto más podrido del bipartidismo. ¿Cabe esperar rectitud de conciencia en un pueblo que se ve así degradado por su dirigencia, tanto política como civil, estará en cuestión el propio sistema de libertades o llegará a estarlo por la codicia de un estamento dirigente que, en realidad, es una “clase dentro de una clase” y en el que, al parecer, todos son primos hermanos?

 

La democracia es –se dice—el único sistema capaz de regenerarse a sí mismo al menos mientras el poder judicial mantenga su autonomía y no se vea, como se ve en estos momentos, rehén de los partidos de gobierno. ¿Que Andalucía no es una excepción? Sea, pero igualmente cierto es que pocas veces se halló en manos tan irresponsables. Y lo malo es que ya me dirán cómo podrá regenerarse el cuerpo político (o el social) estando como están en manos de los mismos que los degradan. Ninguna lotería tan útil y necesaria para esta comunidad como una enérgica sanción capaz de devolver a la sociedad siquiera una esperanza de recuperación moral. Si esa sanción no llega, el crak moral estará garantizado y la vida social a un paso del síncope. Ya hay estatuas de bandoleros levantadas en algunos pueblos nuestros como un aciago anuncio de lo que pueda venir.

El dinero irreal

A medida que avanza y se desarrolla esta economía globalizada, que multiplica las cifras hasta hacer de su tráfago un hecho cada día más inabarcable y menos creíble, crece también el recelo de que, de hecho, estemos siendo manipulados por una suerte de superchería útil en la práctica pero cercana a la irrealidad. Un ancestro mío negó hasta el día de su muerte que esas cantidades de las que hablan los telediarios existieran en realidad, y esgrimía el argumento difícil de replicar de que nadie había visto en su vida tales fortunas. Y no es para menos, si pensamos en cómo sin advertirlo siquiera hemos pasado del orden de los miles al de los millones y de éste al de los “miliardos” franceses o los “billions” americanos, como si de inflar un globo se tratara, en efecto, pues parece que lo que de verdad es imprescindible es la idea de esas fortunas y no su realidad contante y sonante. Mi ancestro tenía, desde luego, ilustres precedentes, desde el Kant que no desdeñó la paradoja del hombre que soñó tener cien táleros en el bolsillo, hasta el Marx que atribuía a ese sueño “el mismo valor” de la realidad, joya dialéctica que un empirista lógico como Ayes –según ha recordado hace poco Pietro Emanuele—resuelve avisando sobre la diferencia que media entre los verbos “ser” y “existir”, atenidos alternativamente a los cuales bien podemos aceptar tan válido el sueño como la realidad. ¿No podría ese soñador contraer de buena fe deudas sobre un caudal inexistente pero real para él? A mí me pasa tres cuartos de lo mismo cuando oigo manejar a los ecónomos las cifras actuales, exponencialmente mayores que las que mi antepasado se negaba ya a acreditar. ¿Estaremos viviendo sobre un polvorín fiduciario, que “es” aunque no “exista”? De hecho si los tenedores de billetes trataran de cambiarlos en el banco expedidor por su equivalente en oro, iban dados.

 

No tienen más que pensar en el lío de los “bitcoins”, la moneda virtual, que circula en el mercado sin residir en ninguna parte y que lo mismo sube sideralmente en la Bolsa que se derrumba ante un papirotazo chino. Vamos a tener que acostumbrarnos a una economía dual, inevitablemente crédula y práctica, pero manteniendo custodiado, por si acaso, el calcetín en casa. O acaso vayamos hacia un capitalismo ilusionista por cuya fibra óptica circule inapelable el valor convencional. No sólo nos hemos olvidado ya del fetichismo de la mercancía sino que vamos a acabar aceptando el fetichismo del dinero.