Bendita ignorancia

Tal como van las cosas, a la vista de la primera página del periódico y el machaqueo de los telediarios, cada día celebro más no saber de economía más que los rudimentos. Debe de ser una tragedia, siquiera como la teológica, trabajar con esa materia fluida y evanescente que, encima, se representa en números arábigos, pero en la que parece evidente que toda hipótesis de los expertos es meramente conjetural. No les voy a recordar el bastinazo de Standard and Poor’s cuando le dio sobresaliente con matrícula de honor a los mangantes de la banca americana que traficaban con las famosas hipotecas “subprime” o el que antes cosechó en Islandia, primero porque no entiendo eso de que unas agencias privadas le marquen la agenda a los Gobiernos y, lo que es peor, a los pueblos; y segundo, porque también hay que comprender que en este rollo de la volatilidad financiera, en cuyo ámbito todo resulta imprevisible, tiene mucho que ver la cultura de la virtualidad. Hace años un “trader” tramposo arruinó a no me acuerdo que banco inglés trajinando desde Hong Kong y hace unos días nada menos que JP Morgan, el rey del mambo hoy por hoy, ha tenido que tragarse un sapo de dos “miliardos” de dólares porque a otro de esos pájaros –un francés establecido en Londres– se le ha ido de las manos un negocio de especulación y riesgos que, con dinero ajeno, naturalmente, se venía trabajando con éxito, cosa que no hubiera ocurrido si la gran banca no se hubiera opuesto a esa iniciativa conocida como la “regla Volcker” que pretendía suprimir el corretaje sobre fondos propios, y que ahora le ha costado que la propia S&P sancione al gran banco rebajándole su nota. ¡Ah, el antiguo banco, con sus contables anotando en sus altos atriles y su cajero con el manojo de llaves, aquella liturgia del culto a la seguridad averiada definitivamente por la cultura virtual! Un amigo mío dice que un banco es hoy como una gran caja fuerte con un agujero informático, pero yo suelo argüirle que ni los “brockers” ni los ordenadores funcionan solos.

Que me expliquen, ya digo, cómo es posible que el Banco de España no supiera lo que viene pasando hace treinta años en las Cajas de Ahorro, que nadie supiera lo de la chorba valenciana, que ni Rato ni su antecesor ni los sindicatos presentes se hayan enterado de la película hasta que el oso se había comido ya medio madroño y parte del otro medio. O mejor, que no me expliquen nada. La gente se pregunta por qué hay que arrimarle dinero a los bancos que cuando ganan –¡y hasta cuando pierden!–  se lo llevan crudo o vuelta y vuelta. Marx se retorciendo de risa en su rincón de Hight Gate.

Justicia imposible

Nunca me pareció un progreso sino todo lo contrario la transferencia de la Administración de Justicia –en buena teoría, separada e independiente—a la Junta autónoma. Y ahí están los resultados, para que el nuevo fiscal-consejero despabile en lugar de meterse donde no debe. Los 16 magistrados de la Audiencia de Sevilla le han enviado a su Presidente un valeroso escrito en el que le denuncian que no pueden con su carga de trabajo y que ello les impide “ofrecer respuestas en plazos y formas adecuados”, es decir, con las debidas garantías constitucionales. “Hemos esperado pacientemente… en vano”, dicen los ropones. Ya ve el consejero De Llera –hasta antier miembro de esa Audiencia– que el problema no es la jueza Alaya.

Pobreza y honor

Una limpiadora de autobuses granadina ha devuelto a su dueño un bolso extraviado que contenía una pequeña fortuna. Lo ha hecho, según ella, porque su conciencia no le permitía adueñarse de lo ajeno, es decir, todo un clásico de la prensa que, como es obvio, posee sus filias y sus fobias, pero no caprichosas sino, de algún modo, compatibles con la moral y la estética social imperante. Es un clásico, ya digo, de la prensa sensible, en el que el protagonista debe ser pobre por definición si aspira a la honradez, y un  clásico sexista, pues ese concepto ennoblecedor es más propio de machos que de hembras, para a las cuales, según don Julio Cejador, no consiste más que en “la honestidad y el recato”. El honor y la honra no son una misma cosa, aunque en ello insistan tan ilustres filólogos (ni Cejador ni María Moliner incluyen en sus repertorios la voz “honor” sino que lo remiten a lo dicho en “honra”), porque el primero es valor que concierne a varones de alta condición social mientras el segundo suele aplicarse al gineceo y atenido sólo al comportamiento sexual. Lo de pobre está tan claro que el maestro Covarrubias, en su “Tesoro”, dice que “Honra y provecho no caben en un saco”, y no hay más que ver los funambulismos picarescos o los de García Valdecasas a propósito del honor hidalgo –es decir, del noble venido a menos– para verlo claro. Y en cuanto a lo de la atribución sexual, lo sabe cualquier lector de Calderón e incluso de Lope, convencidos ambos de que –encumbradas e idealizadas damas aparte—la honra de la hembra ha de buscarse de cintura para abajo mientras que la del varón, incluso si va de paranoico, le basta con ostentarla en la cabeza. Noticias como la del pobre o la pobre que dignamente devuelven lo que la fortuna puso en su camino, más que confirmar la virtud de esos héroes morales, lo que hacen es prestarle cuerpo a esa suerte de pedrea honorífica, de estirpe inmemorial pero de definición romántica, que siempre le puede caer en lo alto a un tieso fiel a su conciencia.

Lo más que puede hacer alguien del común para decorar su dignidad es asumir idealmente la axiología patricia, hacer suyo, sin serlo, ese severo código que antepone el deber a la oportunidad y eso, lo que ha hecho nuestra Palmira Díaz, es, en consecuencia, una acción memorable pero también un claro ejercicio de enajenación moral, de asunción de valores prestigiosos pero ajenos. ¿Por qué serán más fanáticos de la propiedad privada los que menos tienen frente a los preferidos por la fortuna? Llevaban razón los viejos revolucionarios cuando sostenían que la honradez en el expoliado no deja de ser un gesto reaccionario de sumisión.

Ni idea

Por fin conocemos algún proyecto concreto emanado del pacto PSOE-IU: el de la creación de una “banca pública andaluza”. Se trata de una vieja idea que no excluye a los totalitarismos de toda laya (fue, por ejemplo, un santo y seña nunca rematado del falangismo) y que, en estos momentos de confusión del sistema financiero, hay que ser insensato o tener mucho sentido del humor para plantear. O sea que propician la ruina de las Cajas de Ahorro y a renglón seguido proponen levantar una nueva en la que, ni que decir tiene, cada partido tendría su parcela. Si la banca privada anda como anda, pueden imaginar cómo andaría una pública en manos de los Valderas y sus socios. Si a Chaves le condonaron su deuda millonaria en una de las privadas, pueden hacerse una idea de lo que podría ocurrir en una “pública”.

Indicadores vanos

Es de sobra conocido que el nivel cultural de la población española es más bajo que el de buena parte de los países europeos homologables. Se ironiza sobre que los yanquis sitúan a España en el Caribe, como si en la España profunda hubiera mucha gente capaz de situar, no les digo ya Bostwana, sino Noruega o Nepal. El BBVA acaba de presentar un estudio confeccionado por una de sus fundaciones que revela que el 46 por ciento de los españoles no conoce un solo nombre de científico, ni ajeno ni propio, porcentaje que a  mí, qué quieren que les diga, se me antoja corto además de insignificante, porque hay que convenir que meterse por esos pueblos y serrijones de Dios formulándole al personal una pregunta tan extravagante, constituye una de esas aventuras que confirman la broma de aquel memorable pionero de los estudios sociales cuando afirmó que la sociología era una ciencia empírica dedicada a demostrar obviedades. Eliminen de esa muestra a la población estrictamente rural, a la santa infancia, a esos vastos estratos puramente vegetativos que constituyen hoy la Hispanidad peninsular, y de lo que se asombrarán es de que un 54 de los encuestados sea capaz de responder positivamente a ese cuestionario. Prueben los sociólogos del BBVA a proceder al revés, es decir, inquieran en la opinión aleatoriamente elegida su conocimiento de la nómina “rosa”, y verán cómo saben más que Briján sobre la vida y milagros de la principesca Esteban, de Raquel Bollo, de Mila Santana o de Dinio, cuyo es el protagonismo real, indiscutiblemente, en nuestra vida colectiva. Una sociedad medial es carne de televisión y resultaría vano esperar que esa oscura masa superviviente de sí misma prestara oídos a noticias e informaciones que no se produzcan de cintura para abajo. La “libido cognoscendi” de la masa, en el sentido de Ortega, mide apenas una cuarta: la que va de la entrepierna al ombligo.

Informa el mismo estudio sobre el hecho de que semejante indigencia cultural nos sitúa muy por debajo de la media europea, pero ¿y que esperaban de un pueblo que pasa casi cuatro horas diarias embelesado ante una televisión cuyos grandes éxitos de audiencia consisten en los más abyectos programas? ¿Einstein, Cajal, Galileo…? ¡Vamos, anden, a quién se le ocurre preguntar por los sabios en una nación que suele ignorar casi por completo desde la nómina política a la teatral, que mira con horror pánico hacia el libro y cuya capacidad de verbalización no sobrepasa el nivel vegetativo y los tópicos televisados! La ciencia social no debe pedir peras al olmo si no quiere cosechar pamplinas.

La vieja dama

El antiguo alcalde de Venecia, Massimo Cacciari, sostiene que Venecia se muere en medio del esplendor de la postmonernidad. Mejor dicho, que es ya una ciudad muerta en la medida en que se ha convertido en una ciudad-escaparate, en una vitrina temática de sí misma, entrillada por dos graves fuerzas destructivas: las aristócratas (remarquen el género) entrometidas que luchan por salvarla, y los venecianos de pura cepa, los indígenas, que huyen del centro histórico e incluso a tierra firme a causa de los precios. Nunca en la historia de la ciudad entró más dinero en ella –dice el regidor con evidente exageración– pero ese dinero es privado, y por otra parte, ahí está esa suerte de primavera intensa que florece sin tregua entre reformas y fundaciones. El millonario Pinault ha abierto como museo la antigua Dogana –que tantas veces pintara, entre grises y bermellones, la mano de Turner– y en él puede el visitante ver un percherón empotrado en el muro y otras “performances” asustaviejas. El divo de la ultimísima arquitectura, el holandés Rem Koolhaas, ha sacado del antiguo Fontego dei Tedeschi una atrevida terraza sobre el Rialto con la pasta de Benneton, mientras esa cabeza de la tribu española, que es Calatrava, deberá “mover” su controvertido puente porque resulta que su estructura estaba mal calculada o algo así. Y en fin, aparte de la restauración de la sede de la Bienal, el proyecto “Moisés” o la redefinición del entorno del Piazzale Roma, otro famoso, Pietro Cardin –porque ustedes sabrán que Cardin no se llamaba Pierre sino Pietro—ha dejado en marcha cerca de Treviso, una torre de 60 pisos y 120 metros de altura. ¿Se muere Venecia? Eso lo vengo oyendo yo desde siempre, es lo que aventuró Goethe cuando residió allí y sugieren Paul Morand y tantos otros, pero acaso esta vez resulte verosímil, entre otras cosas porque el Ayuntamiento ha perdido sus dos grandes fuentes de ingreso, que eran las subvenciones estatales y los impuestos de los casinos, y la era, la postmodernidad, no respeta otro canon que no combine la altura con la extravagancia. Venecia es una vieja y deliciosa dama a la que los lifting le afean las arrugas.

Los tiempos traen los estilos y los estilos se suceden a costa de destruir lo anterior, pero el aporte de la postmodernidad amenaza con algo más que con destruir perfiles y perspectivas, a saber, con anular la idiosincrasia de fondo de nuestras ciudades. La Venecia de Joseph Brodski o la de Donna Leon tiene hoy menos de la mitad de habitantes que Huelva y más turistas que Madrid. Uno lee cada día su “Gazzettino” sobrecogido por la posibilidad de encontrarse en sus páginas con la esquela de la Signoria.