Aquí se puede más

Parece que los podemitas andaluces, los obedientes a la pareja Teresa Rodríguez y el alcalde gaditano Kichi –¡envidiable nómina familiar la suya!– se han levantado de manos ante el soviet madrileño proclamando su intención de apoyar más o menos a los sediciosos catalanes. O sea que ya el Podemos andaluz no es sólo anticapitalista, que eso se podría hablar, sino que es, además y por si algo faltaba, antiespañol. Una buena noticia para doña Susana, me parece a mí, que en estas circunstancias podrá vender mejor su humo patriótico y socialista-nacional (no al revés, ojo, ahí podríamos llegar) una vez que haya barrido en su congreso regional y salvado como mejor pueda los provinciales los embates pablistas, que ese será, sin dudas otro cantar. Originales como somos, hasta nuestros antisistema son especiales.

Todavía hay diferencias

No vamos a ser nosotros solos. En la Italia del Norte –huy, perdón, en la Padania– han condenado al hasta ahora todopoderoso Umberto Bossi a dos años y tres meses de cárcel por levantar, “para los gastitos de su casa” (como diría Beni de Cádiz), cosa de 200.000 euros bien despachados de los fondos de formación. Aquí las cosas son más suaves, como ustedes saben de sobra, y del presunto saqueo de esos fondos no parece que, según la judicatura, sea responsable nadie. Eso es lo más desmoralizador: que aquí, dinero público que se “distrae”, dinero público que desaparece para siempre jamás, sin que nadie, además, pague esa distracción en la trena. Todavía hay diferencias, pues. Y mucho me temo que seguirá habiéndolas.

Un clásico

El intríngulis y engañabobos del hotel de El Algarrobico se ha convertido ya en un clásico del tejemaneje autonómico. Tras una docena de años y más de dos decenas de sentencias, ahí sigue, tan pancho –pese a los esfuerzos del ecologismo y del propio sentido común—ese monstruo construido en terreno protegidísimo y a escasos metros de la orilla del mar. ¿Qué por qué? Pues la Junta sabrá, ya que para demolerlo como está mandado por la Justicia sólo falta que la Junta, una vez ejercido el derecho de retracto, se decida a cumplir la Ley y acuda a la vía civil como le ha indicado el TSJA. Algo no huele bien –no olió bien nunca, desde el principio—en ese negocio que el PSOE se empeña en tratar con guante de seda. Viniendo de tan lejos, no se explica cómo doña Susana permanece metida en ese charco.

Un verano más

Otro verano con previsión de problemas de atención sanitaria. Ritmo lento, colas inacabables, protestas. Un galeno malagueño ha formado el lío en las redes sociales contando que había atendido ¡a 60 pacientes! en una sola mañana, y algunos colectivos médicos alzan la voz en grito reclamando una solución para el problema de la escasez de personal en nuestros centros de atención primaria. Una vez un titán en Matalascañas estuvo todo un día y parte de una noche volcado con una multitud de pacientes hasta que a él mismo le dio un infarto. ¡Anécdotas, al fin y al cabo!, dirá al Junta, que promete reiteradamente, eso sí, aumentar los efectivos durante este verano aunque prevé que haya que imponer jornada doble. ¡Con que a la sanidad no afectarían jamás los “ajustes” autonómicos! Parece que los esforzados de la bata blanca piensan otra cosa.

Pedir la luna

¡Pues anda que no pide nada el PP cuando negocia el cambio en Canal Sur! Nada menos que sustituir al fiel insustituible –¿o por qué se cree el PP que el PSOE puso a ese interino?–, reducir el biempagado Consejo de Administración y poner el ente en manos de profesionales. “¡Amos, anda!”, le dirían en Madrid. Una televisión del “régimen” no puede ser más que una televisión del “régimen, valga la tautología, y eso requiere un director partidista y un colocadero pingüe para los descolgados del Poder y de la Oposición (que también come), lo cual supone, sí o sí, excluir a los expertos y sustituirlos por los adictos. Esos “entes” autonómicos –en Sevilla, en Madrid, en Bilbao o en Barcelona— ha sido siempre la voz de su amo. Lástima que, cuando pudo ocurrir, el PP no pudiera demostrar que me equivoco.

Visita a Loeche

El último duque-consorte de Alba, Jesús Aguirre, está enterrado en el panteón que acoge a la familia ducal en el pueblo madrileño de Loeches, al lado como quien dice del Conde-Duque de Olivares, que es como, entre bromas y veras, firmaba él sus tarjetones (conservo alguno) cuando andaba por Sevilla. Mucho antes de su consorcio, el “padre Aguirre” rivalizaba cada domingo en su homilía de la iglesia de la Universitaria con Mariano Gamo, el párroco rojo de Moratalaz, siempre bajo atenta vigilancia policial, rodeado de una parroquia ilustrada dividida por la energía de su radicalismo crítico. Aguirre en Frankfurt, cercano a un por entonces desconocido Ratzinger, amigo de Hans Kung y atento a la moda de aquella famosa escuela –Adorno, Horkheimer, Habermas, Walter Benjamin…– que, a su vuelta a España, ya como director de la editorial Taurus, él mismo se encargaría de traducir e introducir entre los lectores españoles, en una política editorial que juntaba las grandes novedades europeas y americanas con la actualidad española, incluyendo a los autores noveles. Nada que ver con el Jesús Aguirre que fracasaría en la Expo 92 ni con el personaje impostado y no poco provocativo que él mismo forjó.

A quienes se atengan a la última imagen de Jesús Aguirre –ya ahorcados los hábitos y reciclado en duque de Alba tras su paso por el ministerio de Cultura– les costará tal vez imaginar a este otro personaje que exhibía su crítica a la dictadura sin mayores disimulos, como consta sobradamente, o prestaba su apoyo cómplice a una clandestinidad que vivía momentos críticos, al tiempo que participaba activamente en la precaria vida cultural de aquellos años de hierro que, para Jesús y para muchos de nosotros, culminó con la más que probable defenestración de Enrique Ruano, uno de los crímenes más crueles y absurdos de un “régimen” desbordado por su inoperancia tanto como por su paranoia.
Pocos personajes han logrado hacer de su vida una parodia tan consciente y proyectar una imagen tan equívoca como Jesús Aguirre, aquel cántabro ático, cosmopolita e hijo de padre desconocido, que se enfrentaba con energía a duros compromisos, y ayudaba con generosidad al tiempo que alardeaba de comprar sus corbatas en Londres. Recuerdo que, allá por el 98, me propuso acompañarle al monasterio de San Juan de la Peña para rescatar los restos del conde de Aranda –otro título “consorte” que le divertía utilizar— que allí habían terminado tras una rara peripecia y cuyo bicentenario de celebraba. Del cura Aguirre no quedaba ya ni rastro, sospecho que no quedaba siquiera en su propia memoria.