Alto y claro

Tengo para mí que el problema capital de las autonomás no está en lo que perciben o dejan de percibir sino en lo que gastan. Lo que nos sirvió para salir del atolladero de la dictadura será, seguramente, irreversible, pero en modo alguno dejar de ser revisable. España vive esa ruina fraccionada por la insolidaridad entre sus regiones y la falta de autoridad de sus Gobiernos, que han pagado –todos– su permanencia política con el dinero del pueblo. Ése debería ser el punto de partida del debate que se aproxima entre Gobierno y CC.AA, porque el resto –cálculos, compensaciones y zanahorias aparte—no será más que un diálogo de sordos. La autonomía es una ruina tal como está planteada. Es más, yo creo que ése es el último tapón de la crisis que vivimos.

Pian pianito

La Justicia en materia medioambiental no es diferente del resto: deja correr el tiempo quien sabe si con la esperanza de que los problemas cicatricen solos. ¿Alguien recuerda ya los “avatares” por los que ha pasado el pleito de El Algarrobico, los síes y noes de los tribunales y la Junta y, en fin, el éxito de los hechos consumados? ¿Y en Huelva, quien recuerda ya una lucha –la emprendida contra 120 millones de toneladas de fosfoyesos depositados en plena marisma—que comenzó hace veinte años cabales? Que ahora el T. S. triplique la fianza impuesta a la empresa para reparar los daños, es una buena noticia que poco tranquiliza al ciudadano escaldado. La Justicia es lenta porque sabe que, como dicen los italianos, “pian piano si va lontano”.

Palo y zanahoria

La Junta de Andalucía, desde que se despendoló al mangazo universal, viene esgrimiendo a un tiempo, por sistema, el palo y la zanahoria. Que un juez imputa a un alto cargo mangante; pues ahí está la Junta personada en la causa como acusación, faltaría más, pero cuando se tercia – y allá cada cual con la interpretación de los por qué—acompañada también de las defensas correspondientes para el presunto mangante. Paga lo mismo que denuncia, ¿no es raro eso? Al consejero Vallejo –hoy baranda de una empresa a la que desde su sillón concedió 5’9 millones de euros— la Junta lo acusa y defiende a un tiempo ante el juez, pero la minuta de los abogados las pagamos usted y yo. Si uno se lo lleva presuntamente, el otro se cubre y los demás pagamos.

Faffe, cuerpo de élite

En el repertorio de trampantojos de la Junta de Andalucía ninguno, con seguridad, comparable al de la Faffe. La Faffe es otra “administración paralela” en la que se ha enganchado la flor y la nata del nepotismo juntero y que, según una auditoria de la propia Junta que la niega a la leal  Oposición, sólo en 3 años se perpetraron 8.844 contratos irregulares. A esos “empleados de confianza” desvía la Junta funciones que los jueces ha prohibido con reiteración y con ellos nutre un ejército clientelar multiuso que es, probablemente, lo menos legal y más gravoso que la Junta ha perpetrado en más de tres décadas. La Junta es Juan Palomo. Lo que no se entiende bien es por qué la Oposición no se va con esos trastos a la fiscalía.

La Taifa crece

En plena aurora de la autonomía, la Junta se compró un avión (no es coña), pero cuando un director del SAS se hizo instalar en su coche oficial el primer teléfono móvil, por poco se lo hace pagar de su bolsillo un Presidente poco dado a tolerar fantasmas. Una vieja frustración late en esos altos cargos que sienten como si aún les faltara rango en importancia. Ahora bien, a lo que no se había llegado nunca a es a los que gracias a la atención de Macarena de Heracles conocemos desde ayer: la tarjeta del consejero de Medio Ambiente, José Fiscal, en la que consta nada menos que como “Regional Minister” de un departamento que él titula en inglés. No tiene límite la ambición, está visto. Alguien debería exigirle, al menos a los consejeros, que respeten las normas.

Viaje a la URSS

Al comenzar la “perestroika” y difundirse la “glasnott” fui a la URSS como quien va a una lamentar una agonía. Se decía por aquí que a “la Gran Patria Soviética” le quedaban, a lo sumo, un par de almanaques, y esa urgencia –lo confieso—me forzó a no aplazar más la visita. Un soberbio jet de la todavía intacta Aeroflot nos llevó a Berlín Oriental y luego a Moscú donde hubimos de cambiar de aeropuerto para alcanzar Leningrado que aún no había recobrado su nombre histórico, donde nos alojaron en el hotel Pulkoskaia, confortable alojamiento en las afueras desde donde un taxi propiedad de un policía mantenía la exclusiva de los traslados al centro. Fuimos a cenar al Hotel National por sugerencia de Manolo Vicent, un romántico avejentado en cuyo comedor asistimos a una inacabable cena paralela a una boda rusa en la que los comensales, briagos, dormitaban bajo las mesas cuando dejaban de bailar. La sorpresa tuvo lugar por la mañana, cuando contemplamos, junto al bello Palacio de Invierno, un vasto cartel de Coca-Cola, nuncio infalible del principio del fin. ¡Y junto al Hermitage, la mayor colección de finesses imaginable sobre las que se cernía la sombra de los viejos sátrapas! La URSS se hundía poco a poco, como un grave cascarón maltratado, pero era todavía un inmenso barrio modesto con calefacción y tv censurada para una población con asistencia sanitaria y educación gratuita, eso sí. No pude dejar de invocar el consabido axioma: todo lo malo es susceptible de empeorar.

Por un inmenso bosque de abedules –era otoño y sus copas llameaban aquí y allá— fui a Moscú pasando por las ciudades históricas (Kalinin, Vladimir, la antigua capital Novgorod, la ciudad sagrada de Suzdal, un témpano junto el río Kámenka), deslumbrado al fin en aquel centro cívico, el más bello del mundo, que es la Plaza Roja, con su Kremlin, sus catedrales y al vistoso chafarrinón de San Basilio. Pateamos la urbe, sus ruidosos hoteles y restaurantes, sus mercados, las barioskas para turistas, sus librerías arruinadas, vimos sus jocundas bodas y el cambio de guardia ante el mausoleo de Lenin. También en Kiev el museo repetía su imagen tiroteada y otros tópicos. La URSS se acababa. Unos años más tarde volví y lo que vi ya no era aquella “amplia mediocritas” sino un inmenso desorden organizado por mafiosos. ¡El dudoso aunque imprescindible triunfo de la Libertad! Pensé que las pesadillas no sobreviven más que los sueños. Y guardo obsesivamente una visión fugaz: la de una mendiga tendiéndome la mano en el atrio de una de sus catedrales. Demasiado para la URSS, demasiado para Gorvachov.