18 meses

Dieciocho meses, ni uno más ni uno menos, quiere imponer al cogobierno de Susana Díaz, para “eliminar la simbología franquista de las poblaciones”, una Izquierda Unida que ha pasado del colectivismo al “carril bici” y quiere ahora hacer de la revancha su “estación de Finlandia”. Eso es muy bolche, después de todo, como ya se demostró en la URSS cuando se borraron de los retratos a Trosky y sus colegas, dando lugar al ingenioso dicho de que “nada menos previsible en la URSS que el pasado”. El poder prestado ha sublimado los últimos rescoldos razonables de IU hasta convertirla –¡y en qué momento!—en compañera de viaje del mismo PSOE al que tanto difamó.

Puertas abiertas

Poca gente conoce de cerca la residencia papal de Castel Gandolfo, el viejo palacio construido en el siglo primero por Domiciano, el último emperador de los Flavios y luego por los Gandolfi ya en el XII. Los papas la convirtieron en residencia de verano para huir del ferragosto romano y es la única propiedad extraterritorial de la Santa Sede fuera de las fronteras vaticanas, constando de unos vastos jardines (obra de Urbano VIII Barberini) de cuidados parterres limitados por altos cipreses, aparte de una sensacional vista sobre el lago Albano, ciertas ruinas romanas abandonadas y una granja modelo. En Castel Gandolfo –se recuerda ahora que el papa Francisco ha decidido compartir ese regalo con el público en general—han muerto varios pontífices, algunos recientes, como Pio XII y Pablo VI, y sirve ahora de refugio al papa dimisionario, Benedicto XVI, mientras Francisco permanece en el Vaticano, al pie del cañón. No está muy de acuerdo el vecindario con semejante decisión, que perjudica, como es natural, su industria turística, pero Francisco ha pensado que no es justo reservarse en exclusiva ese edén “donde el esplendor y la gloria se funden en un admirable equilibrio”, aparte de que a él no se le escapa, por aquello de que el ojo del amo engorda al caballo, que debe permanecer en su barrio romano que es donde rompe la vorágine que le quita el sueño a él y a tanta gente. Acaso pasaron los tiempos en que el papado era visto como un imperio y, lo que es peor, como una corte.

 

Por supuesto que nunca llueve a gusto de todos y hasta que no falta quien vea en estos gestos llanos el peligro de que merme la dignidad entendida como “pompa y circunstancia”, pero todo indica que este papa que insiste en residir modestamente fuera del palacio y que abre Castel Gandolfo a los peatones no se inmuta siquiera ante esas cuitas. El pontificado de Francisco nos está permitiendo asistir a un insolente cambio que rechina a los fundamentalistas tanto como rearma la esperanza de los espirituales que ven en su estilo un progreso evangélico. ¿Quién se acuerda a estas alturas de la silla gestatoria? Todo descubre la intuición de Francisco de que los cambios son irreversibles incluso frente a esa inercia plurisecular que se resiste a renunciar a la soberbia imponencia del boato. No serán sólo los vecinos de Castel Gandolfo quienes se incomoden con esta medida que contribuye a liquidar la imagen cesárea que se impuesto con el tiempo a las sandalias del pescador.

Mal va la cosa

Un alcalde del PSOE, el de San Nicolás del Puerto, dicen que destinó una subvención para crear empleo a comprar la finca en la que posee su casa. Parece que la sede del mismo partido en Albanchez de Mágina, se adquirió por un montaje empresarial liderado por Juan Lanzas, el famoso conseguidor, hijo del pueblo. En los manejos de la empresa Duhl se abonaron comisiones de 2’4 millones de euros. Magdalena Álvarez sostiene que la fianza que le ha impuesto la juez Alaya tiene un “fin estigmatizador”. Dimite el director de la Agencia de Energía expedientado por su Ayuntamiento por vivir en una vivienda ilegal a la que, dicen, “enganchó” la luz. El consejero de Innovación dice ahora sentirse “abochornado” por la gestión de la Faffe. ¿Hay quien dé más?

Fuentes del habla

Hablamos tantas veces con locuciones prefabricadas y utilizamos tantos símbolos en nuestra parla, que no solemos pararnos a considerar ni su origen ni su razón. Hay un viejo libro, el que José María Iribarren tituló “El porqué de los dichos”, que lo es de cabecera de muchos buenos lectores y hasta de más de un filólogo, pero quizá no encontremos otro similar que se ocupe de aclarar de dónde nos viene ese regato caudaloso de fórmulas que empleamos sin sospechar que nos llega desde lejanas fuentes clásicas. Consciente de ello, el profesor Juan Jiménez Fernández ha elaborado un trabajoso y cultísimo ramo de explicaciones de los “Proverbios y frases proverbiales del griego al castellano” (Ed. El Almendro) que heredamos de Grecia, de su historia, de su mitología y de su literatura, una obra por momentos apasionantes y siempre instructiva que nos descubre, entre el políptoton y la diáfora, la haplolalia y la síntesis, por qué empleamos hoy fórmulas tan repetidas como “el hilo de Ariadna” o el “conócete a ti mismo”, junto a otras menos reconocidas como “cantar la palinodia” o el refrán “zapatero a tus zapatos”. Jiménez es un pozo de saberes, un conocedor profundo de las más recónditas fuentes clásicas, al tiempo que un paremiógrafo atento, y ha conseguido fraguar un libro, yo diría que apasionante, que nos permite asistir a una vivisección del habla corriente y, a quien lo desee, la oportunidad de navegar seguro por ese inseguro piélago. Una hazaña, ciertamente, en medio de esta España tan campante ante la cuchufleta aquella de “más fútbol y menos latín” que dictara en tiempos algún ministro.

 

El mérito mayor de un libro culto es, a mi juicio, el de ofrecerse al lector con calculada sencillez, y este de Juan Jiménez consigue atrapar al lector por el procedimiento de ofrecerle sus soluciones filológicas y en un espléndido formato narrativo, el sentido originario de cuentos como el del perro de Alcibíades o de fábulas como la que habla de “la Arabia feliz”. Vean por qué no es lo mismo ponerse como una furia, un basilisco, una arpía o una hidra, o descubran lo infundado del porquero machadiano de Agamenón. En pocas ocasiones, créanme, he cerrado un libro tras leerlo con la sensación cumplida de salir de su lectura ganancioso y divertido a un tiempo. Yo les recomiendo vivamente recorrer esas páginas sabias y diáfanas aunque sólo sea para tomar un respiro en medio de este vórtice inclemente que nos vapulea sin remedio.

Pedrea general

Yo no sé qué pensarán los jerezanos de la trifulca perpetua que vive su Ayuntamiento, en el que los tres últimos alcaldes se han acusado entre sí de llevárselo puesto, pero tengo la sensación de que, lo más probable es que el ciudadano medio de esa población esté desconcertado ante semejante espectáculo. No se discute el derecho (y el deber) de aclarar lo jurídicamente dudoso en las Administraciones, pero una cosa es eso y otra muy diferente que los alcaldes se vayan empapelando uno tras otros en función de su signo político. Porque en última instancia, el apedreado es, sin duda, el ciudadano contribuyente que en Jerez, hoy, es posible que no sepa ya a qué santo encomendarse.

Hablar en África

Hablábamos el otro día aquí de la decisión de Obiang, el sátrapa de Guinea, de sustituir el uso de la lengua española por el portugués, condición que juzga conveniente para su ingreso en la comunidad lusitana. Hoy hemos de hacerlo de Gambia –uno de esos “no países” de que habló creo que era Raymond Roussel–, cuyo tirano, Yahya Jammeh, que desde hace más de tres lustros gobierna su feudo con mano de hierro, ha decidido prohibir el inglés, su lengua tradicional, por estimar que es un legado colonial que no merece más que desprecio dado que las metrópolis colonizadoras no sólo no buscaron el desarrollo de sus colonias sino que –y hasta ahí lleva más razón que un santo– se dedicaron a saquearlas. Jammeh no tiene decidido aún cuál de las lenguas locales sustituirá al idioma depuesto ni cuándo entrará en vigor su disposición, si es que entra, porque es algo conocido que en su mandato ha habido muchas iniciativas extravagantes que luego simplemente se han dejado caer en el olvido. Los occidentales no somos del todo conscientes –aunque sí responsables—de la realidad africana, de que haya países como Gambia reconvertidos en corralito de un aventurero que, en este caso, como los viejos reyes franceses que historiara Marc Bloch, se atribuye poderes sobrenaturales y, en particular, capacidad sanadora de toda clase de morbos, Sida incluido, aparte de mantener un  régimen sangriento en el que la disensión no tiene cuartel y en el que, por ejemplo, se invita a los ciudadanos a “matar como perros” va los homosexuales. Jammeh es un tenientito con baraka y nosotros los occidentales, responsables históricos y actuales de esas tragedias, unos babiecas que contemplamos como exótico lo que no deja de ser una responsabilidad relativa de todo el orden internacional.

 

No han faltado observadores en nuestra área privilegiada que han considerado que la cuestión del cambio de lengua, tan inverosímil en cualquier caso, no deja de tener algún sentido si se piensa que toda nación moderna ha debido partir del establecimiento de un idioma propio, palanca de su evolución civilizatoria. Un argumento que me resulta extravagante por referencia a una zona en que lo menos inverosímil para el caso sería el suajili, el lingala o el malinké, “lalias” primitivas y elementales respecto a las lenguas desarrolladas. Escucho a algún comentarista decir que en Gambia el poder se abisma en la paranoia mientras se impone el silencio a rajatabla. No poco conmovido, pienso que más a mi favor.