Fiat Iustitia

Según me contara mi padre (unas dos mil veces), el rey don Alfonso XIII revalidó su mote de “Rey caballero” una vez que, paseando de incógnito por el parque de María Luisa, fue multado por un guarda tras arrancar una flor para la dama que lo acompañaba. “¿Nombre?”, preguntó el agente. “Alfonso XIII”. “¿Profesión?”, insistió impertérrito el gran cumplidor de la Ley. “Rey de España”, contestó el monarca. Tras lo cual el guarda, que hizo constar estrictamente los datos del multado, le entregó la papela antes ser felicitado calurosamente por el monarca. ¿Conocería el guarda la sentencia del emperador Fernando I de Hungría, “Fiat Iustitia pereat mundus”(hágase Justicia aunque perezca el mundo) que Hegel retrucó con su “Fiat Iustitia ne pereat mundus”, es decir, hágase Justicia “para que no perezca el mundo”? Pues no lo sé, claro está, pero Antonio Burgos, a quien consulto como a un arúspice, me certifica que, por mucho viso de leyenda romántica que tenga la anécdota, su autenticidad está a acreditada, añadiendo que el apellido del guarda era precisamente Real y que sus nietos, felizmente, viven todavía hoy entre nosotros. Me he acordado del diputado onubense que le dijo a la Guardia Civil al negarse a permitir la prueba de la alcoholemia eso tan hispánico de “¡Usted no sabe quién soy yo!” pero más aún de ese alcalde malagueño de Benajoán que se ha expedientado a sí mismo por fumar en el Pleno y ha solicitado a la Delegación de Salud que “lleve a cabo las acciones pertinentes”. Dejarse multar siendo inmune ante la Ley o abrirse a un expediente a sí mismo es una heroicidad comparado con el gesto mezquino de parapetarse tras un carné del Congreso. El romanticismo no acaba de morir nunca.

 

Una prueba de que nuestra democracia es aún inmadura es esa porfía mantenida a propósito de la imputación de la Infanta en la que, a mi modo de ver, se pasan tanto los que exigen rigor y mano dura a la Justicia como aquellos que tratan de arrimarle árnica al caso, pues lo suyo hubiera sido dejar que aquella actuara sin presiones de ningún tipo y mantener la presunción de inocencia como está mandado en este caso y en cualquier otro. Ese alcalde, como el guarda sevillano, son, en cambio, una muestra de la posibilidad real de un sistema de libertades que ni fume ni se meta en jardines cuando no procede, más allá de la mera promesa de igualdad de todos ante la ley que es lo más que hoy se despacha.

Predicar sin trigo

Por más gestos y declamaciones contra la corrupción que haga la nueva Presidenta, los hechos confirman que se trata más bien de predicar que dar trigo. A un alto cargo “contaminado” lo destituye pero lo coloca en otro puesto; a una directiva del SAS, señalada por la Policía por adjudicar un contrato a su hermano, la nombra nada menos que directora general de Presupuestos. ¿Cabe tomarse en serio la prédica susanita o deberemos añadirla a la innumerable relación de prédicas anteriores? Predicar y no dar trigo lo hace cualquiera. Y aquí está haciendo falta todo lo contrario desde hace demasiado tiempo.

El loro azul

La policía de las Islas Marshall rescataba la semana pasada a un mexicano, José Salvador Albarengo, al que encontró en un atolón contando a quien quisiera creerlo que llevaba en el mar y a la deriva desde diciembre de 2012, alimentándose de peces atrapados a mano y tiburoncillos agarrados por la cola, sin otra bebida que sangre de tortugas y agua de lluvia, siempre a bordo de su cascarón de siete metros. ¿Verdad, camelo? Bueno, más bien se trata de un clásico de la marinería, de esos que se cuentan (o se contaban), a la luz de los quinqués, en las tabernas costeras, como las que nos metieron en la cabeza Melville o Stevenson, ilustradas en su fachada con el reclamo de una ballena o un loro azul. El mar es un espejo deslumbrante que refracta estas leyendas valientes, como aquella de Alexandre Selkrik, el bucanero dieciochesco desembarcado a la fuerza en la isla de Más a Tierra, en el archipiélago de Juan Fernández, según los usos de la piratería, y recogido tras cincuenta y dos meses por otro “hermano de la Costa”, el capitán Thomas Strandling, del que terminaría socio en su viejo oficio. Esto al menos fue lo que contó Selkrik y lo que inspiró a Defoe la epopeya de su Robinson Crusoe y su criado Martes, que el maestro inglés alargó nada menos que hasta los veintiocho años, y que parece ser que nutrió a manos llenas con los datos facilitados por el “náufrago” y también en el diario de a bordo que publicó, ya en su vejez, el capitán que lo “aisló”, y nunca mejor dicho.

 

La verdad es que ni en la deliciosa crónica de la piratería de Exquemelin ni en la moderna historia del gremio escrita por Juan Juárez había encontrado uno, modestamente, un caso como el de José Salvador, que es casi un  guion ya listo para ser rodado, preferentemente en el technicolor de los años 50. Pero díganme, con la mano en el corazón, si las piraterías que hemos de combatir en la actualidad, resisten la comparación con aquella profesión inmemorial a la que, por cierto, perteneció Colón antes de ascender a almirante. La leyenda del náufrago, la escena del hombre a solas con el mar, el tema de la soledad y la autonomía radicales, no es probable que se extingan nunca, le cuadren o no al escepticismo contemporáneo. He contemplado a ese hombre fornido (¡), orlado por su barba hirsuta, como se mira la estampa de un libro infantil, ajeno por completo a las porfías que la noticia ha levantado entre los pálidos habitantes de nuestras urbes.

Vía libre

La Audiencia de Madrid ha dado luz verde el “escrache”, que es como ahora se llama, usando un conocido argentinismo, a lo que toda la vida se llamó acoso o, si se prefiere, coacción. No ve en el hecho de acosar a personajes públicos o privados en  la mismísima puerta de su casa, injuriarlos y coartar su libertad de movimientos, ningún delito: la “coacción” es otra cosa, dice. Por el contrario la Audiencia de Sevilla sí cree ver en el acoso a la familia de un parricida indicios de “acoso” y, en consecuencia, algo reprobable y muy lejano de ese concepto de “mecanismo de participación ciudadano” que consagraron los ropones madrileños. Hay en España hoy un cuerpo organizado de “escrachadores” dispuesto siempre a dar la bronca al acusado –presunto o convicto, da lo mismo– pateando los furgones policiales y si posible fuera darle un empellón en nombre de una imaginaria justicia popular. Fuenteovejuna, vamos, Lope en estado puro, “vox populi vox Dei”, que dice la petenera aunque la sentencia se remonte a Alcuino, el de Carlomagno, justicialismo premoderno y montonero al que pusieron nombre los peronistas abriendo un término que, en origen –mi diccionario de lunfardo, el José Gobello) no deja dudas al respecto—significara la pura violencia o, bien aludiera, no se pierdan la ironía, al timo de la estampita. Veremos en que queda la discrepancia judicial pero parece de cajón que en algún momento –acaso cuando se produzca algo irreparable—la Justicia habrá de parar esa riada de violencia espontánea (o no tanto, cualquiera sabe) que vulnera sin remedio el derecho a la intimidad. No sé qué opinarían sus Señorías si los escrachados fueran los jueces en sus domicilios, pero no albergo la menor duda de que esa clase de “participación” no es la que desde los griegos en adelante han contemplado las democracias.

 

Estamos alimentando la demagogia con interpretaciones pintoresca como ésta de llamar “mecanismo de participación ciudadana” a lo que no es más que un violento acoso de toda la vida, por más que los tertulianos se dividan y pleiteen entre ellos como si la privacidad fuera negociable o el ejercicio de la justicia pudiera estar en manos de cualquier patulea. Ningún euforizante tan grato a la masa como el imaginario derecho a acosar y coaccionar al famoso a la sombra de un derecho demótico que nunca existió. Esperemos, pues, a que los jueces se pongan de acuerdo sin necesidad de que los fuerce algún accidente que ya no tenga remedio.

Otro parón

¿Tendrá Rajoy en la manga un comodín que ni nos imaginamos para resolver la sucesión andaluza? No parece verosímil, pero tampoco hay que descartarlo del todo a no ser que, asumiendo su propia caricatura, haya decidido dar toda la ventaja al adversario. González resolvía casos similares enviando de un empellón a quien creía oportuno, como a Chaves en su día, a pesar de jugar con ventaja en la región, mientras que Rajoy parece que  no puede hacer lo propio con un Arias Cañete, pongamos por caso, que le pondría las cosas muy cuesta arriba a una adversaria bisoña que, además, bastante tiene con la que tiene encima. Aguardemos, pues, el improbable milagro una semana más.

Hijos como armas

Los abogados matrimonialistas saben mucho del uso canalla que tantas veces se hace de los hijos por parte de los padres desavenidos. Los hijos se convierten en armas en el marco de la batalla conyugal, en no pocas ocasiones hasta alcanzar un clima irrespirable en el que apestan los peores crímenes. En el 92 se representó en Holliwood la primera parte del presunto abuso por parte de Woody Allen de la hija adoptiva que compartía con Mia Farrow pero el escándalo no dio demasiado de sí, una vez agotado el inevitable morbo inicial, pero ahora, cuando la niña no cumple ya los 28 años, se repite la repugnante historia al filo de una carta abierta que la presunta abusada Dylan Farrow ha publicado nada menos que en el New York Times y, de rebote, en la flor y la nata de los periódicos de ambas orillas, desde el Washington Post al Guardian pasando por Libération. No imagino cómo puede un padre defenderse de una acusación por hechos ocurridos hace tanto tiempo, del mismo modo que, en modo alguno, dudo de las palabras de la hija ofendida que vuelve a la carga tras veintiún años de silencio, pero tampoco voy a disimular mi extrañeza e incomodidad ante la gravedad de estas trifulcas conyugales en las que la experiencia nos dice que, con tanta frecuencia, se traspasan los límites de la prudencia más elemental. Porque, a ver, ¿qué puede alegar Allen en su defensa a estas alturas que no alegara ya hace más de cuatro lustros o que pruebas podrá ser capaz de aportar la denunciante? Si se trata de armar la tremolina, por supuesto, la acusación de Dylan gana la partida de antemano pero dudo de que logre convencernos con su alegato victimario. Decía lord Byron en su “Don Juan” que el matrimonio deriva del amor como el vinagre del vino y en verdad que, aun no compartiendo esta opinión viene como anillo al dedo en muchas y tristes ocasiones.

 

Pasará este incidente, como pasó el anterior, y acaso en el futuro todavía alguna mano remueva las cenizas de sus miserias, pero resulta claro que, de la misma manera que habría que sancionar con máxima dureza los abusos entre los cónyuges, habría también que condenar sus venganzas y, en especial, la utilización de los hijos como armas para batir al cónyuge en discordia. Nadie podrá ya retirar esa sombra sobre la figura de Woody Allen a pesar de que nadie haya probado esos hechos repugnantes. El mal ya está hecho, que acaso es de lo que se trataba, para diversión de ese Leviatán obsceno que es la Opinión.