Cerebros lavados

¿Recuerdan al niño cubano Elián, aquel superviviente del intento de fuga de su madre, luego rescatado por su padre, es decir, por el régimen castrista, tras el asalto yanqui a la casa de sus parientes en plena “gusanera”? Elián ha cumplido veinte años –la edad en la que los mozos eran “tallados” en la España de ayer—y se ha convertido en un militante profundo del régimen al que da no sé qué escucharle largar su sarta de tópicos oficialistas con un convencimiento digno de mejor causa. Claro que Elián no debe de haber vivido una existencia corriente en la isla, prohijado por el propio Fidel y presumiblemente ajeno, en consecuencia, a las penosas restricciones que afligen al común de sus conciudadanos, como corresponde a un símbolo de la propaganda que recién ahora acaba de salir por primera vez de esa cómoda placenta aunque haya sido para asistir a un evento comunista y embarcado en una delegación oficial. Óiganlo hablar, en todo caso, para comprobar la indefectible pobreza ideológica de toda dictadura o, lo que viene a ser lo mismo, la anulación radical de la personalidad, la liquidación del individuo disuelto en el “sujeto colectivo” por cuyo cerebro piensa y por cuya boca habla con acento anónimo y aprendido: todo por la Revolución, culpas del bloqueo americano, triunfo de un pueblo arruinado hablando del cual, Elián, el pobre, en poco más de tres minutos, pronuncia en tres ocasiones el adjetivo “genial”. ¿La madre ahogada? Bueno, Elián tiene muy buen concepto de su madre pero no acierta a responder por ella cuando le preguntan por la razón de su temeraria huida. ¡Genial! Siempre recuerdo que Artur London nos advertía de nuestra incapacidad, como individuos occidentales, para valorar los males de la tiranía tanto como los efectos del lavado de cerebro. Pensando en aquel viejo ilustre me ha dado aún más pena del joven Elián.

 

Es curioso cómo la experiencia nos ha ido limando las aristas dogmáticas a muchos de mis congéneres hasta colocarnos en el más incómodo equilibrio ideológico. Lo hablaba el otro día con Julio Anguita, ese dúctil recalcitrante –permítanme el oxímoron—que tanto sabe del peso de los dogmas y del alto coste de evolución. Pero Anguita habla, no repite, piensa por cuenta propia, mientras que Eliancito, ya talludo y con el bozo insolente, no es más que la voz de su amo. Pienso en la Habana, en el Malecón, en la madre balsera ahogándose en el intento, y aún me conmueve más la voz inculcada de Elián.

Al otro, ni agua

El copresidente Valderas, en su calidad de consejero de Administración Local, acaba de perpetrar una de las más insolentes parcialidades que recuerda la autonomía: convocar las ayudas a pueblos afectados por catástrofes con un plazo imposible (tres días) y, a continuación, repartirlas discrecionalmente de tal modo que sólo resultaron beneficiarios los pueblos gobernados por el PSOE e IU. Al Otro, ni agua, ya se sabe. En Valderas y otros cuantos tiene la presidenta Díaz el contraste imprescindible para acrisolar su imagen de buena en medio de la arbitrariedad más radical.

Países olvidados

Llegan nuevas inquietantes del país de Bénin, el antiguo Dahomey yoruba de nuestros sellos adolescentes. Las recibo a través de amigos de Justicia y Paz que me confirman que no hay novedad entre las costumbres de hoy mismo y las de hace diez años, cuando otros amigos me trajeron un acadabrante informe que hablaba de las disfunciones provocadas por el pluralismo religiosos (católico, musulmán, vudú) resuelto en una suerte de amalgama práctica sin otro techo que la superstición. Una imagen temible: las criaturas que nacen deformes o taradas son consideradas impuras y, por consiguiente, estrelladas contra un árbol para cortar de raíz la disfunción. ¿Cabe imaginar una situación más necesitada de ayuda moral y hasta de protección cívica que una sociedad que sacrifica brutalmente a sus hijos minusválidos? Hasta la oligarquía del país teme el efecto de la suspensión unilateral del programa de ayuda internacional que provocaría la quiebra del puerto de Cotonou que centraliza la vida económica nacional. Y en ese escenario va el presidente Yayi Boni y se inventa un atentado fallido por envenenamiento del que acusa a un millonario que lo alzó al poder pero que luego le cerró el grifo de la coima, provocando el exilio de éste y su refugio político en EEUU. Hasta el juez encargado del caso ha tomado las de Villadiego por lo que pudiera ocurrirle en semejante trance. De lo que nadie habla es de los niños estrellados, del batiburrillo vudú que hasta dispone de un día de fiesta nacional, los bailes, los ungüentos y los gallos degollados. La idea de la vida que nos hacemos los occidentales tiene poco, casi nada, que ver con la que se siente en los países olvidados.

 

Existe un mundo oculto, sin presencia efectiva en la actualidad, sin lugar en la opinión colectiva, que imaginamos exótico y rousseauniano pero que, en realidad, no es más que el traspatio abandonado de este mundo nuestro que nos ha dado por considerar feliz. Un mundo a oscuras al que no llega la mano civilizada y si llega es estrechada (y vaciada) por las oligarquías locales, las mismas que suelen servir al neo-neocolonialismo para reeditar el viejo negocio, posible sólo en un medio cuidadosamente mantenido en la ignorancia. Sólo las misiones se acercan a ese mundo. Pocos para dar abasto a una oposición efectiva a la barbarie que supone estrellar a un bebé contra la corteza de una palmera o de un ébano.

El consumo racista

Un amigo del alma anda atribulado porque no encuentra en los grandes almacenes la Barby negra con la que sueña su nieta. Ha revuelto Roma con Santiago, ha movilizado desde el vendedor al gerente pasando por el encargado, pero ca: ni en los estantes ni en el almacén figuran más que muñecas arias, rubias platino o morenas del país, sin rastro de negra alguno por más que en Internet se comprueba con facilidad que esa Barby existe. ¿Es que acabaremos por concluir que el consumo (quiero decir, el consumidor) no escapa a la pulsión racista que se observa lo mismo en los estadios que en el mostrador de las confidencias? Pues claro que sí, aunque sea preciso recordar que la cosa viene de lejos como se encargó de protestar Machín –“Pintor que pintas con amor/ por qué desprecias mi color…”–  en sus “Angelitos negros”. Ni el impacto del multiculturalismo ha logrado erosionar, sino tal vez todo lo contrario, la pose criptorracista del gentío que sublima imaginándose privilegiado habitante de ese paraíso caucásico en cuyos muros instala “concertinas” como cuchillas de afeitar. ¿Para cuándo un niño Jesús negro en los belenes de esos conventos nuestros hoy nutridos de mojas negras tan atentas al libro de horas como a los secretos de la repostería conventual? Es verdad que la raza blanca no es ni más ni menos racista que las de color, a las que puede que el futuro reserve una nueva era, pero seamos conscientes de que nuestro fariseísmo ha sido históricamente el introductor de la estimativa monocultural.

 

No hay que infravalorar el papel cultural del juguete, constante desde el paleolítico, y por eso tendría sentido luchar contra el repertorio violento y quién sabe si también poner coto a tanta “nintendo” que amenaza con el autismo a la santa infancia. El juguete es socializador y por ello coherente con la ideología del grupo, lo que supone que, mientras la sociedad no supere sus prejuicios, el consumo se mantendrá firme en que no se puede adiestrar como madre a una niña blanca con una muñeca negra. La nieta de  mi amigo es revolucionaria en su perfecta ingenuidad, pero la ideología adulta, que es la que guía la demanda, sabe al dedillo cómo frenar estos legítimos sueños. Gide, en su “Viaje al Congo”, descubrió que mientras menos inteligente es el hombre blanco más tonto le parece el negro, pero esa convicción, que comparto, temo que resulte insuficiente para reorientar el mercado.

Pobres jueces

Mal debe de andar la cosa cuando el pleno de los jueces decanos, celebrado en Sevilla, se ha centrado en la lucha contra la corrupción, para combatir la cual reclaman varios remedios. Uno, que se restrinjan los indultos de condenados por corrupción, otra que se presupueste debidamente la Justicia de manera que no se vea forzada a convertirse “en mendicante ante quien precisamente debe controlar” y, en fin y ya era hora, que se cree un cuerpo de expertos contables dependientes de la judicatura y no de Hacienda, como hasta ahora. Todo indica la convicción generalizada de que la podre no hay quien la elimine y menos en las circunstancias actuales.

Nuestros fetiches

Ando convencido de que cada era tiene su mitología, su mundo imaginario y superior cuyo sentido axiológico hace tiempo que no es ningún secreto para los etnólogos. El culto de reliquias fue el gran chollo que los mercaderes que iban a Oriente disfrutaron durante la Edad Media, pero la reliquia no es el único objeto de culto en este mundo secularizado en el que el fetiche la ha sustituido con ventaja. Miles de americanos han comprado a precio de oro cachivaches que dicen que pertenecieron a Elvis Presley o a Michael Jackson del mismo modo que nuestros trasabuelos se entrampaban por un hueso de santo o por un trebejo que en vida sirvió a un ermitaño. Son asombrosos los inventarios de reliquias que poseemos, como asombroso resulta el número de astillas de la Santa Cruz venerados en Occidente y sobre el que ironizó alguna vez René Guénon. Las sociedades secularizadas que vivimos han renunciado, en gran medida, a la reliquia en favor del fetiche, es decir, del objeto mágicamente conectado no ya con el héroe antiguo sino con el personaje –pura “magia de contacto”—como prueba el éxito de la subastadora RM Aunctions que le ha sacado a un pardillo 600.000 euros por el coche anfibio que “James Bond”, ya en la persona de Roger Moore, salvó de la quema en “El espía que me amó”. Un coche, por cierto, que ni siquiera es conducible en carretera, lo que quiere decir que es, simple y rotundamente, una “cosa” perteneciente al sagrado, un amuleto tal vez o acaso nada más que un instrumento “contagiado” por el héroe. Hay subastas a cientos en las que los devotos de famosos adquieren sus muebles o su ropa interior pujando como fieras entre ellos, inconscientes, por supuesto, de encarnar una devoción nueva en un mundo “humano, demasiado humano” que, ay, ha perdido la fe.

 

Fue Marx quien insistió en la índole misteriosa de la mercancía que concede a ésta una curiosa autonomía respecto a sus productores y percibe en ella la capacidad de confundir al consumidor aparentando, desde un materialismo extrañamente simbólico, la plena autonomía de las cosas. ¿Por qué se gasta ese membrillo una fortuna en poseer un coche inútil aunque impregnado de una cierta pátina proveniente del héroe? Él no lo sabe pero lo hace ni más ni menos que como fiel de una devoción inmanentista que ocupa el lugar que otrora llenó la trascendencia. El hombre barrunta esa otra dimensión perdida de tejas arriba y la busca empeñado de tejas abajo.